16
Lo peor de algunas verdades es que siguen ahí por la mañana. Erin abre los ojos y contempla el techo. No siente miedo, ni dolor. Es algo más difícil de nombrar.
Durante un instante permanece inerte, tratando de ordenar los recuerdos, hasta que todo vuelve de golpe: el coche, el impacto, Moisés, el salón, la taza, la voz tranquila de Jameson Harris. El nombre se le clava en la cabeza.
Se incorpora despacio. El cuerpo le pesa como si arrastrara algo invisible. La pistola sigue sobre la mesa, exactamente donde la dejó.
Todo está en su sitio. La casa yace en la calma, hasta que un maullido suave la rompe.
Logan aparece desde la cocina y, de un salto ágil, se acomoda con ella en el sofá.
Se acerca sin dudarlo, rozando su brazo con la cabeza, insistente, como si quisiera traerla de vuelta.
Pero ella no está ahí, sigue en la noche anterior, con él.
—No —habla para sí misma, pasándose una mano por la cara—. No somos iguales.
Pero la frase no suena tan firme como le gustaría.
Se levanta. Un dolor sordo le recorre el cuerpo. No sabe si es por la caída del día anterior… o por todo lo demás.
Se arrastra hasta la cocina, abre el grifo y después se queda pensativa mirando el agua correr.
—He hecho un trato… —masculla, apretando la mandíbula— con un asesino.
Debería detenerlo. Sabe que debería hacerlo. Y lo hará. Pero no ahora. Ahora mismo, Jameson Harris es su única ventaja para encontrar respuestas.
De golpe, el timbre suena. Por un instante se tensa. Observa la cámara del telefonillo. Ya no se acordaba que Ángela venía a verla.
—¡Buenos días! —saluda la forense, entrando por la puerta—. Te he traído café y cruasanes.
El aroma invade todo el salón.
—No hacía falta…
—Claro que hacía falta… Después de lo de ayer…
Deja la bolsa de dulces sobre la mesa y saca las bebidas.
—¿Cómo estás?
Erin se limita a encogerse de hombros.
Ángela la observa con atención y casi sin disimular desvía sus ojos hacia la pistola.
—¿Y eso?
Erin sigue su mirada. Durante un segundo, está a punto de responder sin pensar. A punto de decirle la verdad. Que anoche Jameson estuvo en su casa. Pero entonces, como un eco incómodo, le vienen sus palabras: No te fíes de nadie.
Contrae levemente el ceño. No sabe por qué está haciendo caso a un asesino. Y aún así… decide callar.
—Después del atropello, me sentía insegura —responde, sin darle mucha importancia.
—Me imagino… ¿Y cómo está Vázquez? ¿Sigue en la UCI?
—Sí…
Ángela le tiende un café.
—Toma.
—Gracias.
Se sientan a la mesa de la cocina. Ángela es la primera en romper el silencio.
—¿Habéis avanzado algo en el caso?
—No mucho.
—Ya… —responde Ángela, como si eso no le bastara—. Pero… habíais encontrado algo, ¿no?
Erin da un sorbo al café.
—Estamos tirando de varios hilos.
—Me comentaste algo de un teléfono, ¿no?
Erin se queda quieta un instante.
—Sí.
—¿Habéis averiguado de quién es?
—De un hombre del pueblo. Aitor Abia.
—Ah, ¿Y qué tiene que ver con todo esto?
—Eso estamos intentando averiguar.
—¿Y el número…? —pregunta—. ¿Dónde lo encontrasteis exactamente?
—En el registro de una pensión.
—¿Escrito a mano?
—Sí.
—¿Con bolígrafo?
—Sí.
—Curioso…
—¿Qué es curioso?
—Nada… que… ese tipo de cosas suelen desaparecer con el tiempo —aclara sonriendo.
A Erin le parece extraño lo que acaba de decir.
—¿Y la otra inicial “A”? —continua Ángela—. ¿Habéis averiguado algo?
—Todavía no.
—¿Y de Angus Harris? ¿Sabéis algo?
—Era extranjero, criminólogo…
—Ah… —señala Ángela, cogiendo su vaso de café—. Entonces, tendría sentido que estuviera aquí por trabajo…
Después de un rato la forense se da cuenta de que Erin no está muy habladora.
—Bueno… Te dejo descansar.
Ella agradece que la deje sola, al fin.
—En serio, Erin. No puedes con todo tú sola.
Erin asiente, sin convicción.
—Lo sé.
—Te llamo luego, ¿vale?
—Vale.
Se dirige hacia la puerta, pero antes de salir, se gira:
—Y… si te viene a la mente la matrícula del SUV, denúncialo enseguida.
—Claro.
La puerta se cierra y la calma regresa. De pronto, siente algo dentro que le molesta. Algo pequeño, pero insistente. Aún no sabe exactamente qué, pero está ahí, lo presiente.
Se levanta despacio. Todavía lleva puesta la ropa del día anterior. Coge las llaves y sale de casa.
* * *
Dentro del hospital, el mundo exterior deja de importar.
Erin recorre el pasillo, con el estómago encogido, consciente de cada paso, de cada puerta cerrada, de cada figura que espera sin saber cuánto.
Cuando llega a la UCI, se detiene. Lo ve a través del cristal.
Moisés está rodeado de cables y monitores.
El cuerpo está tan estático que no parece el suyo.
Se queda allí, incapaz de acercarse más. Cruzar esa distancia significaría aceptar algo para lo que aún no está preparada.
—¿Erin?
La voz la arranca de ese punto fijo. La mujer de Moisés la observa desde unos metros. Tiene el rostro cansado, la piel apagada, las ojeras marcadas como si llevara horas sin descansar.
—Hola Martina.
—Hola.
Se acerca despacio.
—Lo siento … —balbucea Erin.
—Ya te dije que no ha sido culpa tuya —responde ella negando con ternura.
—Si yo no hubiera…
—¡No! —le corta la frase, con firmeza—. No vuelvas a decir eso. La culpa no es tuya.
Las dos vuelven la mirada hacia el cristal. Moisés sigue allí, lejos, como un dibujo en pausa.
—Siempre habla de ti —comenta Martina, al cabo de un momento—. Dice que eres la mejor.
—Es un exagerado… —responde ella, incapaz de ocultar la tensión en la voz.
—Dice que no te rindes nunca…
Esa frase pesa más que cualquier reproche. Erin clava la vista en el suelo, sin saber qué hacer con ella.
—Va a salir de esta —añade la mujer, como si necesitara decirlo en voz alta para hacerlo real.
—Claro que sí…
Pero tampoco suena convincente.
—¡Tienes que encontrar al hijo de puta que le ha hecho esto! —suelta Martina, en un arrebato.
—Lo haré.
Se ha hecho de noche. Al salir del hospital, nota como el aire le despeja un poco la cabeza. Camina sin rumbo durante unos minutos, antes de coger el coche. Su cabeza no deja de dar vueltas a ese presentimiento de antes, ese malestar… «¿Qué será?»
Entonces se detiene, se queda completamente inmóvil en mitad de la acera. Algo vuelve a su cabeza. Una frase. Una imagen.
«¿El coche? ¿El SUV?»
Se le ensombrece el gesto. El pulso le va más rápido. «¿Cómo sabe Ángela lo del SUV?» Está segura de que no le dijo el tipo de vehículo que era. Por teléfono, solo le habló de un coche negro.
La gente pasa a su lado, pero ella no se mueve, no respira. No piensa en otra cosa.
Todo va a cámara lenta. Y entonces lo entiende. Y lo que entiende… es peor que el intento de asesinato. Mucho peor. Porque por primera vez desde que empezó todo, Erin no tiene claro quién está a su lado. O si alguien lo está.