15
El agua de la ducha cae sobre su espalda desde hace varios minutos.
Erin no se mueve. Tiene la frente apoyada contra los azulejos fríos mientras el agua arrastra lentamente los restos de sangre que aún quedan en su piel.
La sangre de su amigo. Al cerrar los ojos vuelve a verlo: el coche, el impacto, el cuerpo de su compañero saliendo despedido.
Abre los ojos bruscamente y gira el grifo hasta que el agua sale casi fría. Necesita sentir algo.
Lizarraga le ha ordenado descansar unos días. «Descansar». La palabra le parece absurda.
Alguien ha intentado matarla y Moisés está en cuidados intensivos por su culpa. No piensa quedarse en casa esperando.
Cierra el grifo. El silencio del baño le golpea de repente. Se envuelve en la toalla y sale al pasillo. La casa está poco iluminada, pero hay luz en el salón.
Se detiene. Su expresión se endurece. No recuerda haber dejado ninguna luz encendida. Da unos pasos más, de puntillas, hasta que ve a Cecilia de pie junto al sofá. Al oírla, esta se gira de inmediato.
—Erin…
—¿Qué haces aquí? —pregunta ella, aún con el corazón en la boca.
—He usado la llave… la de emergencia —explica nerviosa—. He oído ruido cuando pasaba por aquí y como sabía que estabas trabajando me ha parecido raro.
—Me has asustado —admite Erin dejando salir el aire poco a poco.
—Tú me has asustado a mí … Pensaba que era un ladrón.
—Anda… ¿Y estos moretones? —prosigue Cecilia.
Erin apenas puede articular palabra. Volver a explicar lo mismo le resulta traumático.
—Un coche ha intentado atropellarme, pero Moisés se interpuso y lo atropelló a él.
—Dios… —dice llevándose una mano a la boca—. ¡¿Y tú estás bien?!
—Sí —responde sin que su voz lo confirme del todo.
Cecilia la observa un instante, con cuidado.
—No tienes que fingir conmigo.
Se acerca un poco más y la abraza. Ella tarda un instante en reaccionar. Luego se deja. El móvil empieza a vibrar sobre la mesa. Erin se separa despacio. Es Neil quien la llama. Enseguida responde.
—¿Sí?
—¡Erin…! He oído tu mensaje —explica tenso— ¿Estás bien?
—Sí… Yo sí —responde apoyando la espalda contra la pared.
—¿Y Moisés? ¿Cómo está? Cuéntame…
Erin mira a Cecilia, que permanece en silencio.
—No está bien, está en la UCI…Un coche se ha saltado un semáforo a cosa hecha. Iba directo hacia mí.
—Joder… ¿Has visto algo?
—Algunos detalles, pero nada…
—Esto ya no es solo un caso, Erin.
—Nunca lo fue.
—Si han intentado matarte, es porque estás cerca y eso es lo peligroso…
—Lo sé —reafirma ella apretando el teléfono.
—Ahora, más que nunca, no confíes en nadie.
Erin no responde. Porque, en el fondo, ya lo sabe.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta Neil.
—Seguir…
—Erin…
—No voy a parar ahora.
—Entonces hazlo con cabeza —indica soltando un suspiro—. ¡Y ten cuidado por favor!
—Es lo que intento.
Al colgar, Cecilia sigue ahí reconfortándola.
—¿Te quedas conmigo en casa? —le pregunta la mujer.
Ella asiente despacio. Esta vez, no quiere estar sola.
—Aunque antes tengo que hacer algo.
Al rato, Erin se adentra hacia la periferia del pueblo. La casa de la señora Durán surge al final del camino.
Las persianas siguen medio bajadas. Erin nota la misma sensación de opresión en el aire. Al llamar a la puerta esta tarda un poco en abrir.
Cuando Beatriz aparece, su expresión cambia al verla. Sus ojos se detienen un segundo de más en su rostro: el pómulo amoratado, la piel apagada, el cansancio mal disimulado.
—Inspectora…
—Necesitamos volver a hablar.
La mujer mira a un lado como si buscase una salida.
—No sé si…
Pero Erin no le da opción de acabar la frase. Da un paso al frente y entra sin pedir permiso.
—Es importante.
Dentro, la casa está igual que la última vez, ordenada y silenciosa. Se sientan en el mismo salón. La inspectora va directa al grano.
—Alguien intentó matarme hace unas horas.
—¿Qué? —pregunta estupefacta.
—Un coche.
La mujer palidece.
—Mi compañero está en cuidados intensivos…
Erin la observa fijamente.
—Esto ya no es solo una investigación…
—Yo no sé nada —aclara Beatriz apretando las manos.
—Su marido sí sabía…
—No.
—Cobró una suma de dinero importante, el día que desapareció Angus Harris.
—No —insiste, aunque apartando los ojos de los suyos.
—Y tenía documentos que alguien borró después de su muerte.
—No sé de qué me habla —contesta, con la respiración más rápida.
—Señora Ordoñez —dice aproximándose a ella—, alguien mató a un hombre hace diez años.
La tensión entre ellas se puede palpar en el ambiente.
—Y ahora alguien está intentando matar a los que investigamos.
La mujer levanta los ojos y por primera vez hay algo más que miedo. Hay agotamiento.
—Yo… —empieza.
Pero se detiene mirando hacia el pasillo, con el temor de que alguien pudiera estar escuchando.
—Yo no sé nada —repite con un hilo de voz—. Es mejor que se vaya.
Erin la escudriña con los ojos, sabe que está mintiendo. Pero también sabe otra cosa, que Beatriz está aterrorizada. Y las personas aterrorizadas, en algún momento u otro, acaban hablando.
Al subir al coche, el móvil vibra en su bolsillo, ella lo saca sin desviar la vista de la casa de la mujer.
—¿Sí?
—Erin, menos mal que lo coges —dice Ángela, visiblemente alterada—. Me acabo de enterar… ¿Cómo estás?
—Estoy bien, pero Moisés… —la voz se le quiebra y no termina la frase.
—Ahora mismo voy a verte, ¿vale?
—No… —niega ella con la cabeza, aunque Ángela no puede verla—. He salido.
—¿Cómo que has salido? ¿Dónde estás?
Erin aparta la mirada hacia la calle.
—No puedo quedarme en casa, después de lo que le han hecho a mi amigo —espeta, con rabia contenida.
—Lo entiendo —responde Ángela bajando el tono—. De verdad. Pero primero deberías descansar… Si quieres, me quedo contigo esta noche —le propone, después de una pausa.
—No… tranquila.
—Está bien —cede Ángela—. Pero mañana voy a verte. Y te voy a ayudar, ¿de acuerdo?
—Gracias, Ángela.
Mientras cuelga, se fija en que Beatriz la mira desde la ventana. Tiene aspecto de asustada. De alguna manera, parece estar pidiendo auxilio.
Cuando Erin vuelve a casa ya es de noche. Aparca frente al edificio y permanece un instante dentro del coche, observando las ventanas iluminadas del pueblo.
Moisés, su mujer, sus hijas. Catorce y ocho años… Las cifras se repiten en su cabeza con una crueldad insoportable. Aprieta las manos sobre el volante. Por un momento cree que va a gritar, pero lo único que consigue es quedarse allí, inmóvil, tragándose la rabia.
—Voy a encontrarte, cueste lo que cueste… —murmura.
Sale del coche y camina hacia el portal.
Siente de nuevo esa sensación, la misma del día anterior.
La certeza de que alguien la observa. Se detiene y mira a su alrededor, pero la calle está vacía.
Las farolas iluminan los coches aparcados.
Nada más. Sigue caminando. Pasa junto a un coche oscuro y entonces lo ve.
Primero, como una sombra, luego, como un reflejo en el cristal del coche.
Hay un hombre detrás de ella. Erin se gira de golpe, pero ya es tarde.
El hombre es rápido. Le agarra el brazo y le clava algo en el cuello.
Un pinchazo breve. Erin intenta reaccionar, pero el cuerpo deja de responder.
—Tranquila —le dice la voz y el mundo empieza a dar vueltas en su cabeza—. Solo es un sedante.
Erin intenta golpearlo, pero sus manos ya no obedecen y la oscuridad la envuelve.
Cuando despierta está en su casa. Tarda un momento en entender dónde se encuentra.
El salón. Su salón. La cabeza le pesa. El cuerpo no le responde del todo.
Intenta incorporarse. Logan la observa desde el suelo, con los ojos muy abiertos, desconfiado.
La lámpara está encendida y un hombre sentado frente a ella la observa mientras toma café en una taza. Su taza.
Erin hace un esfuerzo por levantarse, pero el cuerpo sigue sin responder. El hombre la observa.
—No te muevas, es peor…
Su voz es serena, casi amable. Ella lo mira fijamente. Sabe quién es, aunque algo en su rostro parece distinto. Su pelo es más corto y oscuro y se ha dejado barba. Pero los ojos… Los ojos no engañan.
—Jameson Harris —susurra.
Él esboza una leve sonrisa.
—Sabía que acabarías reconociéndome —le responde con una sonrisilla.
—¿Has venido a matarme? Qué oportuno… Hoy es mi día.
Jameson la examina, sin prisa. Ella, mientras tanto, calcula la distancia a la que se halla la pistola o algún objeto con el que poder defenderse. Pero está todo muy lejos.
—Quería hacerlo —contesta él finalmente—. Te dije que vendría a por ti.
Se rasca la barbilla lentamente.
—Pero luego cambié de idea.
—¿Por qué? —pregunta ella sin romper el contacto visual.
—Porque tú y yo somos iguales —contesta aproximándose un poco más a ella.
—No tienes ni idea de cómo soy —espeta ella con el gesto crispado.
—Sí la tengo —le replica—. Somos justicieros.
Erin siente un latigazo de rabia y estremecimiento.
—¡No soy como tú!
—Claro que lo eres.
Jameson se acomoda en la silla, como si estuviera en su propia casa.
—El sistema no funciona. Tú y yo lo sabemos —continúa él, mirándola con intensidad—. Te he estado estudiando… Sé que estás investigando por tu cuenta, porque no te fías del entramado que hay detrás de todo esto. Rompes las reglas, porque te importa la justicia y no lo que cobras a final de mes…
Ella no responde, pero tampoco lo contradice.
—Mi padre no era un buen padre —añade Jameson pensativo.
Eso la desconcierta.
—Nunca lo fue… Me pegaba, me humillaba… Decía que así nos hacía más fuertes.
De repente, se para y muestra una sonrisa sin humor.
—Y lo consiguió, aunque no cómo él quería…Pero en su trabajo… era impecable, meticuloso y respetado. Todo lo que no sabía hacer en casa… lo hacía con los demás. Pero lo que le hicieron fue injusto.
Erin lo observa con atención. Su rostro y su voz son ríos.
—¿Sabes quién lo mató?
—Todavía no —su expresión se endurece aún más y la mira directamente a los ojos—. Pero voy a encontrarlo… Y cuando lo haga… me vengaré.
—¿Y qué quieres de mí? —pregunta ella sin vacilación.
Jameson vuelve a sonreír esta vez con claridad.
—Un trato.
El silencio incómodo llena la habitación.
—Tú quieres encontrar al asesino… y yo también —admite inclinándose hacia ella—. Trabajemos juntos.
—¿En serio, me estás proponiendo que trabajemos juntos? —pregunta ella sintiendo como se le cierra la garganta.
—¿Tienes alguna alternativa?
—Siempre la hay.
—Hoy no —advierte desafiante—. Podría haberte herido, atado… Podría haberte drogado más. Podría haberte dejado sin opciones… Pero estoy aquí, charlando contigo.
De pronto baja la voz:
—Porque te necesito.
Ella exhala, agobiada. Sabe que no está en posición de negociar.
—¿Qué tipo de trato?
—Yo te ayudo a resolver esto, a encontrar a los responsables. Tú haces justicia para mi padre… y yo me aseguro de que nadie vuelva a tocarte… Y cuando todo termine, me dejas desaparecer.
Erin lo mira a los ojos, pensativa. ¿Será alguna trampa? ¿Tiene alguna alternativa en la situación en la que se encuentra? Quizá el trato no sea tan malo y se quita una amenaza de encima. Pero… ¿puede confiar en él? «Lo tendré que hacer».
—¿Y cómo nos comunicamos?
—Yo te encontraré.
Jameson se levanta despacio del asiento.
—Y mientras tanto… no confíes en nadie —sugiere él—. Ni siquiera en tu simpática vecina.
—¡Como le hagas algo a Cecilia…! —le amenaza, ella apretando los puños.
Jameson le corta la frase, sin alzar la voz.
—No has entendido nada —le responde mirándola con una frialdad absoluta—. Yo no mato por matar… Mato a quien lo merece.
En ese instante, el ruido de un camión atraviesa la calle. Erin gira la cabeza un segundo. Cuando vuelve a su sitio, Jameson ya no está. Se ha desvanecido igual que un fantasma. Se pregunta si no habrá sido un mal sueño. Pero no. La taza está ahí, en la mesita.
El salón vuelve a quedarse en la penumbra, como si nunca hubiera estado allí.
Esa noche, Erin había dicho que se quedaría con Cecilia, pero decide no ir. Se queda en casa, sola, con la pistola sobre la mesa. Y en ese momento, se da cuenta de que no sabe realmente quién es el enemigo.