Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 14
34%

14

El restaurante está a solo dos calles de la comisaría. Es un sitio pequeño y familiar. Las mesas son de madera y tiene un menú que no cambia desde hace años.

—No has probado bocado —le recrimina Vázquez.

—No tengo mucha hambre.

—¿Qué estás pensando?

—En Angus Harris… —responde al fin—. ¿Qué vino a hacer realmente a Genar?

Él se encoge de hombros con desgana.

—He averiguado —prosigue Erin— que viajó a España para participar en una serie de conferencias organizadas por la universidad. También colaboraba en un programa de formación para investigadores policiales.

—Entonces no vino de turismo precisamente.

—No.

—Pero algo descubriría… —replica Moisés dejando el tenedor sobre el plato—. O se cruzó con quien no debía.

Erin le da la razón con un gesto.

—Tenemos que averiguar exactamente en qué estaba trabajando aquí. Quizá detectó alguna irregularidad… y eso fue lo que lo mató.

—Él sabía que estaba en peligro —sigue, después de una pausa—. Por eso usó el pseudónimo de Aldous Huxley.

—Entonces, hay algo que no termina de encajar… Si el teléfono que dejó no era de Abia… ¿de quién era realmente?

Ambos bajan la vista, pensativos.

—Eso es lo que tenemos que averiguar —contesta finalmente ella.

—¿Y Diego Durán? —pregunta él retomando la comida.

—Justo eso es lo que yo también me cuestiono. Su cadáver aparece en un supuesto suicidio que tú y yo sabemos que es falso. Luego las iniciales… que ahora sabemos que corresponden a Angus Harris…

—Y no nos olvidemos de la viuda —añade Moisés—. Oculta claramente algo.

—¿Y si Durán cobró una gran cantidad de dinero el día que desapareció Harris?

—¿Qué sugieres? —pregunta Moisés, dejando una de las alitas sobre el plato.

—Que Durán no es nuestro protagonista.

—¿Entonces?

—Era el intermediario.

—Alguien que borra, que gestiona, que limpia…

—Que hace el trabajo que otros no quieren hacer —añade Erin—. Como encargarse de hacer desaparecer el cuerpo de Harris.

Moisés hace un gesto afirmativo.

—Pero al ser encontrado el coche en el río —continúa ella—, entró en pánico.

—¿Crees que quiso confesar?

—Creo que sí… O protegerse.

—¿Cómo?

—Quizá pensó que si hablaba… Si daba nombres, lo perdonarían. Que podría librarse.

—Tiene lógica… —responde Moisés masticando lentamente—. La carpeta vacía que encontramos en su casa… en su día estuvo llena de documentos.

—Y alguien se deshizo de ello.

—Nos estamos acercando a algo…

—Pero tenemos que seguir hablando con la mujer de Diego.

—Y con el señor Abia.

—Sí… ¿Vamos a la casa de la viuda?

—Vamos —concluye él limpiándose las manos con una servilleta.

Después de pagar, salen a la calle. El sol de otoño desciende, proyectando sombras largas sobre el asfalto. El tráfico es escaso a esa hora.

Caminan en silencio hasta llegar al paso de peatones que hay frente a la comisaría.

El semáforo está en rojo para los peatones.

Esperan. De golpe, Erin siente esa sensación otra vez.

Esa presión invisible de que algo está a punto de romperse.

El semáforo cambia de color en verde. Empiezan a cruzar.

Erin da el primer paso. Entonces lo oye.

Un motor acelerando. Demasiado rápido. Gira la cabeza.

Un coche oscuro viene hacia ellos. No frena.

No reduce la velocidad. Sigue acelerando directo hacia ella.

Ella se queda paralizada un instante. El tiempo se fragmenta.

Oye el sonido del motor más cerca. Tiene la seguridad absoluta de que ese coche no va a detenerse.

—¡ERIN! —grita Vázquez y la empuja con fuerza.

El impacto llega un segundo después. El sonido es brutal.

Metal contra carne. Moisés sale despedido contra el asfalto.

El coche no se detiene, sigue calle abajo.

Se produce un momento de silencio y luego todo son gritos.

Ella está en el suelo, herida por la caída, pero respira.

Está viva. Se gira aturdida aún. Vázquez yace a unos metros, inerte.

La sangre empieza a extenderse bajo su cuerpo.

—¡Moisés! —grita Erin, casi sin aliento.

Corre hacia él y se arrodilla.

—¡Vázquez! ¡Moisés! —insiste, comprobando sus constantes.

Sus ojos están abiertos, pero respira con dificultad.

—Erin… —susurra.

—Estoy aquí —le responde ella con lágrimas en los ojos, sosteniéndole la mano.

Se oyen sirenas a lo lejos. Alguien grita que ya han llamado a una ambulancia. Hay mucha gente acercándose. Ella difícilmente oye nada. Solo una cosa ocupa su mente: el coche no perdió el control, no fue un accidente. Fue directo a ella y Vázquez se interpuso. Alguien ha intentado matarla.

* * *

Dos horas después, Erin sigue en el hospital. Está sentada, cubierta con una manta térmica. Tiene un corte en la frente y varios golpes, pero casi no los siente. Su ropa sigue manchada de sangre, la de su compañero. Un médico acaba de revisarla.

—Tiene suerte —le dice—. Solo son contusiones.

«Suerte». La palabra resuena hueca en su cabeza.

Moisés está en cuidados intensivos, en estado crítico. Aún no les dejan verlo.

Al poco, las puertas del ascensor se abren. Una mujer entra corriendo por el pasillo y dos niñas detrás de ella. Erin reconoce enseguida a la mujer y las niñas. Es Martina, la esposa de Moisés, y sus hijas, Elna y Paula.

Erin se levanta. El corazón le late con fuerza.

—Martina…

La mujer se detiene frente a ella.

—¿Dónde está? —pregunta con la voz rota.

—En la UCI —responde ella casi sin poder articular palabra. Siente que el estómago se le cierra.

—Martina… yo… —Las palabras se le atascan. No sabe cómo decirlo—. Lo siento.

La mujer la mira. A Erin le cuesta mantener la mirada.

—El coche venía hacia mí…

Las palabras le salen como piedras.

—Moisés me empujó —explica con la voz rota—. Si yo no hubiera estado allí…

Martina niega suavemente con la cabeza.

—No… No digas eso.

Las dos niñas observan la escena en silencio.

—Moisés hizo lo que siempre hace —continua Martina con temblor en la voz mientras la abraza—. Proteger a la gente que quiere.

—Lo siento mucho —vuelve a decir. Siente que las lágrimas le queman los ojos.

Martina no la culpa. Y eso, de alguna manera, resulta dolerle todavía más.

Un rato después, se presenta el comisario Frank Lizarraga, caminando rápido por el pasillo. Cuando ve a Erin se acerca inmediatamente.

—¿Cómo estás?

—Bien…

—Eso no es lo que parece.

Ella mira hacia el suelo.

—¿Y Moisés?

—Sigue en cirugía.

—El médico dice que tienes que irte a casa, a descansar —le informa, exhalando con fuerza.

—No.

—Erin.

—Quiero quedarme.

—No vas a ayudar a nadie en este estado. Tranquila, no va a estar solo.

Ella ni siquiera contesta. Contiene las lágrimas que están a punto de caer y la rabia que está a punto de explotar.

—Escucha —sigue él, bajando la voz—. ¿Pudiste ver algo del coche?

—Era negro… —responde ella, pensativa.

—¿Y el modelo?

—Parecía… un SUV.

—¿Matrícula?

—No pude verla, todo fue muy rápido.

—¿Y al conductor?

Erin intenta recordarlo.

—Corpulento.

—¿Algo más?

—Llevaba gafas de sol y capucha.

—Difícil de identificar, entonces —contesta el comisario, más serio de lo normal.

Erin asiente con frustración. Lizarraga la mira un momento.

—Vete a casa.

—Quiero ver a Moisés.

—Cuando salga del quirófano te llamaremos.

Erin duda, pero finalmente acepta, con un leve gesto. Necesita quitarse la ropa llena de la sangre de su amigo y compañero.

Llega a casa sin recordar apenas el trayecto.

El cuerpo ha conducido; la mente ha permanecido atrapada en otra parte.

Abre la puerta. Su gato, nada más oírla, acude a la entrada y se frota contra sus piernas una y otra vez, con la intención de arrancarle de encima todo lo malo que trae consigo.

Erin camina hasta el baño y se mira en el espejo.

Observa la sangre seca en su ropa, en sus manos y en su cara.

La sangre de Moisés. Se apoya en el lavabo, y no es hasta ese momento, desde el atropello, cuando las piernas le tiemblan.

Porque ahora lo entiende. La búsqueda de la verdad acaba de volverse mortal.

Alguien ha intentado matarla. Y cuando alguien intenta matarte, es porque estás peligrosamente cerca de la verdad.