Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 13
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Las respuestas rara vez llegan solas. Suelen venir acompañadas de nuevas preguntas.

Cuando Erin llega a comisaría a la mañana siguiente, tiene la sensación de que el caso ha dado un pequeño paso adelante y, al mismo tiempo, se ha vuelto más confuso.

Allí dentro tiene que disimular, aparentar que se ocupa de otros asuntos, para no levantar sospechas.

El número de teléfono encontrado en el registro de la pensión ya tiene dueño: Aitor Abia. Vive en los alrededores de Genar. Tiene ochenta y seis años. Es un antiguo trabajador de la construcción, viudo y con una biografía aparentemente simple.

—¿Vamos? —pregunta Vázquez, apareciendo junto a su mesa, con el abrigo ya puesto.

—¡Vamos!

La casa de Aitor Abia está en una pequeña carretera secundaria, rodeada de huertos abandonados y muros de piedra vieja.

La vivienda es baja, encalada, con el tejado ennegrecido por el paso de los años. El jardín delantero está algo descuidado, aunque se nota que en algún momento alguien lo cuidó con cariño. Hay rosales secos junto a la verja.

El subinspector llama a la puerta. Tardan casi un minuto en oír pasos.

La puerta se abre lentamente. El hombre que se presenta es muy mayor.

Camina encorvado y se apoya en el marco de la puerta.

Sus manos están deformadas por la artritis y tose con frecuencia.

Sus ojos, sin embargo, están sorprendentemente vivos.

—¿Sí?

Erin muestra su placa.

—Señor Abia, hablamos con usted ayer, por teléfono. ¿Se acuerda?

—Pues no. ¿Quienes son? —contesta el hombre algo crispado.

—Inspectores de policía. De homicidios.

El viejo levanta las cejas.

—Caray… ¿ha muerto alguien?

—Eso querríamos saber.

El hombre abre un poco más la puerta.

—Pasen, pasen.

La casa huele a café recién hecho. Dentro todo es bastante antiguo, gastado por el uso del tiempo, pero limpio.

Las paredes están llenas de fotografías: una mujer joven en blanco y negro, una familia en una playa, niños que con los años se convierten en adultos, nietos…

Una vida entera colgada de las paredes. En el centro del salón hay un sillón grande, mullido, colocado frente a una chimenea apagada.

El lugar donde probablemente el dueño pasa la mayor parte del día.

—¿Un poco de café? —pregunta el viejo.

—No, gracias —responde Erin.

—Ayer, por teléfono, nos dijo que este número pertenecía a alguien que estaba muerto.

El hombre hace un gesto con la mano, de igual manera que si espantara una mosca.

—Siéntense, por favor.

—Señor Abia —insiste Erin—, ¿me ha oído?

El viejo la mira con calma.

—La he oído perfectamente.

Levanta las manos torcidas por la artritis.

—Los oídos los conservo bastante bien. La espalda y las manos ya son otra cosa. Pero si son tan amables de sentarse —añade, con la tos agarrada al cuello—, se lo agradecería.

Los inspectores intercambian una mirada y finalmente, se sientan.

El hombre camina despacio hasta la cocina y vuelve con una cafetera y tres vasos. Sirve café para todos. Aunque nadie lo ha pedido.

—¿Solo o con leche? —pregunta.

—Así está bien —responde Erin.

El viejo se sienta frente a ellos. Da un pequeño sorbo a su café.

—Pues verán… Ahora recuerdo la conversación de ayer… Creo que les dije que el número no era de nadie.

—Sí, concretamente, dijo que pertenecía a un vecino del pueblo, que ya estaba muerto.

—¿Saben qué pasa?

El hombre sonríe levemente. Luego, le da otro sorbo al café, con mucha parsimonia.

—Me llaman mucho por teléfono. Publicidad, seguros, alarmas… Cosas de esas —explica encogiéndose de hombros—. A veces les digo cualquier cosa para que me dejen en paz. Que el número no es mío, que el dueño murió… Lo que se me ocurra.

—¿Entonces, nos está diciendo que este teléfono siempre ha sido suyo?

—Pues sí… —aclara levantando las manos en gesto conciliador—. Perdonen si les he hecho perder el tiempo.

Erin deja la taza sobre la mesa.

—Hace diez años alguien escribió este número como contacto de referencia, en una pensión del pueblo.

—Ah ¿sí?

—¿Quién cree que podría necesitar su ayuda?

Aitor Abia piensa…

—Pues no lo sé.

Mira sus manos deformadas.

—Me jubilé hace veinte años. Yo era paleta, albañil, vamos.

Sonríe con cierta nostalgia.

—Hacía buenos trabajos. Quizás era eso…

—No lo creo —asegura Vázquez.

—¿El qué? —pregunta el viejo, con curiosidad.

—Que alguien escribiera su número por una reforma.

—Piense un poco más, por favor —insiste Erin con desespero—. ¿Quién podría pedirle ayuda? ¿Alguien que estuviera con problemas?

—¿A mí? ¿Problemas? —suelta el hombre con una pequeña carcajada—. Por Dios —sigue, negando con la cabeza—. Si alguien estuviera en peligro, habría ido a la policía, no a un viejo albañil.

Erin decide cambiar de ángulo.

—¿Le suena el nombre de Aldous Huxley?

El hombre no se inmuta. No se mueve ni un músculo en su rostro.

—No.

—¿Y Angus Harris? —interviene el subinspector.

—No me dice nada.

El silencio se instala en el salón. Erin observa las fotografías de la pared. La mujer del retrato más antiguo probablemente sea su esposa. Luego vuelve a mirar al hombre.

—Bueno —anuncia finalmente él—. Si no necesitan nada más, voy a ver las noticias.

Se levanta lentamente.

—Gracias por la visita.

—Gracias por su tiempo, señor Abia —responde ella incorporándose del sofá.

Cuando la puerta se cierra detrás de ellos, Erin se queda contemplando la casa. El viejo ha corrido la cortina.

—No te lo crees, ¿verdad? —indica Vázquez.

—Ni tú…

—¿Por qué nos miente?

—Por miedo… o porque protege a alguien… No lo sé.

—¿Y qué hacemos?

Erin se gira hacia el coche.

—De momento… dejarlo tranquilo.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

* * *

A las diez y cuarto de la mañana, tal y como había quedado con Ángela, Erin llega sola al Instituto Forense. Su amiga ya la espera junto a la mesa de autopsias.

—Pensaba que no vendrías.

—Perdona. Es que tenemos una pista nueva. Creemos que Angus Harris utilizaba el pseudónimo de Aldous Huxley.

—¿Por qué?

—Aún no lo sabemos, pero sospechamos que se ocultaba de algo o de alguien… Y junto a su nombre había un teléfono. Llamamos y salió un señor mayor. Pero dice que no tiene ni idea de por qué Angus Harris tenía su teléfono apuntado.

—¿Y os lo habéis creído?

—No. Pensamos que está protegiendo a alguien, pero no sabemos a quién.

Ángela se queda pensativa.

—Luego me das ese número por si puedo ayudar.

—Claro.

—La autopsia que viste era preliminar —informa la forense levantando la sábana que cubre el cuerpo.

Erin examina el cadáver. Ahora ya sabe su nombre.

—¿Qué has encontrado?

Ángela señala varias marcas en los huesos.

—No murió en el coche ahogado, tal y como tú dijiste.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Traumatismo previo —indica señalando el cráneo.

Luego señala las costillas.

—Y fracturas defensivas.

Erin siente un estremecimiento que le eriza la piel.

—Entonces, lo mataron en otro sitio.

—Exacto… Y luego movieron el cadáver —responde la mujer volviendo a cubrir el cuerpo.

—Eso significa que alguien se tomó muchas molestias para hacerlo desaparecer.

—Sí.

—Hay algo más —añade ella levantando otra hoja del informe.

—¿Qué?

—El análisis toxicológico.

—Pensaba que después de diez años no se podía detectar nada.

—Normalmente no —reconoce Ángela señalando la pantalla del ordenador—, pero en el tejido óseo aún quedan rastros.

—¿De qué? —pregunta Erin con los ojos afilados.

—Tiopentato de sodio y otros compuestos químicos.

—¿Qué es eso?

—Es lo que comúnmente llamamos suero de la verdad.

—Eso quiere decir que antes de matarlo quisieron sacarle información de algo muy importante. Me pregunto qué es lo que sabía…

Erin contempla el cuerpo una última vez.

Durante diez años, Angus Harris había sido un hombre desaparecido.

A veces los muertos parecen guardar secretos.

Pero en realidad, los secretos siempre pertenecen a los vivos.

Y los vivos, cuando tienen algo que ocultar, son capaces de enterrar muchas más cosas que un cadáver.