Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 12
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El problema no es lo que se descubre, sino lo que ya no se puede dejar de saber. Angus Harris. El nombre lleva minutos repitiéndose en su cabeza, como una advertencia. Ese nombre no debería estar ahí.

El lunes amanece otra vez gris, con un cielo tan bajo que parece querer aplastar al pueblo y a ella.

Erin traga saliva y continúa leyendo:

Harris, que trabajaba en el extranjero como criminólogo consultor internacional, viajó a España para dar diversas conferencias especializadas, pero no se ha vuelto a saber nada más de él desde su desaparición.

«No era un turista ni un viajero cualquiera…Era criminólogo consultor. Un especialista en crimen».

Erin cierra los ojos un instante.

—No puede ser —habla para sí.

Pero sí puede ser. La última parte del artículo termina de confirmarlo.

Tras un año sin pistas firmes sobre su paradero, las autoridades lo han declarado oficialmente muerto, después de una exhaustiva búsqueda.

Su viuda, Adelina Gil, celebrará una pequeña ceremonia íntima en la iglesia de St. Edmund, en Suffolk.

Erin apoya la frente contra las manos. La coincidencia es exageradamente grande. Angus Harris es el padre de Jameson Harris.

Se levanta de golpe y camina por la cocina intentando ordenar las ideas. No sabe qué hacer con esa información. Siente que sostiene una granada sin anilla.

Mira el móvil. Son las cinco y cuarenta de la mañana. En Escocia hay una hora menos. Parece sopesar si debería llamar o no, pero al final marca el número. Neil contesta al cuarto tono.

—Erin… —contesta con voz rasposa—. Dime que el mundo se está acabando.

—Ojalá se tratara de eso.

—Vale… ¿Entonces es peor?

—Tengo un nombre para el cadáver —responde exhalando hondo.

—¿Qué?

—Angus Harris.

Al otro lado de la línea no se oye nada durante un rato. Neil se despierta al instante.

—¿De qué me suena el nombre?

—De Suffolk…

—¡¿Qué?! —dice estupefacto—. Angus… ¿Es el padre de Jameson Harris? ¿Estás segura?

—Mi hermano encontró una noticia. Desapareció aquí, en Genar, hace diez años.

—Joder…

Erin empieza a caminar de un lado a otro.

—Neil… Contéstame a una cosa.

—¿A qué?

—Cuando murió Angus Harris… ¿Jameson estaba en prisión?

Neil tarda un momento en responder. Se oye moverse, seguramente buscando algo en el ordenador.

—Dame un segundo.

Se hace un silencio lleno de respiraciones y clics de teclado.

—Sí —anuncia finalmente—. Estaba dentro.

—¿Seguro?

—Completamente. Estoy leyendo su expediente: Condena en Glasgow. Hacía tres meses que estaba cumpliendo la sentencia. Se escapó tres años después.

—Entonces no tuvo nada que ver —contesta ella soltando el aire que llevaba reteniendo.

—Parece que no.

Erin se apoya contra la encimera.

—Neil… esto es una locura.

—¿Lo sabe alguien más?

—No.

—¿Ni Lizarraga?

—Ni Lizarraga.

—Pues mantenlo así.

—¿Qué quieres decir? —pregunta con el gesto algo crispado.

—Quiero decir que no sabes en quién puedes confiar.

—Lo sé. Pero debería hacer algo con todo esto. Quizás sí que debería confiar en él.

—Por lo que me has contado, no creo que de momento sea muy seguro.

—Entonces ¿qué hago?

—De momento, nada.

—¿Nada?

—Piensa. Si ese hombre era criminólogo internacional… pudo descubrir algo que no debía.

Erin siente un temblor involuntario sacudiéndole el cuerpo.

—Tal vez sí… Y alguien lo mató por eso.

—Es una posibilidad.

—Pero tengo que hacer algo con todo lo que estoy descubriendo…

—Lo sé… Pero de momento es más sensato que solo recojas información, hasta dar con la persona adecuada que te ayude.

—¿Y si hablo con Ángela? Ella conoce a mucha gente…

—Ella te aconsejó que vayas con cuidado… y que no te expongas.

—Es verdad… Pero esta bola se va a ir haciendo más grande y alguien tiene que pararlo.

—Está bien… ¿Confías en Ángela?

—Claro, es una buena amiga.

—Entonces hazlo, aunque siempre con cautela.

Al colgar, unos minutos después, le envía la información a su compañero. Luego, abre la puerta y mira hacia el rellano. Al otro lado de la puerta de Cecilia no se oye ruido. «Seguramente seguirá dormida». Se sirve otro café.

«¿En qué demonios estaba metido Angus Harris? ¿O fue algo que descubrió lo que lo llevó hacia su muerte? ¿Y qué relación tenía Diego Durán con Harris?».

* * *

Las dependencias forenses están más ruidosas de lo habitual. Erin pasa de largo sin saludar a la mayoría mientras entra. Busca a Ángela con la mirada. La encuentra en su mesa revisando unos informes.

—¿Tienes un minuto? —le pregunta en voz baja.

Ángela levanta la vista, sorprendida.

—¡Erin! ¿Qué haces aquí?

—Mejor en otro sitio —le responde señalando hacia el pasillo.

—Claro.

Salen al patio trasero del edificio.

—Vale. Me estás asustando —advierte Ángela cruzándose de brazos.

Erin saca el móvil y le enseña la noticia.

—Lee.

Ángela tarda menos de un minuto. Cuando termina, levanta los ojos lentamente.

—¿Angus Harris?

—Sí.

—¿El cadáver?

—Creo que sí.

—Joder… —refunfuña con una exhalación larga.

—Mi hermano encontró la noticia…

Ángela vuelve a mirar la pantalla.

—Un criminólogo consultor… desaparecido en este mismo pueblo, donde encontramos un cadáver sin identificar.

—No puede ser coincidencia…

—No… ¿Se lo has dicho a Lizarraga?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Neil dice que espere.

—¿Neil el escocés?

—Sí.

—¿Y desde cuándo le haces caso a un hombre?

—Desde que suele tener razón —sonríe levemente.

—Te entiendo. Es normal que no te fíes de nadie. Entonces investiguemos primero.

—¿Eso quiere decir que me vas a ayudar?

Ángela le devuelve el móvil.

—Pues claro.

En los ojos de Erin se asoma un destello de emoción.

—Pero tendremos que ser muy precavidas y andar con cuatro ojos.

Erin afirma con la cabeza.

—¿Tienes el análisis forense terminado del cadáver?

—Sí, hace días que lo tengo. Pero el comisario suspendió el caso, recuerda.

—Pero ahora es diferente, estás conmigo, ¿no?

Ángela la mira algo inquieta.

—Por supuesto que estoy contigo, pero esto es peligroso y nos podemos meter en un gran lío. —Duda un momento—. Pásate por aquí mañana a las diez, tú sola.

* * *

Por la tarde, el subinspector llega a casa de Erin cargado con una carpeta enorme de documentos.

—Traigo entretenimiento —anuncia.

Cecilia saluda desde el salón.

—Bueno, yo ya me iba. Os he dejado por aquí unas magdalenas de chocolate que os irán muy bien.

—Te adoro —le dice Vázquez a Cecilia, desde la mesa del comedor.

La mujer le sonríe desde la puerta de la entrada.

—¿Qué es todo eso? —pregunta al momento Erin, refiriéndose a los documentos.

—Informes, llamadas y registros.

—¿Qué registros?

El compañero abre la carpeta y pasa varias hojas.

—El coche…

—¿Qué pasa con él?

—Nada útil. La matrícula está demasiado deteriorada y el número de bastidor quedó destruido con la humedad. Pero pensé que como ahora tenemos el nombre, podría averiguar algo más… y nada…

—Entonces, seguimos igual —afirma, dejando escapar el aire por la nariz.

—No exactamente… He revisado también los hoteles.

—¿Y?

—Ningún Angus Harris está registrado.

Erin asiente con resignación.

—Se habrán encargado de borrarlo también.

—Eso pensé, pero… —añade y levanta un dedo— hay algo curioso.

Erin lo mira intrigada.

—Un registro de hace diez años en una pensión pequeña, a las afueras del pueblo…

—¿Qué tiene de curioso?

—Un británico.

La atención de Erin se agudiza al instante.

—¿Y el nombre?

Vázquez gira el papel hacia ella.

—Aldous Huxley.

Erin lo lee.

—No me dice nada.

—A mí tampoco me lo decía, pero fíjate un poco más en las iniciales…

—Ah, ya veo… A.H.

—¡Angus Harris!

—¿Entonces, se puso un pseudónimo?

—Creo que sí.

—Se escondía… No quería que supieran que estaba aquí —farfulla ella.

—He encontrado también algo llamativo —explica Vázquez.

—¿Qué?

Vázquez saca una fotocopia del registro de la pensión.

—Mira el margen.

Erin se echa hacia delante. En la esquina de la página hay algo escrito con bolígrafo. Un número de teléfono.

—¿Y has probado a llamar?

—Esperaba que hicieras tú los honores.

—Qué amable…

La inspectora marca al número que aparece en la hoja. El tono suena tres veces. En el cuarto, alguien descuelga. Una voz masculina, mayor.

—¿Diga?

Erin intercambia una mirada rápida y desconcertante con su compañero.

—Buenas tardes. Llamo por un número que aparece en un antiguo registro de una pensión. ¿Podría decirme quién habla?

Al otro lado se hace un breve silencio.

—Este número… —contesta finalmente el hombre— ya no es de nadie.

—¿Cómo dice?

—Bueno… que ahora el teléfono es mío —intenta rectificar—, pero pertenecía a un vecino de Genar.

—¿Y qué le pasó?

—Murió hace años.

Erin siente que algo se le encoge en el estómago.

—¿Cómo se llamaba?

El hombre tarda en reaccionar.

—Eso ya no importa.

La línea se corta. Ella baja lentamente el teléfono. Vázquez la mira desde el otro lado de la mesa.

—¿Qué ha dicho?

—Que ese número pertenecía a alguien del pueblo… Dice que murió hace años.

—¿Y no te ha preguntado quién eras?

—No. Ni eso, ni de dónde había sacado el número.

—Hay algo que me resulta inquietante.

—¿Qué?

—Que Angus Harris escribiera ese número justo antes de desaparecer.

Erin vuelve a mirar la fotocopia del registro. El número sigue allí, torcido en el margen, escrito deprisa con tinta azul. Daba la impresión de que ese número de teléfono había sido importante en ese momento.

—Si lo apuntó —insinúa Vázquez—, es porque pensaba hablar con él.

—O lo apuntó por si le pasaba algo. A lo mejor era alguien de confianza.

Erin vuelve a sentir un hormigueo helado serpenteando por su espalda. Porque si Angus Harris había escrito el número de ese hombre, entonces ambos nombres estaban conectados de alguna manera. Y ahora, según la voz del teléfono, los dos estaban muertos.

Pero algo en aquella conversación no termina de concordar. Y cuando una historia empieza a no encajar… es porque alguien está mintiendo.