11
Cuando llega a casa ya es de noche. El edificio no es tan bonito a estas horas, la oscuridad resalta las grietas de las paredes y se perciben los defectos que la pintura no ha podido tapar.
Mientras sube las escaleras, sigue dándole vueltas a la conversación con su madre. A esa voz áspera y cansada. A la frase final, dicha casi sin aire, como una confesión tardía: «No sé hacerlo mejor».
Erin empuja la puerta de su apartamento. Lo primero que nota es la ausencia de lo habitual. No hay el trote suave de Logan acercándose a recibirla, ni el roce conocido de sus movimientos entre las habitaciones. Está tan dormido, enroscado en el sofá, que teme hacer ruido y despertarlo.
Pero al dejar las llaves en la mesa, oye un tenue maullido que reclama su atención.
—¡Hola, precioso!
El gato, sin moverse del sitio, le ronronea con cada caricia.
—Sigue durmiendo.
Se para un momento a escuchar a la puerta.
No se oye el sonido de la televisión del apartamento de Cecilia.
Ese ruido constante que atraviesa las paredes a cualquier hora, como una compañía involuntaria.
Un concurso antiguo, noticias repetidas, voces que nunca se apagan del todo… Esta noche no hay nada de eso.
Erin abre la puerta, con el abrigo aún puesto y mira a la puerta de Cecilia. La franja de luz que normalmente se cuela por debajo ha desaparecido.
—Estará dormida —murmura Erin, aunque la frase le suena más a intento de explicación que a certeza.
Había pensado pasar a verla un momento, para contarle que había ido a Rabadás, que había visto a su madre después de tantas semanas. Pero no quiere despertarla.
Cierra la puerta de su apartamento con cuidado. El cansancio del día empieza a caer sobre sus hombros.
Se sirve un vaso de agua y se deja caer en el sofá. Recibe un mensaje en el móvil, de Neil. Sonríe sin darse cuenta.
¿Cómo ha ido el día libre de la inspectora?
Erin escribe mientras apoya la cabeza en el respaldo.
He sobrevivido.
Tres puntos se muestran en la pantalla. Desaparecen de la vista y vuelven a aparecer.
Eso ya es un logro.
Erin teclea otra respuesta:
He quedado con Ángela esta mañana.
¿La forense?
Sí .
Entonces no era un día libre muy relajado.
Erin suelta una pequeña risa.
Después he ido a Rabadás, a ver a mi madre.
¿Y?
Erin piensa antes de escribir:
Nos hemos abrazado, después de mucho tiempo… Ha sido raro y al mismo tiempo reconfortante.
Eso está bien.
Erin se queda mirando la pantalla… Luego escribe lo que realmente estaba pensando.
También he visto a Ray.
La respuesta llega más rápido de lo que esperaba.
No sé si debería preocuparme.
Erin sonríe.
No seas dramático.
Durante un rato ninguno escribe nada. El silencio digital entre ambos se siente extrañamente cómodo. Entonces Erin teclea otra frase:
Te echo de menos.
Esta vez Neil tarda un poco más en responder. Los tres puntos surgen y desaparecen. Luego vuelven y finalmente llega el mensaje:
En menos de lo que piensas estaré ahí.
No sabe exactamente qué significa esa frase, pero le gusta leerla. Deja el móvil sobre la mesa e intenta relajarse, pero la paz dura escasos instantes. Su mente vuelve inevitablemente a todo lo que está viviendo.
Se levanta y camina hasta la mesa del comedor. Abre el portátil. La luz azulada de la pantalla ilumina la habitación.
Busca de nuevo en los registros que ya ha revisado durante los últimos días; AH desaparecido en Genar. Y nada. Ni una sola referencia ni en blogs, ni en periódicos locales, ni en bases de datos públicos… Esa persona es igual que un fantasma.
Se pasa una mano por el cabello.
«Necesito otra perspectiva, otro par de ojos».
Coge el móvil de nuevo y abre la conversación con su hermano Leo.
Hace meses que no se hablan, desde la última discusión sobre el trabajo de ella, sobre los riesgos. Sobre el hecho de que, según él, siempre acaba metiéndose donde no debe. Y lo que pasó en Escocia ya fue el colofón.
Erin duda un momento antes de pulsar el botón de grabar. Al final se atreve:
Hola, Leo. (pausa) Sé que hace mucho que no hablamos. (pausa) Estoy investigando un caso… y creo que necesito tu ayuda. (pausa) Bueno, no lo creo, la necesito.
Camina lentamente por el salón mientras habla:
Hace unas semanas encontramos un coche hundido en el río Aniel de Genar.
Se detiene junto a la ventana.
Dentro había un cadáver. (pausa) Creemos que podría tratarse de un extranjero. Alguien que estuvo aquí hace unos diez años o quizás más. (pausa) Tenemos unas iniciales. A.H. o A. (pausa) Aquí no hay nada. Ninguna noticia, registro, ni rastro de que haya pasado.
Baja un poco más la voz:
Y estoy convencida de que alguien se ha encargado de borrar cualquier rastro. (pausa) Tú eres periodista… Tienes acceso a más archivos que yo. Quizás en los Estados Unidos hubo alguna publicación en algún periódico local. O quizás conozcas a alguien de Europa.
Se lo piensa un momento antes de terminar:
¿Podrías mirar si encuentras algo? (pausa) ¿Por favor?
Detiene la grabación y envía el audio. Al poco tiempo vuelve a vibrar el móvil, con un mensaje de texto de Leo.
Eso es como buscar una aguja en un pajar.
Erin dibuja una sonrisa ladeada y escribe:
Busca a un hombre desaparecido hace unos diez años… Iniciales A.H… En España… Pueblo de Genar.
Leo responde:
Me lo pensaré…
Ella responde con emoticonos suplicantes.
Vale, lista… Miraré en archivos internacionales. Pero no prometo nada.
Erin escribe la última respuesta:
Eso ya es mucho.
La conversación termina ahí. Erin cierra el portátil. El cansancio empieza a pesarle en los ojos. Se mete en la cama sin cambiarse de ropa. El teléfono queda sobre la mesilla y la pantalla se apaga poco a poco.
A las cinco de la mañana el sonido de una notificación rompe el silencio del piso.
Se despierta sobresaltada. Al rato, oye de nuevo el móvil vibrar sobre la mesilla.
Lo coge despacio. La pantalla ilumina la habitación.
Hay un correo electrónico de Leo Butler.
Ella abre el mensaje, todavía medio dormida.
Dentro del correo solo hay una línea de texto y un enlace.
Debajo del enlace aparece un nombre. Un nombre que a Erin le resulta vagamente familiar, como una palabra escuchada hace mucho tiempo y olvidada en algún rincón de la memoria.
Entonces las iniciales concuerdan. A.H. Y de pronto también el nombre: Angus Harris.
Erin se incorpora lentamente de la cama. El sueño se esfuma de golpe.
«¡Ja! Sabía que Diego, las iniciales y el coche sumergido estaban conectados».
Mira de nuevo la pantalla del móvil, vigilando las letras igual que si pudieran cambiar si aparta la vista durante una eternidad. Pero siguen ahí.
Por primera vez desde que empezó la investigación, las iniciales tienen identidad. Un nombre real y un hombre. Y ese nombre acaba de cruzar medio mundo para aterrizar en su bandeja de entrada.
El móvil vibra de nuevo. Otro mensaje de Leo:
El hombre no es de Estados Unidos. Tuve que ampliar la búsqueda por Europa. Una amiga periodista de Londres me ayudó a encontrar esto. Era de Suffolk.
Erin lee el mensaje dos veces. Suffolk. La palabra se queda suspendida en su cabeza. De repente, su mente empieza a enlazar ideas a toda velocidad: Escocia, Harris, Suffolk.
Y un nombre aterrador que le viene a la cabeza como una pesadilla. «El descuartizador de Suffolk».
Erin niega con la cabeza, intentando sacudirse el pensamiento.
—No… —refunfuña, mirando al gato que dormita al pie de la cama—. No puede ser. Sería demasiada casualidad.
Logan abre un ojo, con pereza, indiferente.
Pero un estremecimiento le atraviesa la columna a la inspectora.
Porque ahora las iniciales tienen nombre.
Angus Harris. Y si ese nombre está relacionado con el cadáver que encontraron hundido en Genar, entonces, alguien ha estado intentando borrar a un hombre del mapa durante años.
Y ella acaba de encontrar el primer rastro.