Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 10
25%

10

Hay mañanas en las que el cuerpo despierta antes que la memoria, pero esta no es una de ellas.

El domingo llega gris, sin prisa, como si también dudara de si merece empezar. Erin abre los ojos tarde, con esa sensación de haber estado lejos de sí misma a lo largo de horas.

Sin duda, necesitaba descansar. Durante un momento no recuerda dónde está. Luego, vuelve todo de golpe: el coche, Diego Durán, la viuda, las iniciales en la carpeta.

Se levanta, prepara café y se asoma a la ventana de su pequeño apartamento. El puente de piedra, hermoso y majestuoso, parece ajeno a los declives del tiempo creyéndose que nada puede desgastarlo. A media mañana recibe un mensaje de Ángela:

¿Sigues viva o el trabajo te ha absorbido otra vez?

Ella sonríe.

Quedan en una cafetería cerca del río.

La cafetería está casi vacía. Un par de parejas desayunan en silencio y un hombre mayor lee el periódico junto a la ventana.

Ángela ya está allí cuando Erin llega. Lleva un abrigo claro y el cabello recogido. Tiene ese aire tranquilo que siempre ha tenido, nada parece alterarla en exceso.

—Milagro —dice Ángela al verla—. Pensaba que ibas a cancelar nuestra cita.

—No, hoy no trabajo…

—¿Eso existe en tu mundo?

—Solo algunos días —contesta mientras se sienta frente a su amiga.

Ángela empuja una taza hacia ella.

—Te he pedido café.

—¡Gracias!

Erin se queda mirando el vapor que sube de la taza. Ángela la examina.

—Vale —anuncia finalmente—. ¿Qué pasa?

—¿Por qué tiene que pasar algo?

—Porque tienes esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que algo no me cuadra.

—El caso de Diego Durán —deja ir, soltando el aire.

—¿El suicidio?

—Sí.

—Dices «sí», pero tu tono dice «no».

Erin da un sorbo al café.

—¿Has visto muchos suicidios?

—Los suficientes.

—¿Y este? ¿Qué te parece?

Ángela piensa un momento antes de responder.

—La escena estaba… demasiado cuidada y limpia.

—Eso pensé yo.

—Y luego están las pastillas… —añade la amiga—. Si se hubiera tomado esa cantidad, en mi opinión, no hubiera tenido ni fuerza para apretar el gatillo.

—Y además, el apartamento estaba muy limpio, como si se hubieran esmerado en dejarlo como una patena.

—¿Cómo sabes eso?

—Me colé en su apartamento…

—¡¿Que hiciste qué?!

—Vale, suena peor de lo que es…

—Está bien, no voy a juzgarte, pero ten cuidado.

—¿Entonces crees que el escenario estaba preparado con antelación? —insiste Erin.

—No he dicho eso —asegura mostrándose algo indiferente.

—Pero lo has pensado.

—Puede —contesta con una sonrisa ladeada.

Erin mira a su alrededor, en el local. Luego, baja un poco la voz.

—Estoy revisando cosas de su pasado.

—¿Qué tipo de cosas?

—Archivos antiguos.

—¿De qué época?

—Hace unos diez años.

La forense se queda pensativa.

—Eso es mucho tiempo.

—Lo sé.

—Los sistemas cambian, los registros desaparecen…

—¿Desaparecen solos?

—No siempre.

Erin tamborilea con los dedos sobre la mesa.

—¿Alguna vez te ha pasado que un archivo… simplemente no esté?

Ángela suelta una pequeña risa.

—Trabajo en un laboratorio público. ¡Claro que me ha pasado!

—Pero esto es distinto.

—¿Por qué?

Erin duda un instante si responder, porque no quiere contar muchas cosas. Sin embargo, sabe que a Ángela se lo puede contar todo.

—Porque alguien se tomó la molestia de borrarlo.

Ángela guarda un silencio breve antes de contestar.

—Erin… Si estás tocando algo que ocurrió hace diez años en este pueblo, es mejor que andes con pies de plomo.

—Eso suena a un toque de atención…

—Suena a experiencia.

—¿Experiencia tuya? —pregunta arqueando una ceja.

—Experiencia de ver cómo funcionan las cosas.

—¿Cómo funcionan?

Ángela bebe un poco de su café.

—Los pueblos pequeños tienen memoria larga.

—Eso no suena peligroso.

—No —responde la forense, fijando su mirada en la de ella—. Lo peligroso es cuando alguien intenta despertarla.

—¿Crees que estoy exagerando? —pregunta después de un rato.

—Creo que no te gusta dejar cabos sueltos.

—No.

—Y eso a veces molesta a la gente.

—A mucha gente —sonríe ella con sutileza.

—Exacto.

Ángela deja la taza sobre la mesa.

—Solo digo que vayas con cuidado.

—¿Con quién?

—Con todo el mundo.

La inspectora esboza una sonrisa cansada.

—Hay otra cosa que no te he contado.

Ángela espera con la cara tensa.

—¿Qué pasa ahora?

—Creo que alguien dentro de comisaría me está vigilando.

—¿Cómo que te está vigilando?

—Recibí una carta anónima. Una amenaza bastante clara para que abandone la investigación del coche.

—¡¿Qué?! —exclama Ángela—. ¿Y sabes quién la envió?

—Todavía no. Precisamente eso es lo que intento averiguar.

—Madre mía, Erin… —resopla ella mientras se masajea las sienes.

—Y eso no es lo peor.

—No me digas que hay más.

—Alguien accedió al sistema utilizando mis credenciales. O al menos hizo creer que era yo. Manipularon mi perfil, utilizaron una imagen falsa y dejaron el rastro justo donde sabían que lo encontraría.

—Eso ya no parece una simple amenaza —responde la amiga, con la expresión ensombrecida.

—No. Es una advertencia.

—Una advertencia muy seria.

Erin asiente.

—Quieren que deje de hacer preguntas.

—¿Y piensas hacerlo?

Una breve carcajada escapa de los labios de Erin.

—Me conoces demasiado bien.

—Lo digo en serio.

—Yo también. Si pretendían asustarme, han conseguido exactamente lo contrario. Ángela la mira fijamente.

—Ese es precisamente el problema contigo.

—¿Perdón?

—Que cuanto más intentan frenarte, más te empeñas en seguir adelante.

Erin no discute, porque sabe que tiene razón.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

—Trabajar con más discreción, moverme por debajo del radar todo lo posible, hasta averiguar quién está detrás de esto.

—No lo sé, Erin. Sé que eres obstinada hasta límites enfermizos y que tu sentido de la justicia puede mover montañas, pero empiezo a pensar que estás acercándote a algo mucho más grande de lo que imaginas.

—Puede ser.

—Y si descubres qué hay al otro lado, quizá no puedas manejarlo.

—Sabes que no puedo dar media vuelta y fingir que no pasa nada —responde, resignada.

—Lo sé. —Ángela alarga una mano y le aprieta suavemente un brazo—. Por eso mismo me preocupo.

Erin le dedica una sonrisa agradecida.

—No pienso hacer ninguna locura.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que está a punto de hacer una locura.

Las dos se ríen, aunque ninguna de las dos encuentra realmente graciosa la situación.

—Prométeme al menos una cosa.

—¿Cuál?

—Que no bajarás la guardia.

Erin sostiene su mirada durante unos segundos.

—Te lo prometo.

Cuando salen de la cafetería, el cielo sigue gris. El río baja lento junto al paseo.

Erin camina unos metros antes de detenerse. Saca una pequeña libreta del bolsillo, donde ha escrito dos cosas: A.H y algún nombre o apellido terminado en A. Las inspecciona con detenimiento. Luego guarda de nuevo la libreta.

Por alguna razón, las palabras de Ángela siguen resonando en su cabeza.

Ten cuidado. No bajes la guardia.

Después del café con Ángela, decide tomarse un respiro de Genar y pone rumbo hacia el sur.

La carretera se retuerce entre colinas bajas y campos abiertos.

El cielo y el paisaje se tornan casi detenidos en una quietud que le resulta familiar.

Rabadás está a poco más de una hora. A lo lejos ya se percibe el mar.

Cuando las cosas se complican, Erin siempre termina volviendo allí. No porque sea un lugar más amable, sino porque es el único lugar que conoce de verdad y donde empezó todo.

La casa de sus padres sigue igual que siempre. La pintura algo desconchada en las ventanas y el pequeño jardín delantero lleno de macetas que ya nadie riega con demasiada atención.

Erin toca el timbre. Su madre tarda un poco en abrir, pero al fin aparece en la puerta, con un gesto cansado. Lleva el cabello blanco recogido con horquillas y una bata que le va grande.

La observa un momento.

—¡Vaya!… —exclama, sorprendida—. Si es mi hija.

No suena exactamente a alegría.

—¡Hola, mamá!

—Pensaba que te habías olvidado de que existía esta casa.

La inspectora entra sin responder. El interior huele a muebles antiguos, eso no ha cambiado.

Se sientan en la cocina. La conversación empieza de la misma manera que siempre.

—Aquí todo sigue igual —explica su madre—. La gente del pueblo cada vez está más tonta. Ayer la vecina de enfrente se pasó una hora hablando de sus gatos.

Erin se esfuerza en escuchar, aunque no sea de su interés.

—Y tu hermano… —continúa la mujer—. Ese sí que desapareció del mapa. Ni llama, ni viene, ni nada. Pero claro, él tiene una vida muy ocupada en Portland.

Al poco, cambia de tema sin transición.

—¿Y tú qué? ¿Sigues metida en esos juegos de policía?

—No son juegos, es trabajo —responde Erin.

—Sí, trabajo… pero tampoco vienes mucho por aquí.

La frase llega como una acusación.

—He estado ocupada —contesta respirando hondo.

—Siempre estás ocupada.

Acto seguido, la mujer sigue hablando. De la vecina, del ayuntamiento, de lo caro que está todo, de que la gente del pueblo ya no es como antes.

Las frases se mezclan unas con otras, saltando de un tema a otro.

Erin escucha con paciencia, sin discutir. Sabe que entrar en una discusión solo empeoraría las cosas.

Después de un rato se levanta.

—Tengo que irme.

Su madre se encoge de hombros.

—Claro. Siempre tienes prisa.

Erin se detiene en la puerta y luego le confiesa en voz baja:

—Solo quería decirte que te echo de menos. Y que… espero que algún día podamos pasar más tiempo juntas.

La mujer la mira sorprendida y algo cambia en su rostro. Durante un momento parece que baja una defensa invisible.

—Eres muy inteligente, Erin —le responde, mirándola con algo parecido a la ternura—. Y aunque no te lo creas, te quiero y… yo también te echo de menos.

Erin no dice nada, sigue atónita ante las palabras de su madre.

—Sé que a veces parezco una vieja amargada —añade la mujer con una pequeña mueca—, pero es que… no sé hacerlo mejor. No sé ni cómo hablarte a veces.

Erin, que sigue sin pestañear, se acerca a ella y la abraza. La mujer se queda rígida al principio, pero después responde al abrazo.

Cuando se separan, ninguna de las dos dice nada más.

Antes de volver a Genar, Erin hace una última parada. Ray siempre está en el mismo sitio los domingos: un pequeño bar en la plaza de Rabadás. Desde entonces, nunca han vuelto a quedar en el antiguo Blue Krek.

El forense está sentado en la terraza cuando ella llega. Es rabiosamente atractivo. La sigue con la mirada y sonríe al verla.

—Mira quién se hace visible —anuncia, sorprendido.

Erin se sienta frente a él.

—Sabía que estarías aquí, como cada domingo.

—Las tradiciones son importantes.

Al rato, el camarero les sirve unos refrescos.

—Tienes cara de estar metida en algo.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque siempre acierto.

Erin sonríe. La chispa entre ellos surge al instante, con la naturalidad de quienes nunca han dejado de verse.

—¿Caso nuevo? —pregunta él.

—Algo así.

—¿Complicado?

—El caso no es complicado… sino la gente que me lo está intentando complicar.

—Déjame adivinar… Hay gente que prefiere que no hagas preguntas y te está poniendo trabas.

—¿Lees la mente ahora? —pregunta ella levantando una ceja.

Ray sonríe.

—No, pero te conozco… y esa cara es de problemas.

Finalmente, Erin le explica todo el infierno por el que está pasando. Ray es su mejor amigo y una persona en la que confía cien por cien.

—Siempre que lo necesites aquí estoy. Siempre… —añade comprensivo, acariciándole una mano.

—Lo sé —responde ella y un cosquilleo en la barriga la sorprende.

—No te fíes de nadie.

—Eso empieza a ser un consejo recurrente —suelta, aflojando los hombros.

—Entonces por algo será.

Ray da un sorbo a su bebida.

—Si vas a seguir investigando… hazlo con discreción.

—Lo estoy haciendo.

—No —advierte mirándola con más atención—. Tú siempre vas de frente. Pero esta vez tienes que estar más alerta. Recoger información, escuchar, observar… Desde el anonimato.

Se acerca a su oído y le susurra:

—Y no enseñes tus cartas tan pronto.

Erin sostiene su mirada y lo observa de soslayo. Sigue oliendo a mandarina y a lugar seguro.

Antes de irse del pueblo, pasa por el cementerio. El sauce llorón sigue allí, estático y solemne, velando las tumbas…

El tiempo sigue avanzando fuera de ese lugar, pero allí todo permanece detenido: una eterna adolescente, una hermana que nunca llegó a crecer y un padre al que el corazón se le detuvo.

«Me pregunto si en el cielo también existe la culpa».