9
Si hubiera aprendido algo durante los últimos meses, es que las amenazas raramente llegan anunciándose. A veces se esconden en un informe aparentemente inofensivo, otras veces, en una firma o en un ordenador olvidado al final de un pasillo.
Cuando Erin entra aquella mañana en la comisaría, todavía no sabe que está a punto de ser el centro de atención.
—Buenos días —saluda Marta, una de las agentes, al cruzarse con ella junto a la máquina de café.
—Buenos días.
—Menuda rasca está haciendo, ¿eh?
—Sí —responde Erin, quitándose el abrigo—. Ha bajado mucho la temperatura.
—Sí, la verdad es que está haciendo un frío que no es normal —levanta la voz otro agente desde la otra punta de la sala.
Erin tarda un instante en darse cuenta de que nadie le ha hablado a esa persona, pero aun así, ha respondido. Estaba pendiente de la conversación. Y no es el único que hace eso.
Mientras enciende el ordenador, nota varias miradas desviarse rápidamente hacia sus pantallas, hacia sus papeles, hacia cualquier cosa que no sea ella.
El tipo de mirada que se aparta un segundo demasiado tarde.
Un cosquilleo nervioso le recorre la espalda.
Aquí hay orejas en todas partes. El peligro no está solo en si hay cámaras ocultas o teléfonos intervenidos.
Son las personas. Personas que escuchan, personas que observan, personas que informan.
Son las conversaciones, las frases casuales… En cada palabra que alguien pueda recoger y llevar después a otro despacho.
Se sienta frente al ordenador. En la mesa aún tiene el informe banal de la estafa que Lizarraga le asignó el día anterior. Lo abre y lo deja visible.
La pantalla ilumina su rostro. A partir de ahora, decide que absolutamente todo lo que diga aquí dentro tendrá que ser inofensivo y superficial. Casi vacío. Porque en esa comisaría ya no sabe quién escucha. Y lo que es peor, tampoco sabe quién está esperando a que cometa un error.
Mientras el archivo carga en pantalla, introduce discretamente un pequeño dispositivo USB en el lateral del equipo. Neil le enseñó eso: Si alguna vez necesitas entrar sin dejar huella directa, no lo hagas desde tu usuario. Y nunca lo hagas dos veces seguidas.
No es ilegal exactamente. Es más bien… una zona gris.
Erin abre una consola secundaria oculta tras un anodino archivo administrativo. A simple vista parece un documento más, perdido entre centenares de formularios y registros internos. Sus dedos se deslizan con soltura por el teclado, guiados por la costumbre.
Activa un acceso temporal que replica las credenciales de otro usuario, sin dejar rastros evidentes en la interfaz principal. El sistema tiene una caducidad automática. Se cerrará en veinte minutos.
Introduce el nombre y apellido de Diego Durán. El cursor titila unos segundos que se le antojan demasiado largos. Finalmente, el sistema responde y la ficha aparece en pantalla: Diego Durán, funcionario administrativo, jubilado siete años atrás. Especialidad: gestión documental y archivo histórico.
«No era policía exactamente, inspector o analista», piensa Erin, entrecerrando los ojos. «Era precisamente el tipo de persona al que nadie presta atención».
Y, sin embargo, los hombres que manejan información suelen resultar mucho más peligrosos que los que llevan una pistola.
Erin profundiza un poco más en la búsqueda. Se muestra un historial laboral detallado. Entonces, se percata de un vacío. Hace diez años, durante veinticuatro meses, Diego Durán había existido en una nube administrativa. Sin tareas asignadas, sin movimientos, ni incidencias.
«Esto me huele mucho más que a chamusquina».
Sigue ampliando la búsqueda. Intenta acceder a subcarpetas internas pero el acceso está restringido.
Introduce el segundo comando que Neil le enseñó.
El bypass es limitado. La pantalla empieza a parpadear y se muestra algo más: registros que han sido eliminados.
La fecha de modificación es posterior a su jubilación.
«¡Alguien entró después para borrar cosas!», piensa Erin, sintiendo una presión en la sien.
Amplía el historial financiero. No aparece nada llamativo; pensión normal, cuenta corriente sin movimientos extraños recientes, pero…
—¡Bingo! —susurra Erin.
Hace diez años hubo un ingreso extraordinario. El concepto dice compensación administrativa extraordinaria.
«¡Cincuenta mil euros! La cantidad es demasiado elevada para un simple funcionario».
Erin anota mentalmente la fecha. El sistema empieza a mostrar advertencia de sesión inactiva. Le quedan pocos minutos. Abre una última pestaña sobre relaciones profesionales, donde debería aparecer con quién trabajó en esa actualización estructural.
Si Diego Durán participó en aquella supuesta actualización, allí deberían figurar los nombres de las personas con las que trabajó.
La consulta se carga al poco tiempo. Entonces, aparece una lista extrañamente corta con tres registros.
O lo que queda de ellos. Los tres han sido manipulados.
El primero aparece completamente eliminado.
Del segundo solo sobrevive una inicial: A.
El tercero figura parcialmente corrupto.
El sistema no puede reconstruir el nombre completo, pero aún conserva las iniciales: A. H.
Erin reacciona enderezándose. Alguien ha intentado borrar aquellas referencias. Y ha estado a punto de conseguirlo.
El corazón le da un golpe seco. La pantalla centellea y la sesión se cierra de golpe. Ella retira el USB y vuelve al informe de la estafa.
Vázquez, desde su mesa, nota que su compañera ha conseguido nueva información valiosa y peligrosa.
* * *
Esa tarde, los agentes conducen hasta la casa de los padres de la viuda. La familia de Diego Durán no ha querido volver al apartamento.
—Demasiado dolor —les dijeron por teléfono—. Muchos recuerdos.
La casa, que había pertenecido a los padres de la mujer, está en la periferia del pueblo. Una construcción antigua de piedra, con el jardín sorprendentemente bien cuidado, para alguien que acaba de perder a su marido. Los rosales están podados y el césped recién cortado.
Las persianas, sin embargo, están a medio bajar, como si la casa no quisiera mirar hacia fuera.
Beatriz Ordóñez, la mujer de Diego, abre la puerta. Debe rondar los sesenta y algo. Lleva un jersey oscuro sobre un cuerpo grande y robusto. El cabello, que seguramente había sido castaño, ahora está atravesado por mechones grises recogidos con prisa en una coleta baja.
Tiene el rostro pálido y los ojos hinchados. Pero hay algo más que tristeza en ella, hay crispación.
—Inspectores —susurra en voz baja—. Pasen.
El salón está lleno de fotografías familiares. Los abuelos en blanco y negro, dos hijas adultas en graduaciones. Nietos en la playa…
Erin se sienta frente a ella. Vázquez permanece a un lado, observando la habitación con discreción.
—Queríamos hacerle algunas preguntas más sobre su marido.
La mujer asiente con un gesto nervioso.
—Yo estaba en Barcens con unas amigas ese día —empieza antes de que le pregunten—. Habíamos quedado para comer. Él no quiso venir.
—¿Lo notó extraño? —interviene el subinspector.
—No… Bueno… estaba… pensativo —expone rompiendo el contacto visual—. Lo estuve llamando toda la tarde. No respondía. Pensé que había salido o que se había quedado dormido.
Se le quiebra la voz.
—Subí al apartamento por la noche, dije hola… y nadie respondió.
Hace una pausa y aprieta las manos sobre el regazo.
—Y allí estaba su cuerpo… tendido en el suelo… en un charco de sangre —masculla reprimiendo un sollozo.
—En la nota decía que estaba enfermo —comenta Erin después de un breve silencio.
La mujer asiente con rapidez.
—Sí, sí, estaba enfermo.
—¿Qué enfermedad tenía?
—Bueno… estaba… delicado —responde algo descolocada.
Los agentes esperan a que le digan un diagnóstico claro.
—Problemas… de… de próstata —aclara al fin.
—Eso no suele ser terminal —replica Erin sin pestañear.
—Los médicos dijeron que podía complicarse —contesta la viuda tragando saliva.
Su voz se vuelve más baja y frágil. Parece asustada.
—¿Su marido estaba preocupado por algo últimamente, además de la enfermedad?
La mujer mira hacia la puerta del pasillo temiendo a que alguien pudiera estar escuchando.
—No —anuncia finalmente—. Solo… le preocupaba hacerse mayor.
La inspectora abre un archivo con unas fotos que le muestra.
—En el apartamento, la policía encontró una carpeta.
Beatriz levanta un poco la cabeza para ver las imágenes.
—¿Una carpeta?
—Sí. Estaba vacía.
La mujer se queda inmóvil.
—Pero en la portada había unas iniciales.
Erin escribe algo en su libreta y la gira lentamente hacia ella. A.H.
—¿Le suenan estas iniciales? —inquiere Erin.
—No —responde sin vacilar, aunque se remueve en su asiento, nerviosa.
—También había otras letras —continúa.
—Los nombres estaban casi borrados —interviene Vázquez.
La mujer no dice nada.
—Pero uno parecía terminar en A —añade Erin—. Y no sabemos a qué nombre se refiere.
La mujer aprieta los dedos hasta que los nudillos se vuelven blancos.
—No sé de qué me hablan.
La inspectora decide presionar un poco más.
—Su marido estuvo revisando documentos antiguos.
La mujer desvía la vista.
—Archivos de hace diez años.
Eso la rompe un poco. Sus ojos se llenan de lágrimas.
—Yo… yo le dije que lo dejara.
Erin se endereza hacia delante.
—¿Que dejara qué?
Beatriz niega con la cabeza.
—Nada bueno sale de remover el pasado.
—¿Qué pasado?
—El de este pueblo —responde con algo más que miedo en sus ojos. Culpa.
—Beatriz… ¿Qué pasó hace diez años?
—Nada —responde negando con la cabeza.
—Su marido estaba revisando archivos de esa época.
—No lo sé.
—Encontramos una carpeta con las iniciales que le hemos nombrado.
—No me suenan —contesta bajando la vista al suelo.
El silencio se vuelve pesado. Vázquez interviene con calma.
—Su marido llevaba semanas buscando información.
—No lo sé —repite ella.
—Señora Ordoñez, usted le dijo que lo dejara.
La mujer levanta la vista de nuevo. Sus ojos están llenos de angustia.
—Porque sabía que era peligroso.
La mujer respira hondo y parece que va a hablar, pero no lo hace. Niega con la cabeza una vez más.
—Yo no sé nada.
Su voz ahora es más firme. Más defensiva.
—Es mejor que se vayan.
La inspectora mantiene la mirada un instante más. Sabe que no conseguirá nada más, de momento. Se levanta despacio.
—Gracias por su tiempo, señora.
Antes de irse, Erin observa una fotografía en una estantería. Se trata del difunto marido. En otra época, más delgado, más serio. La fecha en la esquina del marco coincide con el período vacío en su historial. Dos mil dieciséis. Solo le quedaban tres años para jubilarse.
Erin mira de reojo a su compañero. Ambos han visto lo mismo.
Cuando salen de la casa, la tarde empieza a oscurecer. Las luces del jardín se encienden automáticamente detrás de ellos.
Vázquez abre el coche y los dos se sientan pensativos. Erin mira hacia la casa. Las persianas siguen a medio bajar.
—Tiene miedo —afirma finalmente.
—Sí.
Vázquez arranca el motor y sale despacio del camino de grava, antes de incorporarse a la carretera.
—Lo de la enfermedad era mentira —espeta Erin.
—O al menos no era el motivo.
—No sabía ni qué enfermedad tenía.
—Estaba repitiendo algo que alguien le ha dicho que diga.
Erin mira por la ventanilla. Los campos oscuros pasan lentamente, como una película, al otro lado del cristal.
—Las iniciales… —afirma al cabo de un momento ella—. Las conocía.
—Está claro que sí.
Vázquez cambia de marcha y ella apoya la cabeza contra el respaldo.
—No creo que estuviera borrado por casualidad.
—¿Crees que Diego intentaba ocultarlo?
—Creo que alguien quiso que desapareciera.
El coche atraviesa una curva cerrada. Las luces del pueblo empiezan a verse a lo lejos.
—Diez años —dice Vázquez.
—Diez años con un historial difuso.
—Diego Durán estaba metido en algo, en aquella época.
—¿Algo con A.H.?
—¿Y si ese A.H. es la víctima del coche? —repite Erin.
—¿De verdad crees que esto tiene relación con el caso del coche?
—No es tan descabellado… Justo cuando lo sacan del agua, muere nuestro amigo Diego…
—Quizás tengas razón. Tus corazonadas son un cincuenta por ciento fiables.
—¿Solo un cincuenta? —responde Erin con una mueca divertida.
—Hay otra cosa… —sigue el compañero—. Beatriz confiesa que le pidió que lo dejara.
—Sí.
—Eso significa que sabía lo que estaba buscando.
—O al menos sabía que era peligroso —dice pensativa.
—¿Qué pudo pasar aquí hace diez años? —pregunta Vázquez.
Erin tarda en responder.
—Algo lo bastante grave como para que alguien borre documentos oficiales.
—Eso no lo hace cualquiera.
—No —niega con la cabeza.
Mira por la ventanilla. Las primeras casas del pueblo pasan junto al coche.
—Eso lo hace alguien con poder.
—¿Dentro del Cuerpo? —pregunta él reduciendo la velocidad.
Erin no responde, pero un prolongado suspiro es suficiente para entender que sí.
Cuando aparcan frente a comisaría, el edificio se ve más oscuro de lo habitual. Erin se quita el cinturón y se queda mirando la fachada, ensimismada.
—Moisés.
—¿Sí?
—A partir de ahora debemos tener cuidado con lo que decimos aquí, dentro.
—Lo sé.
—Porque si alguien borró esos archivos, probablemente… sigue trabajando aquí —concluye Erin.
—Probablemente no, seguro.