8
Las calles del barrio viejo están casi vacías. La humedad del río se mezcla con el frío y deja una película fina sobre las aceras. Erin camina sin hablar. Vázquez la sigue medio paso por detrás. Ninguno de los dos quiere reconocer que están cruzando una línea roja.
El edificio de Diego Durán se levanta discreto, gris y anodino. Son tres plantas. Los balcones son estrechos y las persianas están bajadas.
—Todavía podemos darnos la vuelta —rezonga Vázquez mientras se detienen frente al portal.
Erin no responde de inmediato. Escudriña los buzones. El nombre Família Durán sigue allí, con la etiqueta algo torcida.
—Nos vamos a meter en un lío, Erin.
Ella introduce la llave de servicio en la cerradura del portal. La consiguió a través del administrador de la finca para intervenciones urgentes.
—Si quieres, vete o no entres. Lo entiendo.
—¿Cómo voy a dejarte sola? —le inquiere dejando escapar un suspiro.
El clic del portal suena muy fuerte. Suben las escaleras sin encender la luz del rellano. Erin lleva una mochila pequeña. Dentro, guantes de nitrilo, bolsas de plástico gruesas y una linterna.
Frente a la puerta del tercero A, se miran un segundo. Moisés, con algo de temor. Ella, con la adrenalina hasta las cejas.
Erin se coloca los guantes, luego saca dos bolsas y se las ajusta alrededor de los zapatos, fijándolas con cinta aislante que desenrolla con los dientes.
—Qué romántico —murmura Vázquez mientras hace lo mismo.
La inspectora intenta sonreír, pero no le sale.
La puerta no tiene ni siquiera precinto. La intervención fue rutinaria y rápida. Sin sospechas.
Introduce la llave que ha conseguido del registro de evidencias policiales. La puerta cede sin esfuerzo. El aire del interior está helado. Entran sin encender la luz principal. Erin usa la linterna, recorriendo el salón lentamente.
El apartamento está impecable. El sofá está alineado con la mesa baja y los cojines simétricos. Las revistas están apiladas con precisión. La televisión apagada y sin polvo.
—¿No crees…? —empieza Vázquez.
—Sí… Perfectamente ordenado.
No parece la casa de alguien que ha decidido morir. Ni de alguien que ha sido encontrado muerto. No hay el menor rastro del paso de una patrulla. Ni una silla movida. Ni una huella visible de guantes en el polvo inexistente.
Del mismo modo que si alguien hubiera limpiado después.
Ella avanza hasta el lugar exacto donde, según el informe, apareció el cuerpo. Junto al escritorio, tumbado en el suelo.
La científica ha marcado la posición con pequeñas señales adhesivas en el suelo. Todavía están allí. Rectángulos discretos, casi invisibles.
Erin se detiene frente a ellas, pensando. Ve el informe en su cabeza. El arma estaba en la mano derecha. La posición del cuerpo ligeramente ladeado. Las pastillas de sedantes sobre la mesa del comedor y la nota sobre el escritorio.
Algo no le acaba de cuadrar. Aunque aún no sabe decir el qué.
Se agacha, inspecciona el suelo. La madera está notablemente limpia. Luego, se fija en las píldoras.
—Si alguien se toma un bote entero de pastillas con la intención de morir —comenta—, no cierra la tapa después.
—Cierto.
Erin coge con cuidado su móvil y busca la foto que hizo del informe del cadáver.
—Y si se va a disparar un tiro después, tampoco se coloca así.
—¿Cómo? —pregunta Vázquez, mirando la imagen.
—Está posicionado, no es natural.
Vázquez observa la foto, sin entender del todo.
—Mira las marcas, el hombro, la inclinación. Parece… acomodado. Alguien debió colocarlo después.
Vázquez le da la razón. Luego, recorre la habitación con la linterna. Se detiene frente a la mesa del comedor. Analiza los envases de medicación alineados.
—Está claro que esto no lo hizo un hombre desorientado —señala en voz baja.
—No.
Se mueven por la casa con lentitud quirúrgica. No tocan nada sin antes mirarlo dos veces. Con guantes, abren puertas y evitan superficies innecesarias.
La cocina está ordenada, el fregadero vacío, el frigorífico casi lleno. No es la casa de alguien que tiene hijos y mujer. Ni la casa de alguien que se preparaba para morir.
En el dormitorio, la cama está hecha con precisión militar. Las camisas en el armario están incluso ordenadas por color.
Erin siente una incomodidad creciente. No es la muerte lo que la perturba, es la ausencia del caos.
Vázquez abre el primer cajón de la mesilla. Hay un reloj, unas gafas y una libreta vacía.
Abre el segundo cajón y lo que descubre lo deja paralizado.
—Erin.
Ella se acerca. Dentro hay una carpeta amarillenta, gruesa y vacía. Demasiado gruesa para no haber contenido nada. Erin la saca con cuidado. La sostiene por los extremos. La carpeta tiene marcas de presión. Seguramente, durante años hubiera guardado muchas hojas. Pero ahora no hay nada.
—Alguien se ha llevado lo que había aquí —señala Vázquez.
Erin pasa los dedos por la portada y nota algo, un relieve muy leve. Se notaba que había habido escritura en la hoja superior durante mucho tiempo, presionando contra la tapa.
—Dame un lápiz.
Vázquez le tiende uno del escritorio. Erin coloca un folio suelto sobre la carpeta. Empieza a sombrear suavemente. El grafito recorre el papel con movimientos horizontales. Al principio no surge nada. Ella aumenta la presión y entonces unas letras emergen lentamente.
—A.H… —murmura ella al fin.
La inquietud le araña los pensamientos.
—¿Y eso qué significa?
—Ni idea. Pero lo que está claro es que no es un suicidio —afirma Erin.
—No —responde él.
—¿Crees que podría tener relación con el cadáver del río? —añade.
—Yo no lo descartaría… —manifiesta pensando la respuesta—. Tenemos que averiguar quién era el verdadero Diego Durán… y por qué lo han quitado del medio.
La palabra «quitado» queda flotando. No hablan más.
Registran el resto de la habitación con sumo cuidado. Pero no encuentran nada más; ni discos duros ocultos, ni documentos, ni notas adicionales… Nada.
Cuando salen del apartamento, Erin apaga la linterna antes de cerrar la puerta. En el rellano, Vázquez le comenta preocupado:
—Si esto sale mal…
—Saldrá mal —afirma Erin—. La pregunta es cuánto.
—No sabes hasta dónde puede llegar esto.
Erin mira el edificio una última vez.
—Eso es lo que me preocupa. ¿Por qué lo han quitado del medio? ¿Quién era en realidad Diego Durán?
* * *
Una hora después, Erin llama al timbre de Cecilia. La mujer abre, con el delantal puesto y envuelta en un olor a queso fundido.
—Pensé que no venías.
—He terminado antes —responde con una mentira fácil.
Al entrar, la televisión ya está preparada y en el sofá hay dos mantas dobladas. La normalidad la golpea con una suavidad dolorosa.
Durante la película, Erin intenta concentrarse en la trama, pero le es imposible. A su memoria le viene la carpeta y las iniciales A.H. Pero en algún momento, sin darse cuenta, se queda dormida.
Cuando abre los ojos, la luz de la mañana entra por la ventana. Hay una manta sobre ella. En la cocina huele a café. Cecilia está preparando tostadas.
—Buenos días, inspectora —saluda con una sonrisa.
Erin tarda un segundo en ubicarse. El sofá. La casa de Cecilia. La noche anterior.
—Te quedaste frita —añade ella—. No quise despertarte.
Erin se incorpora. Se siente extrañamente protegida. Durante unas horas el mundo se muestra menos hostil.
Se sienta a la mesa. Cecilia le sirve café.
—Ayer te vi preocupada.
—Trabajo, ya sabes…
Cecilia asiente y no insiste.
—Come algo. No puedes enfrentarte al mundo con el estómago vacío.
Ella sonríe, aunque mientras muerde la tostada, su mente ya está en otro lugar. Las iniciales, el coche en el río, la amenaza… Muchas cosas para procesar.
Alguien está borrando huellas en el caso del coche y en el de Diego Durán. «¿Estarán los casos conectados? ¿Tendrán algún tipo de relación?», piensa.
Erin deja la taza sobre la mesa.
—Gracias por el desayuno.
—Para eso están las vecinas —responde Cecilia.
Erin coge su abrigo.
—Eres más que una vecina. Eres una buena amiga…
Al salir a la calle siente una punzada dentro del estómago. Su cuerpo la avisa de que van a venir días intensos e incluso peligrosos. Sabe que ha cruzado más de un límite, pero no va a darse la vuelta. Ahora ya no hay marcha atrás.