7
El viernes se presenta casi como un enemigo. Se ha pasado la noche en blanco. Tiene la sensación de llevar semanas despierta.
Cuando abre la puerta, Cecilia ya está en el rellano, con un táper envuelto en un paño de cocina.
—Ay, hija… qué mala cara tienes hoy. ¿Te encuentras bien?
—Sí… —miente Erin—. Es solo que he dormido poco.
Cecilia la observa con esa ternura que no necesita insistencia.
—Te he hecho uno de mis guisos con ternera. Esto resucita hasta un muerto.
La frase cae con una ironía involuntaria. Erin la abraza, no solo para agradecerle el alimento, sino porque siempre está cuando la necesita. Cecilia lo nota y le acaricia la espalda sin preguntar.
—Pásate esta noche por casa y hablamos un rato. Es viernes, hoy toca pizza.
—Te llamo y te digo… ¡Gracias, Cecilia!
—¿Gracias por qué? Si solo es un guiso.
—Ya sabes por qué —responde ella sonriendo con cansancio.
—Que vaya bien tu día. Y dile a Vázquez que se pase un día a comer.
—Se lo diré.
Respira hondo antes de entrar en comisaría, como quien se prepara para ser evaluado.
El pasillo se le antoja más largo que nunca, más estrecho y vigilado. Cuando el compañero la ve, aparece con un café bien cargado.
—Buenos días. ¿Cómo estás?
—Cansada… pero bien.
Le señala discretamente el informe sobre su mesa. Él lo entiende enseguida.
—Perfecto. Yo continuo con esto mientras te acabas el café.
Erin le ha dejado una nota dentro del expediente. Moisés la abre con naturalidad.
«Ayer alguien estuvo en mi casa. No he encontrado nada, pero han entrado. Vamos a alejarnos del caso desde dentro. Lo trabajaremos fuera. Como tú dijiste, aquí no es seguro».
Él asiente muy despacio sin cambiar el gesto. Eso la tranquiliza más que cualquier palabra.
A media mañana, la llaman. El despacho de Lizarraga está en la penumbra. No la invita a sentarse.
—Tenemos que dar una rueda de prensa.
—¿Para qué?
—Para explicar que lo del coche fue un accidente.
—¡No es verdad! —protesta Erin.
—Es lo que podemos demostrar.
—¡Falta el ADN, faltan entrevistas, han desaparecido pruebas…!
Lizarraga la observa con una mezcla de cansancio y algo más difícil de identificar.
—No puedes probar nada de eso.
—Eso no significa que no esté ocurriendo.
La tensión entre los dos se puede palpar.
—Se archiva provisionalmente —resopla finalmente el comisario.
—Entiendo —responde ella, impotente.
No discute ni se altera. Esa calma parece incomodarlo.
—Necesito que te encargues de otro asunto —añade Lizarraga—. Una denuncia por estafa menor. Un anciano al que han vaciado la cuenta con una llamada falsa del banco.
—De acuerdo.
Cuando sale del cuarto, sabe que la han desplazado definitivamente del caso. La envían para hacer algo sencillo, es como un castigo suave. Se está acercando demasiado a la verdad y necesitan apartarla, neutralizarla.
* * *
La mañana avanza con una tranquilidad artificial. Erin revisa el caso de la estafa telefónica; transferencias pequeñas, un número extranjero. Nada que no haya visto antes.
El murmullo de la comisaría se convierte en ruido blanco, hasta que cambia. No es el volumen lo que lo hace distinto sino su intensidad. Cuando alguien muere, el aire se vuelve diferente…
Vázquez se levanta y va a por agua. Oye como dos agentes hablan junto a la máquina de café.
—¿Quién?
—Un jubilado.
—Ah. Vaya mierda acabar así…
Moisés se asoma en la puerta del despacho de la inspectora.
—¿Has oído?
Erin niega con la cabeza.
—Diego Durán.
Sabe de quién se trata. Es un policía jubilado de setenta y tres años.
—¿Qué ha pasado?
—Se ha quitado la vida.
—¿Cuándo? —pregunta, extrañada.
—Anoche.
—¿Cómo?
—Cuentan que fue en su casa. Se tomó unas pastillas y luego se pegó un tiro. Dejó una nota…
A Erin le viene un recuerdo del hombre, sonriendo, haciendo bromas… Tiene mujer, hijos y nietos. No le cuadra esa imagen de él.
—¿Han leído la carta?
—Dice que estaba enfermo. Que no quería ser una carga.
—¿Estaba enfermo?
—No lo conocía bien, pero al parecer nadie por aquí estaba al caso.
En la sala común alguien ríe por algo trivial. Esa normalidad le resulta obscena.
—Quiero ver el informe.
—Erin…
—¿Acaso tienes algo mejor que hacer? Quiero verlo…
Al poco tiempo Vázquez aparece con el informe. Este es breve. La escena parece muy ordenada, sin signos de violencia.
Erin lee la carta manuscrita:
«Perdonadme. No puedo seguir así. No quiero que me recordéis enfermo».
—¿Me acompañas fuera a fumar? —le pregunta a Moisés.
—¿Desde cuándo fumas?
Erin le hace un gesto brusco con la cabeza, indicando que es la consigna para hablar fuera de comisaría.
—Ah, claro, yo también voy a fumar.
—¿Qué te parece la nota? —le pregunta ella, una vez afuera.
—Es muy correcta…
—Es una nota muy breve, no hay ninguna mención a su familia, ni una despedida personalizada…
—¿Insinuas que es falsa?
—Casi lo estoy afirmando… Observa la firma.
Los dos miran un rato largo el autógrafo.
—Parece perfecto —responde Moisés.
—Y demasiado estable para alguien que decide quitarse la vida.
Una hora después, ella sigue revisando el historial profesional de Diego Durán.
—Tenía acceso a archivos históricos… —habla para sí—. Interesante… ¿Qué tipo de archivos? ¿Algo sensible que alguien querría ocultar?
El sonido del teléfono rompe su ensimismamiento. El número es desconocido.
—Butler.
Al otro lado se oye una respiración. Nada más. Luego la línea se corta.
—¿Todo bien? —le pregunta Moisés desde el otro lado.
—Publicidad.
Pero un temblor sutil le recorre la mano.
Esa noche, en casa, la noticia aparece en un periódico digital local.
Fallece un antiguo funcionario policial en aparente suicidio.
« Aparente » , piensa ella.
Logan salta al sofá. Ella mira al techo mientras piensa.
«Diego Durán. Tenía dos hijas y tres nietos. Un hombre que no quería ser una carga. ¿Y si se sentía amenazado por algo?».
El móvil vibra. Es un mensaje de Cecilia:
¿Caliento ya las pizzas?
Erin tarda unos segundos en responder.
Perdona, tengo que salir un momento. Guárdame un trozo y luego vemos una peli.
Coge las llaves, decidida a buscar respuestas.