6
Son las cinco de la mañana y Erin está estirada boca arriba, mirando el techo. La habitación está en la penumbra, teñida de un gris azulado que anuncia el amanecer. El despertador sonará en veinte minutos, pero no lo necesita. Lleva horas despierta.
Logan salta sobre la cama con la naturalidad de quien sabe que el mundo le pertenece. Camina despacio sobre el edredón y se acomoda sobre su vientre, enroscándose con delicadeza. Ella le acaricia el lomo distraídamente.
—¿Qué crees que tengo que hacer, Logan?
El gato responde con un ronroneo grave y se frota contra su mano.
—¿Debería hablar con algún superior? ¿Con Lizarraga?
Al pronunciar ese nombre, algo en su interior se tensa. Hasta hace unos días, Frank Lizarraga era una figura estable. Un referente. Un superior firme, quizá distante, pero coherente.
Ahora, cada vez que piensa en él, siente una ligera disonancia. Algo no concuerda. Detrás del gesto contenido parece haber una segunda capa, que ella no alcanza a ver.
—Siento que es un impostor —musita.
Logan levanta la cabeza y la observa con esa serenidad animal que no juzga.
—No estoy segura de en quién puedo confiar.
El despertador suena. El ruido la atraviesa como un rayo.
Se levanta sin energía. Va directamente a la ducha. El agua caliente cae sobre sus hombros, pero no consigue aflojar la tensión que le oprime el pecho. Hoy no habrá sesión de correr. No tiene fuerzas para fingir normalidad.
Mientras se seca frente al espejo, se examina atentamente. Los ojos inflamados, la mandíbula rígida… Algo ha cambiado en ella.
No sabe si es peor la amenaza de Jameson Harris acechándola, o la amenaza interna en su propio trabajo.
Cuando camina por el pasillo de la comisaría, siente las miradas como pequeñas agujas clavándose en la espalda. Quizá no la miran y solo sea su imaginación, pero su cuerpo reacciona igual.
Observa cada puerta, cada pantalla y cada conversación que se interrumpe cuando pasa cerca.
Su miedo irracional crece por momentos, incluso el aire se le hace insuficiente.
—¿Estás bien?
La voz de Moisés la saca de ese estado. Él está frente a su mesa, con dos cafés en la mano y una bolsa de papel.
Ella parpadea.
—¿A ti qué te parece? —responde, forzando una sonrisa.
Moisés la estudia con atención.
—Pues por tu cara diría que no has dormido ni gota. Así que he pensado que esto podría ayudar.
Le deja un café delante y un cruasán recién hecho. El olor a mantequilla caliente le resulta reconfortante.
Siente una punzada de vergüenza por la sospecha que la atravesó la noche anterior. Había dudado de él.
Recoge el café. El calor de la bebida le reconforta las manos. Deja el dulce en la mesa.
—Come —dice Moisés.
—Luego.
—Insisto.
Hay algo en su tono que la hace mirarlo. Abre el cruasán por la mitad. Dentro, doblado con precisión, hay un pequeño papel. Erin lo extrae con disimulo.
«He estado pensando. Está claro que nos vigilan. Así que vamos a bajar el perfil. No hablaremos de sospechas aquí. Ni por teléfono. Solo cosas procedimentales. Fuera, veremos qué podemos hacer».
Erin asiente con la vista. Moisés la observa con aparente normalidad, dando un sorbo a su café. Se acerca un poco hacia ella.
—No estás sola en esto —le susurra.
El alivio le afloja el pecho por primera vez desde anoche. Justo la frase directa y sincera que necesitaba.
Erin guarda la nota en el bolsillo interior de la chaqueta. Y por primera vez en horas, siente que el suelo deja de inclinarse.
* * *
Han pasado tres días desde que enviaron la muestra de ADN. Tres días sin respuestas. Tres días en los que las pruebas han empezado a evaporarse. El adhesivo, las imágenes, el número de bastidor, el registro digital. Y ahora el silencio del laboratorio.
Erin resopla con resignación. Intenta ser racional. Puede haber retrasos, errores, procedimientos saturados… pero la lógica empieza a tomar un cariz ingenuo.
«¡Qué demonios! Me han amenazado. ¡Me quieren apartar del caso!», piensa.
La idea ya no es una exageración, es muy real.
Coge el teléfono y marca el número directo del instituto forense. Cada tono se alarga.
—Ángela…
—Erin. Justo te iba a llamar.
—¿Qué ha pasado?
—Me han dicho los del laboratorio que ha habido una contaminación cruzada y que han tenido que repetir el análisis.
El estómago se le contrae. Otra pieza más que se retrasa. No puede ser una coincidencia.
—¿Cuánto tardará?
—Una semana o quizá más.
—Una semana es una eternidad.
—Lo siento.
Erin toma aire.
—Oye… por cierto —suelta la forense disipando la tensión—, he pensado que podríamos cenar esta noche. Hace mucho que no quedamos…
—Claro —responde ella, aunque no le apetece mucho—. Me parece bien.
—Perfecto.
Para ella no va a ser solo una cena, sino una prueba de si su amiga es fiable o no.
—¿Qué pasa? —pregunta el subinspector sin apartar la vista de unos informes.
—Nada —contesta enfadada—, que las muestras de ADN tardarán al menos una semana más. Dice Ángela que hay contaminación cruzada.
—Bueno, son cosas que pasan. Ten paciencia —le responde, siguiéndole la corriente, aunque la mueca de asco que le pone lo dice todo.
* * *
El restaurante es discreto y pequeño, con luces cálidas y mesas demasiado juntas. Ángela llega puntual. Se abrazan como siempre cuando están fuera del trabajo. La forense percibe enseguida que algo en su amiga no está bien.
—¿Qué te pasa? —pregunta mientras se sientan—. Por teléfono querías sonar normal, pero no lo estabas.
—Están desapareciendo pruebas —responde, irritada.
—Lo imaginaba… —admite sin sorprenderse.
—¿Cómo que lo imaginabas?
—He visto algunas consultas sobre el cuerpo, antes de que el informe preliminar estuviera terminado —contesta Ángela bajando la voz.
—¿Consultas de quién?
—Del sistema interno. Nivel de permisos alto. No tengo la identidad completa del usuario.
—¿Y eso es normal? —pregunta Erin, sintiendo que el pulso le golpea en la garganta.
—No.
El camarero se acerca, las dos piden algo casi sin mirar la carta. Cuando se quedan solas de nuevo, Ángela le coge el brazo con suavidad. El gesto es afectuoso.
—Debes tener cuidado.
—¿Cuidado con quién?
—Con todos —contesta sin desviar la vista de ella.
No suena dramático, pero sí honesto.
Erin está a punto de decirle que su usuario apareció en el sistema como responsable de una limpieza masiva, que la están incriminando. Pero algo la detiene. Todavía no sabe en quién confiar completamente y esa duda le pesa más que el miedo.
Al regresar, Erin tarda más de lo habitual en subir las escaleras de casa. No sabe exactamente por qué. Tal vez es el vacío sonoro del rellano. Tal vez es la sensación de que alguien ha pasado por allí hace poco.
Cuando abre la puerta, Logan no acude rápidamente. Eso ya es extraño.
—¿Logan?
El gato camina despacio, con la cola baja y no corre hacia ella como otras veces. El maullido es corto y turbador.
Deja el bolso sobre la consola de la entrada y entonces advierte que hay algo extraño. La taza está en el extremo izquierdo de la mesa. Ella siempre la deja en el centro. Siempre.
Se queda quieta, escuchando. Pero solo se oye el frigorífico, el ligero ruido del tráfico lejano y su propia respiración.
—No empieces —bisbisea para sí.
Avanza por el salón con pasos lentos. Observa los cojines, la lámpara, la estantería. No ve nada evidente.
Logan vuelve a maullar, esta vez más agudo e insistente, como queriendo decirle algo. Ella siente un cosquilleo incómodo en la nuca.
Se dirige al pasillo, abre el baño de golpe. Vacío. Luego el dormitorio. Vacío. Los armarios. Nada.
Respira hondo y se obliga a pensar con lógica. «Puede que haya movido la taza sin darme cuenta».
Pero al acercarse al balcón se da cuenta que la hoja derecha de la ventana no encaja del todo en el marco. Solo faltan unos milímetros. Muy sutil, pero suficiente.
Pasa los dedos por el cierre. Está mal ajustado. Ella no lo dejó así, está segura.
El corazón empieza a latirle con fuerza. Alguien ha estado allí. «¿Y si es la misma persona que hizo las fotos?».
Da un paso atrás. La casa, de pronto, ya no es su refugio, es un escenario.
Por instinto, revisa de inmediato debajo de la mesa, en busca de micrófonos ocultos. Luego, detrás del televisor, los enchufes, los detectores de humo… Busca con una concentración casi obsesiva. No encuentra nada, aunque eso no la tranquiliza.
Va al dormitorio. Se sube a una silla y abre el altillo del armario. Abre una caja de zapatos y saca una pistola. La sostiene un instante.
Regresa a la cocina y se sienta frente a la mesa, con el arma apoyada delante de ella.
Logan salta a la silla contigua, nervioso.
Erin mira la puerta, esperando a que en algún momento alguien gire la manilla.
La ausencia de ruido se hace insoportable.
Se levanta de golpe, abre un cajón, aparta con brusquedad las camisetas dobladas y saca un teléfono pequeño, gris y sin funda, de prepago.
Las manos le tiemblan de forma imperceptible. Marca el número, de memoria. Neil responde al tercer tono.
—¿Quién es?
—Soy yo.
—¿Erin? ¿Por qué me llamas desde este número?
—Porque no sé si me han pinchado el mío —contesta tragando saliva.
—¿Qué estás diciendo?
—Han estado en mi casa y no es la primera vez.
—¿Cómo lo sabes?
—Por pequeños detalles. El gato estaba alterado cuando llegué… Y en comisaría… están borrando cosas. Usaron mi usuario para limpiar registros. Están intentando incriminarme.
—Erin, despacio. Respira…
Pero ella no puede evitarlo. La tensión acumulada en los últimos días se ha transformado en ansiedad.
—Quieren que me aparte del caso. Y no sé quién. No sé en quién confiar. Puede ser cualquiera. Desde dentro. Desde arriba… Incluso he llegado a pensar que es Jameson Harris, que ha venido a Genar, a buscarme. No sé si todo esto tiene que ver con él. No sé nada.
La voz se le quiebra, hacía meses que no lloraba. Las lágrimas caen cautelosas.
Neil tarda un segundo en reaccionar.
—Eh, eh. Estoy aquí. Respira conmigo.
Erin intenta inhalar y exhalar poco a poco.
—Cuéntame todo desde el principio —le pide él con calma—. Sin saltarte nada.
Acaban hablando durante casi una hora. Ella desgrana los hechos: el coche, las pruebas, la limpieza digital, la nota anónima…
Neil escucha sin interrumpir. Cuando termina, se siente como si hubiera vaciado una fuente de lava que llevaba dentro.
—Vale —anuncia él finalmente—. Primero: no estás loca. Si alguien ha usado tu usuario, eso es grave. Segundo: no te precipites. No acuses a nadie. No te aísles. Tercero: documenta todo. Absolutamente todo.
Erin asiente, aunque él no pueda verla.
—Voy a intentar ir antes de Navidad.
—No —responde ella en el acto—. No quiero que vengas.
—Erin.
—Si vienen a por mí, no quiero que estés aquí.
—No son ellos contra ti. No te cierres en banda. Ten cuidado —la aconseja finalmente Neil.
La frase le recuerda a la de Ángela. «Ten cuidado con todos».
—Lo tendré.
Al colgar, la casa vuelve a quedarse en silencio. Erin apaga el teléfono. Deja la pistola sobre la mesa, luego, se levanta y va hasta el balcón. Cierra la ventana con firmeza. Baja la persiana sólo hasta la mitad, no quiere sentirse encerrada.
Regresa a la cocina y apaga las luces. Se queda a oscuras, observando la puerta desde la sombra.
Si alguien vuelve esta noche… no la encontrará desprevenida. Pero en el fondo sabe algo peor. Si han entrado una vez, pueden volver a hacerlo. Y la próxima vez, quizá no moverán sólo una taza.