5
El sobre sigue sobre la mesa entre ellos. Erin no lo ha vuelto a tocar desde que se lo enseñó a su compañero.
Las fotografías permanecen dentro, pero ambos conocen ya cada detalle. El encuadre, los ángulos, la distancia. La convicción de que quien la tomó sabía exactamente dónde estaba ella.
Vázquez se apoya en el borde del escritorio, con los brazos cruzados. No ha hecho ninguna broma. No ha intentado rebajar la tensión. Eso, en él, es inusual.
—Tenemos que decírselo a Lizarraga —anuncia al fin.
—No —responde Erin negando lentamente.
—Erin…
—No sabemos quién la ha dejado.
—Precisamente por eso.
—¿Y si ha sido alguien de aquí? ¿O el propio Lizarraga?
—¿Alguien del Cuerpo? —pregunta Vázquez perplejo.
—Alguien con acceso. Alguien que sabe dónde trabajo y dónde vivo.
El compañero no responde al instante. Mira el sobre, luego la fotografía.
—¿Y si es… Harris?
—¿Jameson Harris? No…
—Pero dijiste que te envió una postal a tu casa amenazándote…
—Ya, pero esto es diferente. No es él.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque no es su letra.
—Han pasado dos meses. ¿Cómo puedes acordarte de cómo es su letra?
—Si hubieran pasado años también la reconocería —responde—. Además, ¿por qué iba a decirme que deje el caso?
Vázquez no tiene respuesta para eso.
—Sea quien sea —añade él finalmente—, quiere asustarte.
—No. Quiere que me detenga —niega, casi imperceptiblemente.
Los dos entienden lo que eso significa. Hay alguien que cree que ella es una amenaza y no quiere que siga hurgando en ese asunto.
—Aun así —insiste Vázquez—, Lizarraga tiene que saberlo.
Erin observa el sobre unos segundos más. Luego lo guarda en el cajón.
—Primero quiero ver cómo reacciona con lo otro, y luego ya veremos.
El despacho del comisario está casi a oscuras cuando entran.
La persiana está medio bajada y la luz del exterior se filtra en franjas oblicuas que atraviesan la estancia como barrotes.
El comisario está sentado tras la mesa, tranquilo, con las manos entrelazadas frente a él.
Levanta la vista cuando entran. No sonríe ni se muestra asombrado.
—¿Qué ocurre?
Los agentes intercambian una mirada fugaz.
—Nos han comunicado que la matrícula del coche es prácticamente irrecuperable —explica ella.
Lizarraga baja la vista hacia los papeles que tiene delante.
—Bueno… Es normal. Llevaba muchos años bajo el agua.
—No es eso —insiste ella—. Hace solo dos días nos dijeron que era posible recuperar algunos caracteres… y ahora es como si alguien la hubiera manipulado.
El comisario alza la vista de nuevo, esta vez con un gesto de impaciencia poco disimulado, observando como la conversación se desvía hacia un terreno resbaladizo.
—Erin, tenemos que confiar en que la científica hace todo lo que puede. ¿Qué estás insinuando? ¿Que te están mintiendo?
La inspectora arruga levemente la nariz y exhala por la boca con brusquedad. Siempre hace eso cuando intenta contener algo que preferiría decir en voz alta.
—También ha desaparecido una prueba —añade finalmente.
—¿Cuál?
—El fragmento de adhesivo y las imágenes asociadas.
El comisario los observa en silencio unos segundos que se estiran más de lo natural.
—¿Estáis seguros de que no ha sido un error de catalogación?
—No —responde ella con firmeza.
—No hay registro, ni traslado, ni eliminación autorizada —añade Vázquez—. Simplemente ha desaparecido.
Lizarraga apoya la espalda en la silla. La madera cruje suavemente.
—Cada día entran y salen decenas de pruebas —dice con una voz medida—. Los sistemas fallan y las personas también.
—Esto no es un fallo —replica Erin—. Es una desaparición selectiva.
Las palabras quedan flotando en el despacho. Lizarraga balancea la silla sobre las patas traseras.
—No convirtamos esto en una teoría conspirativa —responde, al fin—. Si aparece, avisadme.
Una forma elegante de cerrar la conversación.
Ella siente cómo la frustración se transforma en una calma peligrosa. A su lado, Vázquez guarda silencio. Observa al comisario con una intensidad discreta, casi imperceptible, intentando descubrir si la indiferencia es real… o ensayada.
Cuando salen del despacho, Erin sabe una cosa con absoluta claridad: no puede confiar en él. Por eso no le ha dicho nada de la carta.
Esa tarde, el despacho se llena del sonido constante de teclas: Bases de datos abiertas, archivos antiguos, registros que se desplazan por la pantalla igual que si pertenecieran a otra época.
—Denuncias, desaparición, vehículo, Ford Mondeo —murmura Vázquez, mientras escribe, sin apartar la vista de la pantalla.
La base de datos responde con una lista vacía. Prueba de nuevo. Cinco años atrás. Nada.
El subinspector ajusta el filtro temporal. Sus dedos se mueven con rapidez mecánica, repitiendo un gesto aprendido demasiadas veces. Seis años. Nada. Siete. Nada.
El cursor parpadea en el centro de la pantalla, indiferente. Diez años. Nada.
Erin se aproxima hacia la pantalla, apoyando una mano en el borde de la mesa.
—Amplía a toda la provincia. Y quita el filtro por municipio.
Vázquez asiente a duras penas y modifica los parámetros. Añade coincidencias parciales en el modelo. Búsqueda por rango de años. Matrículas similares. Bastidores incompletos.
El sistema procesa. Tarda unos segundos. El resultado: vacío. Ni una denuncia por sustracción. Ninguna comunicación de desaparición. Ningún expediente cerrado por «vehículo localizado». Ninguna baja por exportación. Ni una reclamación de seguro asociada al modelo en esa franja temporal. Nada.
El policía se reclina hacia atrás lentamente. La silla chirría bajo su peso, un sonido estridente que parece más alto de lo que debería.
—Esto no cuadra.
Ella sigue mirando la pantalla, confiando en que termine mostrando algo revelador.
—Espera —indica él, impaciente.
Abre otra ventana y accede al registro de actividad del sistema.
—¿Qué haces? —pregunta Erin.
—Si no hay resultados, quiero ver si alguien tocó la base de datos.
Teclea su clave y al momento emerge el historial de accesos. Es una lista breve. Él se queda quieto.
—¿Qué? —insiste Erin.
Él amplía una línea. Fecha: hace tres días. Hora: 02:17 de la madrugada. Tipo de acción: actualización masiva de registros. Categoría: vehículos sustraídos.
Amplía el campo de usuario. En la pantalla aparece un identificador.
—¿Quién es? —pregunta ella impaciente.
Vázquez, después de un momento le responde:
—Eres tú.
—Eso es imposible —refunfuña Erin, sintiendo una ligera presión en el pecho.
Vázquez la mira, pero no con sospecha, sino con desconcierto.
—Es tu usuario: BUTLER.E
—Yo no estaba aquí a las dos de la madrugada hace tres días.
—Alguien podría haber accedido de forma remota.
Ella sigue mirando a la pantalla, perpleja.
—Aunque la acción fue manual —continúa él—. No es una re-indexación automática del sistema, es una modificación lanzada desde una sesión activa.
—¿Desde dónde accedieron al archivo?
Vázquez amplía un poco más el detalle.
—Edificio central, segunda planta, ordenador 3B.
Erin siente un vuelco en el estómago. Su despacho está en esa misma planta, a escasos metros del puesto señalado.
—Eso está en nuestro pasillo —murmura ella—. ¿De quién es el ordenador?
—De nadie. Precisamente por eso me preocupa. Es un ordenador de uso común.
—Entonces, cualquiera pudo acceder.
—Exacto. Si alguien encontró una sesión tuya abierta o consiguió tus credenciales, pudo entrar en el sistema haciéndose pasar por ti.
—Siempre cierro la sesión —dice ella y niega con la cabeza.
Pero de pronto no está completamente segura. Recuerda aquellas tardes largas de estrés, cafés e interrupciones.
—Si han usado tu usuario, han querido que parezca cosa tuya.
Erin vuelve a mirar la pantalla. Su usuario sigue allí. BUTLER.E. Su nombre está asociado a una limpieza masiva de registros.
—Alguien quiere incriminarme, que parezca que tengo las manos manchadas en este caso —concluye, con la rabia recorriéndole todo el cuerpo.
—O te retiras del juego, o lo usan contra ti… —resopla él, visiblemente afectado.
Erin aparta la vista de la pantalla. Empieza a tomar conciencia de que la amenaza no está en el río, está dentro del edificio. Y lleva su contraseña.
Erin escudriña, en estado de alerta, toda la comisaría.
Luego examina a su compañero. Lo observa unos segundos más de lo necesario.
Busca algo en su expresión. Alguna grieta.
Un gesto que desentone. Una vacilación o cualquier señal que confirme o destruya la sospecha que acaba de nacer en su interior.
¿Y si todo el mundo miente? ¿Y si ya no puede confiar en nadie nunca más?
La desconfianza ha empezado a extenderse dentro de ella como una mancha de tinta en el agua.
Ya no solo desconfía del comisario, de la científica…
La sospecha está cruzando una frontera más peligrosa.
Ha llegado hasta él. Hasta Moisés. Su amigo y compañero.
Lo estudia con atención. La forma en que respira.
La quietud de sus hombros. La naturalidad con la que sostiene su mirada.
Pero no encuentra nada. Solo ese rostro cansado, familiar, humano y transparente.
No. Vázquez no. Erin lo descarta. Lo rechaza al instante, pero aun así, la duda ya ha existido y eso es suficiente. Por primera vez desde que llegó a Genar, no está completamente segura de quién tiene delante.
Vuelve a su mesa y se deja caer en la silla. El cursor sigue parpadeando en la pantalla del sistema. Abre el correo interno. Todavía no tiene ninguna notificación del laboratorio, ni aviso o mensaje.
Cierra la bandeja de entrada. Entonces su pantalla parpadea un segundo. Casi imperceptible, como un fallo eléctrico.
Ella entorna los ojos con recelo. En la esquina inferior derecha sale una notificación del sistema. Por un instante, la pantalla se oscurece sutilmente. Hay una débil intermitencia. Podría ser un fallo del monitor. O no.
En la esquina inferior derecha aparece una línea breve: Sesión actualizada correctamente.
Erin no ha tocado nada. Se queda paralizada. El mensaje se esfuma solo.
Al otro lado del pasillo, una puerta se cierra con un clic casi inaudible. Ella no sabe cuál y no está segura de querer saberlo.