Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 4
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El sol de noviembre entra en diagonal por la ventana del salón, dibujando una línea dorada sobre el suelo de madera.

Desde el sofá, Erin puede ver el puente de piedra que cruza el río Ocar, sus arcos reflejados en el agua verde, como una fotografía antigua movida por la corriente.

Genar se ve tranquilo desde allí arriba.

Logan está enroscado sobre el respaldo del sofá, vigilando la calle con esa solemnidad felina que parece decir que nada ocurre sin su consentimiento. Su pelaje brilla bajo la luz de la mañana y sus ojos siguen movimientos que Erin no alcanza a percibir.

Termina el café y deja la taza sobre la mesa. Se calza las bambas y sale a correr. Al bajar las escaleras del edificio se encuentra con Cecilia, su vecina y su segunda madre.

— Bon dia , Erin —saluda con una sonrisa agradable—. ¿Vas a correr un poco?

Cecilia tiene el cabello gris recogido en un moño bajo y no se desprende nunca de su abrigo bien planchado, aunque solo baje a tirar la basura.

Siempre cuenta que le quedan cinco años para jubilarse.

Lo repite a menudo atravesándolos con la paciencia de quien cuenta estaciones.

Es viuda desde hace más de una década, trabaja en correos y ha viajado más que la mayoría de la gente del pueblo.

Lee novelas históricas y biografías, con la misma pasión con la que habla de Italia o de Lisboa.

—Sí —responde Erin—. Voy a correr.

—¿Vienes a comer hoy o te preparo un táper?

—Vendré. Trabajo de tarde…

—Perfecto. Hoy viene mi amiga Elena. Haré lentejas…

—Genial.

La relación entre ellas es sencilla. No se deben nada. No se exigen nada. Cecilia cuida de Erin sin invadir su espacio y de manera natural. Erin escucha a Cecilia sin prisa. Es un vínculo que se ha construido en instantes compartidos y platos calientes al otro lado del rellano.

Erin corre junto al río, siguiendo el paseo que bordea el Ocar. Siente el frío clavándose en su cara. En Genar el tiempo es traicionero. Un día aprieta y al siguiente retrocede, como un invierno dudoso, antes de instalarse definitivamente.

Escucha su respiración, el golpe rítmico de las zapatillas contra el suelo, el murmullo del agua. Intenta vaciar la cabeza, pero el coche sigue allí en el fondo. Esperando…

A la una en punto llama a la puerta de Cecilia. El piso huele a sofrito y laurel.

—Pasa, pasa —la recibe ella, secándose las manos en el delantal.

La mesa ya está puesta. Pan cortado, vino servido en tres copas pequeñas. En el comedor la espera con una sonrisa Elena, que de vez en cuando se deja caer por casa de Cecilia.

—Tienes mala cara —le advierte Elena.

—Trabajo.

—Siempre trabajo —le reprocha Cecilia mientras sirve las lentejas.

Erin sonríe, con la cuchara en la mano.

—Ha aparecido un coche en el río.

—¿En el Ocar? —pregunta Cecilia.

—No, el Aniel. Con restos humanos dentro…

—¡Virgen santa! —exclama Elena—. Eso no es normal aquí.

—No.

—Ay, vamos a dejar de hablar de cadáveres… que estamos comiendo —refunfuña Cecilia.

Se sientan a comer en silencio, pero Erin no puede apartar el tema de su cabeza.

—¿Recordáis alguna desaparición de hace años? Algún hombre…

—¿Una desaparición? —responde Cecilia con una suave arruga entre las cejas—. En Genar jamás ha habido nada igual. Es un pueblo la mar de tranquilo.

—Pues yo creo recordar que sí desapareció un hombre… —comenta Elena, pensativa y despacio.

—¿Quién?

—No sé, fue hace diez años… Se comentó algo en el barrio. Un señor que no era de aquí. Creo que durante una temporada vivió en un hotel. ¿No te acuerdas Cecilia?

—No me acuerdo a veces ni de qué día es hoy.

Erin deja la cuchara.

—¿Estás segura? —pregunta alzando las cejas.

—No del todo. Pero recuerdo que la gente hablaba. Decían que había venido por trabajo. Luego desapareció.

—¿Sabes su nombre?

—Elena, no le metas pájaros en la cabeza… Que esto no es Crimen en el paraíso .

—No —responde ignorando a su amiga—. No, no era español, eso seguro.

—Si fue hace diez años, yo ya trabajaba en comisaría —suelta ella clavando la vista en un punto fijo.

—Quizá no fue una denuncia oficial —opina Cecilia, con calma—. A veces la gente desaparece y nadie pregunta demasiado.

Erin la mira. Esa frase se queda flotando en la sala.

Cecilia nota que el ambiente se ha enrarecido y cambia de tema. Habla de un libro que está leyendo, de una amiga que se va a vivir a Valencia, de lo que van a hacer por la tarde Elena y ella… Erin escucha y responde de forma automática, pero su cabeza ya no está allí con ellas.

Si hubo un extranjero desaparecido… Si fue hace diez años… ¿Por qué ella no lo recuerda?

Cuando regresa a su piso, el teléfono vibra sobre la mesa. Es Neil. Ella sonríe sin querer.

Al final me han dado permiso para coger vacaciones por Navidad. Así que podré ir unos días. Te debo una cena.

Erin sostiene el móvil unos segundos antes de responder.

No. Te debo yo una.

Por un momento, el mundo discurre normal. Solo por un momento. Luego mira hacia el puente de piedra. Y el coche vuelve a brotar en su mente: oscuro, en la profundidad. Esperando que alguien lo recuerde.

* * *

En comisaría, la rutina es casi asfixiante. Vázquez está frente al ordenador, sumergido en la pantalla. Le gusta cuando consigue concentrarse de esa manera y dejar a un lado su faceta más payasa, como si convivieran en él dos versiones distintas de sí mismo.

Erin deja la chaqueta sobre el respaldo de la silla.

—La amiga de mi vecina me ha dicho algo curioso —explica.

—¿Sí? —pregunta Vásquez, sin levantar la vista del ordenador.

—Recuerda a un extranjero que desapareció hace unos diez años. No hubo denuncia formal, sólo comentarios en el barrio.

Eso hace que él se detenga un segundo. Lo suficiente para que Erin lo note.

—La memoria de los vecinos no es una fuente fiable —responde al fin, volviendo a la pantalla.

—A veces es la única fuente…

Vázquez aporrea las teclas, enfadado.

—¿Qué te pasa?

—Que llevo media hora buscando datos y no hay nada… Es como buscar un fantasma.

—Algunos fantasmas dejan rastro…

—Pues este no.

El teléfono suena. Vázquez lo mira, pero no se mueve. Erin lo coge antes del segundo timbrazo.

—Butler.

La voz al otro lado es joven e insegura.

—Inspectora Butler, soy Morales, de la científica —habla en un tono poco técnico e inquieto—. Necesito que suban un momento.

Erin intercambia una mirada con Vázquez.

—Vamos —dice ella.

La sala técnica está más fría que la última vez.

El coche continúa desmontado en varias secciones, como un cuerpo abierto en una mesa de autopsias.

Cada pieza está separada, etiquetada y fotografiada.

La puerta trasera descansa sobre un soporte metálico.

La luneta posterior está apoyada contra la pared, opaca por el sedimento que aún no han logrado eliminar por completo.

Morales los espera junto a una mesa. Está pálido. Sus manos permanecen inmóviles a ambos lados del cuerpo, como si temiera tocarlas entre ellas.

—No está.

—¿El qué que no está? —le inquiere ella frunciendo el ceño.

—El fragmento del adhesivo. El que recogimos de la luneta trasera. El que fotografiamos y etiquetamos.

Señala una bandeja numerada, vacía. Un rectángulo limpio marca el lugar exacto donde debería estar la bolsa.

—Lo guardé aquí. La bolsa estaba sellada y el registro firmado. Igual que siempre.

Erin siente cómo su cuerpo se tensa.

—Pero tenéis las imágenes, ¿no? —dice Vázquez.

Morales duda si responder o no.

—No, no las tenemos.

El silencio cae como un objeto pesado en la sala.

—¿Cómo que no? —espeta ella.

—Han desaparecido también.

—¿Quién ha entrado aquí desde ayer? —pregunta Erin.

—Solo personal autorizado.

—Enséñame las cámaras.

Revisan las grabaciones en una pequeña sala contigua. Las imágenes parecen demasiado normales, sin movimientos.

—Habrá que hablar con todos los técnicos —ordena Erin.

Morales asiente sin convicción.

—¿Puede ser un error informático? —pregunta Vázquez.

—Aunque lo fuera —responde Morales—, el fragmento físico también ha desaparecido.

—¿Y de la matrícula? ¿Hay algún avance? —pregunta la inspectora, resignada.

—Lo hemos estado mirando esta mañana y todo sugiere que no va a recuperarse nada —informa el muchacho, con cara de circunstancia.

La cara de Erin cambia por completo.

—Pero si ayer me dijisteis que era probable que se pudieran recuperar caracteres —protesta enfadada Erin.

El muchacho se encoge suavemente de hombros.

—El compañero que habló contigo quizá fue más optimista que yo. Pero, siendo realistas… es prácticamente irrecuperable.

Erin vuelve a mirar la bandeja vacía y luego a la matrícula. Aquello no es un error, es una intervención, una eliminación deliberada. Alguien sabía exactamente qué debía desaparecer y cómo hacerlo sin dejar rastro.

—Quiero hablar con tu compañero, ahora.

—¿Con Víctor? No está.

—¿Cómo que no está?

—Justo hoy empezaba sus vacaciones.

—Qué oportuna coincidencia —suelta Vázquez con risa irónica.

Erin no sonríe, ni siquiera parpadea. Ambos miran fijamente al chico que intenta hacerse cada vez más pequeño, sin éxito.

Cuando salen al pasillo, el sonido de sus pasos cargados de amargura y frustración resuenan más fuerte de lo habitual.

—¿Qué opinas? —pregunta el subinspector.

—Opino que han manipulado las cámaras.

—Si lo han hecho… son profesionales.

—Sí. Alguien no quiere que sepamos de dónde venía ese coche o quién es el muerto.

Erin lo observa. La cara de Vázquez es inexpresiva.

—No te muestras muy sorprendido.

—En este trabajo, sorprenderse demasiado es peligroso —contesta él, con los ojos clavados en los suyos.

Regresan al despacho pensativos. La comisaría sigue funcionando a su alrededor con una normalidad ajena a lo que acaba de suceder.

Erin se sienta frente a su ordenador, pero no enciende la pantalla.

Se queda quieta, escuchando y sintiendo algo desplazándose en algún lugar que no puede ver.

Minutos después, se levanta para ir a por café.

Cuando regresa, hay algo distinto en su mesa.

Se detiene. No sabe quién lo ha dejado. Es un sobre dirigido a ella.

Pequeño, blanco, sin sello y sin remitente.

Mira a su alrededor. No da la impresión de que nadie le esté prestando atención.

Vázquez sigue frente a su ordenador. Un agente pasa por el pasillo sin mirarla. Todo sigue igual, pero no lo está.

—Eh, Moisés —le llama la atención—, ¿me has dejado tú este sobre?

Él niega con la cabeza.

—¿Has visto quién lo ha dejado?

—No, ¿por qué? ¿Qué pasa?

Erin abre el sobre ignorando la pregunta.

El papel es fino. Dentro hay unas fotografías.

Las saca lentamente. En una de ellas se ve el puente de piedra, el que cruza el río Ocar, justo delante de su casa.

Parece una foto tomada desde su ventana, por la noche.

Erin sabe que ella no ha hecho esa foto, que alguien ha entrado en su casa.

Siente como se le eriza la piel al pensarlo. Su propio balcón surge en el encuadre.

La otra imagen es a plena luz del día. Esta vez, la foto está hecha desde el otro lado del río.

Ella está de pie, mirando a través de la ventana hacia el agua.

Por la ropa que lleva puesta es de esta misma mañana.

En el reverso, solo hay una frase, escrita a mano: DEJA EL CASO.

Erin siente cómo el pulso le golpea en las sienes.

Levanta la vista lentamente. Se acaba de dar cuenta que alguien la está espiando y que el cadáver hallado es más importante de lo que parece.