Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 3
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El Instituto Forense de Genar se levanta a las afueras del pueblo.

Es un edificio bajo y funcional de hormigón claro, rodeado por un aparcamiento casi siempre medio vacío.

No hay rótulos llamativos, ni ventanales amplios.

No es un lugar pensado para ser visto, sino para que lo que ocurre dentro no trascienda más de lo necesario.

Erin siempre ha pensado que todos los institutos forenses son parecidos entre sí: el mismo tufo a desinfectante y químicos, la misma temperatura excesivamente fría y la misma sensación de que el tiempo allí dentro se vuelve más lento. Al otro lado de la puerta, el mundo exterior se desvanece.

—Nunca me acostumbraré a este sitio —refunfuña Vázquez mientras atraviesan el vestíbulo—. Ni viniendo diez veces al mes.

—Nadie debería acostumbrarse a esto —responde Erin.

Un auxiliar los dirige por un pasillo estrecho de paredes claras y puertas metálicas numeradas. Las luces blancas no proyectan ninguna sombra, pero tampoco consuelo. Todo está diseñado para que la emoción no interfiera con el procedimiento.

—La doctora Sáez está esperando a que lleguéis —informa el auxiliar, frente a una puerta que se abre antes de que la inspectora llame.

—Erin.

La voz es cálida y familiar. Ángela Sáez se presenta con su bata impecable, gafas rectangulares y la melena corta teñida de caoba, que suaviza sus facciones.

Tiene cincuenta y siete años, pero la energía con la que se mueve la hace parecer más joven.

Su expresión combina inteligencia, ironía y una ternura inesperada en alguien que trabaja cada día con la muerte.

Se conocen desde hace muchos años, cuando Erin se hizo inspectora y se instaló en Genar. Ángela es una mujer de la que ha ido aprendiendo y de la que recibió apoyo. Es una buena amiga y la tiene siempre cerca, para explicarle sus temores y para compartir su ocio, cuando es posible.

—Me alegra verte —dice, sin sonar protocolario.

—A mí también.

Ángela la observa un segundo más de lo habitual.

—Estás más delgada. ¿Estás comiendo bien o sigues sobreviviendo a base de café?

—Prometo que no solo tomo café.

—Eso quiero verlo. Y a ver cuándo me das la receta de esos macarrones de Cecilia que me prometiste. Aún sigo esperando…

—Cuando tú me invites a algo que no apeste a formol —le rebate, con una sonrisa traviesa.

Ese tipo de comentarios siempre la desarma.

—Trato hecho.

—Moisés, ¡cuánto tiempo! —dice Ángela volviéndose hacia el subinspector—. ¿Cómo están tus hijas? ¿Ya te ganan en discusiones?

—Me superan en esto —refunfuña.

—Es una buena señal —replica ella—. Significa que piensan.

La relación no es tan cercana como con Erin, pero hay respeto. Esa complicidad de quien lleva años compartiendo escenarios difíciles.

—Vamos —anuncia finalmente Ángela, volviendo al tono profesional—. Os enseño lo que tenemos.

La sala de autopsias está preparada, pero el cuerpo permanece cubierto. En una pantalla iluminada se proyectan radiografías y fotografías preliminares.

—Lo que vais a escuchar es preliminar —advierte Ángela ajustándose las gafas—. Muy preliminar. El sexo probable es masculino —sigue ella con la explicación—. La morfología pélvica y craneana son bastante claras.

Cambia la imagen y continua:

—La altura estimada es entre uno setenta y cinco y uno ochenta, de complexión media.

—¿Y edad aproximada? —pregunta Vázquez.

—Aquí tenemos una amplia horquilla; entre cuarenta y sesenta en el momento de la muerte. Los años bajo el agua distorsionan demasiado los parámetros.

—¿Causa de la muerte estimada? —pregunta Erin acercándose a la pantalla.

Ángela la mira por encima de las gafas.

—Todavía no puedo establecerla. No hay traumatismos evidentes en el cráneo, ni en los huesos largos.

—El buzo dijo que tenía un impacto en la cabeza.

—Ese hombre no es forense…

—Ya…

—Pero sí hay fracturas.

Amplía una imagen.

—Esta costilla. La línea de fractura no encaja del todo con la degradación postmortem. Pero no puedo afirmarlo aún.

—¿Podría ser anterior al hundimiento? —pregunta Erin.

—Podría.

—¿Hay signos de defensa?

—No están claros. Hemos encontrado fibras en ambas muñecas. Podrían indicar ataduras o podrían ser restos arrastrados por la corriente.

Erin se queda pensativa.

—¿Crees que murió en el agua o ya estaba muerto?

Ángela ladea la cabeza.

—Probablemente murió ahogado.

—Pues no lo creo —afirma Erin, casi en un murmullo.

Vázquez la mira.

—¿Por?

Erin señala la radiografía iluminada.

—Si lo hubieran arrojado vivo dentro del coche y este se hubiese hundido, ¿no habría señales más evidentes en las vías respiratorias? ¿Microfracturas por espasmos? ¿Algún tipo de posición defensiva más clara?

Ángela frunce un poco el ceño, pero no con desaprobación, sino con una mezcla de sorpresa y algo que roza el orgullo.

—Vaya, Erin… —confiesa con una media sonrisa—. Me dejas de piedra. ¿Desde cuándo sabes tanto?

Erin se encoge de hombros.

—Supongo que después de tantos años viendo cadáveres en el agua, con Ray y contigo, algo se me habrá pegado.

—Espero que solo lo útil —replica Ángela con suavidad.

Luego vuelve los ojos hacia la imagen y admite—: Tu planteamiento es lógico.

En casos de sumersión con vida suele haber indicios más claros: restos de agua en las vías respiratorias, reacción muscular, incluso lesiones en manos si ha intentado salir.

Pero el agua altera muchos procesos. Y tantos años en el agua…

son demasiados para hablar con seguridad.

Se quita las gafas un instante.

—Ahora mismo, lo que veo encaja tanto con un ahogamiento, como con una muerte previa al hundimiento. No tengo un signo inequívoco que me permita descartar ninguna de estas hipótesis.

Erin no aparta la vista de la pantalla.

El silencio que sigue a continuación no es incómodo, sino profesional. Dos mujeres que se respetan midiendo la misma brecha desde distintos ángulos.

—Siempre fuiste buena hilando hipótesis —constata suavemente—. Pero las hipótesis necesitan pruebas.

—Lo sé.

—Seguiremos analizando las vías respiratorias y la médula. Quizá podamos determinar si hubo inhalación de agua.

—¿Y los objetos personales? —pregunta Vázquez.

—Nada identificable. Ni reloj, ni anillos, ni documentación. Solo un cuaderno con las hojas arrancadas y desgastadas, conservadas gracias al resguardo de una pequeña bolsa de plástico. En una de ellas apenas se distingue un dibujo hecho con garabatos.

Erin arquea un poco la ceja.

—Solicitaremos el ADN…

—Ya está solicitado —responde Ángela—. Pero no será inmediato.

La escena queda en pausa unos segundos. Entonces Ángela se acerca un poco más a Erin y le pregunta en voz baja:

—¿Cómo está tu madre?

La pregunta descoloca a Erin, porque no concuerda en este escenario clínico.

—Bien —responde, incómoda—. Nos llamamos de vez en cuando.

—Me alegro de que esté bien —le dice acariciándole un hombro—. A ver cuando ponemos fecha a esa quedada.

Erin asiente. Hay algo casi maternal y protector en Ángela.

Al salir, aprovechan para pasar por un edificio anexo donde un técnico de la científica trabaja con imágenes ampliadas del vehículo.

—Estamos aplicando filtros de contraste —explica el técnico sin apartar la vista de la pantalla—. La matrícula está muy deteriorada, pero seguramente podremos recuperar algún carácter.

—¿Sí? —pregunta Erin.

—No lo descarto. Hemos tenido casos peores.

—¿Y el adhesivo?

El técnico amplía la imagen de la luneta trasera.

—Aquí. En el ángulo inferior derecho. Parece un logotipo rectangular. Hay restos de pigmento azul. No puedo afirmar que sea de alquiler, pero la ubicación es compatible.

—Avisadnos en cuanto tengáis algo concreto.

—Por supuesto.

Cuando regresan al pasillo, Vázquez le habla en voz baja.

—¿Qué crees que pudo pasarle?

—¿Al cuerpo sin nombre te refieres?

—Sí, o a lo que queda de ello…

—Pues aún es pronto…

—Erin… no te hagas la tonta. Seguro que ya tienes una teoría maquinando por tu cabecita.

—No es verdad —se ríe ella—. Está bien, pero solo son indagaciones…

—Sí, estamos jugando… Dime qué teoría tienes.

—Así a bote pronto, creo que se trata de alguien de fuera de Genar.

—¿Extranjero?

—No tiene por qué… Pero ese no es su coche, seguro.

—¿Qué más?

—Le quitaron algo, quizás dinero, algún documento importante…

—Y lo mataron y lo metieron en un maletero —concluye él.

—Pues eso creo —confirma ella, aunque por su tono no parece convencida.

Caminan hacia la salida y Erin se detiene un instante antes de subir al coche. Sabe que el cuerpo encontrado tiene nombre. Lo siente con la misma certeza que sabe que Jameson Harris no ha desaparecido del todo de su mundo.

Y cuando ese nombre aparezca, algo se abrirá y no será fácil volver a cerrarlo.