Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3) 2
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El camino hasta el río Aniel discurre entre árboles desnudos y márgenes embarrados.

La carretera se estrecha a medida que se acercan al cauce, obligándolos a bajar la velocidad y a prestar más atención.

Erin observa por la ventanilla sin decir nada.

El cielo está gris, anunciando una lluvia inminente.

—No es un río bonito —comenta Vázquez, al volante—. Nunca lo ha sido.

—No necesita serlo —contesta ella.

El Aniel le recuerda vagamente a ciertos ríos del norte de los Estados Unidos, que ha visto en informes y documentales: cursos de agua anchos, lentos en apariencia, pero con una fuerza subterránea que no admite descuidos.

Donde otros ríos serpentean casi con timidez, el Aniel impone respeto.

Sus aguas son oscuras incluso en verano, y en invierno adquieren ese tono opaco que impide adivinar la profundidad real.

Las corrientes no siempre se ven, pero están ahí, ocultas, traicioneras, esperando a que alguien se confíe más de la cuenta.

Aparcan junto a un camino de tierra ya lleno de vehículos policiales. Al abrir la puerta, una bocanada de aire la golpea de inmediato. Erin inspira con fuerza.

No es el ambiente de Escocia. Allí el frío era constante, puro, casi honesto. Te envolvía sin engaños. En Genar, en cambio, el frío es irregular, húmedo. Se cuela por la ropa, pegándose a la piel, buscando asentarse en los huesos. Es un otoño que, en vez de despertar, te desgasta.

—Te lo dije, esa gabardina no te abriga —le riñe Vázquez, frotándose las manos—. Este frío es de los que te hacen mala persona.

Ella se ajusta los botones de la chaqueta y sigue avanzando.

A unos metros del río, la zona está acordonada con cinta policial y conos naranjas.

Hay un par de vehículos oficiales y un camión de apoyo técnico.

Un equipo de rescate subacuático termina de recoger material.

Son especialistas en escenarios acuáticos complejos, entrenados para trabajar donde el agua se empeña en borrar pruebas.

El coche ha sido ya extraído y reposa apoyado sobre un lateral, parcialmente cubierto por una lona gruesa, para evitar las miradas indiscretas de los periodistas. Aun así, su silueta se adivina con claridad.

Vázquez se desvía hacia la izquierda.

—Voy a hablar con los pescadores —dice—. No han querido esperar a la cita de esta tarde.

Erin los ve a unos metros de distancia. Dos hombres mayores, nerviosos, incapaces de quedarse quietos.

Desde el día anterior, cuando se encontraron con aquella desagradable sorpresa mientras pescaban, no han dormido.

Se les nota en la mirada, en la forma de hablar atropellada, en la necesidad casi física de explicar lo sucedido una y otra vez.

Ella, a su vez, se acerca al responsable del equipo subacuático. El hombre se quita el regulador y ajusta la capucha antes de hablar. Tiene la piel curtida, las manos inflamadas por las temperaturas y la mirada de quien ha visto demasiadas cosas bajo el agua.

—Inspectora —saluda—. Hemos terminado la extracción primaria.

—Cuénteme qué han encontrado.

—El vehículo estaba a unos siete metros de profundidad. No presentaba signos de arrastre recientes. Llevaba ahí mucho tiempo.

—¿Cuánto tiempo? —pregunta Erin.

El buzo se toma un segundo, antes de responder:

—Años, seguramente. No sabría concretar todavía, pero no hablamos de meses. Ni de uno o dos inviernos.

—¿En qué estado está? —pregunta mientras se fija en el coche.

—Sorprendentemente entero. Un turismo de principios de los dos mil.

Un Ford Mondeo de segunda generación. Muy común en su momento.

En una de las puertas hay restos de un adhesivo —explica él inclinándose un poco hacia el coche, señalando la luneta trasera—.

Parece un logo, pero el agua y el sedimento lo han borrado casi por completo.

No se aprecia ni el símbolo, ni la tipografía.

Por el tamaño y la ubicación, podría tratarse de un coche de alquiler.

—El coche tiene aspecto de estar casi intacto —señala ella.

—Para los años que lleva bajo el agua, sí. No se ha desarmado ninguna pieza estructural durante la extracción. Ni puertas, ni chasis. Eso no es lo habitual.

—¿Y el interior?

—El habitáculo estaba limpio de restos orgánicos visibles —dice bajando la voz—. El maletero no.

—¿Hay restos humanos?

—Sí. En estado avanzado de deterioro.

—¿Alguna estimación de la causa de la muerte?

El buzo niega con la cabeza.

—En mi opinión, ya estaba muerto antes de que lo metieran en el maletero. Tiene un buen golpe en la cabeza, pero la información completa os la dirá la forense. El agua borra muchas cosas… pero no a todas.

—¿Han podido comprobar la matrícula?

—No es legible. Está cubierta por sedimentos y corrosión. El número de identificación vehicular tampoco es nítido a simple vista. Pero ya hemos documentado todo antes de moverlo. Con laboratorio y paciencia, probablemente se podrá recuperar.

—De acuerdo, infórmenme si saben algo más.

—Como diga, inspectora. Pero hay algo más —añade el buzo antes de alejarse, pareciendo recordar de repente algo.

—¿Qué?

—El freno de mano estaba puesto.

No hace falta añadir nada más. El coche con un cadáver dentro no fue a parar por accidente en un río.

Erin vuelve la vista hacia el agua. Durante un instante tiene la sensación de que algo la observa desde la otra orilla.

No árboles esta vez, sino el perfil irregular de unas antiguas construcciones de piedra semiderruidas, restos de un viejo embarcadero que el tiempo y el agua han ido devorando poco a poco.

—Inspectora.

Se gira al oír la voz. Lizarraga acaba de llegar, con el gesto tenso y las manos hundidas en los bolsillos del abrigo.

A su lado camina Simón Molina, el comisario principal de la región, que tiene autoridad sobre todas las comisarías de la zona y no acostumbra a ejercerla en persona.

Es el tipo de hombre que no necesita levantar la voz para que todo el mundo obedezca.

A ella le extraña verlo allí. Lo reconoce al instante; muy alto, con el bigote espeso y con el rostro cansado de quien lleva mucho tiempo mandando y, aun así, conserva una cierta calidez en la mirada, una educación de tipo antiguo que lo hace parecer más cercano de lo que realmente es.

Lizarraga carraspea antes de hablar. Erin lo nota. Siempre lo hace cuando Molina está cerca.

—El comisario principal está de paso por la zona —anuncia Lizarraga—. Ha querido acercarse a ver el escenario.

—Inspectora Butler —saluda esbozando una sonrisa moderada—. Me alegra verla de nuevo en activo. Hablan muy bien de usted por aquí.

—¡Gracias, señor! —responde ella, algo avergonzada. No es fan de los halagos.

—¿Qué tenemos? —pregunta él, sin rodeos.

—Un coche sumergido y restos humanos en el maletero.

Lizarraga aprieta la mandíbula.

—¿Antigüedad?

—Diría que muchos años. Aún no podemos concretar más.

—¿Alguna idea de quién puede ser?

—Todavía no.

Molina la escudriña de arriba abajo Su mirada es evaluadora, sí, pero también atenta, casi comprensiva, como la de alguien que sabe que las respuestas no siempre llegan rápido.

—¡Manténganme informado! —anuncia al final.

Ella sabe que aquella frase no es una sugerencia.

Vázquez se acerca después de un rato.

—Los pescadores están muy alterados —cuenta—. Dicen que llevan pescando aquí más de treinta años y que nunca habían visto nada igual.

Molina ya se aleja junto a Lizarraga.

—Todo el mundo dice lo mismo cuando aparece un cadáver —murmura ella.

Horas después, ya en su casa, Erin deja las llaves en el recibidor.

De pronto, siente que el silencio es tan abrumador que le da una sacudida.

Entonces oye un ruido desde el fondo del pasillo.

Enciende la luz. El corazón se le acelera.

Saca su arma con delicadeza y se desplaza despacio hacia el salón, conteniendo la respiración.

Logan, su gato blanco de ojos azules, la mira desde el suelo, junto a una maceta caída.

—Genial —bisbisea—. Ya empiezo a ver fantasmas.

Acto seguido el móvil vibra en su bolsillo. Un mensaje de Neil:

Puede que consiga venir por Navidad. Aún no es seguro.

Erin sonríe por primera vez en todo el día. Se pone algo de música, pero tarda varios minutos en recuperar la calma. Después de cenar algo ligero intenta cerrar los ojos, para reponer un poco las fuerzas.

Y mientras tanto, esa noche, el río Aniel sigue fluyendo en la penumbra, tragándose cualquier rastro.