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Al cruzar las puertas de la Comisaría de Genar siente una extraña familiaridad. Los mismos tablones cubiertos de avisos, las mismas discusiones sobre por qué no funciona la máquina del café y los mismos agentes caminando con expresión concentrada.
Puertas que se abren y cierran sin descanso y conversaciones entrecortadas que flotan por los pasillos.
Cada despacho tiene sobre la mesa una historia a medio resolver y cada agente camina con la sensación de llegar tarde a alguna parte.
Las pantallas iluminan rostros cansados.
Sobre los archivadores se acumulan carpetas, notas adhesivas y fotografías olvidadas.
Nada resulta especialmente ordenado, pero dentro de aquel caos existe una lógica que sólo entienden quienes trabajaban allí.
Erin está sentada frente a su mesa, con la mirada fija en el teléfono negro que ocupa el extremo derecho.
Lleva un suéter azul sencillo que le favorece el rostro y resalta el contraste con su piel pálida. Para trabajar suele llevar ropa cómoda, sin pretensiones. Prefiere pasar desapercibida, incluso para sí misma.
El teléfono ni suena, ni vibra, pero aun así, Erin lo observa con una intensidad perturbadora. Tiene los brazos cruzados y el cuerpo encorvado hacia delante, en una postura defensiva.
Lleva más de un mes de vuelta al trabajo y noviembre se anuncia intenso, cargado de casos sin cerrar y de una inquietud que no consigue sacudirse. No es cansancio físico, es otra cosa. Algo que se le ha quedado adherido por dentro.
Sobre la mesa hay informes que no ha hojeado aún, una libreta abierta por la mitad y una taza de café olvidada desde hace rato. La inspectora no recuerda haberle dado ni un sorbo.
A su lado, Moisés Vázquez, subinspector y compañero desde hace demasiados años como para contarlos, está recostado en la silla, con los pies apoyados sobre la mesa. Mastica despacio un donette , con la bolsa abierta entre las manos.
Vázquez ronda los cuarenta y tantos. Tiene ese aspecto bonachón de quien te hace pensar que es inofensivo, hasta que abre la boca en el momento menos oportuno.
El pelo empieza a clarearle en las sienes y el cuerpo acusa ya las comidas rápidas y el estrés.
Está algo dejado; hace tiempo que decidió que ya no tiene nada que demostrarle a nadie.
Se casó muy joven, según él. Tiene una hija de catorce años y un niño de ocho, y habla de ellos como de la única forma de estabilidad que le queda. En la comisaría es conocido por su calma irritante y la capacidad para parecer tranquilo, incluso cuando el mundo se está cayendo a pedazos.
—Si sigues mirando así al teléfono, al final se va a asustar y no va a sonar —comenta, con la boca medio llena.
Erin no responde. Ni siquiera lo mira.
—Oye —insiste él—, cuando todo esto acabe, te invito a desayunar como Dios manda. Nada de máquinas, ni cafés que saben a arrepentimiento.
—Cuando todo esto acabe —replica ella—, tú ya te habrás comido media pastelería.
Vázquez sonríe, satisfecho.
—¿Se puede saber qué hacéis los dos ahí sentados como dos mequetrefes? —truena una voz desde el fondo de la sala.
El comisario Lizarraga se aproxima a ellos con paso cansino. La barba canosa mal recortada y los kilos de más le endurecen los rasgos. Camina arrastrando los pies, cargando un cansancio profundo… o el implante de la cadera, que intenta disimular sin mucho éxito.
Vázquez baja de golpe los pies de la mesa, casi atragantándose.
—Esperando —resopla Erin, sin mirarlo.
—¿Esperando qué? ¿Un milagro?
—Esperando a que llame el equipo de buceo —responde ella—. Prefiero estar aquí que pasarme una hora viendo cómo intentan sacar un coche del río.
Lizarraga tensa los labios para contener su enfado. Suelta el aire lentamente antes de hablar, contando hasta diez.
—¡Erin, a mi despacho! ¡Ahora!
—¡Y tú —dice señalando a Vázquez—, habla con los dos pescadores! Quiero saber por qué demonios estaban ahí y desde cuándo.
El despacho del comisario es pequeño y funcional. No hay fotos familiares, ni diplomas a la vista. Solo archivadores, una mesa llena en exceso y una silla que cruje cuando Lizarraga se deja caer en ella.
—¿Qué narices te pasa? —pregunta sin rodeos—. ¿Dónde está la Erin de siempre?
—Aquí —responde ella cruzándose de brazos—. Soy la de siempre.
—No —niega él—. Desde que volviste de Escocia estás apática. Más de lo normal.
Erin hace una mueca, algo molesta.
—Y estás desganada —continúa Lizarraga—. La Erin que yo conozco estaría ahora mismo en el río, metida hasta las rodillas en el barro, intentando entender qué demonios hace un coche en el agua.
Ella no responde, aunque su cara desencantada la delata.
—¿No te interesa saber qué hacía ahí? ¿Y si hay algo más dentro? —insiste el comisario.
Erin sabe de sobras que tiene razón, pero no consigue volver a conectar con el presente.
Escocia aún le afecta demasiado en el cuerpo. Neil le viene a la cabeza a cada rato: su voz al otro lado del teléfono, las llamadas casi diarias, la sensación persistente de haber dejado algo a medias.
Pero, por encima de todo, está él. Jameson Harris. No saber dónde se esconde o cuándo aparecerá la exaspera. Sabe que lo hará, que tarde o temprano, vendrá a por ella. Erin odia las cuentas pendientes, y aquella es la peor de todas.
—Solo estoy cansada —miente.
El hombre la observa más de lo necesario, sin terminar de creérselo.
—¡Vuelve ahí fuera! —le ordena al final—. ¡Y espabila!
Cuando sale del despacho, el sonido del teléfono rompe el murmullo constante de la comisaría. Vázquez es el primero en reaccionar. Se adelanta y descuelga antes de que suene por segunda vez.
—Genar —dice, apoyando un codo en la mesa.
Erin lo observa desde unos pasos más atrás. No oye la voz al otro lado de la línea, pero sí ve cómo la expresión de Vázquez cambia poco a poco. La desgana se diluye y la mandíbula se le tensa.
—¿Estás seguro? —pregunta a su interlocutor—. ¿Dentro del vehículo?
Hace una pausa larga, escuchando.
—De acuerdo —añade al final—. Vamos para allá.
Cuelga despacio. Erin no le quita la vista de encima.
—Han llamado los del equipo de buceo —explica Vázquez, bajando la voz—. Han encontrado restos humanos en el interior del coche.
Erin siente ese viejo cosquilleo en la nuca, la señal inequívoca de que su cerebro se pone en marcha.
—¿En el maletero? —pregunta.
Vázquez asiente.
La inspectora coge su chaqueta sin decir una palabra. Su corazón arranca de nuevo, con una brizna de motivación. El caso acababa de empezar.