Vendré a por ti (Inspectora Erin Butler 3)
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Prólogo
El río Aniel siempre ha guardado secretos. Los vecinos de Genar suelen decir que aquel cauce tiene memoria. Que devuelve lo que quiere y se traga para siempre lo demás. Los viejos lo atribuyen a las corrientes. Los supersticiosos, a algo más oscuro.
Genís Serra, un pescador genense de toda la vida, nunca había creído en esas historias. Hasta aquel sábado.
—Te digo que ahí abajo hay algo grande —gruñe su amigo Ovidi, señalando la pantalla del sonar.
La pequeña embarcación oscila suavemente sobre el agua negra. Aún no ha amanecido del todo. Una neblina tenue flota sobre el río y el aire húmedo se pega a la piel.
Genís entrecierra los ojos para verlo mejor. En la pantalla aparece una silueta irregular apoyada en el fondo. Muy grande para ser un tronco y demasiado geométrica para ser una roca.
—Será chatarra —sentencia—. O una lavadora. Este río está lleno de porquería.
Una chispa traviesa asoma en el rostro de Ovidi. Llevan compitiendo desde antes de aprender a andar.
Nacieron el mismo día, con apenas unas horas de diferencia. Crecieron juntos, se casaron el mismo año, tuvieron dos hijos cada uno y han envejecido comparando quién pesca más, quién juega mejor al ajedrez o quién tiene menos barriga.
Su amistad es una guerra civil disfrazada de cariño.
—Cinco euros a que bajo y averiguo qué es antes que tú.
—Diez a que sales diciendo que es un neumático.
—Ve preparando el dinero.
Ovidi se quita la camiseta. A sus sesenta y ocho años sigue lanzándose al agua con la testarudez de un adolescente.
—¡Ten cuidado con la corriente! —advierte Genís—. Esta zona tiene mala fama.
—La corriente me tiene más miedo a mí.
Se coloca las gafas de buceo con un pequeño foco LED acoplado en el lateral y se deja caer al río. El agua fría y espesa lo envuelve al instante.
Desciende despacio siguiendo la forma detectada por el sonar. A medida que se acerca, el contorno comienza a definirse. Es un coche. No hay duda.
La carrocería está cubierta de limo y vegetación acuática. Parece llevar muchos años allí abajo.
Siente un estremecimiento, pero no por el frío. Por otra cosa. El maletero está entreabierto, tan solo unos centímetros.
La curiosidad es una enfermedad antigua, y pocas veces trae algo bueno.
Ovidi asciende rápidamente a la superficie. Emerge jadeando.
—¿Qué has visto? —pregunta Genís.
—Un coche.
Genís suelta una carcajada incrédula.
—¿Un coche? ¿Aquí?
—Y el maletero está medio abierto.
—Déjalo estar…
—No pienso dejarlo estar.
La sonrisa de Genís desaparece.
—Ovidi…
Pero ya es tarde.
—Pásame la palanca.
—¿Para qué demonios quieres una palanca?
—Para abrirlo.
Genís vacila unos segundos. Luego se la tiende.
A veces, las peores decisiones se toman por costumbre. Y ellos dos llevan toda la vida compitiendo el uno con el otro en esto.
Ovidi vuelve a sumergirse. La luz del amanecer atraviesa con dificultad el agua turbia. Desciende hasta el coche, introduce la palanca en la rendija del maletero y empuja. Al principio no pasa nada, pero después el metal cede con un crujido sordo.
El portón se abre lentamente. Y entonces lo ve.
Durante un momento se olvida de respirar.
Hay un cadáver dentro. O lo que queda de él.
La piel grisácea flota alrededor del rostro.
Una mano huesuda asoma entre los restos de ropa descompuesta.
Los ojos —o los huecos donde habían estado— parecen mirar directamente hacia él desde la oscuridad del maletero.
El horror le atraviesa el pecho. Intenta gritar. Solo consigue tragar agua. Y, mientras sube desesperadamente hacia la superficie, a través de él, el río Aniel devuelve al mundo un secreto que había permanecido enterrado demasiado tiempo.