Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) El admirador inglés #5
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El admirador inglés #5

—Pero señor Stratford, miles de mujeres crían solas a sus hijos, hoy día no es impedimento.

—Pero usted no es como las demás, es frágil, necesita ayuda y me indigna que un hombre le haga eso a una mujer, que la embarace y luego la deje sola, no se haga cargo de su hijo.

Es mucha carga para una mujer que no cuenta con su familia y está sola, un hijo es mucha responsabilidad, exige cuidados y algún dinero, lo sé.

—No me importa eso, estoy ahorrando ahora para cuando nazca. Además, tenía el dinero que su hermana insistió en girarle. Era dinero de Alessandro y no quería tocarlo, pero puede que lo necesitara al final.

—Señorita, acepte mi ayuda. Primero reduciré su horario laboral y le aumentaré el sueldo para que pueda ahorrar y no quiero oír protestas, lo haré igual. Soy su jefe, ¿lo olvida?

—Se lo agradezco, pero todavía puedo trabajar sin problemas, mi embarazo es normal. Todo está muy bien.

—Y ya sabe qué es?

—No, no se ha dejado ver, siempre está de piernas cerradas, aunque intuyo que será un varón.

Él sonrió.

—Es tan injusto, qué injusto es este mundo señorita. Tenemos algo de justicia a veces, pero la vida misma no es justa.

—¿Por qué lo dice?

—Siempre quise ser padre, tener una esposa, pero mis negocios y esta vida de locos me convirtieron en un hombre solitario. Introvertido y frío. Soy muy frío. Supongo que lo llevo en los genes.

Tenía razón, parecía frío como todos los ingleses que conocía, pero no lo era, estaba segura de ello.

—Pero imagino que habrá tenido oportunidades de casarse en el pasado.

Él lo negó.

—He salido con mujeres hermosas, pero no se dio de casarme. Ahora a mi edad empiezo a sentir la necesidad de una compañera, una esposa dulce y buena que me dé su amor, su afecto. Son muy valiosas las mujeres, y una buena esposa que lo ame a uno: un verdadero tesoro.

Irina se sonrojó, no pudo evitarlo. Tuvo la sensación de que le decía que ella sería ese tesoro, pero luego pensó que estaba imaginando tonterías.

El sonido de su teléfono móvil, el de su jefe, sonó estridente y poco después tuvieron que regresar a la empresa. El momento de intimidad y confesiones había terminado y eso la aliviaba, no estaba preparada para una relación, ni siquiera una relación pasajera de salir y tener sexo.

A lo mejor todo esa charla fue un momento de debilidad, él bebió de más y ella se dejó envolver sin saber por qué.

—Temo que debo regresar, pero puede quedarse si lo desea, señorita. Todavía no ha pedido postre.

—Estoy bien, gracias. Regresaré con usted, señor Stratford.

Irina lo acompañó y él la ayudó a salir del restaurant, tomó su mano y la llevó hasta su auto. Ese contacto fue extraño, todo había sido extraño, pero él parecía muy sobrio cuando lo hizo.

************

No le dijo a Anastasia que había ido a almorzar con su jefe ese día, fue todo tan extraño e inesperado. Se quedó pensando por qué habría dicho eso de que no buscaba una aventura y que de cierta forma la había buscado a ella.

Tampoco creía que fuera necesario reducir su jornada laboral, pero él se mantuvo firme, y días después comenzó un nuevo horario, entraba a las diez y se iba a las cuatro, tenía media hora para descansar y almorzar.

Sin embargo, su estado se notaba y notó un cambio sutil en su prima y su marido. Él no dijo nada de su embarazo, pero lo notó como más frío y ella parecía preocupada.

Pensó que debía mudarse, podía conseguirse algo más económico cerca de allí. Había prolongado demasiado su estadía y ellos eran recién casados y sabía que estaban buscando un bebé, su prima se lo había dicho el día anterior.

Recordó la conversación.

—Es extraño—le dijo Anastasia mientras desayunaban.

Notó que ella estaba comiendo fruta exótica.

—Llevo dos años casada y todavía no he quedado embarazada.

Ella la miró inquieta. Su primera no era como ella, no era rubia, pero tenía rasgos eslavos, sólo que era castaña y de ojos oscuros y muy grandes.

—Estás buscando un bebé?

Su prima asintió.

—Sí, nunca me he cuidado. Yo me casé virgen.

Irina la miró con curiosidad.

—Y él dijo que no quería cuidarse porque sabía que yo era virgen y luego de esa noche me pidió que todo fuera espontáneo entre nosotros.

Era la primera vez que su prima le hablaba así de su intimidad y le sorprendió pues ella solía ser muy reservada.

—Pero yo me asusté, no quería quedar embarazada y comencé a tomar pastillas a escondidas. Él no lo sabía, nunca se lo dije.

—Annie, está bien, tienes derecho a decidir cuándo tener un bebé.

Ella la miró.

—Pero mi esposo lo descubrió y se enfadó y me dijo que esas píldoras son malas, traen cáncer.

—Eso no es cierto, todas las mujeres las toman.

—Es que su madre enfermó por las pastillas, murió de cáncer de seno y dijeron que fue por eso. Se enfadó mucho y no me habló por días. sufrí tanto. Él es todo mi mundo. así que le juré que nunca más las tomaría. Y desde entonces no las he tomado, pero no he podido quedar embarazada.

—Es muy reciente, ten paciencia.

—Sí, lo sé, mis amigas dicen que los nervios influyen, pero…

Anastasia la miró.

—Lo he intentado todo sabes, tenemos sexo casi a diario, pero no consigo quedar embarazada.

—Tal vez es muy pronto.

—Pero en la familia son conejas. Y yo llevo casi dos años sin cuidarme y nada.

—¿Por eso comes la fruta?

Ella sonrió.

—Y vivo comprando test para mis días fértiles, y nada.

—Haces mucho deporte Annis, te mueves mucho. trabajas con tu esposo, debes quedarte más quieta.

—Tú crees que sea por eso?

Irina dijo que sí.

—Trabajé para una señora rica en Rusia que era de tu edad y también quería quedar embarazada. Yo fui su asistente porque a ella la mandaron a quietud por su embarazo. Un día me dijo cómo había quedado preñada luego de buscar durante años un hijo.

—¿Y cómo hizo?

—Tuvo que renunciar al deporte y ella pasaba horas en un gimnasio.

Es que si tú saltas y estás embarazada pierdes al bebé, tienes un aborto espontáneo.

Si te caes… y a ella le dijeron que había tenido un aborto por eso sin saberlo y se puso mal.

Dejó el deporte y además… parece que la posición no ayudaba.

Dijeron que tenía que estar debajo, en la posición de misionero y luego de hacerlo no lavarse, quedarse quieta.

Debes dejar el semen un tiempo, no usar duchas vaginales ni nada.

—Siempre me lavo, soy muy prolija. Odio sentirme sucia.

—Pues toma nota, prueba dejar un poco tanto deporte. Tal vez funcione. Y después de tener sexo quédate quieta, no corras a higienizarte.

Su prima cambió de tema y de pronto le preguntó cómo iban las cosas con su jefe.

—No pasa nada con él, es sólo mi jefe—respondió Irina evasiva.

Algo había cambiado luego de que salieran a almorzar, no quería que pasara nada en realidad, necesitaba tanto ese trabajo. pero sabía que él la miraba y parecía bobo con ella.

Ese día fue comprarse ropa a Piccadilly Circus y se sintió mal.

No dejaba de pensar en el italiano y anoche había llorado al recordarle.

Lo extrañaba tanto.

Se miró en el espejo de la tienda y se vio triste, demacrada y enferma de nostalgia.

Añoraba los días en Capri, a su lado, extrañaba todo y se sentía incapaz de prestarse al juego de coquetear con su jefe para que él le pidiera matrimonio.

No quería un marido así, no quería casarse porque le convenía hacerlo con un hombre rico que parecía interesado en ella.

Apartó la mirada y se acercó a una tienda de bebés y vio de nuevo esos móviles para la cuna y entró. Eran ositos pequeños que giraban alrededor y bailaban, se colocaba sobre la cuna para distraer al bebé y se oía una canción de cuna para hacerlo dormir.

Como era algo pesado pagó y pidió que lo enviaran. Pero sí se llevó ropita blanca pues no sabía si sería niño o niña.

Había comenzado a llevar ropa holgada, vestidos cortos pero amplios en la cintura. Quería usar ropa cómoda pues ya no tenía que esconder su embarazo.

Un llamado en su celular la distrajo y cuando fue a atender vio que era un número desconocido y no atendió. Siguió caminando y de pronto lo vio parado allí en la plaza mirándola. Ella llevaba unas bolsitas de tela con dibujos de bebés y él se le acercó corriendo.

—Alessio… por qué estás aquí?

Lloró de la emoción, no podía creerlo y él se acercó y la miró con fijeza.

—Al fin te encontré. ¿Creíste que podías escapar de mí? dije que te encontraría. Sube al auto y no hagas escenas o juro que te arrepentirás.

Ella lo miró aturdida, era él, pero estaba cambiado, el cabello más largo y la barba crecida, sus ojos tenían una expresión maligna y salvaje cuando la atrapó y la amenazó con hacerle daño a todos si no hacía lo que le decía.

Subió a su auto y trató de controlarse, pero una emoción intensa la embargaba. Estaba allí, su amor la había encontrado y la llevaba con él a la fuerza.

De alguna forma sabía que pasaría, que cuando la encontrara estaría fuera de sí, por haberlo abandonado.

—¿Cómo lo supiste? Ketzia te lo dijo ¿no es así?

Él conducía a toda velocidad y la miró.

—Ve despacio te arrestarán—le advirtió.

Alessandro la miró.

—Nada impedirá que te lleve conmigo y no fue Ketzia, ella no me dijo nada. Y eso me vio desesperado, fue Ítalo, él te encontró para mí, una vez más.

—¿Ítalo Crespi? ¿Contrataste a mi secuestrador?

—Habría contratado al diablo para encontrarte y él es muy bueno buscando personas, en eso es bueno. Tiene contactos. Ahora irás conmigo al aeropuerto. ¿Tienes allí tu pasaporte?

Irina asintió.

—Ahora vendrás conmigo, preciosa y si intentas algo te juro que me obligarás a hacer algo que no quiero.

—Por favor deja de ponerte así, no necesitas amenazarme. Iré contigo.

—Vendrás conmigo? —parecía sorprendido.

Ella asintió y lloró. Entonces el vio algo distinto en su cuerpo. Vio que estaba embarazada y algo cambió en él, su mirada cambió, pero no detuvo el auto ni dijo nada.

—Debo avisarle a mi prima, se preocupará si no regreso.

—No le dirás a nadie de mí. no quiero que ese inglés malnacido me robe a mi mujer.

—De qué hablas?