Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) El admirador inglés #4
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El admirador inglés #4

—¿Lo ves? ¿Sigues loca por ese desgraciado?

Es porque son muy ardientes, son letales.

Ya sé bien cómo son. Mi hermana menor cayó con uno y ahora está prisionera en Italia y con tres hijos.

no puede ir a ningún lado, él no la deja salir de la casa.

La pobre está sufriendo y lo peor es que como tú y las demás, es muy fértil y siempre está embarazada.

Ahora parece que tiene otro en la panza.

Ni me hables de los italianos. Y los sureños son peores.

Este es de Módena, pero parece sureño. Y justo fue a fijarse en la más débil de las hermanas, mi hermana menor siempre fue una boba romántica de la familia, enamorada de Italia y claro, tuvo que irse a estudiar y allí lo conoció.

Por eso yo te dije que no era buena idea que fueras allí.

Siempre terminas encontrando novio en los centros de estudios.

Pero bueno, piensa en tu hijo. si vas a tener al bebé necesitarás ayuda, sabes que cuentas conmigo, pero sé que no será suficiente.

—Prima por favor, todo esto es algo de momento, no va a pasar. ¿Qué quieres? ¿Qué me ponga a coquetear con mi jefe para que me invite a salir?

—No… pero haz algo sutil para empezar. A los hombres les gusta la conquista, les gusta todo lo que se le resiste. Pero tampoco te hagas la difícil, si eres fría y no le prestas atención ninguna…

—Anastasia, es un hombre guapo sí y parece una buena persona, pero nada más. No sueñes en que voy a casarme con él ni nada. Para eso tendría que olvidar a Alessio primero.

—No lo olvidarás si sigues encerrada llorando por él, además mi abuela siempre decía: un amor se cambia por otro. Y hombres para enamorarse hay montones. Sé positiva. Tú le gustas y él te agrada ¿no? Es un hombre guapísimo y, además: es millonario. No lo pienses demasiado.

Irina dijo que tenía que irse al trabajo o llegaría tarde.

—Creo que me cambiaré el vestido—dijo y regresó a su habitación.

Se miró en el espejo y optó por llevar una falda larga y justa y una blusa blanca con volados en el cuello y entallada, pero con cierta amplitud.

El maquillaje era suave, estaba bien.

No pudo evitar pensar en su jefe.

No podía creer que ese hombre se sintiera solo o buscara una esposa. Eso no sucedía entre los hombres por lo general eran las mujeres las que solían buscar marido. Cuando llegaban a los treinta o un poco más. Era la edad que debía tener su jefe.

Se preguntó si su prima no estaría exagerando un poco.

A lo mejor buscaba una chica seria para salir y tener sexo. Eso era más posible.

Irina se dio cuenta de que ahora pensaba mal de todos los hombres y eso era injusto. No todos eran así. Sólo que bueno, las cosas habían cambiado. ella fue educada de otra forma muy conservadora y el mundo era distinto. Muy distinto.

Entró en la oficina un poco atrasada y se disculpó.

Ron Stratford estaba allí, impecable, pulcro, con su cabello corto lacio peinado a un costado. La miró con una sonrisa y dijo que no importaba.

Ese día vio algo distinto en su mirada, la miraba como mujer eso era evidente, pero tuvo dudas. Tal vez lo había imaginado sugestionada por las palabras de su prima.

Bueno, ¿qué importaba? En el pasado otros jefes la habían mirado así y nada había pasado.

Pero ese día notó algo y se inquietó. No quería confundir las cosas, estaba bien en ese trabajo y no buscaba marido. Su prima era una exagerada y una casamentera. Decir que ella podía atrapar a su jefe sólo porque le gustaba…

—Señorita Petrov—dijo de pronto.

Ella se detuvo y lo miró.

—¿Se siente bien?

Irina se sonrojó.

—Disculpe, es que me distraje.

Él la miró con fijeza.

—¿Aceptaría una invitación de ir a almorzar? Muero de hambre y quería hablar con usted un asunto de la empresa en privado. Espero no lo encuentre inapropiado.

—OH no, por supuesto… claro. Acepto.

Aceptó ir a almorzar con él sin pensarlo. Se moría de hambre, últimamente tenía mucha hambre y nada le caía mal, le caía mal no comer o pasar horas sin probar bocado supuso que por su embarazo.

Entró en su auto y fueron a un restaurant cerca de allí.

Era muy distinto a Alessio, aunque físicamente tenía un parecido pues ambos eran altos y atléticos; Ron tenía ojos muy azules y era muy blanco.

Un hombre fino y distinguido, tan educado y atento.

Y con un temperamento flemático muy inglés.

Los ingleses eran distintos a los rusos y a los italianos, distintos a todos los europeos en general.

Irina contempló el menú y pidió algo suculento.

Él habló entonces de la empresa, de ciertos problemas con un empleado pues había acosado a una compañera.

—Lo siento, no lo sabía.

—Quería preguntarle si acaso el señor Ed Smith la molestó de alguna manera. Por favor, no tenga reparos en decirme. Puede hacerlo con total confianza.

—No. Nadie me ha acosado. Son todos muy amables.

Eso era verdad, no había esa mala onda de otros lugares, todos estaban concentrados en su trabajo y no había ni tiempo para intrigas.

En realidad, ella estaba muy concentrada en sus tareas y como además estaba encerrada junto a su jefe casi todo el día, no prestaba mucha atención a lo que pasaba a su alrededor.

Por eso le sorprendió mucho enterarse de la situación de acoso sexual que había sufrido una chica sueca que trabajaba en una de las oficinas. Era muy guapa y alta.

—Me alegro de que así sea, pero si llega a haber alguna situación incómoda, le ruego que me avise, señorita Irina.

La llegada del almuerzo los hizo callar. Irina sintió que se le hacía agua la boca y pensó que si seguía comiendo así engordaría. Ahora estaba delgada pero pronto eso cambiaría.

Todavía no había vuelto al hospital para controlarse. Debía hacerlo.

—¿Así que su familia es rusa? Es un país muy bonito. He ido a San Petersburgo y Moscú.

—¿De veras?

—Sí, viaje de negocios.

Ella sonrió, su jefe le preguntó por su país, su familia y hablaron un largo rato mientras comían.

Entonces salió el tema de Italia.

—¿No le gusta el vino, señorita? ¿No bebe usted? Ni tampoco fuma al parecer. Eso es bueno. Me agrada.

De pronto se excitó al sentir su mirada. Le pescó una mirada aviesa de deseo escondido, la estaba mirando como mujer no como su fiel secretaria. Las miradas así no las dedicaban a las empleadas que eran como perros falderos, las dedicaban a las mujeres guapas y deseables.

—Lo siento, me distraje—dijo para decir algo.

Pero ella se sintió súbitamente húmeda y anhelante de besos, caricias y un abrazo que le diera calor y placer. Empezaba a extrañar el sexo y la excitaba mucho sentirse deseada por un hombre tan guapo.

—¿Por qué escogió Londres si vivía en Italia? Es un país hermoso.

Rayos, del calor del sexo al frío de un cubo de agua cayéndole encima. ¿Por qué siempre le preguntaba de Italia?

—Tuve que irme de Italia, mi madre estaba enferma y mi familia me necesitaba, no podía quedarme—dijo incómoda mientras atacaba el postre.

—Lo siento mucho, creo que he dicho algo indiscreto.

Ella lo miró.

—No… Italia me incomoda. Sufrí mucho allí. Me rompieron el corazón hace tiempo y parece que fue ayer. No volvería jamás a ese país, señor Stratford.

Una triste historia que no quería recordar y sin embargo la sentía allí, tan presente como si hubiera sido ayer.

Su respuesta no lo sorprendió, pero en realidad no podía imaginar lo que sentía pues era muy controlado en sus emociones.

—Qué hombre tan imbécil, dejar ir a una mujer como usted. Tan dulce y hermosa—dijo de forma inesperada, pero, aunque las palabras sonaron fuertes no expresó enojo alguno en su mirada.

Irina se puso colorada, pero él dijo:

—Disculpe mi sinceridad, siempre digo tonterías cuando bebo vino, es que nunca lo hago.

Ella sonrió por la inesperada explicación y pensó que su jefe ebrio era muy gracioso.

—¿Piensa que soy hermosa y dulce señor Stratford?

Él asintió.

—Es muy hermosa y lista, señorita Petrov. ¿Puedo invitarla a cenar esta noche?

—Me encantaría… pero como amigos, no busco aventuras señor Stratford. Disculpe mi franqueza.

Él sonrió levemente.

—Tampoco yo, señorita.

Irina se sonrojó al sentir de nuevo esa mirada intensa y suave devorarla lentamente. Se sintió algo incómoda de repente, no le gustó el giro que había tomado la situación, no era apropiado salir con un jefe, aunque fuera guapo.

—¿Y qué busca usted, señor Stratford?

—A usted señorita. La buscaba a usted, hace mucho tiempo.

Pensó que eso no podía estar pasando, que en esas semanas de trabajar con él jamás imaginó que eso se estaba dando, ni que él la miraba con otros ojos.

—Pero no me conoce, sólo le gusto supongo.

—Sé que es para mí, señorita Irina. Pero le daré tiempo para que se dé cuenta o me diga que no. Si cree que esto es incómodo le ruego que lo olvide, no quiero perderla por favor, es una excelente asistente.

Ella lo miró sorprendida y vio que tomaba su segunda copa de vino o la tercera.

—Es algo precipitado. Escuche, usted me agrada, pero…

—Lo sé, no es oportuno ahora. Olvide lo que dije. Seamos amigos.

—Es que tengo el corazón roto, por eso. Y además…Estoy esperando un bebé.

Esa revelación no pareció sorprenderle.

—Lo sospeché, pero no quise preguntar. No era correcto. Por eso no bebe y se ve tan triste a veces.

Irina asintió.

—¿Su novio italiano lo sabe?

Ella lo negó.

—Él no quería tener hijos, señor Stratford.

—Escuche, no puede estar trabajando en su estado. Le reduciré el horario. Debe cuidarse mucho.

—Oh no es necesario, por favor.

—Sí es necesario. Acéptelo. Disculpe la pregunta, ¿pero cuánto tiempo tiene?

—Cuatro meses y medio.

—Es bastante, se le nota un poco ya. ¿Qué hará cuando nazca su hijo?

—No lo sé, pero no puedo volver a mi casa. Mi madre se disgustaría, mi familia es muy conservadora y, además, no quiero volver tan poco. Estoy muy contenta aquí, aunque tal vez deba buscarme un piso mi prima no ha querido. Cree que si me pasa algo estaré sola y es como una hermana para mí.

Rayos, ¿por qué le contaba esas cosas? Era sólo su jefe.

—Señorita Petrov, usted necesita un marido que cuide de usted y de su hijo.

Era la segunda vez que oía eso.