El admirador inglés
Irina salió de la casa por la puerta de atrás y tomó un taxi en la cuadra siguiente temblando, rumbo al aeropuerto.
Sabía que era arriesgado, pero debía hacerlo.
Tenía que escapar de él, tenía que hacerlo.
Tres chicos de la pandilla de Vladimir y Alexei la acompañaban.
Iban conversando entre ellos, pero sabía que había otro auto viejo siguiendo el taxi. Los otros escoltas.
Iba tranquila pero angustiada al pensar que no estaba bien lo que hacía. Debió llevar a Katia, debió llevarla consigo, su hermana estaba en peligro. Si esos matones la atrapaban…
Nerviosa tomó el celular y la llamó.
—Katia, debes salir de casa y tomar un taxi, ven conmigo. Iremos a Londres con la prima Anastasia.
—¿Vas a Londres?
—Sí. Por favor, ven conmigo, todavía hay tiempo de reservar otro vuelo.
—No quiero ir a Londres, no me gusta ese país.
—Pero nuestra prima nos ayudará, tú lo sabes. Siempre ha sido buena con la familia y es como una hermana para mí.
—Me encantaría, pero yo tengo que cuidar de mis hermanos y de mi mamá. ¿Qué hará sola con todo? Ya te fuiste tú, se fue Anuska. Alguien debe quedarse.
Irina le rogó que fuera, pero Katia no la escuchó.
—Vladimir cuidará de mí. Es como de la familia. Y le pagaré bien para estar a salvo. No se atreverán. También dará cuenta del italiano por si se pone pesado.
—Está bien, pero si algo sale mal avísame. Y no digas a nadie donde voy. Ni le cuentes a nadie de nuestra prima.
—No lo haré… suerte, Irina, que Dios te acompañe.
—Gracias.
El taxi aminoró la marcha pues se vio en un atolladero por la ruta que llevaba al aeropuerto de Moscú, al parecer todos tenían prisa por irse del país.
Su celular sonó entonces, pero ella no quiso atender, estaba muy nerviosa.
De pronto vio en su celular un mensaje de Katia.
“El italiano está aquí, acaba de llegar, pregunta por ti”.
Irina tembló y entonces recibió una llamada.
Era él. Sintió una angustia horrible, quería atender, hablar con él, pero sabía que no debía hacerlo.
No lo atendió.
Había llegado al aeropuerto y no pensaba cambiar sus planes. Se iría a Londres y recomenzaría de nuevo, su prima iba a ayudarla. Podría trabajar, ser independiente, tener un empleo digno.
Finalmente atendió el teléfono cuando ya estaba sobre el avión.
—Irina. ¿Dónde estás? ¿Deja de esconderte sí? Vine porque quiero hablar contigo, quiero arreglar las cosas.
—Ya no hay nada que decir Alessio. Estoy de viaje a San Petersburgo, mi hermana te habrá contado. Necesito alejarme tomarme un tiempo y descansar. Vine para eso en realidad.
—Pero eso queda muy lejos de aquí.
—A cuatro horas de viaje en tren.
—¿Pero por qué te has ido así de repente?
—Porque les debía una visita a mis tíos. Ahora no quiero hablar ni quiero verte otra vez.
—Estás loca, ¿es que no te das cuenta de que estás en peligro? No puedes irte a ese lugar. Te atraparán los hombres de Ítalo. Están aquí en Moscú y vigilan tu casa.
—¿Es Ítalo o eres tú? Ya no sé quién dice la verdad.
—Escucha, esas fotos que te mandaron son viejas, no puedes ponerte así por eso. Y algunas fueron trucadas, deja de acusarme. No soy amigo de Ítalo, era su cliente y eso lo sabías. Rondaba su negocio en busca de mujeres, pero de esas chicas sólo salí con tres.
—Ahora quieres cambiar las cosas.
—He tratado de explicártelo, pero tú te has negado a escucharme. No soy un rufián, soy abogado y tengo negocios, no soy un proxeneta. Pero Ítalo te buscará y no te dejará en paz. Y cuando sepa que tienes una hermana guapa y soltera también vendrá por ella.
—¿Estás asustándome o pretendes amenazándome?
—No. Sólo te digo lo que pasará. Yo no puedo parar a ese hombre, él tiene su negocio y atrae a chicas para luego venderlas.
—Y tú las comprabas, pero jamás me compraste a mí.
Yo nunca estuve a la venta. Y aunque crea lo que me dices y en verdad no creo que tú seas el malo de la historia, por más que te crea no quiero seguir contigo así.
En esa relación. Como tú chica mantenida y ahora tengo la oportunidad de escapar y lo haré.
Tendré un buen trabajo en San Petersburgo y comenzaré de nuevo. Mis tíos me ayudarán.
—Irina, por favor, no hables así, estoy muy preocupado por ti, no huyas. Tú nunca fuiste mi chica mantenida. Tú eres especial para mí, Irina. Lo nuestro era especial. Te pedí que fueras mi esposa y todo esto. Esa maldita golfa arruinó todo.
—No fue sólo ella, estoy harta de vivir asustada, atrapada y en tus garras, quiero una vida libre como todo el mundo y poder labrar yo sola mi porvenir.
No necesito dormir con hombres para hacer dinero ¿sabes?
Ni tampoco necesito que me digas que fue especial lo nuestro, demasiado tarde me lo dices.
—No podrás escapar de mí, Irina, huye mientras puedas, pero no te dejaré escapar. Tú eres mía ¿entiendes? Y si querías abandonarme pudiste al menos responder el teléfono y decírmelo.
—Es lo mejor. Yo soy para ti ni tú para mí. Lo siento. Pero no me busques ni le hagas nada a mi familia.
—¿A tu familia? ¿Me crees un rufián?
—Sé cómo son los italianos de vengativos y crueles.
—Pues yo no soy así, me conoces. Sólo vine aquí a verte, a tratar de hablar contigo. Me iré, pero no me daré por vencido. No me rendiré. Tú eres mía Irina Petrov. Me perteneces, por eso huyes, pero no podrás escapar de mí. Huye mientras puedas. Te atraparé y nunca más te dejaré ir.
Irina tembló y cortó la llamada.
Luego lloró y se escondió en el asiento del avión para que nadie la viera.
Amaba a ese hombre y estaba esperando un hijo suyo. ¿Por qué escapaba? ¿Por qué lo hacía? Si se moría por estar con él, por sentir sus besos, el calor de su piel, oír su voz decirle al oído que era hermosa.
Pero también sabía que todo podía cambiar cuando le dijera que esperaba un hijo. Estuvo a punto de decirle, para que la dejara en paz. Porque sabía que si lo hacía sería el fin, pero no tuvo valor. No quiso hacerlo.
*********
En la habitación de la casa de los Petrov, Katia comprendió que el italiano estaba furioso y la miraba con odio. Estaba allí, había volado a Rusia desesperado porque hermana lo había dejado.
—Ahora me dirás a donde se fue tu hermana.
Hablaron en italiano, ella lo entendía perfectamente, por desgracia, pues habían hecho el mismo curso para aprender ese idioma pues habían concursado para una beca de estudios y sabían que tenían chance de ganar pues ambas sacaron buena puntación. Así que decidieron estudiar.
—Irina se fue a casa de mis tíos, ya te dije. Está en San Petersburgo. —le dijo ella tratando de conservar la calma.
—La dirección, pásame ahora la dirección, necesito hablar con ella. No pude hacerlo. ella tiene que hablar conmigo. Tengo que decirle algo importante.
—Mi hermana no está, ya te dije. Se fue hace dos días. ¿Crees que miento? Además, no quiere volver contigo, no lo hará. Ya te lo dijo muy claramente el otro día me parece, cuando hablaron por teléfono.
Él no se movió sus ojos negros se tornaron malignos, como un diablo, Katia tembló y sintió toda la maldad que había en esos ojos. Ahora se mostraba como era sin máscaras, al comienzo fue muy amable, pero cambió al saber que su hermana no estaba y ahora estaba furioso.
—Ella volverá conmigo, aunque tenga que llevarla a la fuerza, es mía ¿entiendes? Irina es mía. Y la encontraré. Aunque tenga que ir hasta el infierno.
Sus ojos negros echaban chispas, estaba furioso, pero también desesperado, se le notaba a la legua.
—No es tuya, ¿crees que puedes tener a una mujer como si fuera un objeto?
—Ella es mía, me pertenece. Íbamos a casarnos, ella dijo que sería mi esposa.
—Pero tú la engañaste ¿no? Con otras chicas.
—No, yo no la engañé—el hombre parecía sincero cuando lo dijo. —Es que una chica, una ex vino a verme, como la rechacé y no quise saber de nada se vengó enviándole fotos a Irina, contándole no sé qué tonterías.
Hablaba sin parar, hasta por los codos y hubo una parte que Ketzia no entendió.
—Ve más lento, no te entiendo. por favor. Tranquilízate. debes hablar despacio porque si hablas rápido no…
—Va bene. Lo que quiero decir es que fue un malentendido. Habla con tu hermana. No quiero atenderme el teléfono.
—Necesita alejarse de ti. Debes dejarla que se aleje, que piense un poco en su vida. Eres muy avasallante, italiano.
Él la miró con desesperación.
—Si la dejo ir ahora, la perderé. Quiero recuperar a Irina, quiero que sea mi esposa. Ayúdame. Si lo haces yo…
—No quiero tu dinero. No haré eso por dinero. Respeta su decisión o espera a que tome una. Dale tiempo. No fuerces las cosas. Y no vayas a San Petersburgo ahora.
—¿Ella regresará? ¿Crees que lo hará?
—Si te ama querrá volver contigo. Si tú la amas, esperarás. No quieras tenerla por la fuerza, eso no es gentil ni es de caballeros.
—Pero es mía y la amo. Estoy enamorado de ella. Crees que estaría aquí rondando como un fantasma, llevo días sin dormir porque no dejo de pensar en ella. Quiero a Irina, quiero que sea mi esposa.
—Pero no es tuya, no puedes tratarla como si fuera un objeto de tu pertenencia.
—Ella fue mi mujer, fue mía, es mía. No me pidas que no sienta eso. tú no entiendes. Eres una adolescente casi. No puedes saber lo que es. Seguramente nunca has estado enamorada.
Ketzia sabía que en eso había perdido la batalla.
—Bueno, sólo te digo que le des tiempo porque si ahora la persigues será peor. Harás que se enfade.
—Pero ella quiere abandonarme, quiere desaparecer sin dejar rastro. ¿Realmente se fue a San Petersburgo? Tengo la sensación de que me ha mentido ella y tú también.
—No hablaré de eso ahora. Escucha, mi madre está muy enferma, está delicada y me necesita. Toda esta casa depende de mí ahora. Irina se ha ido. Dale tiempo. Dale oxígeno. No la agobies.
—Está bien, tú ganas. Ya entendí. Pero no me rendiré, la dejaré en paz unos días, pero volveré.
Ketzia suspiró aliviada cuando el italiano se fue, había sido muy diplomática y sensata, le dijo que se calmara y esperara. Su hermana además estaba muy lejos, con su prima en su casa y no tenía ganas de volver todavía.