Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) El secreto de Irina #2
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El secreto de Irina #2

Irina tembló al ver sus mensajes, había esperado que lo negara todo que tomara el teléfono y le hablara.

Rayos, todavía estaba loca por él y lo estaría un buen tiempo.

Tenía que escapar de él, no podía permitir que tomara un vuelo y fuera a buscarla.

Debía poner fin a esa relación porque no llegaría a nada, a nada bueno.

Pero ¿qué diablos haría? Estaba embarazada y no quería tocar ese dinero en su cuenta. Odiaba pensar que él había la había comprado a cambio de sexo y compañía. Ella no era una ramera y nunca estuvo a la venta.

—Irina, come algo—dijo su hermana entrando en su habitación.

Todo había cambiado de repente y sentía que volvía a la realidad. Miró a su hermana y vio la bandeja con leche y pasteles de jengibre y decidió comer algo pues tenía razón, se sentía mareada y casi no había probado bocado en todo el día.

—Gracias—balbuceó y trató de sonreír.

—¿Entonces ya le has contado al italiano la noticia? —preguntó Katia.

La pobre ni imaginaba nada de lo que había pasado por supuesto.

—Todavía no…

—Debes decirle.

—No lo sé, no sé lo que pasará mañana. Deja de preguntarme por favor.

—Bueno, pero ¿qué harás? Si lo dejas no tendrás nada y necesitas tener cerca al padre de tu hijo.

—Eso no es una buena idea ahora, Katia… no es lo que piensas ¿sí? No te he contado todo y no me pidas que te diga nada ahora.

—Rayos, sólo quiero ayudarte.

Irina suspiró mientras trataba de comer algo.

Nadie podía ayudarla ahora, sólo tratar de entender qué podía hacer ahora.

Pues no podía volver a Italia por razones obvias ni quedarse en Moscú con un bebé en la barriga.

Tenía que escapar. Huir muy lejos y que él no la encontrara porque si lo hacía estaba segura de que caería de nuevo en sus garras.

A menos que le dijera lo del embarazo y eso lo hiciera cambiar de opinión.

No sabía cómo reaccionaría, pero sabía que no lo haría feliz.

Tenía que buscarse un trabajo urgente y alejarse de él, olvidar. Pensar en el niño que llevaba en su vientre.

Pero no tenía a donde ir, y él sabía cómo encontrarla. Sabía que iría por ella, eran sólo cuatro horas en avión hasta Moscú y luego hasta el pueblo donde vivía, no era tanto.

A menos que desistiera. Y la olvidara. A fin de cuentas, sólo era una más en su colección y ahora estaba encinta, con un bebé en la barriga. Eso le quitaría la gracia.

Pero tenía un título de administración de empresas, había trabajado en varios lugares, no le tenía pereza al trabajo. sólo que no podía quedarse en Rusia.

Pensó que tomaría un poco de ese dinero a su nombre y luego lo dejaría allí, congelado para siempre. No quería su sucio dinero, no quería sentir que se había vendido como una ramera… realmente la hería todo eso. la hacía sentirse horrible, peor que nunca.

Debía guardar ese secreto, debía callar y que su familia nunca supiera.

Pero sabía que no sería fácil. Tenía orgullo rayos, y no quería tocar ese dinero, prefería esconderse un tiempo hasta que supiera qué hacer.

El problema era el tiempo y temía que él fuera a buscarla.

Los días pasaron y no se decidía qué hacer.

Hasta que su hermana le dijo algo que la asustó.

—Irina, hay dos hombres que merodean la casa.

—¿Qué? —la miró aturdida sin comprender.

—Hay unos hombres raros aquí, cerca de la casa, parecen vigilar día y noche, se turnan, pero siempre están cerca.

Irina tembló y se acercó a la ventana, pero no estaban, se habían ido.

—¿Cómo eran?

—Altos, flacos y uno de ellos era calvo.

No, no eran los guardaespaldas del italiano.

—Mira, allí están.

Irina vio a dos hombres vestidos de jeans, llevaban lentes y acababan de estacionar un auto alquilado. Se dirigían a un lugar, pero uno de ellos miró hacia la casa.

—¿Son esos? ¿Estás segura?

—Sí. Parecen extranjeros. Italianos diría yo. ¿Crees que ese novio tuyo los envió para vigilarte?

—No, no son hombres que trabajen para Alessio, los conozco a todos. Se ven distintos.

Y no le gustó nada su aspecto, les recordaron a los hombres de Ítalo, altos, delgados pero fuertes como toros, veloces y rufianes.

Tatuajes en los brazos y en el cuello y alguna herida de guerra en la cara seguramente.

Gente de mal vivir, matones a sueldos hechos para hacer el trabajo sucio del negocio.

Ítalo sabía que habían peleado y había dio por ella, ese maldito no la había olvidado. Y pensaba que todavía podía venderla al inglés o al jeque de Dubái. Quizás el mismo Alessio le avisó que habían terminado y podía llevársela.

Oh no, él no sería capaz, ¿por qué pensaba cosas tan horribles ahora?

Lloró al pensar en Alessio y que habían peleado por una estupidez.

Por unas fotos que a lo mejor eran trucadas.

Pero estaba muy nerviosa de pensar que estaba sola y esperando un hijo.

Lloró sin poder contenerse.

—Irina, ¿qué pasa? ¿Quién son esos hombres?

Ella la miró aturdida y secó sus lágrimas, pensando que era inútil, ya no podría contenerse más tiempo.

—¿Cuánto hace que están aquí merodeando? —preguntó.

—Pues los vi hace días, pero en verdad que hace dos días me fijé que pasaban demasiado tiempo cerca de aquí como vigilando y me preocupé. ¿Quiénes son? ¡Dime la verdad! ¿Qué escondes Irina? ¿Acaso ese novio que tienes es de la mafia?

Ella lo negó, pero Katia se enfadó.

—Escucha, no soy boba, tú no trabajas para Alessio, duermes con él y vives con él y el dinero que te da es por eso. Deja de esconderlo.

Irina se puso colorada.

—Tú no sabes nada, ni siquiera imaginas. Cuando creía que lo tenía todo y podría hacerme un porvenir en Italia…

Miró a su alrededor y preguntó si sus hermanos estaban cerca.

—No, están en la secundaria y mamá duerme. —le respondió Ketzia.

Irina pensó que debía decirle la verdad al menos para que dejara de pensar que irse a un país extraño era un paraíso a la felicidad.

Katia se puso pálida cuando supo lo que le había pasado.

—Ese hombre un malnacido demonio, ¿por qué estás con él? Y ahora te ha embarazado…

—Me enamoré de él, es muy seductor, tú no sabes, siempre me hizo sentir que era especial y jamás creí que fuera un seductor como todos los italianos. En realidad, soñaba con tener un futuro con él, pero creo que sólo fui una más, como las otras.

—Entonces debió enviar a esos hombres. Ay, Irina, tengo miedo. Si son así no puedes volver a Italia, debes esconderte.

—Lo sé, sé que debo irme, pero no tengo a donde ir ahora. Y si me alejo temo que Ítalo me atrape y quiera venderme. Son muy crueles, Katia, no imaginas cuantas chicas son atraídas con becas y engaños al país para terminar siendo la ramera de un hombre adinerado.

—No lo sabía, jamás contaste nada ¿por qué guardaste ese secreto? Debiste decirme.

—No quería preocuparte, además me avergüenza mucho lo que pasó, tú no imaginas el terror que sentí cuando me raptaron. Pero él me salvó, le debo todo a él, ¿entiendes?

—¿Te salvó o te compró al mafioso? Irina lo que te hicieron es criminal, deberías denunciarlo, ¿por qué no escapaste de ese hombre y denunciaste al que te raptó?

—Amenazó con llevarte a ti. Sabía que tenía una hermana joven y bonita, que tenía a mi familia aquí. Averiguó todo.

Ketzia se enfureció.

—Qué mundo de mierda. Rayos. Ahora entiendo por qué…

—No intentes entender mi relación con Alessandro ni lo que pasó… pudo ser peor. Sólo que, si no regreso con él, todo será peor. Debo intentarlo.

—¿Volver con ese maldito que te compró y te mantuvo cautiva? ¿Y tú lo amas?

—Lo amo, maldita sea, nunca tuve un novio, tú me conoces.

Siempre fui muy tímida y él… él me trató como una princesa, Ketzia.

Él me quiere, estos meses han sido maravillosos y ahora, me angustia pensar que tendré un hijo y no podré volver a su lado.

mi cabeza va a estallar, estoy atrapada.

Estos días que me llamó y no lo atendí no sabes lo que sufrí, lo que estoy sufriendo ahora.

—Eso que llamas amor es un amor enfermizo. Es sexo. Es…

—No, no es verdad. ¿Crees que puedes acostarte con un hombre y entregarte a él en cuerpo y alma y decir que es un amor enfermizo? Él jamás me obligó, nunca me forzó… fui suya porque quise, y porque quise me quedé.

—Irina, despierta. Tu problema ahora no es Alessio sino esos hombres, puedes estar en peligro, debes esconderte. Que no te encuentren.

—Si me voy ahora me atraparán, no puedo hacerlo.

—Entonces escóndete.

—Pero tú corres peligro Katia, si esos hombres vigilan la casa querrán llevarte a ti.

—¿A mí por qué?

—Porque eres mi hermana y eres joven y virgen.

Katia se puso colorada.

—No debiste venir si sabías eso, por qué… nos meterás en un lío, me meterás en un lío a mí.

Su celular sonó entonces y Irina tembló. No conocía el número y no atendió mientras su hermana no dejaba de reprocharle lo que había hecho al poner a todos en peligro y ayudarlos con el dinero sucio de ese hombre.

Sintió que estaba harta y quería largarse.

En esa casa llovían los problemas, siempre era así, y ella era incapaz de resolverlos todos.

Y ahora acababa de convertirse en la oveja negra de la familia.

Su hermana sabía toda la verdad y supuso que la afectaba porque ya no podría viajar a Italia como había soñado.

Pensó que era hora de marcharse. Juntó sus cosas y le dijo a su hermana que se iría.

—¿Pero a dónde irás?

—No lo sé, pero no puedo quedarme aquí, esos tipos vigilan la casa.

—¿Y nos dejarás con esos bandidos merodeando?

—Llama a la policía si se acercan o intentan algo.

—¿Y crees que puedes meter a alguien en prisión por acercarse a tu casa? Irina… Cálmate, aguarda, piensa un poco, no puedes marcharse así, estás esperando un bebé.

—¿Y qué quieres que haga?

—El italiano no ha dejado de llamarte, piensa un poco.

tal vez cambie al saber que esperas un hijo.

No pienses lo peor de él. No ahora. Lo necesitas.

Él te salvará de ese Ítalo, lo hará encantado.

Se nota que está loco por ti. Aunque detesto la forma en que actuó al final, bueno entiendo que fuiste secuestrada por una horrible mafia y…

—Es que tampoco confío en él ahora, no soy más que su ramera. Y odio sentirme así.