Madre Rusia #3
Irina miró a todas molesta y miró con tristeza la foto de su novio italiano.
¿Y si se había de fiesta con sus amigos, si estaba ahora con una ramera? Le había prometido que se portaría bien pero no lo sabía. No estaba allí para saber y él era un hombre ardiente, tenían sexo muy a menudo en realidad, al principio a diario y eso fue así durante un buen tiempo.
Trató de no pensar en eso, realmente se sentía horrible en esos momentos.
Había dicho que se quedaría una semana, pero tal vez se quedaría más tiempo.
Él no dejaba de preguntarle cuándo regresaría.
Y como si leyera sus pensamientos recibió su llamada.
—Irina.
—Hola… Alessio.
—¿Vendrás mañana?
—¿Mañana?
—Preciosa, lo prometiste.
—Es que voy a quedarme unos días más, hasta el martes.
—Es demasiado. Llevo días aquí solo y desesperado. No es justo.
—Regresaré pronto.
—Eso dijiste la última vez.
Su novio encendió la cámara para verla y Irina se cubrió el rostro.
—Estoy horrible, —se quejó.
—Estás preciosa. ¿Qué tienes puesto?
—Una blusa y un jean ajustado. Mira.
Él sonrió y le tiró un beso.
—Te extraño mucho, preciosa, ¿con quién estás?
—Con mis amigas de infancia.
Sus amigas empezaron a acercarse a la cámara para ver al italiano y Irina se enfadó y apartó la cámara celosa.
—¿Qué hacen, perras? Es mi novio.
Alessio la llamó y ella lo miró ceñuda.
—Te extraño muñequita por favor, vuelve antes. Muero por verte y hacerte mía.
Sus amigas no entendieron porque hablaba en italiano, pero Irina se puso colorada y se apartó para hablar con él. Lo echaba tanto de menos pero su familia necesitaba que se quedara un poco más. Trató de decirle, pero él siguió insistiendo con lo mismo. Quería que regresara antes.
—No puedo vivir sin ti, estoy hecho un perro malhumorado, sufro, gruño y ladro… no soy yo. no sé lo que me pasa. Bueno sí sé, eres tú. Me haces falta.
Se miraron fijamente y ella sonrió emocionada mientras le decía:
—También tú. Pienso siempre en ti. Todos los días.
—Entonces deja todo y ven, ya son demasiados días, no aguanto más. Voy a explotar, hermosa. No puedo más.
—Bueno, no es para tanto, tranquilízate. por qué no vienes a buscarme?
—Me encantaría, pero no puedo, ya sabes. Pero creo que iré si sigues demorando.
Mientras hablaban apareció alguien en el video, una mujer de rojo y cabello dorado. Irina tembló cuando la vio pues ella se encargó de ser vista y de pronto se acercó a su novio por detrás.
—Qué hace esa chica ahí?
Alessandro se volvió y pareció sorprenderse. Como si no esperara la presencia de esa mujer.
—¿Quién es? ¿Qué hace ella allí? —preguntó Irina cada vez más furiosa.
Sus amigas se miraron sorprendidas, nadie lo esperaba ciertamente pero allí estaba la intrusa en la casa de su novio con un vestido rojo y una cara de ramera rubia de labios de carmín. Era bajita se le pegaba a su novio como una víbora sin dejarlo en paz y ella mirando todo con rabia e impotencia.
—Irina… ¿cómo estás? Hola, yo soy Victoria, la chica anterior. Vine a ver a mi amigo porque lo vi muy solo ayer. Sólo eso—le dijo.
Iba a decir algo más pero su novio le sacó el teléfono furioso y le dijo algo y luego la miró.
—Esto es una broma, preciosa, esta chica bebió y se metió en mi casa. No pasó nada, te lo juro.
—¿Es tu ex? ¿Te has llevado una mujer en mi ausencia?
De pronto quiso saber quién era esa petisa rubia tan atrevida que estaba allí tratando de robar su novio ahora que estaba solo, ahora que ella lo había dejado solo.
—No, no es mi ex… tú eres la única ahora, preciosa.
Pero Irina no se sintió tranquila con toda esa escena, estaba lejos y pensó que su novio se había enfiestado, estaba solo, necesitaba sexo y para él era muy sencillo hacer una llamada y que le llevaran una chica.
Y ni siquiera eso: allí estaba una ex dispuesta a darle consuelo.
Nada de lo que él dijo mejoró la situación.
Pensó que ella era una más y que seguramente él se estaba acostando con otras esos días mientras decía serle fiel.
Cuando cortó la llamada lloró y sus amigas la rodearon para abrazarla y decirle que no era nada importante.
—Es alguna italiana malvada y ambiciosa, alguna secretaria gorda que está loca por él.
—No le des importancia. Lo hizo todo para fastidiarte, eso de aparecer así de la nada… hasta tu novio se asustó. Qué momento. No hagas caso.
Nada de lo que dijeran podía tranquilizarla, quería llorar y lamentarse o rabiar y golpear algo, pero no podía hacer nada. Había bebido demasiado y sólo quería descansar.
********
Al día siguiente le dolía horrible la cabeza y se sentía enferma.
No atendió el teléfono así que no supo qué pasó. Apenas podía moverse de la cama y pidió que avisaran a su familia, que estaba bien.
Pero por dentro temblaba de rabia y dolor. Tenía dudas y aunque sabía que todo pudo ser preparado por la chica de rojo para darle celos nada de eso la convencía. Estaba triste y furiosa y además se sentía horriblemente mal, le dolía la cabeza y el estómago.
A media mañana en su casa pudo al menos echarle la culpa al vodka y a la chatarra que había comido, nadie le hizo preguntas y su abuela le preparó un té de hierbas para el estómago.
Apagó el teléfono para no tener que atender a su novio que estaría frenético a esa altura. Necesitaba descansar y pensar con claridad. Todo había cambiado de repente, esa estúpida escena no debió causarle tanto daño.
En verdad que todo eso parecía armado por la chica y no algo que de verdad hubiera pasado, pero ciertamente que se sentía demasiado mal para moverse.
Y lo pasó fatal, todo el día con vómitos hasta que se sintió tan débil y mareada que se acostó.
—Irina. Has bebido. Mamá se pondrá furiosa.
Ella miró a su hermana demasiado débil y mareada para decir algo.
Pero desesperada tomó el vaso de agua fría y suspiró.
—Creo que voy a morir.
Su hermana la miró ceñuda.
—Pero no digas estupideces. Sólo estás sufriendo las consecuencias de esa porquería que tomaste. A tus amigas les encanta mezclar el vodka casi con cualquier bebida.
—No tomé tanto.
—¿Ah no? ¿Y eso quién te lo cree?
Al día siguiente los vómitos pasaron, pero le dolía mucho la cabeza y se sentía mal, muy débil.
—Esto ya es demasiado. Tengo que llevarte al médico.
—No es nada, ya se me pasará.
—siempre dices eso, no quieres ir al doctor. Tú no cambias. Pero yo te llevaré.
—Déjame en paz, no iré con ningún doctor.
—Ah y por favor, enciende el teléfono, el italiano está como loco, no deja de llamar.
Irina dijo que encendería el teléfono, pero se durmió y así estuvo durante días.
Pero en uno de esos días habló con Alessio.
—Irina. Tienes que escucharme. Esa chica… no pasó nada. Apareció en mi casa, me abrazó, estaba drogada y al parecer sólo quería fastidiar.
Ella suspiró.
—Está bien, olvidemos eso. no me siento bien hoy.
—¿Qué tienes? Te ves pálida.
—Bebí mucho la otra noche y me hizo mal.
—Pero de eso hace dos días o más. Casi me vuelvo loco tratando de hablar contigo.
—Estaba acostada. No me sentía bien.
—Y por qué no vas con un médico?
—Porque odio los hospitales y además… no es para tanto. Ya se me pasará.
—No es la primera vez que te pasa. Deberías hacerte estudios. A lo mejor sufres a algún problema digestivo.
—No, no lo creo.
—Pareces obstinada en no tener nada.
—Es que no quiero tener nada, déjame en paz. Necesito descansar, dormir. Tengo mucho sueño.
—Entonces no regresarás a Italia supongo.
—En cuanto esté mejor, lo prometo. Ahora no puedo, estoy muy cansada.
—No te ves bien. por qué no vas al médico?
Ella dijo que iría, pero no le hizo caso.
Cuando cortó la llamada prometiendo que iría cuando sabía que no lo haría apareció su hermana Katia.
—Estás pálida, ¿peleaste con el italiano?
Ella la miró fastidiada.
—No.
—Entonces qué diablos pasa contigo? ¿Por qué no quieres ir al médico?
Irina hizo un gesto de hastío y se alejó.
—Porque no es nada, ya te dije. Ya me pasó antes en Italia, la comida de allí es muy condimentada y creo que me arruiné el estómago.
Katia la siguió nada convencida.
—¡Irina!
Ella se volvió al oír el grito.
—¿Qué?
—¿No estarás embarazada?
Irina pudo negarlo y decirle que era una estúpida por pensar eso. no lo hizo, guardó silencio.
—Diablos. ¿Tú también? ¿Qué rayos les pasa a las mujeres de esta familia?
—Cállate, no digas nada por favor.
—¿Cuánto tiempo? Pero creí que tomabas pastillas.
—Las tomo siempre, pero la comida italiana me cae mal, es muy condimentada.
—¿Y eso qué tiene que ver con el embarazo?
—Mi doctora dijo que por eso luego de vomitar esa comida picante devolví las pastillas y luego… ya fue tarde. Es muy reciente, no sé qué va a pasar.
—Rayos, no sabía eso. ¿Quieres decir que por tener vómitos las pastillas perdieron efecto?
—Pues yo tampoco lo sabía. Eso y tener un novio italiano que te hace perder la cabeza todo el tiempo.
Katia sonrió.
—¿Lo hacían muy a menudo?
Irina se puso muy colorada: —Sí.
—¿Y no se lo has dicho? ¿Te viniste sin decirle que sospechabas del bebé?
—No, no le dije nada. Estoy asustada por eso me vine, no sé qué va a pasar. Él no quiere tener hijos, Katia. Lo nuestro comenzó como una aventura y no quiero que piense que quiero atraparlo.
—Pero sí le gusta hacerlos ¿eh?
—Yo me cuidé siempre, nunca dejé de tomar las pastillas, pero bueno, ahora es tarde, está allí y lo tendré, pero no podré ocultarlo más tiempo. La ropa empieza a quedarme chica.
—Eso lo vi desde que llegaste. Estabas distinta y supuse que era por ese novio italiano. Es muy ardiente ¿eh? ¿Es cierto que los italianos no paran y quieren hacerlo sin parar?