Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) Madre Rusia #2
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Madre Rusia #2

—Sí lo eres, deja de fingir que no. Sabes que eres mía y también sabes cuánto me cuesta dejarte ir… no quiero que te vayas.

—Te has acostumbrado a mi compañía.

Él la atrapó y le dio un beso ardiente, otro manejaba de lo contrario habrían chocado. Pero luego de ese gesto la abrazó con fuerza y no dijo más.

Cuando entró en el avión estaba llorando angustiada, el último abrazo había llorado, pero luego comenzó a sentirse mejor, como más liviana. Sabía que esa separación era necesaria, era saludaba y no tenía opción.

**********

Cuando llegó a Moscú la acompañaban tres hombres italianos robustos y sospechaba que armados. Fueron sus guardaespaldas y los tres le pasaron sus teléfonos.

Alessio le dijo que estuviera atenta los primeros días y no fuera a ningún lado sola.

Pero en su país se sintió a salvo y tranquila y cuando se reunió con su familia sintió que renacía, que algo de su corazón, ese cariño por los suyos renacía y se nutría de forma inesperada.

Había tanto que conversar. Su madre y hermanos se pusieron muy felices de verla.

Sólo Katia la notó rara, distinta.

—Has engorado, te sienta bien—dijo.

Se alejaron un momento al jardín para charlar.

La casa, el postre de jengibre y los caramelos sobre la mesita del comedor todo estaba como siempre sólo que ella sentía que no era la misma. Era feliz de estar allí, pero sentía que le faltaba algo.

—Realmente no me doy cuenta, supongo que sí. Ahora tengo novio y dicen que las pastillas engordan.

Su hermana la miró no muy convencida por la explicación.

—Te ves rara, no pareces tú—señaló mientras encendía un cigarrillo a escondidas.

—Estoy bien.

—Lo extrañas supongo.

—Sí… pero tenía que venir. Cómo está Anuska, mamá…

—Mamá está bien, tomando la medicación estará bien. Anuska se casará el mes próximo. Ya se le nota la panza y eso que es delgada.

—¿Cómo pasó?

—Lo de siempre, se cuidaba con pastillas que las compró vencidas en un lugar. El muy idiota no quería cuidarse. Pero ya está, ahora tendrá que madurar. Conseguirse un trabajo con el tiempo. ¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Estás embarazada o qué?

—No, no estoy embarazada.

—Pero sí estás enamorada, se te nota. Te ves distinta, como radiante.

—En realidad ni tanto, estoy triste porque lo extraño y sólo hace un día que no lo veo.

—Hiciste bien, hay que tomar un poco de distancia y nosotros también necesitamos de ti. Además, hace poco que conoces a ese hombre.

—Sí, unos meses.

—¿Y de dónde sacaste a ese millonario?

—No es millonario, Katia, tiene dinero sí pero no es millonario.

—Pero es rico. Tiene tres mansiones, autos caros viaja sin parar. Me pregunto de donde lo sacaste porque no te entendí bien cuando me explicaste.

Irina le contó algo como al pasar, tuvo que inventar, no le gustó hacerlo, pero no tuvo opción.

—Rayos… viven juntos… ¿no fue algo apurado todo?

—Sí, pero me gusta mucho él y además… me ha pedido matrimonio Katia.

—¿Qué? Pero qué estupenda noticia. ¿Cuándo se casarán?

—Es que prefiero esperar un poco.

Irina miró a la distancia y suspiró De nuevo en casa, de nuevo en su hogar y días después tuvo la sensación de que viajaba en el tiempo y volvía a ser la jovencita que cuidaba de sus padres y también de sus primos a cambio de unas monedas.

Pero extrañaba al italiano, no dejaba de pensar en él y aunque hablaban casi a diario, no era lo mismo.

Ahora sin embargo tenía que estar con su familia y ayudar en todo lo posible. No se quedaría mucho y el tiempo que estaría quería disfrutarlo.

Hablaba con él a diario y lo extrañaba, pero sabía que era necesario ese paréntesis, esa distancia.

Una mañana sin embargo su hermana mayor le preguntó por su trabajo y Irina sintió pena al tener que mentirle.

Su ocupación era ser la mujer del italiano cuidarle, amarle, mimarle, como una esposa, pero sin papeles.

no quiso responderle en ese momento porque sus hermanos estaban presentes y sabía lo que pensarían al respecto.

—Pero trabajas con tu novio, eso te da poca independencia y posibilidades, si te peleas con él…

—Bueno, conseguiré otro trabajo.

—Pero no has terminado la beca.

Katia la hizo sentir incómoda, pero tenía razón al decirle que su situación era frágil. Sin embargo, sabía que quería volver con él y arriesgarse. Lo echaba tanto de menos, día tras día lo echaba mucho en falta, sus abrazos, sus besos, sus palabras.

Y lo pensaba de forma constante.

—Estás muy enamorada de tu novio rico ¿eh? —le dijo Katia sonriéndole cuando estuvieron a solas esa tarde preparando la cena.

Irina asintió.

—Pero los niños ricos no se casan con mujeres pobres y refugiadas. Despierta Irina. Eso no pasará. Debes asegurarte un mejor empleo y continuar tus estudios, era tu gran plan y ahora noto que algo ha cambiado.

Irina se puso en guardia.

—Nada salió como lo esperaba, al principio sí pero después… todo cambió.

—Supongo que todo cambió cuando te enamoraste del millonario italiano.

Su hermana no entendía, ¿cómo podía hacerlo?

Se había jurado a sí misma que guardaría silencio sobre lo que lee había pasado esa noche cuando fue secuestrada por una horrible mafia de venta de mujeres.

Era mejor así, no quería preocupar a su familia, demasiado tenía con sus problemas ahora, con su madre enferma y su hermana adolescente embarazada.

—Irina… ese hombre no me gusta. Lo que hizo de llamar. Y sé que tú estás muy entusiasmada y por eso me disculpo, pero no me agrada.

Ella miró a su hermana.

—Sólo quería protegerme, él es así.

—Sí, claro, protegerte, como si tú no pudieras cuidarte sola. Nunca vi que ningún hombre se hiciera el vivo contigo aquí y si pasaba, tú les dabas su merecido.

Irina sonrió, sí, así era antes, ahora había cambiado.

—Él es bueno, Katia, es un buen hombre, me tiene como su princesa.

—Te refieres a la vida de lujo y los regalos? Eso no dice nada más que tú le gustas y quiere comprarte. Para esos hombres todo tiene un precio.

—No hables así, tú no conoces a Alessio. No sabes nada de nosotros y no entenderías.

—¿Y qué es lo que tengo que saber? ¿Qué tienes que contarme?

—Nada, es nuestra historia…

—No puedo creer que vivas con él cuando lo conoces de tan poco.

—Katia despierta, deja de juzgarme, el mundo ha cambiado y lo que nuestros padres nos inculcaron fue bueno, pero ya no existe.

Yo misma dormí con mi novio a los diecisiete y no me casé con él como todos pensaban, ni siquiera seguimos juntos.

Y no me importa lo que piensen los demás, quiero estar con él y punto.

Nadie es perfecto en esta vida, tú tampoco lo eres.

—No lo sé, realmente no sé mucho es verdad, pero yo también quiero estudiar y progresar, no quiero terminar trabajando en una tienda el resto de mi vida.

—Eso no pasará. Claro que podrás estudiar, yo te ayudaré siempre, lo prometo.

—Quiero irme de aquí, aquí no hay nada más que pobreza para nosotros.

—Lo sé Katia, pero ahora no sería prudente.

Irina tuvo terror de que le pasara lo mismo a su hermana, que Ítalo supiera de su parentesco y…

—Todavía no tengo la residencia legal, sólo un permiso de trabajo.

Su hermana la miró ceñuda.

—Pensé que ya la tenías. ¿Llevas más de un año en Italia, cómo rayos todavía no te han dado la residencia?

—Katia, no es tan sencillo, hay muchos refugiados, muchos extranjeros, no les pueden dar a todos. Lleva tiempo y, además, no estuve lo suficiente en un mismo trabajo. pero si me caso con Alessio tendré la ciudadanía.

—Casarte con el italiano? ¿piensas casarte por eso?

—No, no me casaría por eso, pero sé que tendría la ciudadanía y todo sería más fácil, pero escucha… Italia tiene problemas, muchas chicas sufren de secuestros y hay mafias detrás de las extranjeras rubias y guapas que todos los años llegan al país en busca de trabajo.

—Bueno, yo sé defenderme, soy un año mayor que tú.

—Lo sé, pero en Italia pasan cosas, me da miedo por ti y las demás. Deja que me establezca, que pueda cuidar de ustedes sin deciden viajar.

—¿Pero él quiere casarse contigo?

—Me lo ha pedido más de una vez, quiere que sea su esposa y ahora también, está desesperado porque lo dejé.

—Bueno, si quiere casarse es otra historia, se convertirá en tu marido y podrás llevar su apellido.

Irina se sonrojó.

—Me da un poco de miedo dar ese paso, creo que no estoy lista todavía, más adelante tal vez.

—Es muy pronto, no debes casarte si no lo amas y si no estás lista. Sólo tienes veintidós años, Irina y debes labrarte un porvenir, pero no sé si ese hombre te deje hacerlo.

Irina sabía que su hermana tenía razón. ¿Pero cómo decirle la verdad? Era tan complicado.

Días después se reunió con sus amigas en casa de una de ellas y estuvieron charlando, comiendo chatarra y bebiendo hasta altas horas.

Se puso al día y lamentó no haber llevado ningún regalo para ellas, sólo había llevado bombones y ropa para sus hermanas.

Pero se encontró hablando de viejos tiempos y disfrutando su vida antes de su viaje a Italia.

Cómo había cambiado todo en un instante.

Aunque luego de beber bastante cerveza y vodka con zumo de limón terminó contándoles de Alessandro.

—Muéstranos una foto de ese bombón italiano por favor.

—Debe ser un bombón, todos los italianos lo son.

—Lo es, es muy guapo, pero es mío ahora—dijo Irina sonrojada mientras buscaba alguna foto en su celular.

Cuando sus amigas vieron sus fotografías comenzaron a lanzar gritos de entusiasmo y hacerle muchas preguntas sobre su novio millonario.

—Bueno, tú sí que tienes suerte. Qué guapo es.

—¿Y tú lo dejaste solo en Italia? Qué arriesgado.

—Por qué dices eso?

Su amiga regordeta de ojos muy celestes se rio tentada, todas habían bebido demasiado no podía culparlas.

—Bueno, es que con lo guapas que son las italianas y con un hombre así… quién sabe.

—No sé por qué dices eso—replicó Irina picada por unos celos repentinos feroces al imaginarse a su novio con otra mujer. La visión fue tan dura, tan fuerte que sintió ganas de gritar. No, no podría soportarlo.

—Mi novio no es así.

—Tranquila, no pasará nada. Sólo bromeamos. Rayos, qué colorada te has puesto.