Madre Rusia
Los días pasaron y miró con ansiedad su habitación. Había empacado todo para mudarse a Roma y le daba pena abandonar la isla. Aunque hiciera frío en esa época del año igual tenía su encanto.
Había prometido a su familia que iría cuanto antes, lo hizo y ahora no veía la hora de marcharse y sin embargo sabía que él no la dejaría escapar. Y mientras preparaba sus cosas sintió toda esa tensión en el aire por su inminente partida, pues sabía que tenía que irse.
—¿Qué tienes preciosa, ¿qué sucede? ¿Te sientes bien? —preguntó él.
Ella lo miró inquieta pues tenía sujeta su maleta y estaba temblando. Debía tener la fuerza de marcharse, tenía que ser fuerte.
—Debo irme, Alessandro. No iré contigo a Roma, quiero decir, no me quedaré.
Él la miró serio y sintió sus ojos negros clavados en ella.
—Por favor, no me mires así, volveré, pero debo ver a mi madre.
—Tu madre está bien, preciosa, salió bien de la operación. ¿Por qué pones excusas?
—¿Excusas?
—Tú quieres dejarme, quieres terminar y no tienes el valor para decírmelo. ¿No crees que al menos merezco saberlo?
Irina se alejó y lo miró molesta.
—No sé qué va a pasar con nosotros, Alessandro. No quiero pensar que es el fin porque a mí me duele mucho, no quiero ni imaginarlo, pero ahora debo hacer ese viaje y tú debes dejarme ir en vez de asustarme.
—No es mi intención asustarte. Pero si quieres hacer ese viaje espera al menos que me establezca en Roma y pueda acompañarte. Dijiste que podía hacerlo.
—Por supuesto que sí, pero tú dijiste que ahora era imposible y yo necesito irme ahora, ya esperé bastante.
—Está bien… deja al menos que te saque los pasajes y averigüe todo.
Irina lo aceptó y él la llevó a Roma ese mismo día.
Roma era una ciudad fascinante y mística, siempre lo había sentido y viajaba allí siempre que podía.
Llegaron a la casa del barrio Pratti, un lugar privado muy exclusivo.
Irina se sintió deslumbrada por la casita y pensó con emoción que era lo más parecido a un hogar y casi podía verse allí con los hijos de Alessio.
Pero luego se dijo que estaba pensando tonterías porque él no quería tener hijos y que seguramente algún día tendría una casa así de bonita, pero en otro lugar y con otro esposo…
Pensar eso la deprimió y luego al pensar que debía marcharse se sintió mal, angustiada. Sabía que debía ir a ver a su madre, la urgía hacerlo, pero no quería separarse de él. ¿Podría acompañarla como había dicho?
Decidió darle tiempo y poster su partida una semana. Estaba muy cansada, el cambio de aire le había afectado y esa noche luego de la cena se quedó profundamente dormida.
Pero lo peor fue que al día siguiente despertó con náuseas y sintiéndose enferma del estómago.
Estuvo toda la mañana pegada al baño y cuando Alessio llegó a media tarde la encontró medio muerta sobre la cama, sin ganas de nada.
—¿Qué tienes, preciosa? Te ves muy pálida.
—No lo sé, creo que comí algo que me hizo mal. Me lo he pasado fatal todo el día con mareos y náuseas.
—Debiste llamarme, por qué…
—Es que me lo pasé durmiendo. Y no quise molestarte, sabía que estarías ocupado.
—Pero te has pasado mal todo el día, aguarda, llamaré a un doctor para que venga a verte.
—No es necesario, ya estoy mejor… tal vez fue el pescado que comimos ayer en el restaurant de Capri.
Ella suspiró al recordar esa salida junto a su amor como despedida de sus minivacaciones. Habían comido ostras, langostas y mariscos en vino y salsa escabeche, comió demasiado porque le encantaban y eso debió hacerle mal.
Lo cierto es que tuvo días así, con vómitos hasta que se le pasó.
Pero luego se sintió débil y cansada y regresó a la cama furiosa de sentirse así pero incapaz de hacer algo más.
Cuando llamó a su hermana Katia para saber cómo estaba todo le dijo que no podría ir la semana entrante como había pensado.
—¿Qué sucede, Irina? No estarás esperando un bebé ¿no?
—Oh cállate, ni lo digas.
—Pero supongo que te cuidas ¿no?
—Por supuesto.
—¿Tienes el diu o algo así?
—No. Tomo pastillas.
—Las pastillas fallan a veces. Y esos vómitos me parecen raro, tú tienes un estómago de elefante, nunca nada te cae mal y de repente devuelves unos langostinos.
¿No estarás esperando un bebé? Sabes, siempre he creído que lo mejor es el preservativo para cuidarse, si no hay nada dentro del cuerpo de la mujer, es la única forma de que no haya un bebé.
Irina se puso colorada y miró a su alrededor, Alessio estaba cerca y esperaba que no estuviera escuchando la conversación.
—No hay ningún bebé, lo sabría. Además, siempre tomo la píldora.
—¿Y quién te recetó esas píldoras?
—Una doctora.
—Bueno, si llega a pasar, ¿crees que ese novio absorbente que tienes se haría cargo?
—No lo sé, pero yo en el hipotético caso pues yo lo tendría igual.
—Y si realmente tienes un bebé supongo que no podrás viajar ahora, qué pena.
Irina negó enfática que tuviera un bebé.
—Eres boba, ¿crees que todas las mujeres con náuseas están esperando un bebé?
Cuando cortó la llamada él se le acercó y la miró con cara de susto.
—Irina, ¿estás embarazada, por eso has suspendido el viaje?
—Claro que no, mi hermana lo pensó porque no sé… ve una mujer vomitar y cree que es un embarazo.
—¿Estás segura?
Alessio se puso pálido, realmente estaba asustado.
—Bueno, todavía no tuve la regla, pero te aseguro que me estuve cuidando siempre. Deberías cuidarte tú si tienes tanto miedo.
—Irina, sólo quería saber porque me asusté, pensé que me lo habías ocultado.
—¿Y crees que te ocultaría algo como eso?
si lo primero que te pedí fue algo para poder cuidarme porque tampoco quiero tener un bebé ahora.
No está en mis planes, pero si pasa… Debes saber que no me haré un aborto.
Tendría al bebé sin tu ayuda porque es mío y es nuestro y sería incapaz de hacer algo tan horrible.
—¿Entonces crees que podrías estar embarazada?
—No lo sé, hasta ahora no ha pasado. Pero es un riesgo, siempre lo es cuando es la mujer la que se cuida nada más.
Él la miró con fijeza y algo cambió en él.
—¿Entonces te quedarás? ¿No te irás a Rusia ahora?
—Me quedaré un poco más, no puedo viajar así, me siento débil todavía y muy cansada. Me llevará unos días, pero estaré mejor.
Él sonrió y la abrazó.
—¿Tan débil como para no hacer el amor conmigo? Llevas días diciéndome que no puedes, que te desmayarás si te apretó mucho.
Irina sonrió.
Estaba un poco débil y mareada, pero al ver a su amor como un lobo hambriento acosándola, abrazándola con fuerza no pudo resistirse.
—Pero sólo será una vez, no creo que aguante dos—le advirtió.
—Eso lo veremos…
—No tienes miedo de que tenga un bebé en la barriga?
Él la miró con fijeza.
—Nadie piensa en bebés a la hora del sexo cielo.
—Es verdad, pero parecías muy asustado hace un momento.
Él le dio un beso ardiente y la llenó de besos y caricias mientras se desvestía con prisa.
—¿Quieres que te haga un bebé ahora?
—No serías capaz.
—Claro que sí, sólo pídemelo y te lo haré, llenaré esa barriga con un bebé.
Bromeaba por supuesto, pero Irina le dijo que le encantaría llenar esa casa con niños un día.
—Y de niñeras supongo, porque no permitiré que esos mocosos se roben toda tu atención.
—¡Alessio!
Él sonrió con picardía y se quedaron así abrazados y felices, pero Irina comenzó a sentir mareos de nuevo y cerró los ojos un momento.
Pensó que eso no era de ahora, que hacía semanas le pasó algo similar en Florencia por algo que comió y le cayó mal y pasó el día entero devolviendo.
Tal vez tenía algo en su estómago y no era un bebé como pensó su hermana enseguida.
Trató de disimular para no preocuparlo, ella siempre era tan sana que no sabía qué podía ir mal ahora.
A lo mejor era el estrés por el inminente viaje.
Ella misma había creado esa enfermedad para no marcharse, pues, aunque estaba decidida a hacerlo se había empezado a sentir mal tras su partida de Capri.
*********
Tenía que viajar a Rusia, tenía que enfrentar sus miedos y alejarse un poco. Tomar distancia les haría bien a los dos.
Pero él quería acompañarla, temía que algo le pasara.
Hacía más de un año que no veía a su familia, los echaba mucho de menos y tenía que quedarse un tiempo. No se olvidaría de Alessio, lo sabía, regresaría, pero esos días él se había puesto celoso y malhumorado. Nunca lo había visto así.
Supuso que estaba nervioso por su partida y lo exteriorizaba poniéndose de mal humor.
Pero eso la dejaba intranquila y nerviosa, no le gustaba verlo así.
No le gustaba estar atada así a un hombre, depender tanto…
esos meses juntos casi no había podido hacer nada más que estar a su lado, no tenía amigos, ni trabajo, era una vida como de esposa sin estar casada y aunque al principio pasó mucho encierro por lo que le había pasado no quería vivir así.
Añoraba el departamento que alquilaba con unas amigas refugiadas, las salidas de chicas los viernes…
Y a pesar de que sentía la necesidad de recuperar su vida anterior sabía que si lo hacía le faltaría él. ¿Pero realmente estaba enamorada? ¿Qué pasaría si regresaba con su familia y decidía quedarse allí?
No lo haría, sabía que no se quedaría…
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Llegó el día de la partida y estaba nerviosa, tensa, pensó que no la dejaría ir o que insistiría en acompañarla. O que trataría de asustarla.
Pero no pasó nada de eso, al contrario, él le sacó los pasajes y la acompañó al aeropuerto.
—No puedo acompañarte ahora, es imposible, pero viajarás con dos de mis hombres—le dijo de pronto durante el viaje en auto.
—¿Qué?
Eso no lo esperaba.
—Es para que nada te pase, ellos se alojarán en un hotel cerca de tu casa y estarán en contacto contigo por si acaso ven algo extraño. Algún peligro. No me digas que no porque no dejaré que te marches sola, sin protección.
Irina lo miró:
—Pero ¿qué podría pasarme? Sólo voy a visitar a mi familia.
—Es una ciudad grande y tú eres joven y hermosa. Eres mía y quiero que nada malo te pase y también que regreses pronto. Sana y salva a casa.
—No soy tuya.