Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) Romance en Italia #7
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Romance en Italia #7

—¿Y yo qué? ¿No soy nada para ti? Dijiste que me amabas, que te importaba que nunca habías sentido algo así.

—Y es verdad. pero tengo que alejarme de ti un tiempo mi familia me necesita mucho más.

—¿Y crees que yo no? Acabo de pedirte que seas mi esposa. Que te quedes conmigo. ¿Crees que se lo habría pedido a cualquiera?

Irina se quedó sin saber qué decir. Luego de compartir ese momento le parecía horrible pelear, y se preguntó por qué era tan egoísta ese italiano, la quería sólo para él y no quería que ayudara a su familia, que viajara, que tuviera una vida, en suma.

Hasta había llamado a su familia para alejarlos.

Y ahora no dejaba de pensar en su pobre hermana embarazada, jamás la creyó capaz, era tan joven, pero era una adolescente rebelde y tenía novio, seguramente no tuvo a nadie que la aconsejara cómo evitar los embarazos, siempre era así con las chicas rebeldes.

Su madre era muy anticuada y autoritaria y en vez de hablarle le prohibía.

Hoy día ninguna mujer llegaba virgen al matrimonio, eso era historia del siglo pasado, ni siquiera llegaba virgen al hombre que luego sería su marido.

Hoy día nada duraba y los hombres tenían muchas mujeres, y las mujeres no se aferraban tanto a la idea de encontrar un marido que les diera estabilidad y amor.

Tal vez habían aprendido que los maridos tampoco duraban y había más divorcios que casamientos.

—Ven a comer preciosa, la comida que preparaste está deliciosa. Luego hablaremos de esto con más calma, no quiero pelear contigo. Eres lo mejor que me ha pasado en esta vida, ¿sabes?

Ella lo miró sorprendida de que le dijera eso y pensó que había olvidado la cena preparada por completo y aunque no tenía hambre la había hecho para él porque era su favorita. Así que sin pensarlo se vistió con prisa y fue a cenar en su compañía.

Comieron en silencio, pero de pronto él tomó su mano y le dijo que pensara en lo que le había pedido.

—No te lo he pedido para que no vayas a Rusia, te lo pido porque eres una mujer dulce y apasionada, eres fuego: preciosa y también eres toda una mujer y necesito una mujer como tú a mi lado.

Ella se estremeció al oír sus palabras.

—Pero tú no querías saber nada de compromisos, ni de hijos—le recordó y bebió un poco de vino blanco.

Él sonrió.

—Es verdad, pero estoy seguro de lo que quiero y odio que esos malditos te humillen, digan cosas que no son sólo porque tengo mala fama y siempre he salido con mujerzuelas.

Tú eres una mujer buena y decente, pero mi mala fama te ensucia y me da rabia.

No es justo. Quiero que sepan que eres mi esposa, una mujer de respeto y punto.

Si luego las cosas cambian, si ya no quieres hacer el amor conmigo porque te aburre bueno, nos separamos.

No quiero hijos ni salidas de casados, quiero viajar contigo más adelante cuando tenga otras vacaciones. Disfrutar.

—¿No quieres tener hijos? Yo sí quiero. Si acepto ser tu esposa querré que me hagas un bebé un día, siempre he soñado con ser madre.

Él la miró con intensidad.

—Me encantaría hacerte un bebé, ciento de ellos, pero no es tan divertido cuando tienes un bebé llorando el día entero y tienes que atenderlo y dedicarle atención.

Ahora no, ni más adelante. Te quiero sólo para mí, por entero.

Sólo mía preciosa. Mi esposa. Piénsalo. Tendrás un lugar importante en mi vida, más que ahora.

Llevarás mi apellido y ya no sentirás que vives en pecado, supongo que eso te atormenta un poco.

—Bueno, no soy tan anticuada en realidad, pero sí me han ofendido llamándome ramera varias veces.

—Entonces dime que aceptas.

—Pero tú no quieres tener hijos y yo sí.

—Eres muy joven para pensar en eso. no querrás tener ahora un bebé conmigo.

—No… pero si me quedo embarazada por descuido, por accidente querré tenerlo.

Él la miró asustado y pareció considerar sus planes de bodas por un momento.

—Pero no estarás esperando un bebé ahora cierto?

—No… me cuido, pero tú no lo haces y a veces me da miedo.

—A mí me da más miedo que quieras tener un bebé y olvides tomar la píldora cielo.

—No lo haré, siempre la tomo.

Irina pensó que esa petición de matrimonio parecía algo forzado y pensó que no debía aceptarla. Era apresurada y por las razones equivocadas.

—Y no tienes que pedirme matrimonio para que no vaya a Rusia porque lo haré igual. Mejor pídeme matrimonio cuando realmente estés loco de amor por mí y me quieras en tu vida para siempre.

Él se puso muy serio cuando dijo eso.

—¿Entonces no quieres casarte conmigo?

—No es eso, claro que quiero, pero no así, Alessio. Parece algo precipitado y para mí el matrimonio es algo muy importante. Sueño con casarme un día y formar una familia, aunque sea algo anticuado y en vías de extinción.

—Pero tal vez quieras casarte con un ruso gordo y respetable.

—No, jamás pensé eso.

—Yo creo que sí, sientes mucho orgullo de tu país y quieres un ruso rubio y gordo.

—Los rusos no son así.

—Tal vez tu exnovio, Iván Sergei.

Irina se enrojeció.

—Eres insoportable Alessio. ¿Ahora sientes celos de todo y de todos?

—Nunca me has hablado de tu ex, ¿lo querías mucho? Tu hermana dijo que siempre pregunta por ti.

—¿Y eso qué? Tenía quince años cuando jugaba a ser la noviecita de Iván. Fue un amor de infancia comparado contigo.

—Pero cuando te vea tan hermosa querrá intentarlo de nuevo. Te buscará y eso me pone celoso.

Irina rio.

—Eso no pasará, por favor, sólo iré a ver a mi madre. Puedes acompañarme si quieres.

—Irina, es peligroso viajar ahora, entiéndelo.

—¿Peligroso? ¿Por qué? Dímelo de una vez.

—El inglés, ese maldito inglés sabe que un italiano pagó más y le robó a su chica.

Ella lo miró perpleja.

—Pero de ese inglés hace meses que… ¿qué rayos está pasando? ¿Qué me ocultas Alessandro Manfredi?

El italiano la miró con fijeza.

—Ese inglés no era gay como te dije ni tampoco te quería para inseminarte. Te mentí porque en realidad no sabía mucho de ese hombre y pensé que si te asustaba un poco vendrías conmigo.

Irina tragó saliva y sintió que la comida le caía como piedra.

—No necesitabas mentirme yo ya estaba aterrada de pensar que tenía que irme a un país extraño y tener un hijo con ese hombre.

—Pero tú dijiste que querías tener un bebé, no lo entiendo.

—Diablos, sí, contigo me gustaría porque te amo y pienso que me encantaría tener un bebé, un varón que fuera igual a ti.

Son tonterías supongo. Pero pensar que tenía que ser la esposa de ese hombre y darle un hijo y luego desprenderme de él…

eso me aterraba mucho más que dormir con un extraño, te lo aseguro.

—¿Quieres tener un bebé que se parezca a mí? ¿De veras? Con lo feo que soy.

—Deja de cambiar de tema, Alessio. Dime qué pasó.

—No pasó nada, sólo que el inglés ya sabe la verdad y está furioso. ítalo me avisó.

—¿Entonces lo de Dubái también era mentira? Ningún jeque quería tenerme.

Alessio la miró avergonzado y ella sintió que su rabia iba en aumento.

—Mentiras y más mentiras, me pregunto si realmente fui secuestrada o tú orquestaste todo para que corriera a tus brazos.

Su silencio la puso muy nerviosa, histérica a esa altura. Sentía que las revelaciones se volvían cada vez más comprometedoras y le daba mucha inseguridad pensar que…

—Ítalo es algo más que tu amigo, ¿verdad? ¿Qué hacías tú en ese lugar, si no ordenaste que me raptaran, qué rayos hacías allí buscando chicas?