Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) Romance en Italia #5
53%

Romance en Italia #5

—Alessio, entiendo lo que dices, estás enojado porque sientes que no fue un buen padre, pero tú lo quieres igual y si no vas a verle, tal vez te sientas mal luego.

—Prefiero quedarme contigo y hacerte el amor, estás tan hermosa esta noche, te ves tan radiante.

Irina se sonrojó al sentir su mirada y se sonrojó cuando tomó su mano y la llevó de regreso a casa.

Se moría por hacerla suya y lo sabía, acababan de cumplir dos meses juntos y se sentía cada vez más enamorada de ese hombre, más atrapada y más ansiosa por saber si sentía algo más por ella, algo que no fuera deseo y placer, pero esperaba un gesto, algo que le dijera que la amaba.

Pero eso no pasaba. El tiempo había pasado volando ese mes en Florencia y todo seguía casi como al principio. Aunque él era bueno con ella y generosa y la hacía sentirse bien nunca le había dicho que la quería o que empezaba a quererla.

Tal vez era una tonta sentimental, pero ella no tenía dudas sobre lo que había en su corazón.

Amaba a ese hombre con locura no sabía si porque la había despertado al sexo y a la pasión sin límites, porque le gustaba o porque simplemente había pasado.

En realidad, se enamoró de él porque era todo un caballero y además nunca había conocido a un hombre como él, aunque sus amigos le llamaran mujeriego y dijeran que sólo salía con rameras para ella no era así. Era su amor y punto.

Pero lo que sentía en su corazón no lo decía en voz alta para no forzar a que él le dijera que también la quería.

Su vida siempre había sido el trabajo, desde muy joven, y no tenía vicios ni salía con otras mujeres ahora, sólo con ella de eso estaba segura.

Si alguna chica lo miraba con ojitos de enamorada en su empresa poco le importaba, él le era fiel y eso era mucho para un hombre tan buscado y codiciado.

Estaba contenta de tenerle sólo para él y que siempre volviera a sus brazos y siguiera buscándola como el primer día.

Sólo temía que eso acabara y él perdiera entusiasmo.

Apartó esos pensamientos angustiada porque cuando hacían el amor era suyo, suyo por entero.

Era su hombre, su amor, su amor italiano de ojos negros.

—Estás llorando preciosa, ¿qué sucede?

Ella lo miró sin ocultar sus lágrimas y de pronto ya no pudo callar más la verdad de su corazón. Nadie buscaba enamorarse, nadie sabía ni cómo enamorarse eso simplemente ocurría.

—Eres mío Alessio siento que eres mi hombre y te amo. Pero no soy tu amor sino sólo tu chica, tu mujer… la chica que rescataste de un burdel y eso me duele.

Él la miró muy serio.

—No llores, preciosa, por favor. Tú también eres mía, princesa. Me perteneces y espero que no me dejes para irte a Rusia un día.

Ella lo miró con intensidad y él la abrazó muy fuerte y la besó, la besó y la hizo suya de nuevo, pero no le dijo que la amaba.

Para él era su mujer, le gustaba estar con ella, pero había tenido muchas mujeres en su vida.

No era lo mismo. Sin embargo, eso no le alcanzaba y sintió que era una más y luego pensó que era una tonta al decir esas cosas y hacerle saber cuánto le importaba.

No era el momento, su padre estaba grave y …

Trató de no analizar nada a esas alturas, sólo sentirle allí muy cerca, fundido en su piel amándola una y otra vez. lo amaba y estar con él debía alcanzarle.

***********

El padre de Alessio falleció días después, pero al menos estuvo allí, pues al día siguiente de su cumpleaños logró convencerle de viajar a Roma para verlo.

Por primera vez vio a Alessio triste y deprimido y ella también se sintió mal, aunque procuró mantenerse animada, no lo consiguió.

Y al final él decidió ir a Capri unos días a la mansión de la playa y descansar.

Estaba abrumado por todo lo que había pasado, la muerte de su padre lo afectó mucho más de lo que había creído.

Pero esos días en la mansión, aunque hacía frío se quedaron encerrados charlando y viendo alguna película.

Irina le preparó sus platos favoritos y procuró animarle hablándole de sus historias de Rusia, algunas fábulas o anécdotas de infancia.

—Eres como la princesita rusa de los cuentos, te faltan las trenzas —le dijo entonces y le sonrió.

Ella se acercó y le dio un beso suave, tierno, un beso que él no pudo resistir y tendidos en el sillón del living la abrazó muy fuerte y le dijo:

—Gracias preciosa, gracias por estar siempre para mí, creo que no lo merezco.

Irina sintió en su boca el sabor de whisky y a juzgar por la expresión risueña y rara de sus ojos pensó que había bebido demasiado.

—¿Por qué dices eso?

—Porque te compré como si fueras una cosa, no debí hacerlo. pero quería que fueras mía, me moría por hacerte mía.

—¿Me compraste? ¿Qué dices?

—Salvé a ese maldito de la cárcel para pagarle el favor de dejarte en paz.

Supo que había sido yo enseguida y amenazó con raptar a tu hermana si yo no pagaba lo que él decía.

Así que pagué dinero y también lo salvé de la cárcel una vez más cuando cayó una redada la noche siguiente en su infame negocio. Lo siento…

Ella lo miró aturdida, debía estar muy ebrio para confesarle eso.

—Salvaste a mi hermana y me salvaste, y te lo agradezco. Pero no necesitabas comprarme, yo acepté ser tuya ese día.

Él se puso serio.

—Soy un hombre malo, cielo, no merezco una mujer como tú a mí lado, no merezco que me ames como dijiste esa vez.

—Pero sí te amo, nunca antes había sentido esto por un hombre. nunca había estado enamorada por eso sé que te amo. Tal vez soy una tonta sin experiencia, una campesina rusa como dijeron esas mujeres en la fiesta ese día.

—Preciosa, tú no eres ninguna campesina ni una tonta, eres toda una mujer y quería que fueras mía, por eso hice lo que hice. Lo siento mucho. Perdóname.

—No tengo nada que perdonarte, sé que no me quieres, que no es igual para ti. Supongo que habrás tenido muchas mujeres y quieres que me vaya ¿eso quieres decirme? Me iré a mi país y nunca más sabrás de mí.

Cuando dijo eso dejó el vaso de whisky y la miró horrorizado.

—No, no lo hagas. Sería capaz de ir por ti hasta el mismo infierno. No me dejes nunca preciosa. Por favor.

Nunca ante le había dicho eso, su mirada había cambiado y el efecto del alcohol desapareció.

—Tú no me amas, no quieres un compromiso… eres frío a veces.

—Lo siento preciosa, soy así. No lo demuestro, pero no es porque no lo sienta. Pero estoy loco por ti y no dejaré que me abandones nunca. Nunca.

Irina lloró cuando la tomó entre sus brazos y le dio un beso ardiente y salvaje.

—No lo haré, me muero por estar contigo, quiero ser tuya siempre.

—Pero tu familia quiere que vuelvas a Rusia en unos meses, para el verano. Y cuando vayas te olvidarás de mí, querrás quedarte en tu país. Sé que extrañas.

—No lo haré, sólo iría unos días, tal vez una semana. Puedes venir conmigo si quieres.

—No puedo irme tan lejos tesoro ni arriesgarme, no sería seguro para ti que fueras.

—¿Por qué dices eso? ¿Por qué no sería seguro?

—Porque eres una mujer preciosa y Crespi cree que sólo eres un pasatiempo para mí. espera que me dejes para ir por ti. Lo hará.

—No puedo vivir con miedo, Alessio. Debo viajar a mi país un día, mi familia está allí, mis amigos. Siento nostalgia por mi tierra, por mi gente.

—Está bien, más adelante pero no ahora, deja que pase el tiempo. Falta bastante para el verano, además.

—Pero vendrá la navidad y querré ir. Pasar con mi familia.

—Falta para eso, ven aquí. Falta mucho para navidad. Recién estamos en otoño.

Su celular sonó y el momento de intimidad pasó, pero Irina se quedó pensando en lo que le había dicho y no podía entender qué debía perdonarle.

Dijo que la había comprado, que pagó para salvarla de Ítalo, pero no la ofendía saberlo, imaginó que debió ser necesario de alguna forma.

Fue a preparar la cena animada pensando que le había pedido que se quedara con él y se había mostrado muy nervioso cuando le habló de su viaje a Rusia.

Quería que se quedara a su lado y le había dicho con énfasis que era suya.

Era un buen comienzo, era algo más que lo que tenían hasta ahora.

Aunque ella no entendía por qué era tan reticente para decirle que la quería o que estaba empezando a quererla un poco.

Por qué a pesar de su vehemencia al decir que la había comprado para que fuera suya, y lo apasionado que era en la intimidad y lo fogoso de sus gestos era tan frío para decirle que le importaba.

¿Acaso tenía miedo a sufrir? ¿O era simple orgullo?

Trató de no pensar en eso, se había dicho a sí misma que no sería como esas mujeres demandantes y quejosas que siempre reclamaban atención y afecto.

Sin embargo, le dolía que todos pensara que era su ramera, eso sí que le molestaba horrible.

aunque supiera que no era cierto la forma en que la miraban todos empezaba a enfermarla.

Trataba de ignorarlo, pero… por momentos le hacía daño.

Era entonces cuando pensaba que debía alejarse, tomar distancia, pero esa conversación la dejó pensando.

Él era abogado y tuvo que liberar a Ítalo por su causa, tuvo que pagar para poder estar con ella.

eso no estaba bien, ella no le pertenecía a ese maldito hombre.

Apartó esos pensamientos y suspiró. No sabía qué pasaría en el futuro, pero sentía que quería que él estuviera en su vida y fuera parte importante de ella.

Pero mientras cocinaba tuvo una sensación extraña y lo vio hablar por teléfono muy molesto, lo había visto enfadarse en ocasiones mientras hablaba por teléfono y no sabía con quién hablaba, si era un cliente, si era por trabajo o alguien más. Pero se transformaba.

Y en esa ocasión lo vio alejarse furioso y quiso seguirlo, pero no pudo, la comida se quemaría.

Sin embargo, cuando todo estuvo listo fue a buscarlo para preguntarle qué diablos pasaba.

Alessio no estaba en la casa, no lo encontró por ningún lado. se puso muy nerviosa al ver que no estaba, realmente dependía mucho de él, demasiado.

Y entonces sonó su celular y angustiada fue a atender.