Romance en Italia #3
Estaba furiosa y herida, y muy avergonzada sin comprender por qué, por qué la atacaban así.
¿Acaso parecía una ramera, se veía como una?
¿O era debido a la mala fama de su novio?
Miró a las mujeres que no muy lejos de allí la habían llamado ramera.
Tuvo ganas de ir hacia ella y decirles que no era ninguna ramera, pero ¿qué ganaría con eso?
Todos oirían lo que esas horribles mujeres estaban diciendo y ella se encargaría de informar a todo el resto.
Era una reunión con mucha gente, más de lo esperado y decidió morderse la rabia y alejarse.
Sintió la sangre en la cabeza y maldijo en su lengua sintiendo que estaba a punto de llorar, pero no quería hacerlo. No era una ramera, maldita sea, no lo era… era su novia, era su mujer, era suya en cuerpo y alma, pero no era una maldita ramera.
Le llevó algún tiempo controlarse y tuvo que tomar agua y serenarse y comprender que esas mujeres debían sentir celos de ella. Muchas querrían atrapar a ese magnífico ejemplar de macho italiano, guapo, rico y muy ardiente. Por eso su rabia. Por eso decían esas cosas.
Pero la palabra ramera fue una bofetada y resonaba en su mente con un eco espantoso.
—Irina.
Sintió una voz familiar y vio a uno de los empleados de Alessio: Tulio, que la cuidaba y llevaba a todas partes. Tal vez él notó que se alejaba y se sentía mal y quiso preguntarle si estaba todo bien.
Ella sólo preguntó dónde estaba Alessandro porque quería irse.
—Él vendrá en un momento. ¿Te sientes bien?
—No, no me siento bien. Quisiera regresar a casa ahora, por favor—le respondió y al ver que el empleado iba a pedir permiso pensó que de buena gana se habría tomado un taxi y se habría ido de esa fiesta, pero no llevaba dinero en su cartera, sólo algo de maquillaje, perfume y el celular.
Él la llevaba a todas partes y tenía dos tarjetas para comprarse cosas, pero rara vez las usaba. Era muy cautelosa para gastar.
Tulio llegó entonces.
—Puedo llevarte a la casa si quieres, Alessandro tiene que resolver un asunto antes.
Rayos, no le importaba que se sintiera mal, charlar con su amigo era prioritario más que ella.
Al parecer ella sólo estaba en su vida como pasatiempo como las otras.
Porque Alessio siempre buscaba rameras y no quería que sus amigos le presentaran chicas decentes para tener algo más formal. Él odiaba los compromisos.
Y mientras se alejaba sintió tanta rabia que cuando entró en el auto de su novio lloró y se sintió peor que nunca.
Como una auténtica ramera que se iba de la fiesta para dejar de soportar que dijeran cosas horribles a sus espaldas y la miraran con desprecio.
Porque algo dijo Alessio sobre Florencia, dijo que allí la gente era más cerrada y conservadora.
No imaginó nunca que además serían tan crueles.
Pero ella fue comprada en una subasta, rescatada de un prostíbulo y a fin de cuentas no era más que una ramera.
Vivían juntos, hacían el amor y él le compraba regalos y había puesto una cuenta bancaria a su nombre, se lo dijo nada más llegar a Florencia y mudarse a esa pintoresca y antigua casita del pintoresco barrio de Oltrarno.
—Es para lo que necesites, ropa, perfumes, las cosas que compran las mujeres. Espero que no compres pasajes para irte a Rusia—le dijo entonces.
Ella sonrió incómoda.
—No es necesario, no quiero tu dinero.
Fue un momento tenso, casi desagradable, odiaba que le diera dinero que le hiciera regalos caros porque la hacían sentirse una ramera. Él lo sabía, no era tonto.
—Vamos, no puedes estar así, dependiendo de mí para todo, preciosa. Prometí ayudarte y lo haré. Sé que querrás comprarte algo, que necesitarás comparte jeans, enviarle dinero a tu familia.
Sí, lo necesitaba, ¿por qué negarlo? Ya no tenía trabajo y sus ahorros eran escasos.
Pero no quería tener dinero así. No de esa forma. No sintiendo que le daba sexo a cambio de dinero.
No tocó un euro de ese dinero, sabía que estaba la cuenta a su nombre y él le explicó lo de la clave de acceso y demás. No tenía ni idea qué dinero había allí ni quería saberlo.
Ella no era su esposa para tener derecho a algo, ni le había dado un hijo. Irina sintió que no era más que su chica, su amor, su mujer. Como cualquiera podía serlo en realidad.
Al entrar en la casa se sintió mejor y a salvo, a salvo de esas horribles personas.
Corrió a darse un baño para quitarse ese horrible vestido negro ajustado. Tal vez ese vestido la hacía verse como ramera o el maquillaje.
Se metió en la ducha y trató de borrar todo rastro de que había llorado, el agua caliente y el delicioso jabón con aroma floral la hizo sentir mejor.
Eso y sentir que su semen caía por su vagina y mojaba sus piernas.
Le encantaba sentir su semen en su interior, su olor y textura y excitada lo lamió mientras sonreía pensando que tal vez sí estuviera convirtiéndose en una ramera.
Jamás pensó que sería capaz de llevar a cabo esas prácticas y ahora lo hacía y se desesperaba por saborear su semen como si fuera lo más delicioso en este mundo.
Hasta la última gota y sentir que él gruñía de placer y se contorsionaba y sujetaba su cabeza para derramar en su cuerpo hasta la última gota.
No sólo en su boca sino en su cuerpo desnudo, sus pechos… .
Pero no siempre lo hacían, su mayor placer y obsesión (la de ambos tal vez) era copular y lo sabía bien, entrar en su sexo apretado y también en sus nalgas, ningún rincón de su cuerpo quedó sin ser besado ni tomado, pero ella se entregaba a las nuevas prácticas sabiendo que le iba a gustar porque todo lo que él le hacía le gustaba en realidad.
Y era un caballero en la cama y fuera de ella, jamás la trató mal ni le gritó como veía hacían muchos italianos, él era un hombre tranquilo, pero tenía un genio vivo y lo había visto enojarse con sus empleados o socios o clientes, pero nunca con ella.
Se puso la cabeza debajo del grifo y se sintió mejor.
Perfumada y sin maquillaje, húmeda y relajada se veía más joven y natural. Sin embargo, en sus ojos se notaba que había llorado y no quería que él lo notara.
Pero no había ido a ese país para terminar siendo la chica paga de un hombre, para ser una ramera… ¿cómo le diría eso a su madre y hermanos? Estaba harta de mentirles y decirles que estaba trabajando de secretaria en una empresa nueva.
Las mentiras se multiplicaban y ellos esperaban que fuera a visitarlos pronto. En el verano. Y sabía que no podría ir.
Cepilló el cabello y luego se lo secó y se vistió con prisa.
Unos jeans y una remera blanca de algodón estarían bien.
pero sabía que a él le gustaba verla de vestido, no importaba el largo, el color, ella podía escoger a su gusto.
Pero en esos momentos no tuvo ánimo para vestidos así que optó por una falda corta plisada con estampado escocés y una camisa blanca ajustada.
Se pintó un poco y usó iluminador para quitar las bolsas debajo de sus ojos provocadas por el llanto.
Luego sintió hambre, llevaba horas sin comer nada y Alessio demoraba.
Miró el reloj y se inquietó. Temía que le hubiera pasado algo.
Rayos, tenía una horrible dependencia emocional y física de ese hombre, dependía de él para todo. Pero no lo llamó por teléfono y fue en busca de helado y nueces para calmar su hambre. Seguramente querría llevarla a cenar…
Encendió la televisión y buscó algo para distraerse.
Alessio llegó entonces y Irina despertó al sentir su olor, su perfume y sentir sus besos. Olía a su hombre a la distancia, y también conocía la forma de abrir la puerta de caminar.
—Preciosa, te dormiste. Siento haber tardado cielo, pero me quedé bebiendo y conversando.
Ella sonrió y lo miró, había regresado y estaba allí abrazándola y mirándola con cara de lobo hambriento.
Su boca atrapó la suya y luego la olfateó, le gustaba oler su perfume su cabeza,
—Hueles a flores cielo, hueles dulce—le dijo y la envolvió entre sus brazos y la besó.
—Aguarda, iré a darme un baño—dijo—huelo a cigarro y a pegote de vino, una mujer me manchó con su copa. Creo que todos bebieron demasiado en esa fiesta.
Ella aguardó inquieta a que regresara feliz de tenerle de nuevo a su lado pues se angustiaba cada vez que se iba y la dejaba sola. No quería ni imaginar si un día no regresaba.
Momentos después le tenía allí en la cama desnudo y ardiente, no pudo esperar a abrir su blusa y levantar para su falda para entrar en su vagina medio dormida todavía y algo estrecha.
Pero esa invasión feroz y esa incomodidad leve la excitaron y no tardó en llegar al clímax antes que él y convulsionar.
Sin embargo, lloró cuando todo terminó y se quedaron abrazos, lloró a mares sin poder evitarlo y él se dio cuenta, y la miró asustado.
—¿Qué sucede mi princesa? ¿Por qué lloras?
Ella lo miró sin decir palabra sintiéndose mal por ese espectáculo tan penoso y pensó que era injusto confesarle la verdad, no era su culpa que sus amigos la vieran como una ramera y hablaran pestes de ella.
—Todos creen que soy una más, que soy tu ramera. Lo oí en la fiesta y por eso tuve que irme. Escuché lo que dijeron. No fueron imaginaciones mías.
Él se puso serio y la abrazó como si quisiera consolarla.
—Son unas perras, no les hagas caso. Siempre critican a todas las mujeres, que si se visten mal, que si son muy gordas o muy delgadas. Las mujeres son como arañas, son bravísimas con las de su sexo.
Ella secó sus lágrimas y lo miró.
—Tal vez, las italianas son muy bravas, eso he oído, pero no tiene que ver con celos de mujeres o un afán de criticar a las demás. Se trata de ti y de nosotros. Piensan que tú… dicen que nunca quisiste que te presentaran una chica decente. Y que si estaba contigo seguramente era una ramera.