Romance en Italia
No tuvo que preocuparse por un posible embarazo pues una semana después llegó su amiga para decirle que estaba todo bien. Sin embargo, él le dio una píldora de emergencia y luego de su regla comenzó a tomar pastillas suaves que le recetó una doctora del pueblo.
Fue un alivio poder cuidarse. No quería quedarse embarazada y regresar a Rusia con un bebé en la barriga, su madre moriría del disgusto y además no podría cuidar de un bebé.
El sexo se volvió algo embriagador y estuvo más relajada al saber que no había peligro de embarazo.
En pocos días aprendió todo sobre sexo y no sólo perdió el miedo, sino que se hizo adicta a él. Manfredi quería enseñarle todo y su anhelo era hacerla disfrutar. Hacerla gritar de placer. Y en dos semanas lo hicieron todo o casi todo…
Las lecciones de placer comenzaron la semana después.
Irina aprendió a darle placer a su hombre. Fue una lección sensual que nunca olvidaría. Ese día él entró en la habitación cubierto por una toalla y avanzó haciéndole gestos de que se le acercara.
Ella llevaba lencería sexy en forma de vestido transparente que dejaba traslucir sus encantos y el cabello rubio lacio suelto, brillante, sedoso.
Sus ojos lo miraron con cierta ansiedad al ver que se quitaba la toalla y exhibía su miembro inmenso y rosado listo para recibir caricias.
lo miró atontada, atraída como un imán. Era magnífico.
Tragó saliva excitada al pensar que quería hacerlo, aunque él no se lo pidiera. Pero no podía simplemente tomarlo, quería tocarlo, lamerlo y engullirlo todo.
—¿Quieres aprender, princesa? —le preguntó.
Irina asintió.
—Pero no sé cómo hacerlo—balbuceó.
Él sonrió.
—Yo te guiaré, tranquila, ven aquí, sólo tómalo y acarícialo con suavidad, con tus pequeñas manos.
La rusa se acercó y lo acarició, lo tocó con mucha delicadeza y luego acercó sus labios llenos y besó sus costados.
Su miembro tenía una piel muy sensible, era algo muy suavecito a pesar de ser tan grande y tener una apariencia tan ruda.
Como él, su miembro era su viva imagen, rudo por fuera pero tierno de forma inesperada, sensible.
—Así nena, llénalo de besos, bésame—rogó su amante.
Ella obedeció y aunque la avergonzaba un poco comenzó a lamerlo con suavidad, y excitada y húmeda por sentir eso en sus labios, excitada lo introdujo en su boca sin pensarlo, sólo un poquito y sintió que le gustaba. Lo estaba haciendo bien, aunque se sentía un poco torpe.
—Yo te guiaré preciosa, te ayudaré—dijo con voz ronca. Debía estar muy excitado.
Irina comenzó a lamer esa punta suave y grande como si fuera un gran dulce que quería probar y chupetear a gusto. Una y otra vez su lengua lo lamió y lentamente lo fue introduciendo un poco más en su boca. Él la guio, la ayudó y le dijo cómo relajarse y poder así introducirlo despacio en su boca.
Sólo pudo tragar la mitad, pero él dijo que estaba bien.
—No más que eso preciosa, no quiero incomodarte, ve despacio—le dijo y la miró mientras lo hacía y ella le sonrió y sintió se humedecía más excitada por ese acto sexual de brindar placer a su hombre.
Lo atrapó y lo soltó y él comenzó a moverse despacio en su boca y ella siguió y lo alentó a seguir.
Quería saber cómo era, a qué sabía, sólo lo había probado un poco la última vez al prodigarle unas caricias.
—Ve despacio.
—Déjame hacerlo, por favor, déjame tragar un poco más, quiero saber a qué sabes.
Ella le sonrió con picardía y volvió a atrapar su miembro y él la sujetó, la abrazó y le dijo que lo estaba volviendo loco y no podría parar.
Pero ella no lo soltó, lo atrapó y no se detuvo succionando de él hasta que tuvo su semen, de a chorros al principio los tragó y sintió que tenía un orgasmo mientras él tenía el suyo.
Tragó y engulló todo sintiendo que le encantaba su sabor, su estallido de placer.
—Eres increíble tesoro, ven aquí, quítate eso.
Él la desnudó y comenzó a besar su cuerpo a acariciarlo con desesperación y no se detuvo hasta llegar a su femenino rincón, a su pobre vulva que ardía como el infierno a esa altura.
Y la devoró toda, una y otra vez, lamió y succionó y siguió rodeándola con su lengua, con sus labios y su boca hambrienta con la desesperación de un loco y sólo cuando la hizo gritar de placer y retorcerse de un lado a otro se detuvo un momento, sólo un momento para sonreír y oír sus gemidos.
Para poco después volver al ataque y llenarla con su miembro húmedo que olía a él y que estaba nuevamente erecto y duro como piedra.
Fue increíble, ese hombre era un demonio italiano.
**********
El tiempo pasó y el verano dio paso al otoño. Las últimas semanas de ese verano que llegaba a su fin.
Alessandro comenzó a ausentarse durante el día y lo veía siempre hablando por su celular y enviando documentos por su portátil. Trabajaba allí y lo hacía sin problemas, pero sabía que debían regresar a la civilización muy pronto.
Irina pudo al fin llamar a su familia y saber que todos estaban bien. Se emocionó al oír la vez de su madre, no pudo evitarlo. El peligro había pasado, pero no se sentía del todo a salvo.
—Cielo, debemos regresar la semana entrante.
Ella lo miró alarmada.
—¿Qué?
—Lo lamento, pero tengo asuntos que resolver en Florencia. Hay un tema legal con un retrato falso. Debo estar allí para una audiencia de pruebas, pero … puedes venir conmigo si deseas.
—O puedo volver a Rusia.
No quería volver todavía, tenía miedo.
Él la miró muy serio.
—Si, por supuesto. Aunque quisiera que te quedaras, eres libre de marcharte cuando quieras.
Ella se sintió mal.
—Quisiera quedarme aquí para siempre, este lugar es grandioso. Pero si quieres me iré, regresaré a mi país y veré que…
—No quiero que vuelvas a Rusia, es peligroso. Todavía no, espera un poco más. Escucha… todavía no pasó el peligro. Quiero protegerte. Odiaría que te pasara algo.
—Está bien, iré contigo, pero no quiero que… que me cuides como a un niño.
—No eres una niña, eres mi mujer, cielo.
Esa expresión la erotizó, la crispó y le gustó.
—¿Tú mujer?
—Sí… sólo mía. Y para mí.
—Nunca me había sentido mujer así de nadie, ni… Pero esto es más que sexo para mí, tú eres mi hombre Alessio.
Él se acercó rápido.
—Entonces deja de decir que quieres volver a Rusia, me pones nervioso.
Irina lo miró con intensidad.
—Tendré que alejarme de aquí tarde o temprano, no quiero que me atrapen de nuevo. Tú no puedes vivir para cuidarme. Si ese hombre malvado toma represalias y te hace algo nunca me lo perdonaría.
—Preciosa, soy el macho de la manada, el macho dominante y protector, a mí nadie me hace nada, yo hago daño a los demás y no a la inversa. Entiéndelo, acéptalo y sométete a mi voluntad.
Irina rio porque pensó que bromeaba, no imaginó que él hablara en serio.
Y en un arrebato lo besó y lo abrazó con fuerza. Estaba loca por ese hombre, no sabía si era pasión, si era algo solo sexual, pero quería estar con él, quería ser suya, su mujer como él había dicho.
El respondió a su beso y la llevó hasta el largo sillón para seguir besándola. Estaba de traje y listo para salir a hacer sus diligencias, pero eso no le impedía hacerla suya en un momento y en un arrebato levantó su falda, quitó sus bragas y le introdujo a su socio como él le llamaba.
Irina se quejó pues la tomó de sorpresa y sintió que estaba apretada, pero eso también le daba placer y lo sabía.
—Preciosa, me tienes atrapado en tu cuerpo—le dijo al oído y gimió mientras la rozaba con rudeza.
Antes de marcharse la llenó de semen y placer, la dejó húmeda y con las piernas flojas.
Y no fue tan desdichada al verle partir pues sabía que iría con él a Florencia y pasarían un tiempo allí.
No tenía pensado marcharse, quería estar con él, aunque sólo fuera una aventura, aunque sólo fuera su mujer en la cama…
comprendió que estaba atada a ese hombre porque no era de esas mujeres que sabía separar sexo de pasión y del amor verdadero, para ella era todo lo mismo. Sexo, pasión, lujuria y tal vez: amor…
*********
Viajaron a Florencia y se instalaron en una casa antigua pero mucho más pequeña que la anterior.
Irina extrañó el paisaje de la isla de Capri, llena de verdes y el azul índigo del mar, de las callecitas del pueblito y demás. Florencia era una ciudad antigua pero muy hermosa y fascinante. Le gustó mucho recorrer los museos y ver las pinturas que estudiaba su marido con otro abogado.
En la casa se encargó de cambiar un poco los tapices y el color mustio de las cortinas. Le dio más vida y color y también un toque femenino.
Alessio estuvo encantado con el cambio y la llevó a cenar para celebrar.
Fue la primera vez que salían a cenar en la cuidad y Irina se había puesto un vestido azul de la antigua colección, pero se sintió tensa.
Tuvo la sensación de que todos la miraban y al reconocían como la ramera cautiva de Ítalo Crespi.
Fue algo pensó que le hizo mucho daño y no pudo quitarlo de su cabeza.
—¿Qué sucede? —Alessio se dio cuenta y la miró muy serio, parecía preocupado al ver que miraba para todos lados asustada.
Irina lo miró angustiada.
—Es que me da ansiedad ver mucha gente, siento que me miran y que saben lo de Ítalo—le respondió.
—Tranquila, esto no es Milán, la gente de aquí es más conservadora y cerrada, no es lo que piensas. Te miran porque eres hermosa, Irina, por eso.
—Quisiera pensar que es así, pero no creo que…
—Oh, claro que es verdad. Relájate, disfruta del paseo. Es hora de hacer vida normal, salir, pasear, mostrarse. No debes vivir encerrada.
Pero ella n podía evitarlo, no podía olvidar lo ocurrido ni dejar de temer que ese hombre apareciera. Por más que él le asegurara lo contrario.
De pronto se acercó un hombre a la mesa para saludar a Alessandro y Irina tembló. Era un viejo amigo y le dijo lo guapa que era su novia y cosas así, pero a él no le hizo gracia tampoco. Se puso celoso o algo así, o eso le pareció pues cuando se fue lo miró con una sonrisa.