Alessandro #2
Ella lo abrazó y se besaron apretados contra la cama mientras él luchaba por abrirse camino y se acomodaba en su interior. Pero no pensó si le dolía o no, pensó que era maravilloso sentirse así, atrapada, poseída, tomada por un hombre viril y avasallante como ese italiano apasionado y tan guapo.
Parecía un demonio de fuego, un demonio que ardía y enloquecía por tomarla sin pensar en nada más.
Y mientras sentía sus fuertes embestidas le dijo que se detuviera.
—Debes cuidarte, yo nunca… nunca he tomado pastillas—no mentía y luego de comprender lo que estaba por pasar quería evitar que derramara semen en su interior.
Él la miró muy serio y la besó, pero no se detuvo.
—Tranquila, no voy a dejarte embarazado cielo.
—Lo harás si no te pones un condón.
—No puedo detenerme ahora, es imposible dulce… no lo haré.
Irina lo miró ceñuda y de pronto tembló al sentir que la inundaba con su semen, no pudo detenerse o no quiso hacerlo y a pesar del susto y la rabia lo disfrutó.
Y furiosa quiso correr a lavarse, pero él se rio y la detuvo.
—Ven aquí, esto recién empieza nena… tú me provocaste y ahora tendrás tu merecido virgencita.
—Pero temo que luego…
—No pasará. Vamos… sé que quieres hacerlo.
Sí, quería, por qué negarlo, aunque la prudencia le decía que debía cuidarse la mujer que acababa de despertar gritaba otra cosa, algo mucho más fuerte y feroz: instinto… instinto sexual, algo rudo y primitivo que llevaba dormido en su interior.
Y de pronto vio su vagina sangrar, todavía era pequeña, estrecha y lo sintió cuando rodaron por la cama y él volvió a penetrarla. Parecía costarle y ella gimió porque todavía le dolía, no sabía por qué.
—Preciosa, no puedo creerlo, eres virgen. estás sangrando.
Ella lo miró desconcertada por sus palabras.
—¿Acaso creíste que te había engañado?
—Me enamoré de ti al verte, no me habría importado si eras virgen o no, quería tenerte.
—Pues sí era virgen entonces y ahora, todavía me duele, diablos…
Él sonrió.
—Perdóname preciosa, soy un demonio y no puedo detenerme, quisiera dejarte descansar ahora pero no puedo. Ven aquí… no temas, pronto será placentero, ya verás… hoy te duele porque estás cerrada todavía pero luego serás una mujer y aprenderás a disfrutar cada instante del sexo.
Irina lloró, no pudo evitarlo, se sentía tan rara entonces, sentía que acababa de pasar algo muy importante y era como estar desconcertada, asustada y emocionada a la vez porque sabía que nunca olvidaría esa noche ni a ese italiano.
Jamás imaginó que su primera vez sería así, de esa forma, pues por más que sus amigas le vaticinaron que perdería la virginidad en ese país porque los italianos eran terribles, no pensó que fuera pasar.
Hasta esa noche de tormenta cuando asustada se entregó a ese hombre olvidando que era un trato y que para él sólo era una aventura.
No debió ser así, debía tener su primera vez con el hombre que la amara, con el hombre que tuviera algo especial.
Lloró furiosa al sentirse húmeda y llena de él, no quería ser tan tonta de quedarse embarazada de una aventura, de un hombre que no la quería para nada.
Pero había saldado su deuda. Ahora sería libre, podría irse a Rusia cuando quisiera, recibir su paga, regalos…
—¿Ven aquí, a dónde vas? —le preguntó él al ver que quería abandonar la cama.
—Tengo que ir al baño—respondió.
Cuando entró en el baño corrió a lavarse desesperada y al final optó por darse un baño mientras se preguntaba si él cumpliría su palabra de dejarla regresar a su país o buscaría una excusa para retenerla un poco más.
Porque sólo le había pedido su virginidad. Sólo eso. Una noche de sexo y pasión.
Cuando regresó a la habitación él estaba despierto esperándola.
—Ven aquí cielo, quiero besarte.
Un beso y un abrazo ardiente apretándola contra la cama y luego la miró muy serio. Había sido suya, era suya en esos momentos, su mujer.
—Mi hermosa virgencita—dijo y la miró de forma intensa, la miró con otros ojos y se preguntó si ese momento que habían compartido había significado algo para él. O si sólo era una más de sus conquistas. ¿Una más en su cama y en su vida? ¿Una más en la mansión veraniega de Capri?
No tuvo tiempo a pensar sus besos y caricias la despertaron y todo su ser respondió a él y aunque se había lavado volvió a llenarla con su miembro, a rozarla despacio, con suavidad, como si quisiera disfrutar cada minuto y luego aferrado a ella penetrándola hasta el fondo la llenó con su simiente expulsándolo muy adentro.
No podía creer que lo hiciera, que no le importara dejarla con un hijo suyo.
Pero no pudo decir nada, no pudo más que retorcerse de placer como una gata en celo tomada por él, por su hombre, sólo suyo por ahora, y por esa noche…
Afuera arreciaba el temporal, pero ella sólo podía sentir su corazón latir acelerado y ese calor, ese fuego que emanaba de su pecho de todo su ser. Su corazón, el suyo…
*************
No pensó en las consecuencias, no pensó que ya había pagado su deuda con sexo, quería más… no podía decir que no.
No sabía qué diablos era, qué rayos le pasaba, pero la semana siguiente se lo pasaron encerrados todos los días en la habitación teniendo sexo.
Él la guio por los caminos del placer, le enseñó a moverse para lograr su propio orgasmo y también la devoró de una forma que la hacía gemir y retorcerse…
Y al final gritaba, gemía y siempre pedía más.
No importaba si en la mañana iban en yate a recorrer la isla y realizaban exóticos paseos por las grutas o iban a Saint Michelle, al mercado…
Cuando regresaban no podían esperar para copular siempre, salvajemente sin cuidarse. Eso la mortificaba porque él sólo se cuidaba a veces. Porque ella insistía y no le gustaba nada.
Se lo ponía al final así que siempre la mojaba un poco. Cuando no la mojaba por completo con su semen pues se veía incapaz de controlarse.
Perdía la cabeza y ella también… un día se movió tan fuerte que no sólo tuvo su primer orgasmo vaginal, sino que provocó el suyo con su furioso vaivén y gemidos. Los dos enloquecieron y ella pensó que debía poner fin a eso.
Pero no se sentía completa sin que la llenara con su maravillosa verga, el sexo la llenaba, la calmaba como nada podía hacerlo y no quería dejarlo. Quería seguir…
Hizo cosas que jamás se habría atrevido ni soñó hacer impulsada por ese italiano que era ardiente y muy demandante en la cama, exigente.
Ella se dejaba llevar y lo disfrutaba.
Era mucho más que sexo para ella, era maravilloso, era algo nuevo y fascinante. Algo que estaba libre, sin control.
Y luego cuando la llenó con su placer no se enojó como la vez anterior, al contrario, la excitó y deseó que siguiera.
Y luego se quedó agitada y húmeda, toda húmeda y con su olor en su piel y en sus labios.
—Jamás pensé que sería así, tenía tanto miedo de ti al principio—le confesó y lloró emocionada. —Me siento muy rara, no sé bien por qué.
Él la miró muy serio sin decir nada hasta que habló.
—Eres una mujer hermosa y dulce, cielo, tan dulce…tú estás hecha para el amor, para ser madre un día, la esposa de un hombre.
Irina se sintió mal cuando dijo eso.
—Hablas como si no pudieras ser tú ese hombre.
Él se puso serio.
—No. Yo no puedo ser ese hombre cielo, aunque tal vez me gustaría.
Sus palabras la dejaron perpleja y absurdamente herida.
—Si un día tengo un esposo y no eres tú, buscaré que se parezca a ti, que me recuerde a ti.
Se sintió mal por decir eso, era absurdo, pero se llevaban tan bien en la intimidad y les gustaba tanto estar juntos, quizás fue por eso.
¿Por qué dijo que n podía ser él su marido, aunque tal vez le gustaría serlo?
Irina pensó que se había excedido.
—No me hagas caso, he dicho una tontería. Soy muy joven para casarme, ni pienso hacerlo con un italiano. son demasiado fríos y mujeriegos.
Al fin decía algo sensato, esa era ella. práctica y muy cerebral.
Alessio se rio de lo que dijo.
—Ven aquí, deja de pensar en bodas o harás que pierda la erección en un instante.
Ahora era ella quien reía feliz después de días de semanas de horrible angustia.
Pero no quería pensar en el pasado ni el futuro, el mundo entero era esa casa y su vida era ese hombre, esos ojos negros que la miraba con deseo y adoración como nunca la había mirado un hombre.
sabía que todo había cambiado luego de ser suya, pero no debía dejarse llevar por los sentimientos ni pensar que como se habían acostado ahora tenían que casarse.
Eso no era Rusia, era Italia y allí todos se acostaba con todos y nadie se hacía drama por eso, lo sabía bien.