Alessandro
Tuvo sueños extraños durante días, sueños inquietantes y se veía de nuevo en el hotel, raptada y esperando ser llevada como mercancía de canje a Dubái.
Al despertar veía su habitación y suspiraba aliviada, estaba a salvo, o lo estaba por ahora.
Sin embargo, sabía que él sólo le estaba dando tiempo y que la estaba preparando para cuando tuvieran sexo por primera vez.
Fue muy considerado al darle tiempo, porque necesitó muchos días para sacar de su cuerpo toda esa cosa tóxica del secuestro, las amenazas y los narcóticos que le daban.
Sin embargo, a medida que logró dejar de estar sedada y volvió a correr y a realizar ejercicios a diario los nervios la invadían.
Nervios y un horrible desasosiego. Quería escapar.
No quería estar con ese hombre, no quería cumplir su parte del trato.
La aterraba pensar en el sexo. Era virgen y sabía que le dolería y que ese italiano la haría sufrir porque estaba que moría por ella.
Había oído bastantes historias de italianos ardientes y dotados de sus amigas de piso para mantenerse intacta durante todo ese tiempo. Nada asustaba más a una chica virgen que un hombre de pene enorme, ardiente, apasionado y poseído por la más extrema lujuria.
Trató de no pensar en eso, el problema era que pensaba demasiado. El sexo se hacía y listo. O eso le decían sus amigas en Rusia.
“No debes tener miedo, la primera vez él hará todo, y será delicado, busca uno que sea educado, y listo”.
—En qué piensas preciosa? —le preguntó él mientras caminaban por la playa.
Casi parecía un paseo romántico.
—Pensaba en mi familia—respondió él y apartó la mirada turbada al sentir esos ojos tan fuertes sobre ella.
—¿Echas de menos tu país?
—Sí, mucho. A mi familia. Somos muy unidos y me he sentido así desde el principio.
—Siempre cuidabas de tus hermanos supongo.
Irina asintió y de pronto él se acercó y le robó un beso apasionado.
No era la primera vez que lo hacía, pero esa vez la dejó temblando.
—Me encanta el sabor de tu boca, es tan dulce…
Ella sonrió sintiendo que también le gustaba la forma en que la besaba él, sabía besar a una mujer, sabía hacerlo. y se imaginó que sabría cómo tratarla.
—Besas muy bien—dijo ella.
Él rio tentado.
—Sé cómo hacer el amor a una virgen, preciosa. Tranquila, sabré cómo tratarte y será para ti un recuerdo inolvidable.
Irina se sonrojó, en verdad que no esperaba gran cosa de su primera noche de sexo con el italiano, sólo ser lo suficientemente sensata para no salir corriendo y para no ser una desilusión para un hombre tan experimentado como él, acostumbrado a tener las rameras más guapas y finas del negocio que seguramente serían unas panteras agazapadas en la cama.
De pronto sintió un sonido de helicóptero y tembló.
—Tranquila, es sólo un helicóptero recorriendo la isla. Todavía hay muchos turistas. Todo el año hay en realidad.
Ella lo miró asustada.
—¿Crees que él no sabe que estoy aquí?
El italiano la miró con una sonrisa y asintió.
—Lo sabe y tuvo que aceptarlo. Sabe que estás conmigo ahora.
—¿Ítalo lo sabe? Oh dios mío vendrá a buscarme.
—No, no lo hará. Tranquila. te dije que te pondría a salvo y lo haré.
—Ha de estar furioso contigo, querrá vengarse.
—Bueno, era un riesgo que tenía que correr, pero no olvides que soy abogado y si quiero lo pongo tras las rejas.
—¿Lo harías?
—Si hubiera chicas dispuestas a arriesgarse a morir para acusarlo tal vez, pero en ese negocio nadie se arriesga tanto. Además, es un trabajo.
—La prostitución no es un trabajo, es esclavitud.
—Bueno, yo lo veo como un trabajo. Hay chicas que son rameras y lo hacen muchos años, luego ahorran y se montan su negocio.
—Yo no era una ramera, a mí me extorsionaron, me secuestraron y quisiera que ese maldito estuviera tras las rejas algún día.
—Preciosa, es dueño del prostíbulo más grande del país, y es un tipo de negocios, además. No es cruel con las chicas, las tiene contentas y las hace ganar mucho dinero. Muchas quieren entrar a su negocio de prostitución vip. Tiene chicas muy bellas y educadas.
—Pues conmigo no fue considerado y además… hay muchas adictas.
—Es verdad, pero no por él, por las drogas.
—¿Acaso lo defiendes?
—No. Sólo digo la verdad. Para muchas es un trabajo y se ofenden si tú las llamas rameras.
Ella lo miró pensativa.
—Esa noche en la subasta, la primera vez que te vi.
—¿Qué? —él miró sus labios con deseo.
—Ibas a comprar una mujer, ibas a escoger a una para llevártela. ¿Por qué?
—Era un show, preciosa, una subasta falsa de esposas como lo llama Ítalo. Ninguno piensa en bodas, sólo en sexo con falsas esposas. Eso. Aventuras, diversión, placer.
—¿Por qué un hombre como tú tendría que comprarse una mujer?
—Bueno, porque soy un enamorado de las mujeres, cielo, de las mujeres hermosas… soy esa clase de tonto que muere por una mujer hermosa, como muchos en realidad.
—No es por eso.
Su mirada cambió.
—Porque me gusta tener siempre lo que deseo y buscar una perla en medio de un océano de maldad y perversión. Así te conocí y no me arrepiento, eres una chica dulce y hermosa.
Irina lo miró y de pronto la tomó entre sus brazos y le dio un beso dulce y ardiente. Un beso que la dejó temblando de deseo. El beso que solo un italiano podía darle. Se miraron y él sonrió.
—Has sido muy gentil, ¿sabes? Mucho más de lo que alguien lo fue jamás… no eres tan frío como pensé.
—No lo hago por razones románticas cielo, soy práctico y un seductor. Pensé que sería lo más apropiado y punto.
Ella secó sus lágrimas y lo miró.
—Me gusta estar contigo, tú me haces sentir segura y en paz… es raro, pero. No sé por qué porque tú me asustabas mucho al principio, pero ahora…
—Y seré mucho más tierno cuando te entregues a mí y me des todo, te lo aseguro.
Ella lo miró embobada, realmente se creía que él estaba interesado en ella, que sentía cosas por eso casi la había secuestrado. No pensaba entonces, ni se le pasaba por la cabeza que todo fuera parte de un plan frío para propiciar un encuentro sexual.
Pensaba que se había arriesgado mucho para rescatarla, para tenerla allí a salvo. Eso debía ser por algo.
—Eres muy hermosa muñeca rusa, muy bella…
nunca conocí a una chica como tú—le dijo al oído y de pronto besó su cuello y ella gimió al sentir ese cosquilleo recorrerle el cuello y la espalda, todo el cuerpo y luego lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra ella para que la sintiera, dulce y voluptuosa, tan femenina y delicada.
El italiano pensó que eso era una señal confiable para seguir adelante, pero no allí, en esa playa…
Ella le sonrió embobada y algo avergonzada de haber tenido ese impulso en un lugar público, pero él la besó y calló sobre ella haciéndole sentir su miembro duro sobre el triángulo de su monte. Un leve arrullo y ya estaba listo para hacerla suya. Pero no allí, no ahora.
—Tranquila, no voy a hacerlo. Sé esperar el momento adecuado.
Y por una extraña razón no le hizo el amor cuando llegaron a la mansión, sino que se fue a dar un paseo y no volvió hasta la noche.
Irina se sintió en las nubes primero, pero luego fue como si le echaran un balde de agua fría. Era la primera vez que se sentía tan excitada con un hombre, nunca antes había sentido algo tan fuerte.
Pasó el día sola y desconcertada sin saber por qué no había ido a hacerle el amor luego de lo ocurrido en la playa esa mañana.
Al día siguiente se vieron durante un paseo, pero no la tocó ni la besó. Algo pasó ese día porque lo llamaron varias veces al celular y lo vio tenso y nervioso.
A media tarde llovió y no hubo más remedio que quedarse encerrados.
Irina pensó que algo pasaba y la lluvia la preocupó. Estaban cerca del mar y sentía ese viento marítimo.
Se acercó al ventanal para ver el ala sur que daba a la playa y se preocupó.
—¿Qué tienes? ¿Qué haces aquí? —le preguntó él.
Irina lo miró.
—Es que me dio miedo, oí el sonido en las ventanas.
Él se acercó y miró a la distancia.
—Tranquila, sólo es una tormenta de finales del verano. Estamos lejos del mar.
—Pero se escucha cerca.
—Pero está lejos y, además, está más abajo. No habrá una ola gigante que salga del agua y cubra toda la tierra.
Ella suspiró aliviada y él se acercó para abrazarla y estrecharla con suavidad para olerla primero y luego besarla con suavidad. Irina suspiró al sentir sus besos y respondió a ellos con cierta timidez.
Deseaba tanto ser suya, pero le daba miedo, temía no ser suficiente y satisfactoria.
—Tienes miedo—le dijo él.
Ella asintió.
—Ven… yo te daré calor, yo haré que dejes de temblar esta noche—le dijo.
Se había acercado a ella, luego de días que estuvo tan distante de pronto lo tenía allí cerca, besándola, mirándola de esa forma que la hacía estremecerse.
No pudo negarse, no pudo decirle que no, quería hacerlo, quería sentirse mujer en sus brazos como nunca antes…
Y cuando la llevó a su habitación dejó que la desnudara y la llenara de besos, que atrapara sus pechos y los besara y luego sus manos recorrieran cada rincón de su ser, sin dejar de besarla, sin dejar de acariciarla con suavidad.
Su cuerpo era hermoso, se lo dijo mientras la observaba.
Pero ella lloró cuando él se detuvo en su vientre y comenzó a besarla allí.
—No… no. —dijo algo avergonzada.
—Cierra los ojos, preciosa y déjate llevar, esto te gustará. Debes aprender a ser mujer y yo te enseñaré.
Ella obedeció y lanzó un grito cuando sintió su boca recorrerla, su boca y lengua mecerla con caricias intensas y profundas, besando y lamiendo sin parar como si la encontrar deliciosa.
Nunca había imaginado que su primera vez sería así, había pensado que todo se limitaría a algunos besos y…
Pero cuando la abrazó y la llevó contra la cama gritó al sentir que entraba en ella, sintió su virilidad en su interior y pensó que era demasiado.
—Lo siento preciosa, eres muy estrecha virgen… eres tan dulce y deliciosa que seguiré devorándote hasta volverte loca. Calma… ven aquí.