Irina #2
—Son empleados, preciosa, de seguridad la mayoría.
Hay muchos ladrones merodeando en temporada.
No te preocupes, son trabajadores, no son amigos participando de una fiesta.
Ninguno se puede acercar a ti, mucho menos tocarte, están aquí para cuidarte, además.
Serás sólo para mí y luego… te compensaré.
—No quiero tu dinero, me ofenderías si me ofrecieras…
—Preciosa, no te rescaté por caridad, pude rescatar a cualquiera de ese infierno, pero yo te quería a ti. Quise comprarte, pero Ítalo dijo que no, que tenía un mejor comprador. Rechazó tres veces mi oferta. Pensó que podía sacar buen dinero por ti.
—Pero tú no vas a comprarme, y por eso no aceptaré que me pagues. Sólo quiero que me ayudes a volver a mi país cuando te lo pida, sólo eso. No quiero regalos ni nada. No me hagas sentir como una ramera por favor, porque no lo soy.
El meditó sus palabras.
—No he dicho que lo fueras. No habría arriesgado la vida de mis hombres ni la mía por una simple ramera. Por una hermosa virgen rusa en apuros, tú, sí… y no impedirás que te haga regalos.
—No quiero regalos. No quiero tu dinero.
—Está bien, me rindo… Primero serás mía y veremos qué pasa. Si no resulta lo olvidamos todo. Aunque presiento que será muy placentero. Hace tiempo que no tengo una virgen en mi cama y no me gustan las jovencitas vírgenes, me gustan mujeres vírgenes.
Irina se sonrojó.
—No comprendo a qué se refiere.
—Que tú eres toda una mujer de veintidós y todavía eres virgen, eso. Te enseñaré todo del sexo y haré que lo disfrutes, porque tu placer será el mío. No te obligaré ni tú podrás negarme sexo. Y si quiero hacerte regalos lo haré, no porque piense que eres una ramera, sino porque quiero hacerlo.
—Eres bien italiano eh?
Él sonrió tentado.
—¿Por qué? ¿Porque me muero por hacerte mía el día entero?
—Tal vez por eso, pero no lo pensé, digo que tú quieres imponerte, hacer lo que se te antoje como muchos hombres jóvenes que conocí en mi trabajo. unos malcriados que siempre quieren salirse con la suya.
—Yo no soy un malcriado, preciosa. Soy todo un hombre y ya lo descubrirás.
No, esa noche no quería descubrir nada, aunque sus palabras se oían divertidas.
¿Disfrutar del sexo, desear el sexo? Eso no era para ella.
El sexo le daba miedo, nunca lo había hecho por eso.
no estaba lista y no sabía si lo estaría, pero imaginó que siendo un italiano él sabría cómo despertarla y arrastrarla a la lujuria.
Sin embargo, esa conversación le dio cierta calma, si sólo quería sexo no le importaba. Sólo esperaba que no le pidiera cosas raras, esas que hacían las rameras. Moriría de vergüenza si era así.
Apartó esos pensamientos nerviosa. Volvió al presente.
—Quisiera hablar con mi madre en Rusia—dijo de pronto—Deben estar preocupados por mí.
Él la miró serio.
—Me temo que eso no será posible por ahora.
—¿Por qué no?
—Están buscándote cielo, los hombres de Ítalo, los socios… te buscarán durante días, semanas, deberás permanecer escondida y sin rastro. Si llamas a tu madre puede que rastreen la llamada. Saben que querrás comunicarte y …
—Rayos, pueden hacerle daño a mi familia para vengarse.
—Es un riesgo que no podrás evitar.
—Sí, puedo evitarlo.
—¿Cómo lo harías preciosa? Si vas a poner a salvo a tu familia te atraparán, si huyes de aquí y abandonas la isla también. No le harán nada a tu familia porque estarán muy ocupados buscándote.
—¡Entonces nunca estaré a salvo!
—Lo estarás si haces lo que te digo y no intentas hacer locuras.
Ella aceptó lo inevitable.
—No haré ninguna locura, te lo prometo, pero quiero estar segura de que mi familia no sufre ningún daño, ese hombre es muy malo.
—Sí, es verdad. Pero Ítalo no es idiota, no hará nada de forma innecesaria. Tendrá otros problemas que resolver ahora. Otra debe ocupar tu lugar para llevarle al inglés.
Comieron en silencio y Irina pensó que ese hombre era frío a pesar de ser tan temperamental en apariencia, no había nada que no estuviera planeado de antemano y no sabía por qué estaba tan obsesionado con ella, pero se daba cuenta que eso era todo cuanto tenía ahora, lo único que podía salvarla.
Hacer crecer esa obsesión, y también obedecerle, aunque le pesara. No tenía otra alternativa.
Había escapado de esos demonios y por eso se sentía feliz y aliviada pero ahora se presentaba otro reto.
Antes sólo había sido la espera, las suposiciones y la horrible incertidumbre no saber qué pasaría.
Ahora sería la amante de un hombre del que nada sabía, un hombre frío que sin embargo lo había arriesgado todo para tenerla.
Pero no sabía qué pasaría cuando saciara su deseo por ella.
**********
Al día siguiente cumplió su promesa y la llevó a recorrer la propiedad primero en una camioneta todo terreno, luego hicieron un trecho caminando.
De jeans remera y lentes se veía muy guapo y seductor, pero Irina se sentía algo rara ese día, desencajada, como si estuviera de paseo en un lugar exótico sin poder hacerse a la idea que ese sería su nuevo hogar los días siguientes.
Pero disfrutó del paseo, es verdad y comenzó a sentirse un poco más relajada.
En un momento se sentaron y él le preguntó:
—¿Te agrada este lugar?
Irina asintió.
—Es muy hermoso. Supongo que vienes aquí para descansar.
Él asintió.
—¿A qué te dedicas? Disculpa, pero nunca lo has mencionado.
Ante una pregunta tan directa él la miró a través de sus lentes oscuros de sol.
—Soy abogado y tengo una importante cartera de clientes en el sur, pero no me dedico a los pleitos sino a asesoramiento legal ahora.
—¿Eres abogado? —Irina no podía creerlo.
—¿Sorprendida?
—Un abogado muy guapo…
Y libertino. Recorriendo burdeles para llevarse a una chica.
Qué loco estaba el mundo.
—Y empresario. Tengo algunos negocios en Milán.
Irina no preguntó qué negocios.
—¿Eres socio de Ítalo, tú reclutas chicas?
—No… tranquila. soy un viejo amigo y socio de otro negocio. El día que te vi estaba de salida, hacía meses que no le pedía una chica para salir. En realidad, sólo salí con una chica que tenía en staff hace tiempo. Es que me harté de salir con rameras, buscaba algo especial la noche que te conocí.
Ella se sonrojó al sentir su mirada.
—¿Y no tienes esposa ni hijos? –preguntó después.
—No, por dios. Ni loco. Si tuviera esposa no estaría aquí contigo, estaría con ella.
—¿Y nunca has deseado tener una esposa?
—Cielo, el matrimonio es algo para las mujeres, para lograr cosas, una familia, un marido. Para los hombres lo que existe es el trabajo, algunas citas, prosperar, estudiar, trabajar… tenemos otras prioridades.
—Pensé que los italianos eran amantes de la familia y muy enamorados.
Él sonrió.
—Bueno, quién sabe, tal vez me enamore de ti con el tiempo. ¿Quieres convertirte en mi esposa?
La joven rusa se sonrojó.
—Eres muy frío para ser italiano.
—Oh no soy frío, soy de fuego preciosa… ya lo sabrás cuando llegue el momento. Además, tú eres muy dulce y amorosa. Tal vez logres llevarme por el buen camino.
—Pero no estoy aquí para eso, supongo. Sino para su placer y diversión.
—Bueno, todo puede pasar. Pero cuéntame de ti. Viniste a Italia a estudiar, ¿no es así?
Irina suspiró y le contó su historia, de la beca para estudiar publicidad y los problemas que tuvo cuando comenzó a trabajar.
Su familia pasó muchos apuros económicos luego de morir su padre y al no poder conseguir un buen trabajo en su pueblo decidió emigrar.
Una historia común entre los inmigrantes.
—Pero tú hablas bien el italiano.
—Lo aprendí antes de venir, hice un curso radial y luego cuando vine tuve facilidad y en verdad que aprender a hablarlo porque aquí nadie habla en ruso.
—¿Y trataron de salir contigo, te acosaron mucho?
Irina esquivó su mirada.
—No vine aquí a buscar novio, señor Alessio.
—Pero una chica como tú tan hermosa y virgen… seguramente se guardaba para su marido ¿no es así?
La joven se puso muy colorada. Él la estaba mirando como mujer, como una mujer guapa y apetitosa.
—No me guardaba para mi marido, simplemente no tuve oportunidad de conocer a alguien especial. Además, soy muy joven para buscar marido, sólo quería tener un buen trabajo y ahorrar lo suficiente para poder progresar.
—No te preocupes, te daré todo lo que quieras tesoro y podrás ayudar a tu familia. Sé que estás preocupada por ellos, no temas, estarán bien.
Desearía poder pensar eso, pero ciertamente no estaba segura.
Regresaron en la camioneta porque el viento había cambiado y había una sudestada desde el mar que les dio frío de repente.