Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) Irina
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Irina

Fue un tormento, el viaje duró horas, porque luego tuvieron que aterrizar y abordar un barco que la llevaría hacia el sur, no sabía a donde porque nadie se molestaba en decirle.

Los hombres que la escoltaban no le decían palabra y estaban más preocupados en que no gritara ni llamara la atención que otra cosa.

Ese viaje parecía interminable. Era eterno.

Al llegar había amanecido y vio que estaban en una costa, en un muelle y una camioneta aguardaba. La camioneta que la llevaría finalmente a destino al parecer.

Los hombres recibieron su paga y regresaron al barco que había aparcado un momento y se disponía a retornar la travesía.

—Bueno, perfecto. Buen viaje pequeña, suerte en tu nueva vida. Estarás a salvo.

Esa era la despedida, pero Pietro no sonreía, estaba serio.

—Tranquila, ¿sí? Todo saldrá bien.

Irina sintió su corazón latir acelerado cuando le dijo eso porque supo que intentaba darle ánimo para lo que le esperaba. ¿De veras todo saldría bien?

El hombre de la camioneta la miró y le dijo que se pusiera el cinturón pues le esperaba un viaje por un terreno irregular.

No le dijo más que eso, aunque sintió su mirada en varias ocasiones como si sintiera curiosidad.

Entonces la vio, una mansión en lo alto de un promontorio con un paisaje azul índigo. Una propiedad rodeada de un extenso follaje. Como una postal. Como la casa del cuento de hadas…

Pero sintió miedo pues pensó que allí no la esperaba Alessandro sino alguien más, alguien que debió contratar a los hombres que la llevaron.

Alguien que la había comprado.

Iba con un vestido largo blanco, como aquella vez.

en el barco tuvo tiempo de bañarse y cambiarse y ponérselo porque ese hombre quería verla así.

Esas habían sido sus órdenes. Y allí estaba como una muñeca, vestida a capricho de su futuro dueño.

Maquillada y peinada y perfumada. Seguramente todo se había arruinado por ese viaje y por sus nervios.

—Bueno, hemos llegado muñeca—le dijo el chofer.

Irina miró a su alrededor calculando cómo podría hacer para escapar, pero vio con angustia que estaban muy lejos del muelle y de todo. esa casa estaba completamente aislada de todo. y allí había ido a parar por culpa de Ítalo Crespi…

—Por aquí, señorita, acompáñeme.

Irina tropezó y miró a su alrededor aturdida mientras él tomaba su mano y la conducía por el sendero de grava luego de atravesar un inmenso portón de hierro eléctrico con casilla para un cuidador y otros hombres de negro vigilando.

Parecían policías, pero debían ser esas personas que se dedicaban a la vigilancia.

La casa era una especie de mansión blanca de piedra y madera, con un diseño antiguo en realidad, había visto casas así en algún folleto de viajes al sur de Italia hacía tiempo cuando comenzó a informarse antes de su viaje. Los jardines podían verse cuidados y bonitos.

Era una casa inmensa y lujosa, con un mobiliario antiguo. No parecía la guarida de un depravado ni tampoco de un mafioso.

Pero su anfitrión brillaba por su ausencia.

—Espere aquí, el conde vendrá en un momento.

¿El conde?

Entonces lo vio aparecer vestido de saco y corbata, muy guapo y formal y con una mirada de intenso placer al verla.

—Hola preciosa, al fin… Lamento no haber podido ir a buscarte al muelle tuve que solucionar unos problemas antes. ¿Estuvo bien el viaje?

Ella asintió y lo miró nerviosa.

Su alivio al verle era evidente, casi se echó a llorar de la emoción. Alessandro estaba allí. Había tenido tanto miedo de que no fuera él.

—Ven, siéntate. Tranquila ¿quieres comer algo?

Irina no pudo responderle, su mente estaba tan agitada que no lograba armar una sola frase en italiano.

—Calma, todo está bien. No has sufrido ningún daño ¿no?

Su anfitrión comenzó a preocuparse.

—Estoy nerviosa, pensé que ¿dónde estoy?

–En la isla Saint Michelle de Capri. Al sur de Italia.

—¿Capri? ¿Esto es Capri?

Él asintió.

—¿Y tú vives aquí?

—No, es sólo un refugio de verano, mi hogar predilecto, pero tengo otras propiedades en la Isla. Paso mucho tiempo en Milán porque tengo negocios allí.

Ella lo escuchó y aceptó finalmente acompañarlo al comedor para almorzar, aunque era temprano estaba famélica.

Se sentía tan extraña en esa casa. Empezaba a pensar que, aunque era él y eso le daba alivio no se sentía a salvo del todo.

Comieron en silencio, estaban solos en esa casa, no había ningún familiar y le extrañó.

—¿Vives solo aquí? —le preguntó.

Él asintió.

—Recibo muchas visitas en verano, ahora el verano llega a su fin.

Se hizo un silencio y ella lo miró.

—¿Por qué me has ayudado, por qué me has traído aquí?

—Tú lo sabes, cielo. Te quiero a ti una noche de pasión, tal vez dos… o tres. Quiero tu virginidad y a cambio tendrás todo lo que has deseado y más… estarás a salvo. Pero sin prisas. No hay prisas… cuando estés lista y quieras ser mía.

Irina suspiró. No la asustaba ser suya, sabía que tenían un trato, pero sí la asustaba que luego…

—Estaré contigo, seré tuya como dices, pero luego…

—Podrás volver a Rusia si quieres, yo te ayudaré. O también puedes quedarte pues estoy tramitando para que te den la nacionalidad italiana. Espero que te quedes.

—No creo poder hacerlo. Me habría ido ahora.

—Si te marchas ahora te atraparán.

Tenía razón. Estaba atrapada.

De pronto lloró, era demasiada la tensión que había vivido esos días encerrada sin saber qué pasaría con ella, drogada la mayor parte del tiempo. Todavía tenía una sensación de horrible sopor, como una zombi.

—Tranquila, no llores, todo ha pasado. Estás a salvo.

Irina secó sus lágrimas y suspiró. Estaba a salvo, lejos de ese horror, pero la asustaba pensar que tendría que dormir con ese hombre para ganar su libertad, la asustaba y enfurecía. Nunca debió ser engañada, amenazada ni raptada. No era justo.

*******

Tenía que descansar, estaba agotada por el viaje y a media tarde entró en su habitación y lo primero que vio fue una cama inmensa y cuadrada con cortinados y cojines en tono color rosa. Había espejos por todas partes y pisos de madera, y muebles por doquier.

Parecía una habitación matrimonial pero no vio a nadie allí espiando así que siguiendo a la empleada fue a darse un baño.

—Disculpa, no traje ropa—se ruborizó al pensar que había escapado con lo puesto, unos jeans raídos y una blusa blanca atada a la cintura con un saco de lana largo que había encontrado en una silla y se lo puso a último momento.

La empleada le sonrió.

—No se preocupe, el señor Alessandro compró ropa para usted está en el vestidor de la derecha, escoja lo que desee.

Irina buscó ropa para ponerse, nada demasiado formal y por supuesto, nada atrevido, pero sólo encontró vestidos, blusas y faldas, ningún jean, short ni nada que ella usara habitualmente.

Perchas y más perchas, zapatos, abrigos, pero no había pantalones, como si no se hubiera animado a comprar ropa informal o no supiera su talla y sin embargo esos vestidos sí eran su talla. Le quedaban perfectamente.

Escogió uno corto y juvenil, floreado y luego buscó ropa interior.

Eso sí que la hizo ruborizar. Le había comprado ropa de encaje, negra, blanca, roja y de corpiño ancho…

y algunos de copa más pequeña. Como si hubiera querido comprar varios talles por si acaso.

En verdad que su brasier era un talle más que su bikini.

Ella no solía usar cosas tan sexys por supuesto, pero al parecer él sí quería que usara.

Se preguntó si esa noche le pediría sexo, pero luego se dijo que era muy pronto, ni siquiera sabía si lograría estar despierta durante la cena.

Fue a darse un baño rápido y al salir se vio en el espejo desnuda y pensó que debía hacer algo con esa selva. Sus amigas siempre la llevaban rasurada para sus citas, quedaba mejor. Buscó una máquina de afeitar y le costó encontrar una pero finalmente puso manos a la obra.

El resultado la dejó rabiosa.

No sabía bien cómo, sólo quitó la mata de pelo de su monte y ahora se veía indefensa, su pobre chocha pelada color rosa. Debió dejar algo de cabello para darle más gracia. Bueno todavía quedaba algo, por suerte, aunque no se sintió conforme.

Cuando entró al comedor él la esperaba sentado en un cómodo sillón mirando algo en la televisión inmensa que había en un costado. Al verla sonrió.

—Qué bella te ves de vestido.

Irina se sonrojó, ese verano se había hartado de usar vestidos por el calor que hacía en Italia y la había dejado tirada y sin ganas de nada.

—Gracias… la ropa es muy bonita pero no vi ningún jean.

Él sonrió.

—No quiero que lleves Jeans, sino la ropa que escogí para ti. Además, en esta isla siempre hace calor, cielo.

—Bueno, pero algún día hará frío.

—No… nuestra calefacción es muy buena. Pero hay vestidos más abrigados, de tela más gruesa.

Ella sintió un nudo en la garganta al sentir su mirada resbalar por su escote y su cintura.

—Mañana te llevaré a recorrer la casa. Y no temas, no te tocaré hasta que estés lista, preciosa.

Pero has venido aquí a ser mía, ¿entiendes?

Pero no te retendré más de lo necesario, no eres una prisionera, pero deberás cumplir ciertas reglas.

No puedes salir sin avisar y sin llevar algún empleado que te acompañe.

Es una propiedad inmensa, basta, y aunque es un predio cercado y vigilado hay ciertos lugares, los que limitan con la franja costera que no son muy seguros.

Siempre se meten turistas, jóvenes drogados o ebrios y no quisiera que te pasara nada.

Ella comió la deliciosa carne estofada con ensalada, carne asada deliciosa y condimentada y lo miró.

—No tienes que obligarme ni tampoco encerrarme, sé por qué me has traído y no me asusta eso. Pero si me lastima o me obliga a estar con otros hombres o…

—No, no haré eso. ¿Me crees un pervertido?

—En realidad no te conozco demasiado y aquí sólo hay hombres por todas partes.