Cautiva #3
Pero el momento de intimidad pasó y la angustia regresó. No sabía qué hacer, no sabía si confiar en un extraño era mejor que ser vendida a un jeque de Dubái. Lo que sí sabía era que no quería seguir siendo una res encerrada, drogada y lista para ser vendida a algún hombre.
Pensó que al menos si la liberaba el italiano podría intentar escapar, regresar a Rusia, no quería quedarse, tampoco dormir con un extraño.
Nunca había dormido con un hombre y la asustaba pensar en eso.
No estaba lista y había soñado con que fuera algo romántico, por amor, con el hombre adecuado.
Que la amara y sintiera que era algo especial.
No de esa forma. Pero pensó que el italiano no esperaría tanto.
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—Despierta preciosa, ya es hora.
Sintió ruidos y voces, y alguien que le hablaba, pero no podía despertarse, no podía moverse.
—Irina, Irina.
—Llévala así.
—No quiero que patee, sabes que pega fuerte siempre que puede.
Irina abrió los ojos y vio a tres hombres en la habitación y gritó pues no entendía nada pues llevaban un gorro que les cubría la cara y parecían ladrones.
—Calla, soy yo Pietro, te sacaremos de aquí. Pero si gritas lo arruinarás todo.
La joven rusa comprendió que no era un sueño, pero se pellizcó por las dudas.
—Te llevaremos con Alessandro ahora. ¿Crees que podrás andar?
—No lo sé… siento mi cuerpo dormido, las piernas no puedo moverlas.
Uno de ellos no perdió tiempo y la alzó en brazos y entre los tres la sacaron del hotel, y Irina sintió por primera vez el frío de la noche en su rostro.
Aire fresco, aire puro. Era libre. Ahora sólo le quedaba librarse de esos tres, pero…
no tenía su bolso, sus cosas… pensó angustiada que seguramente si pedía ayuda ese hombre la atraparía de nuevo y desistió.
—Por aquí… así, nada de gritos porque si te escuchan estaremos fritos—le advirtieron.
Ella no gritó, comprendió que estaba atrapada.
La subieron a un auto chico pero muy veloz, no sabía qué marca era, pero era un avión.
—Acelera, acelera—gritaba Pietro quitándose el gorro negro que le cubría el rostro.
—Cállate, no quiero chocar idiota. Es una zona concurrida—respondió el conductor.
No conocía a los otros, nunca los había visto. Sólo a Pietro y él estaba a su lado, casi la tenía abrazada.
Al ver que la llevaban lejos de la ciudad y a toda velocidad temió que no la llevaran con Alessandro como habían dicho. A esa altura no sabía en quién confiar, no sabía qué iba a pasar.
—¿Me llevarán con Alessandro? —preguntó a Pietro.
Él la miró y se rio al ver su miedo.
—¿Temes que te lleve con el jeque árabe? ¿O que te venda a otro mafioso?
Y dijo algo más que no le entendió, pero los demás rieron y comenzaron a usar una jerga rara, expresiones que no conocía bien porque no llevaba tanto tiempo viviendo en Italia. Casi sintió deseos de llorar.
—Por favor, ¿por qué te ríes de mí? Eres cruel. Pensé que eras mi amigo.
—Amigo Pietro? Pietro sólo es amigo de la suerte y del dinero, el que paga más ese es su mejor amigo—dijo el hombre que estaba del otro lado.
Los otros se burlaron y Pietro rio y dijo no sé qué tontería.
Irina lo miró furibunda y tuvo ganas de pegarle. A él y a todos por reírse porque escuchó algo que decían que era una muñeca rusa guapa pero tonta.
Pero tuvo que aguantarse, no ganaría nada pegándole a esos tipos.
Además, no podría con todos, no estaba en su mejor forma y además estuvo a punto de echarse a llorar de rabia y optó por mirar para fuera para ver a donde la llevaban.
No pudo distinguir mucho, afuera sólo se veían las luces de las calles y edificios, pero no sabía dónde estaban.
—¿A donde me llevan? —preguntó en ruso.
Todos se miraron desconcertados y Pietro dijo que no entendía su idioma.
—¿Hacia dónde me llevan? —insistió.
—Tranquila. Pronto lo sabrás—dijo uno de ellos.
Pietro la miró, pero no dijo nada.
De pronto sintió un sonido y comprendió que estaban cerca de un aeropuerto.
—Bandidos, bandidos, me llevarán a Dubái. Cretinos. Nunca debí confiar en ustedes—se quejó Irina y furiosa quiso escapar cuando el auto se detuvo.
—Eh tranquila mujer, tranquila. No te llevaremos a Dubái.
Por más que le dijeran y se rieran al ver que se había puesto brava otra vez Irina no les creía, pensaba que se burlaban de ella y finalmente la llevarían por órdenes de su amo: Ítalo Crespi a Dubái o a un lugar peor.
—Tranquila, o tendremos que atarte. ¿Acaso quieres regresar con Ítalo al burdel?
—¿Qué harán conmigo? ¿A dónde me llevarán?
—No podemos decirte, es un secreto. Pero estarás a salvo.
Irina no dijo nada, pero supo que era una maldita trampa, todo lo había sido.
El italiano y su tonto galanteo prometiéndole matrimonio y ese par de bandidos que habían prometido a ayudarla a escapar.
Ya no creía en ellos y sólo pudo rezar y sentir un horrible terror cuando la obligaron a subir a un helicóptero.
Odiaba las alturas, los aviones, sufría de vértigo y más que eso volvía a estar asustada.
Aterrada en realidad. Y lloró, lloró en silencio mientras cerraba los ojos para no ver hacia abajo.