Cautiva #2
—Alessandro Manfredi, hermosa, si me acerco él me mata, ni loco.
Irina suspiró.
—¿Él me sacará de aquí? —balbuceó.
El italiano no parecía muy seguro.
—Será difícil, pero puede intentarlo.
—¿Debo confiar en él?
No era la pregunta que un hombre como ese que trabajaba para mafiosos podía responder, lo vio sonreír y menear la cabeza en señal de “y yo qué sé”.
—Al menos serás de uno y no de varios, él te quiere para él, como mujer, pero no quiere una noche, yo creo que quiere algo más.
Y es muy rico. Te hará bonitos regalos y te salvará de esto.
Ahora van a llevarte con un jeque porque el inglés no quiere pagar todo lo que pide Ítalo.
Mi amo se fastidió y lo mandó al diablo porque tiene otros compradores que pagarán quinientos mil por ti.
Así que cambió de parecer. Y el inglés ya se buscó otra chica. No te quiere más.
—Hablas como si fuera un enamorado.
Pietro rio.
—Yo soy tu enamorado cielo, eres una chica preciosa a pesar de que pegas fuerte. Pero no le vayas a pegar a Alessio, primor, porque es un macho alfa italiano y le gusta dominar y tener el control. Y no soportaría que una fémina como tú quisiera pegarle.
Irina consideró todo ese cambio en el juego y pensó que Alessandro era su única esperanza.
—¿Pero debo confiar en ese hombre?
Cuando se le acercó el italiano se alejó de forma instintiva, aunque sin dejar de mirarla.
No le dijo que confiara, simplemente sonrió y dijo que callara.
—SCH, no deben escucharte. Eres la chica más valiosa de Crespi y si algo sale mal me enviarás una postal de Dubái para navidad. ¿Qué tal?
Irina tragó saliva y comprendió que todo dependía de que guardara silencio y fuera discreta.
No diría nada por supuesto. Pero seguía sin saber si podría confiar en ese italiano de mirada maligna.
¿Qué diferencia había si la obligaba a dormir con él a cambio de protección y ponerla a salvo de la mafia?
¿Que lo haría con uno y no con varios? Menudo consuelo.
Ella no era una ramera, era una chica refugiada intentando labrarse un porvenir, trabajando en negro con la esperanza de poder tener los papeles algún día.
Si se casaba con el italiano tendría eso y mucho más, pero ciertamente que la asustaba casarse con un extraño.
Pero Irina sintió que ya no era la misma, que ese cautiverio no sólo había alterado los nervios, también la había cambiado. Esos demonios la habían atormentado de mil formas manteniéndola allí presa.
Y su única esperanza era ese hombre que quiso comprarla el día de su llegada.
Se estremeció al pensar que todo era por sexo, y lo mismo que la llevó a esa horrible cárcel también podría liberarla, pero sólo en apariencia.
No sabía qué le depararía el futuro junto a Alessandro y tampoco tenía la certeza de que cumpliría su palabra y la convertiría realmente en su esposa.
¿Y si también mentía? ¿Si todo no era más que una estratagema para que confiara en él y así aprovecharse de ella?
Lloró al pensar que prefería acostarse con ese demonio de ojos negros que irse a Dubái y ser la concubina de un barbudo que le haría cosas mucho peores.
Además, no le gustaba nada Dubái ni los países árabes donde las pobres mujeres no tenían derecho a nada.
Esos hombres barbudos de túnica la asustaban y eso que ella no solía ser melindrosa.
Pero del italiano podría escaparse y del jeque de Dubái, no. Seguramente ese hombre coleccionaría concubinas de otras razas y no quería ni pensar en eso, la aterraba.
Pietro le dijo que guardara silencio con un gesto.
—Te ayudaré a salir de aquí pero no digas nada. Nos vigilan y a ti te vigilan todo el tiempo. Hay cámaras por eso debes hablar bajo—le advirtió.
Irina lo miró desde su cama, empezaba a dormirse y le costaba mantener los ojos abiertos. Luchaba por no dormir.
—¿Trabajas para Alessandro? —le preguntó.
Pietro sonrió.
—No, pero me paga bien y necesito una extra.
Estoy ahorrando para tener mi propio gimnasio y abandonar este negocio de porquería.
Es un asco trabajar aquí. Ver a esas chicas…
yo no soy como ellos. Tomo antidepresivos para soportar esto.
Como mi hermano que es enfermero y trabaja en el CTI de un hospital y ve morir niños todos los días. Él me da las píldoras.
Eso la interesó de inmediato.
—¿Y por qué entraste aquí si eres diferente a los otros?
—Porque quería tener mi negocio y empecé a salir con mujeres necesitadas de sexo, viejas o jóvenes, ahora las mujeres descubrieron que es mejor pagar y tener lo que desean que liarse con hombres que las usan, las dañan y le sacan el dinero, yo soy todo un caballero con ellas y tengo clientas fijas.
Ítalo me consigue mujeres guapas de otro nivel que pagan mucho y como una extra vigilo a las chicas de aquí.
Irina no podía creerlo. Era un gigoló, se acostaba con mujeres adineradas que le pagaban bien. Jamás había conocido a uno y se quedó tiesa y despierta mirándole sintiendo que todo el sueño se le había ido.
—Eres …un gigoló. Rayos. no pensé que los hombres… creí que los gigolós dormían con hombres.
—Algunos sí, a mí me gustan las chicas, no salgo con hombres, aunque me han tratado de tentar, no es lo mío.
—Pero ¿quieres salir de esta vida?
Él asintió.
—Por supuesto, soy un hombre de principios, tengo moral, quiero un día tener una esposa e hijos, ser decente, pero antes debo labrarme un porvenir, tener qué ofrecer a una esposa.
—Ha de ser horrible trabajar aquí, ver cosas, pero no imagino que sufras por dormir con mujeres por dinero.
Él sonrió con picardía.
—No lo hago todo el tiempo, lo hacía antes, ahora soy el perro guardián de aquí.
—¿Las chicas de aquí fueron raptadas como yo?
—No… muchas trabajaban en una esquina, eran de una mafia menor que las explotaba y golpeaba.
Pero Ítalo no es malo en ese sentido, las rescató de las calles y las cuida.
Pero algunas se drogan y contra eso no puede hacer nada.
Muchas entran en este negocio a través de las drogas, empiezan con sexo por web cam, pequeñas cosas y terminan ganando mucho más cuando se acuestan con hombres directamente.
Esto es así y hay muchas que también están ahorrando para salirse.
No quieren vivir de esto toda su vida. Es un trabajo insalubre en muchos aspectos.
Te agota y desmoraliza. Te sientes como un trozo de carne, una cosa y no una persona.
Hace años que no hago el amor con una mujer y eso me carcome, me gustaría tener una esposa bonita como tú pero que no me pegue.
Irina se sonrojó.
—Lo siento, pero soy cinturón negro en karate y aikido. Traté de defenderme, de escapar.
—Sí, eres muy buena pegando, por suerte no eres hombre o me habrías matado…pero a mí me gusta más el combate en la cama y no los golpes duros de karate.
Irina lo miró y sonrió por primera vez en días.
—Deberías pensar en dejar esta vida ahora, no es tan malo ser pobre ¿sabes?
La mayoría de la población mundial de este mundo lo es, por un puñado de billonarios hay millones y millones de personas pasando hambre.
Aquí no hay tantos pobres, en mi país hay muchos más.
Pero la tranquilidad de dormir y sentirte en paz con Dios y contigo mismo, eso no tiene precio.
Lo que hacen aquí es criminal y un día los atraparán, siempre los atrapan.
Y terminarán tras las rejas, no querrás terminar así.
—A Ítalo no lo van a agarrar nunca, tiene amigos arriba, sus mejores clientes son millonarios, jueces… te sorprendería saber cuánto loco millonario anda por aquí merodeando para llevarse una chica. Él tiene la fama de tener las más guapas y frescas, por eso vienen.
—No me sorprende nada a esta altura. ¿Pero Alessandro… quién es él?
El joven gigoló guardó silencio.
—Ese es un misterio que tendrás que descubrir.
—Dime algo.
—No, no puedo. Ya he hablado demasiado. Sólo guarda silencio y no digas nada o lo arruinarás.
—No lo haré, no soy estúpida, pero quería saber.
—Ya lo sabrás a su tiempo… pero tranquila, tienes un hombre que velará por ti y te cuidará. Me encantaría ser ese hombre, pero no soy millonario.
—Y además eres un inmoral. Y no me gustas.
Él rio tentado.
—Bueno, está bien… pero estoy de tu lado ahora. A pesar de que me diste unos cuantos golpes, te ayudaré. No digas nada, duérmete que vendrán a ver si estás dormida dentro de poco.
—¿Crees que Alessio podrá rescatarme?
—Haría lo que sea por ti, está enamorado, loco de amor y deseo y ya sabes lo que es capaz un italiano enamorado. Bueno no lo sabes todavía, pronto lo sabrás.
Le sonrió de forma secreta y Irina pensó que es italiano tenía dos caras, por un lado, quería salirse de esa vida corrupta y por el otro parecía divertirle terriblemente ser parte de ella.
Era un bandido como todos los italianos y se le iban los ojos con las chicas que decía “cuidar” y sin embargo fue el único que se le acercó a conversar y hasta le abrió su corazón al confesarle que un día quería tener una esposa e hijos.