Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) Cautiva
22%

Cautiva

Los días pasaron, uno igual a otro. Pero al menos empezaron a autorizar salidas al spa para mantenerse en forma y mucho líquido para expulsar los sedantes.

Pero por ahora no podía hacer nada, nada más que esperar.

Fue al gimnasio en la mañana porque le hacía bien. La ayudaba a despejarse.

El italiano había dicho que la ayudaría a escapar, pero no le dijo a cambio de qué y eso le daba vueltas en la cabeza.

Pensaba en él todo el tiempo y sabía que no tenía más alternativa que aceptar lo que él le ofreciera siempre y cuando no significara que se convertiría en su esclava sexual ni nada de eso.

—Hola preciosa.

Su voz la dejó inquieta, no lo había visto aparecer y de pronto lo vio allí con shorts deportivos, remera y un gorro. Lo miró asustada, sorprendida, no se había dado cuenta que fuera tan alto y atlético.

Y de pronto se le acercó y le dijo algo al oído en ruso: “chica hermosa te amo”.

Ella se crispó y sintió su perfume impregnar sus sentidos al tiempo que él le sonreía y desaparecía hacia uno de los aparatos para marcar los brazos.

Trató de no mirarlo, pero sintió curiosidad.

Se veía distinto vestido así y notó que era un hombre guapo y musculoso, fuerte pero no sabía si era como Ítalo, otro proxeneta queriendo robarle a una de “sus chicas”.

Tembló al pensar que era una forma de atraerla y embaucarla.

De seducirla y luego… venderla a sus clientes.

Porque él parecía ser cliente, pero en verdad que nunca lo vio con ninguna chica y no entendía bien el vínculo que tenía con Ítalo Crespi.

Podía ser su amigo, su socio o un simple cliente.

Algo dijo de él la señora rubia que la cuidaba, sobre que le gustaban mucho las rubias extranjeras y otra dijo que si la atrapaba estaría frita.

Irina se concentró en la caminadora, no se sintió con más energía para hacer algo más.

Luego se fue, no quería que la vieran hablando con ese hombre, todavía no sabía qué esperar, pero cuando se marchaba él se le apareció y tropezaron.

La miró fijamente y le dio un refresco mientras le decía “mañana hablaremos”.

Sintió que su piel era suave y cálida y su perfume, su charme muy seductor. Pero estaba llena de dudas y no pensaba aceptar nada.

*********

No sabía por qué él siempre aparecía cuando estaba durmiendo o descansando y sola, se las ingeniaba a para llegar cuando no había nada. Se preguntó si alguien le avisaba o cómo diablos…

Lo vio aparecer de traje y con una maleta pequeña y pensó que se veía como un ejecutivo de la cita. Estaba nervioso, inquieto.

—Van a llevarte antes de lo esperado. Están moviendo todos los contactos, pero algo pasa con el inglés, parece que no quiere pagar lo que piden.

—¿Entonces no me venderán?

Él sonrió.

—Ni sueñes, buscarán otro comprador y lo tienen… es un árabe. Un millonario petrolero de Dubái.

Irina no se sorprendió, ya lo sabía, pero se preguntó cómo lo sabía él.

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Cómo es que sabes tanto de esto? –quiso saber.

Él la miró muy serio y guardó silencio por unos minutos.

—Porque tengo espías aquí, cielo. Me cuentan cosas.

—¿Tú eres uno de ellos, ¿verdad? Eres un mafioso.

Sintió que su voz temblaba, porque era su única salida, la única forma de escapar de ese horrible cautiverio, de ser vendida.

Él se acercó y tomó su mano y la apretó con suavidad y la miró fijamente.

—No, no soy uno de ellos. No soy un proxeneta. Sólo quiero que seas mía.

—¿Por qué? ¿Por qué te molestarías tanto? Tienes chicas mucho más guapas que yo… hay otras. ¿Por qué ayudarme ahora?

—Te vi en la subasta y quise comprarte, no lo niego.

Me quedé tonto cuando te vi y luego Ítalo dijo que estabas allí por error y me crispó.

Iba a llevarte esa noche, quería hacerlo y los seguí, rayos, me volví loco.

No quiero hacerte daño, pero te quiero a ti.

También necesito una novia preciosa. Me siento muy solo, llevo años saliendo con rameras, estoy harto de lo fácil.

—¿Una novia?

Por primera vez le decía lo que quería. Y no era lo que había esperado por supuesto.

—¿Y viene a un burdel a conseguirse una novia?

—Bueno, no vine a eso, pero te vi y pensé que serías apropiada. Estabas vestida de blanco y te veías tan dulce y frágil. No imaginé que fueras tan brava.

Irina tembló al recordar ese beso y pensó que ese hombre tenía un magnetismo especial.

—Esto es muy inesperado y no sé qué pensar, no sé si creerle. ¿Usted no me conoce, por qué cree que sería una novia adecuada?

—Porque es dulce, hermosa y, además, creo que es virgen. ¿No es así? Por eso Ítalo la mantiene aislada de las demás, como una joya, una perla escondida.

Irina se sonrojó, tenía veintidós años y el sexo la asustaba.

Durante años vivió muy encerrada en su casa, criada de forma muy estricta y luego en Italia vio que el mundo entero era un relajo.

Italia era un relajo de amor, sexo, cuernos, comida picante y allí nadie se guardaba virgen a su edad, nadie.

Al hablar con las chicas refugiadas supo que dos de ellas eran vírgenes, pero las demás habían tenido novios, no un novio sino varios y sin sentirse rameras para nada.

—Es verdad. Por eso me eligió supongo.

—No sólo por eso. La quiero a usted y prometo que le daré una nueva identidad para que ese bandido nunca la encuentre y la deje en paz. Todo esto quedará en el pasado. Sólo tiene que aceptar porque no me llevaré una mujer a la fuerza, no soy un bandido.

Irina se sintió mareada y aturdida. Pensó que tal vez lo estaba soñando. No podía ser cierto.

Los ojos negros del italiano brillaron.

—¿Entonces acepta? ¿Acepta ser mi novia, preciosa? ¿Qué dice? ¿Acepta?

—Sácame de aquí, por favor. Seré su novia, lo prometo.

—Era lo que quería escuchar. Una palabra tuya y seré el genio que salga de la lámpara para cumplir tus deseos—dijo—Como tú digas mi futura esposa, seré tu fiel servidor, tu esclavo, lo prometo.

Y tras decirle eso le dio un beso ardiente y fugaz y se marchó.

Se hizo un silencio de repente.

Irina lo vio irse sin saber qué pensar. ¿Su esposa? Quería que fuera su esposa y eso era demasiado raro y novelesco. Claro que la boda podía ser falsa y enterarse que él sólo quería sexo con una chica guapa y virgen. Si le hubiera dicho que sólo quería su virginidad lo habría entendido, pero eso…

No. Peor era ser llevada a un país extraño para ser inseminada por un hombre millonario y cruel, mezquino. Peor era ser vendida para que ese loco inglés cobrara su herencia.

No podía detenerse a pensar, no podía tener escrúpulos en el lugar más corrompido del planeta donde las mujeres se vendían como cosas, por sexo, por compañía, por placer de un par de locos dispuestos a pagar mucho por una mujer. Como si fuera una apuesta.

Esa noche no pudo conciliar el sueño. No dejaba de pensar en el italiano y en su propuesta tan blanca y decente. La quería como su esposa porque se había hartado de la vida licenciosa, de dormir con rameras y quería una mujer decente, una esposa virgen.

No había nada mejor y lo sabía, no había otra alternativa para ella, era eso o ser inseminada y de eso no podría escapar, del italiano sí escaparía, pero del inglés no…

Irina pensó que había aceptado casi sin garantías.

Antes de irse con el italiano debía regularizar su situación y ganar dinero para enviar a su familia.

Ítalo había amenazado con raptar a su hermana también.

Eso no podía pasarlo por alto, era un hombre muy malo, y poderoso, tenía un montón de rufianes trabajando para él. Cómo diablos haría para escapar.

Los días pasaron lentos y notó cierto nerviosismo en Ítalo y los demás, el italiano estaba de mal talante y se preguntó si habría algún cambio de planes. Hasta que esa tarde escuchó hablar a la señora rubia sobre el jeque de Dubái y tembló.

Alessandro tenía razón, iban a venderla. Algo debió salir mal con el inglés, la demora lo exasperó o algo más que le negaban…

Su situación era desesperada y debía avisarle a Alessandro. Y confiar en él, algo de lo cual no se sentía segura.

Miró a la mujer rubia y a Pietro conversar en privado y luego mirarla con fijeza y murmurar.

Tuvo ganas de correr, de gritar, pero claro, la encerraban sin nada en la habitación, sin nada que pudiera usar para defenderse y la mitad del día estaba sedada.

Debían drogarla cuando le daban comida o jugos, siempre tenía sed y bebía mucha agua esperando que el efecto pasara.

Pero nunca se iba del todo y terminaba dormida en un sillón, tirada sin hacer nada.

En algún momento de ese trance vio a Alessandro entrar en su habitación sigiloso y decirle:

—¿Lista para irnos, Irina?

Ella asintió, pero no podía hablar, no podía moverse.

Él la miró con una sonrisa, pero luego desapareció y no sabía si era real o era un sueño, volvía a estar bajo el efecto de la droga que la mantenía constantemente dormida y alucinando cosas.

De pronto se despertó y se encontró con la habitación en penumbras y a Pietro mirándola. Ese desgraciado siempre estaba vigilándola, pero no se atrevía a hacerle nada, pero su mirada era de deseo y lujuria. Y también burla. Como si disfrutara el verla así, cautiva y encerrada sin poder hacer nada.

Apartó la mirada temblando, en ese estado no podría defenderse ni hacer nada.

Atrás quedaba la Irina que sabía aikido y daba palizas a sus contrincantes en el gimnasio, ser cinturón negro de karate además no le había servido de mucho para lidiar con esos sinvergüenzas.

Ni siquiera veía bien en esos momentos y sentía las piernas dormidas y los brazos pesados.

Malditos somníferos que la tenían estúpida todo el día, tenía que escapar.

—Quieres escapar ¿eh? —le preguntó Pietro sin animarse a acercarse todavía. El idiota le tenía un poco de miedo y aunque la miraba y la miraba no se animaba a dar un paso más.

—Sí—respondió ella—¿Quieres ayudarme?

Él sonrió levemente.

—No puedo, tesoro. Él te quiere para él y me mataría si interfiriera—declaró.

Irina se estremeció.

—¿Él? ¿Quién es él?