Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) La chica rusa #3
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La chica rusa #3

—¿Y tú puedes librarme de eso? ¿Cómo rayos lo harías?

—Él te dejará en paz cuando estés conmigo preciosa. Lo hará. Cuando sepa que estás conmigo desistirá, sabe con quién meterse y no se atrevería.

—Pero tú intentaste comprarme y él te sacó corriendo, lo hizo. De haber sido tan temible te habría dejado.

—No quise insistir delante de él porque lo conozco, sé cuándo es el momento de tener lo que deseo. Además, no lo haré sin tu aprobación, no soy un pervertido. Nunca he forzado a una mujer.

Parecía sincero, pero… ciertamente que Irina no sabía en quién confiar, en ese antro todos estaban locos y eran muy malos. Lo pensó un momento y de pronto dijo:

—No dormiré contigo para escapar de ese demonio, no lo haré. no soy una ramera, nunca…

—Sí, lo sé, sé que eres una chica buena que trabajaba de modelo y que él te tendió una trampa para secuestrarte.

Sé todo. Pero ahora estás atrapada. Te llevarán a Londres como una incubadora.

Ni siquiera tendrás sexo con ese inglés, vive con un hombre y es gay.

Pero como el tío lo sabía le puso esa trampa en el testamento.

Creo que el sexo no será el problema, no te tocará estoy seguro de eso, pero sí van a inseminarte para que tengas al heredero.

Para eso te quieren y no será sólo uno, tendrás dos por lo menos por si uno fallece.

—¿Qué? Pero no entiendo pensé que quería una mujer…

—¿Una bella esposa para tener sexo a diario?

Te mintieron. Eso querría un italiano, no un inglés.

Ya sabes el dicho. Son isleños, son gente rara.

Más del cincuenta por ciento de los hombres ingles son gays, son la comunidad gay más fuerte que existe en el mundo junto con los de San Francisco, que son de sangre inglesa en sus orígenes…

Irina sintió que todo era peor de lo que pensaba.

¿Por eso quería una esposa, para incubarle un heredero?

¿Por qué no alquiló un vientre? Porque claro, debía exhibir a su esposa y demostrarles a sus abogados que había cambiado y ahora era un hombre heterosexual y respetable.

Y ella no quería ser madre, no quería tener un hijo así, era horrible.

Por supuesto si le ofrecían tanto dinero era por algo.

—Es horrible, no lo soportaré. No quiero ir con ese hombre—dijo.

—Entonces acepta mi ayuda, principessa, deja de pensar tanto.

—¿Tu ayuda? ¿Y a qué precio? Porque tú no me ayudarías si fuera una chica cualquiera.

—Te ayudo porque tú necesitas ayuda cielo. Pero calla, alguien viene. Luego hablaremos bien de esto. Y algo más, antes de irme: bebe mucha agua, toda la que puedas, eso hará que las drogas pierdan efecto y estés más despierta. Hasta pronto cielo…

Y no dijo más y se fue, sigiloso, como había ido y ella se comió el helado, famélica y miró nerviosa a su alrededor.

Una chica joven apareció con una bandeja mirándola con miedo.

—No hagas nada rusa, si me pegas o algo juro que te dejo de nuevo sin comida y la tiro a la basura—le advirtió.

Irina la miró inquieta.

—¿Acaso te he pegado? No lo recuerdo.

La chica estaba furiosa, era bajita y muy delgada, pero estaba en actitud alerta.

—Sí, tengo un chichón en la cabeza por la última vez que me pegaste.

—Lo siento mucho, es que me tienen aquí drogada y encerrada, no recuerdo nada… sólo que no he comido en días.

—Bueno, te pasas el día durmiendo y luego me pegas. ¿Qué quieres? Aunque tú eres rusa, las chicas como tú son rubias, gordas, fuertes y pegan feo.

Irina soportó que la llamaran rusa gorda y violenta para poder comerse todo lo que había en la bandeja, un plato de garbanzos, queso, carne y picante que era una especie de plato caliente de invierno que comían mucho en ese país.

Cuando se quedó sola se sintió más repuesta.

Bebió agua como le dijo el italiano y se preguntó si realmente la ayudaría.

Tenía que salir de ese lugar, odiaba estar encerrada y ahora que sabía que la entregarían a un inglés gay que vivía con su novio en una mansión sólo para engendrarle un hijo …

pues pensó que eso era lo peor que podían hacerle.

Un hijo no, dos. Y no es que le importara que fuera gay y que no fuera a tocarla le daba mucho alivio, pero… no iría con él y punto.

Pensó que no lo soportaría, ni por un millón ni por nada.

—Bueno, al fin te veo despierta, Irina. Rayos, te ves con mejor aspecto.

—dijo el italiano barbudo entrando en escena.

Ítalo Crespi. El bandido que parecía un osito, pero era muy malo según sus chicas.

Tenía los ojos brillantes, tomaba y fumaba porros todo el tiempo.

Se preguntó si no se daba con algo más fuerte como los demás.

Todavía andaba merodeando ese tipo al que le había dado una paliza el primer día, y aunque no tenía un ojo negro estaba siempre rondando.

Tal vez quería que volviera a pegarle, no lo entendía. Manga de sátrapas esos hampones.

—¿Cuándo me llevarán? —preguntó sin rodeos.

Ítalo sonrió.

—Bueno, yo quisiera que fuera mañana pero el inglés todavía no me ha pagado lo que me debe así que estoy haciendo otra negociación con un jeque de Dubái que me tienta más. Pero eso llevará uno días.

Irina debió sentirse aliviada, pero ocurrió exactamente lo contrario al enterarse de lo del jeque de Dubái.

—¿Un jeque? —balbuceó.

—Sí. ¿Te gusta Dubái? Es una ciudad hermosa, llena de lujos y bellezas naturales.

Irina pensó que las cosas iban de mal en peor, ¿cómo podía estar contenta de ser vendida como una cosa y de que había una nueva negociación?

Pensó que debía quedarse allí y se crispó. Tenía que escapar de ese lugar, tenía que largarse. No podría soportar ni un día más de encierro. Tenía los nervios destrozados y su propio cuerpo lo sentía pesado, drogado, vaya a saber qué porquerías le estaban dando.

—Quisiera dar un paseo, salir. Por favor. Llevo encerrada aquí demasiado tiempo—se quejó.

El italiano no la oía, hablaba por teléfono mirando por la ventana.

Cuando dejó el celular la increpó y ella volvió a decirle que quería salir a tomar aire.

—Bueno, eso dependerá de ti, rubia. De que te sepas comportar.

Deja de pegarle a todo el mundo, al jeque no le gustará.

Tendrás que llevar un turbante y aprender a bailar la danza del vientre.

Veremos qué pasa con eso, por ahora lo más seguro sigue siendo el inglés.

Modera tu genio y te dejaré salir un rato.

Irina no dijo nada, le convenía guardar silencio.

Esos tipos no se andaban con vueltas y si se mostraba rebelde volverían a dejarla atada y drogada.

Trató de distraerse cuando más tarde apareció la señora gorda y le encendió la televisión. Quería ver algo sin pensar olvidarse de donde estaba y olvidarse de lo que planeaban hacerle.

Llevaba días encerrada en ese hotel, días enteros y tenía la sensación de que eran siglos.

Se preguntó si su familia la estaría buscando, si ese italiano habría hecho algo al respecto, inventado algo para que en su trabajo no echaran de menos su ausencia.

No había podido hablar de ello, porque estuvo drogada y dormida, sin saber si lo que pasaba a su alrededor era sueño o era real. Eso la angustiaba.

Pero ese día no podría hacer mucho, más que mirar televisión y descansar.