Vendida al mejor postor (Romance con el millonario mafioso italiano nº 1) La chica rusa #2
17%

La chica rusa #2

—Calla Laura, no asustes a la chica. Ella no sabe nada al parecer.

—¿De qué no sé nada?

Ellas se miraron y guardaron silencio. Irina comió una manzana que había en el aparador y se alejó para mirar televisión. Mejor sería no hacer nada todavía hasta no estudiar el panorama.

De pronto entró un hombre y le dijo que debía ir con las demás.

Le dijeron que debía prepararse y ella sin saber dejó que la maquillaran y vistieran de prisa.

Fue como un show, la llevaron con las demás a una pasarela, como si fuera un desfile de modelos. Para exhibirla, para mostrarla. Como si fuera una cosa, una mercancía.

Tembló al ver al os hombres sentados en butacas, guapos, jóvenes y muy ricos. De varias nacionalidades al parecer a juzgar por su atuendo mirando a las chicas. Al parecer no era la única en esa subasta y no podía entenderlo pues el barbudo había dicho que la vendería a un inglés millonario.

¿Estaría él entre la concurrencia?

Miró de soslayo la concurrencia y sintió una ira furiosa crecer en su interior. Malditos buitres, malditos cerdos enfermos y despreciables, tener que pagar para tener a una mujer.

A ella la habían vestido discreta, con un vestido blanco como de novia, y con poco maquillaje. Las otras llevaban vestidos más sexys y atrevidos.

Una a una pasó y se acercaron a los hombres para que las vieran, pero cuando llegó su turno no lo hizo. Pasó y sólo quiso salir corriendo, pero entonces alguien gritó. Un hombre del público se le acercó y se le plantó enfrente cerrándole el paso.

—Ven, a ven aquí Principessa, déjame verte—le dijo y la agarró del brazo para que no pudiera escapar.

—Preciosa, Irina.

Ella lo miró aterrada y quiso escapar, pero ese hombre era fuerte y se quedó allí mirándole sin saber qué hacer.

Era italiano y vestía traje y era el hombre más atractivo que había visto en su vida.

Sus ojos oscuros eran penetrantes y sus rasgos, era como el modelo de hombre italiano guapo y viril, fuerte.

¿Qué hacía ese hombre allí? ¿Por qué estaba con los demás tratando de comprarse una mujer? ¿No tenía alguna chica para salir?

—Déjeme, estoy aquí por error, me secuestraron. No debo estar aquí—le dijo ella nerviosa.

Él le sonrió, nada conmovido por sus palabras, la miraba a ella con detenimiento como si fuera a devorarla.

—Ayúdeme por favor.

El desconocido se acercó y le robó un beso.

—Lo que tú digas, Principessa.

Irina se alejó molesta y furiosa, para él no era más que una mujer guapa con la que deseaba dormir, no era nadie, no era nada. ¿Por qué le importaría que fue llevada allí a la fuerza? Tal vez ni siquiera le creía.

Pero mientras corría el italiano gritó algo y fue tras ella.

—La quiero, resérvamela. No quiero que esté en la subasta. Ya es mía.

El guardia intervino.

—Fue un error, Irina no forma parte de la subasta. Esta chica fue reservada.

—¿Reservada? ¿Por quién? ¿Qué diablos?

El italiano enfureció y no quería dejar que se fuera, al parecer ya quería llevársela a un hotel para hacerle cosas. desgraciado. ¿Qué se creía que era?

—Ítalo ya la vendió, seguramente fue un error que estuviera aquí.

—Quiero hablar con tu jefe ahora y no te lleves a la chica. Va a ser mía.

Irina lo apartó furiosa y le hizo una llave de aikido para escapar. Realmente estaba fuera de sí y ante el golpe el italiano chilló y se agarró la pierna y la liberó.

Ella corrió para evitar represalias, pero fue atrapada al llegar al hotel y reprendida por una mujer rubia gorda muy maquillada.

—Estás loca? Golpeaste al conde Manfredi. Ítalo te lo hará pagar.

¿Un conde italiano en ese antro? Rayos, esos nobles eran todos unos pervertidos.

—Quería llevarme, me besó. Es un cretino.

—Es el hombre más rico de Italia estúpida y si te quiere te tendrá. Rayos, se ve que le has gustado, mordió el cebo enseguida.

Irina no entendía nada hasta que apareció Ítalo furioso por todo lo que había pasado.

—¿Quién metió a la rusa en el desfile? Están locos. Ahora Manfredi la quiere y está desesperado buscándola. Escóndela vamos porque si la ve aquí se la llevará y no podré hacer nada. ¡Maldición! No era para él, era para el inglés.

Al menos no la castigó por haberle pegado a su mejor cliente. Estaba demasiado enojado por el error que cometieron al llevarla a la subasta.

Tuvo que abandonar el edificio en un auto, minutos después y huir, no sabía a donde, y era irónico que esos raptores bandidos estuvieran escapando de alguien.

*******

Despertó aturdida y dolorida, pensando que todo había sido un sueño, pero esa horrible sensación de desconcierto al despertar se repitió los días siguientes. La angustia, la rabia y el miedo se mezclaban con la tensión.

La llevaron a un lugar para tranquilizarla porque sufrió un desmayo repentino.

Se sintió rara de repente y se preguntó si no la habrían drogado pues se sentía rara, siempre con sueño y como aturdida.

Dormía se despertaba y oía voces. Al parecer la mantenían escondida para algo.

Por ese italiano que al parecer la quería y ella ya estaba reservada para el inglés…

pero al menos no la lastimaron, la dejaron tranquila, aunque estar cautiva ya era de por sí una horrible tortura.

Lo que pasó los días siguientes fue como un sueño inquietante y repetido. Como un bucle. Siempre volvía a lo mismo. Fue sedada y encerrada y en sus sueños lo vio a ese hombre, el de los ojos negros yendo a verla más de una vez.

Su presencia la asustaba porque también veía a las otras chicas allí cerca conversando entre ellas sin saber si era verdad.

—Si quieres puedo salvarte de esto, preciosa. Ese inglés es un loco y te hará mucho daño. Alessandro Manfredi es mi nombre. Soy un hombre bueno que sólo busca una dulce chica para compartir mi soledad.

Ella lo miró aturdida porque sí, era él, el guapo millonario de la subasta y estaban solos en la habitación. No sabía cómo se había metido allí, pero lo hizo.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué hace aquí? —balbuceó aterrada.

Sentía las piernas pesadas y no se podía mover.

—Vine a visitarte a escondidas, mira, te traje helado de chocolate. Come…

Ella vio el pote de helado y sintió que se le hacía agua la boca, llevaba días sin comer, alimentada con agua y alguna fruta. No sabía por qué o si comía y luego se olvidaba, pero… tomó el helado hambriento y miró al desconocido.

—Usted es el hombre malvado de la subasta, lo recuerdo bien—balbuceó mientras comía el helado y lo miraba.

Él sonrió.

—No soy un hombre malo, preciosa, sólo soy un hombre que te ama en silencio con una triste desesperación.

Irina pensó que ese hombre quería animarla diciéndole galanterías como cualquier italiano. Ellos sí sabían decir cosas bonitas e ingeniosas a las mujeres, aunque no fueran ciertas. Pero ella le temía y apartó la mirada.

—Me secuestraron, me trajeron aquí y me han tenido sedada, no puedo moverme, me pesan las piernas.

—Es para no te escapes. Pero yo puedo ayudarte a escapar de esta horrible mafia, cielo. Podrás ver a tu familia en Rusia y saldrás de esto. Pero deberás confiar en mí. Tengo contactos, amigos, no te tocarán si vienes conmigo.

—¿Si voy contigo? —su voz se quebró—quieres comprarme como esos hombres, llevarme para que sea tu esclava o algo así. No… prefiero morir. No resistiré esto, en cuanto logre escapar me lanzaré de algún lugar, pero…

—No, no digas eso. sé fuerte. Resiste. Lamento mucho lo que te hicieron fue horrible, lo hacen sólo en casos extremos. Ítalo no secuestra chicas, el inglés debió ofrecerle algo muy bueno para que lo hiciera.

—¿Que no secuestran chicas?

Bebió agua sedienta y cerró los ojos para contener el mareo.

—No, no lo hacen. Están aquí porque ganan muy buen dinero. Algunas son traídas con engaños, es verdad. pero es raro que secuestre, no le gusta hacerlo porque detesta llamar la atención de la policía.

—El la explota, algunas están delgadas y enfermas, yo lo vi. A mí me ha drogado y me mantuvo amordazada.

—Intentaste escaparte tres veces y golpeaste muy fuerte a uno de sus hombres primor, y además vales un millón de libras. ¿Qué querías?

—Y tú estás de su lado ¿verdad? Tú eres como él ¿y qué quieres de mí? ¿Venderme como hizo él? ¿Tienes otro comprador? —su voz se quebró porque estaba harta de eses encierro y si tenía la primera oportunidad de escapar la aceptaría, pero…

—Tranquila muñeca rusa, estoy de tu lado por supuesto. Claro que sí. Quiero ayudarte a escapar. Pero si lo hago correré un serio riesgo. Ítalo me matará por robarme a su chica más valiosa. Así que tendrás que darme algo que valga la pena.

Ella lo miró aturdida, asustada, porque, aunque ese hombre parecía sincero le tenía miedo por su aspecto recio y esos ojos, esa mirada oscura tan fuerte y maligna.

—¿Tú me ayudarías a escapar de esto? ¿Realmente puedes hacerlo?

—su voz cambió. Quería escapar, quería salir de ese horrible lugar porque viajar a Inglaterra y casarse con ese inglés no podía ser la historia de la Cenicienta, seguramente era un depravado.

Si la necesitaba para limpiar su nombre era porque el suyo estaba muy sucio.

Miró al italiano y lo vio muy seguro y decidido.

—Lo haré, vine a hablar contigo. No tengo mucho tiempo. Si aceptas vendré esta noche por ti. Lo prometo.

—No te dejarían, todo el tiempo me vigilan.

—Pero yo puedo entrar aquí sin ser visto, sé dónde están las cámaras y cómo eludir a esa golfa rubia que te cuida.

Tengo todo estudiado, hace días que lo estoy planeando, pero no te salvaré de estos demonios si tú no quieres.

Sé que corres riesgos si aceptas venir conmigo, pero al menos no tendrás que soportar a ese maldito vendiéndote una y otra vez como hace con sus chicas.

Eres muy valiosa para él, pues he averiguado que ese inglés sólo quiere una esposa de papel para cobrar una herencia y le dé un hijo.

Tendrás que darle un hijo para cobrar ese millón y para que puedas largarte, pero cuando lo hagas ¿crees que escaparás a Ítalo?

Volverá a venderte una y otra vez, o te traerá aquí a la subasta o te venderá como esposa de algún árabe.