Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 39
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Capítulo 39

Un auto redujo la velocidad a su lado, dos cuadras antes del portón de la mansión, la calle vacía a esa hora, los postes de luz más espaciados de lo que deberían. La ventanilla bajó.

—¿Perdida, linda?

Mia no dejó de caminar. No volteó el rostro.

Contó los pasos hasta la siguiente esquina iluminada —veintitantos, un hábito que volvía solo después de meses sin necesitarlo.

En la esquina del parabrisas, sin querer notarlo y notándolo de todos modos, había una calcomanía de una transportadora del Báltico —el mismo nombre de la ruta que Orlov había defendido en aquella reunión, meses atrás, antes de que Viktor le cortara la sonrisa con una frase y el silencio de toda la sala.

El auto siguió su ritmo, despacio, el motor bajo. —¿Ni siquiera vas a responder?

Dobló la esquina sin apurar el paso, el corazón latiendo con un ritmo que reconocía de otra vida, antes del casino.

El auto no dobló con ella —se frenó detrás, un faro iluminando de repente la calle a espaldas del auto extraño, un claxon corto, una frase en ruso que no entendía pero cuyo tono reconocía: orden, no pregunta.

El motor del primer auto aceleró. Desapareció por la esquina opuesta.

Mia miró hacia atrás. Un segundo auto, oscuro, ya llevaba ahí quién sabe cuánto tiempo —no se detuvo a presentarse, solo apartó al otro y ahora la seguía a unos metros de distancia, luces bajas, hasta que el portón de la mansión apareció al final de la calle.

La hoja que el hombre le había entregado a Viktor en el jardín, días atrás —doblada sin ser leída, guardada directamente en el bolsillo interior del saco— no había sido burocracia.

Era esto. Él ya sabía, antes que ella, que esa noche iba a necesitar un segundo auto.

Nadie bajó a hablar con ella. Nadie lo necesitaba.

El portón de la mansión seguía entreabierto —nadie lo había cerrado después de que ella saliera.

Uno de los guardias se movió en la sombra cerca del muro cuando ella se acercó, reconoció su rostro antes de reconocer sus pasos, y volvió a quedarse quieto sin decir nada. Nadie pidió identificación. Nadie avisó a Viktor por radio. Nadie hizo nada más que dejarla pasar.

Mia atravesó el jardín en la oscuridad sin contar los pasos, sin calcular la distancia hasta las cámaras, sin ninguno de los hábitos que había cargado durante las últimas semanas.

Le dolían las piernas de una manera que no sentía desde antes del casino —no por la caminata en sí, sino por la decisión de no detenerse a mitad de camino, cuando habría sido más fácil llamar al número que el asistente le había ofrecido en bandeja.

No le importó el dolor. Siguió caminando hasta el círculo de luz de la entrada.

Viktor estaba en la entrada.

No parado como solía hacerlo —erguido, manos atrás de la espalda, como si posara para un retrato que nadie había pedido.

Estaba recostado en el marco de la puerta, el saco colgado sobre el hombro en lugar de puesto, la corbata lo bastante floja para dejar de serlo.

La luz de adentro proyectaba su sombra larga sobre el camino de piedra, y él no se apartó de ella cuando Mia se acercó.

No estaba esperando ahí. Eso quedó claro en el segundo en que la vio surgir de la oscuridad del jardín —su cuerpo cambió de postura demasiado rápido como para haber sido planeado.

—Volviste caminando —dijo. No era una pregunta.

—Volví.

Ninguno de los dos se movió hacia el otro. La distancia entre el portón y la puerta era corta, pero ninguno la acortó primero.

—¿Por qué estás aquí afuera?

—No te estaba esperando. —Se detuvo, como si la frase hubiera salido antes de que él decidiera decirla—. Estaba aquí porque no podía quedarme adentro.

El celular vibró en el bolsillo del saco colgado sobre su hombro. No miró, no contestó, no le quitó el sonido —solo dejó que vibrara hasta que se detuvo solo, como si el mundo de afuera pudiera esperar, por primera vez en años.

Mia dio dos pasos. Se detuvo de nuevo, la misma distancia entre ellos ahora más corta, pero todavía completa.

—Me importas.

Dos palabras. Sin verbo compuesto, sin calificación, sin "a mí" al final para suavizarlo. No había planeado decirlo así —había planeado todo el camino de regreso lo que diría, había ensayado frases más largas, más seguras, y al final solo esas dos palabras sobraron cuando abrió la boca.

Viktor no respondió.

No movió las manos, no cambió el peso de un pie al otro, no parpadeó al ritmo normal.

El saco seguía sobre su hombro, olvidado.

Pasaron cinco segundos, diez, y seguía exactamente donde estaba cuando ella dijo la frase —como si su cuerpo hubiera recibido la orden de no procesar nada hasta tener la certeza de haber oído bien.

—Di algo —pidió ella.

Él no dijo nada por dos segundos más. Dos segundos, en ese silencio en particular, eran tiempo suficiente para que ella pensara en repetir la frase, en retroceder, en convertir la confesión en pregunta solo para tener algo más fácil de escuchar de vuelta. No hizo ninguna de las tres cosas. Esperó.

—Sé lo que soy.

No era una respuesta a la frase de ella. Era otra frase, colocada al lado, como si él estuviera intentando alcanzar algo que todavía no sabía nombrar y esa fuera la única cosa que había conseguido atrapar en el camino.

—Yo también lo sé.

Ella dio un paso más. Ahora la distancia entre ambos cabía en un brazo extendido.

—Leí el expediente.

La mandíbula de él se movió una vez, casi nada.

Otro paso.

—Leí los correos.

Sus manos, colgando junto al cuerpo, se pusieron más rectas —no puño, solo más rectas, como si algo por dentro se hubiera afirmado.

Viktor no retrocedió. Tampoco avanzó.

—Sé lo de Viena.

Eso lo golpeó de una manera distinta a las otras dos. Parpadeó una vez, despacio, y no dijo nada durante un segundo entero —el primer silencio suyo que no parecía calculado.

—Sabes lo que te conté sobre Viena. Y sabes de la transferencia que te dije que era para otra conversación.

Vaciló un segundo antes de la siguiente frase.

—Pensé que me iba a quedar sin respuesta para siempre.

Él no respondió a esa parte. No lo negó, no lo confirmó —solo el silencio, más largo que el anterior, todavía en el lugar donde lo había dejado.

Su voz no subía, no temblaba. Cada frase salía en el mismo tono bajo, casi administrativo —el mismo tono que él usaba cuando confirmaba un gesto sin defenderse.

—Lo sé todo.

Se detuvo frente a él ahora, lo bastante cerca como para ver el músculo de su mandíbula moverse una vez, sin soltar palabra alguna.

—Y volví caminando.

El silencio que vino después no estaba vacío —era del tipo que pesaba físicamente, que cambiaba la respiración de quien estaba dentro de él.

Viktor la miraba como si estuviera recalculando algo que llevaba meses calculando mal.

Sus manos, colgando junto al cuerpo, se cerraron despacio —no en puño, solo lo suficiente para que los dedos dejaran de estar sueltos.

Mia no apartó la mirada. No era desafío. Era solo que, por primera vez desde el casino, ya no tenía nada más que calcular.

—Deberías estar furiosa conmigo —dijo él, por fin. Su voz salió más baja que cualquier cosa que le hubiera dicho antes.

—Lo estaba. Estuve furiosa todo el camino hasta el café. Estuve furiosa bebiendo un té malo en una mesa cerca de la puerta. Estuve furiosa caminando de regreso, cada cuadra, hasta que los pies me dolieron más que la rabia.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy aquí, con los pies doliéndome y la rabia todavía en algún lugar, pero más pequeña que esto.

—Eso no es lo mismo que no estar furiosa.

—No lo es. —Mia no suavizó la palabra—. Sigo furiosa. Solo decidí que ya no vale más que esto.

Viktor soltó el aire —no un suspiro, algo más controlado que eso, como si estuviera liberando presión de un sistema que había aguantado demasiado tiempo sin válvula. El saco se resbaló de su hombro. Ninguno de los dos se agachó a recogerlo.

—Nadie había leído todo eso y se había quedado —dijo. No era una queja. Era un hecho que estaba probando en voz alta por primera vez, para ver si todavía era verdad.

—Yo leí todo eso y volví caminando. No es lo mismo que quedarse.

—¿Cuál es la diferencia?

—Quedarse es no haber elegido irse primero. Yo elegí irme. Fui hasta el café, me senté en una mesa cerca de la puerta, calculé la salida antes de pedir el té... y aun así volví. Eso es distinto a nunca haberme ido.

Él no respondió de inmediato. El silencio esta vez fue más corto, pero pesó igual.

—¿Qué esperabas que pasara? Cuando planeaste todo esto, meses atrás, antes del casino.

—No planeé esto.

—¿Qué, exactamente?

—Esto. —Hizo un gesto pequeño, casi nada, entre los dos cuerpos—. Planeé la deuda, el plazo, la propuesta. No planeé quedarme esperando a alguien afuera de casa, sin saco, sin ningún plan más que ver si iba a volver.

—¿Y si yo no hubiera vuelto?

Tardó en responder esa. Más que cualquier pregunta anterior.

—No lo sé. No llegué a pensarlo hasta que te vi ahí en el jardín, decidiendo si ibas a cruzar el resto del camino hasta aquí.

—Tenías el dinero de la consultoría. Tenías la calle libre. Podías haber ido a cualquier lugar.

—Podía.

—¿Qué te hizo volver?

Mia tardó en responder —no porque no lo supiera, sino porque la respuesta era más pequeña de lo que él probablemente esperaba, y no quería que sonara más pequeña de lo que era.

—Una mujer cambió el tenedor con su esposo sin mirar. Fue solo eso. Me di cuenta de que no tenía a nadie con quien intercambiar nada, y que la única persona que quería que fuera esa persona estaba aquí.

Viktor no se rio, pero algo en su rostro se relajó por un instante —no alivio, algo más parecido al reconocimiento, del tipo de expresión que no dejaba aparecer en las reuniones.

—Un tenedor.

—Un tenedor.

—Y volviste hasta aquí.

—Volví a ti.

No era la misma frase de antes, y ambos lo sabían.

Viktor dio un paso. Fue su primer movimiento desde que ella había aparecido en el jardín —un solo paso, pero atravesó más distancia que cualquier cosa que se hubieran permitido desde el pasillo, cuando sus manos se soltaron despacio y él se dio la vuelta primero, sin decir nada más.

Levantó la mano —no para tocarla, se detuvo de nuevo, a mitad de camino, como si todavía estuviera decidiendo si tenía derecho a terminar el gesto.

Mia no retrocedió. Tampoco avanzó. Dejó la mano de él ahí, quieta en el aire entre los dos, y esperó a ver qué hacía con el permiso que no había pedido en voz alta.

Él no terminó el gesto. Dejó caer la mano de vuelta junto al cuerpo. El gesto incompleto pesó más de lo que habría pesado un toque —se quedó ahí, entre los dos, como una pregunta que ninguno había formulado todavía en voz alta.

—¿Por qué te detuviste? —preguntó ella.

—Porque mereces decidir esto despierta, sabiendo exactamente qué estás decidiendo. No a mitad de una confesión, en la oscuridad, con las piernas todavía doliéndote de la caminata y la rabia sin haberse ido del todo.

—¿Y si decido ahora mismo de todos modos?

Él se quedó inmóvil durante cinco segundos.

Luego:

—Entra.