Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

La puerta se cerró detrás de ella. No la de afuera —la de adentro, la de la entrada principal, cerrándose suavemente contra el marco.

Un guardia que pasaba por el pasillo lateral se detuvo en su lugar, los miró a los dos, y volvió a caminar sin decir nada. Meses atrás, cada movimiento de ella necesitaba un registro, un informe, alguien anotando en una libreta. Ahora nadie anotaba nada.

Viktor no encendió ninguna luz más allá de la que ya estaba prendida en el pasillo. Caminó adelante, sin mirar atrás para confirmar que ella lo seguía. Ella lo siguió.

Se detuvo en el despacho —no se sentó detrás de la mesa. Se quedó de pie cerca de la ventana, de espaldas al jardín oscuro, y esperó a que ella eligiera dónde quedarse. Mia se quedó cerca de la puerta, la misma distancia de siempre.

La casa estaba en silencio de una manera que ella no notaba antes —sin pasos de empleados, sin radio de guardia, solo los dos y el reloj de la pared marcando segundos que ninguno contaba en voz alta.

—¿Quieres tomar algo?

—No.

Él se sirvió un vaso de todos modos, no bebió, solo lo sostuvo, el hielo asentándose despacio contra el vidrio.

—Te voy a contar lo que pueda contarte. No es una disculpa. Es información —lo que estás eligiendo, si eliges.

Mia no se sentó. Cruzó los brazos, luego los descruzó, sin encontrar un lugar mejor para las manos.

—El auto de hoy. El de la calcomanía del Báltico.

—Orlov no va a mandar a nadie más. —Lo dijo sin ninguna satisfacción en la voz, solo el hecho, puesto sobre la mesa como cualquier otro dato—. Probó una vez para ver si yo seguía protegiendo lo que técnicamente ya no era mío proteger. Obtuvo la respuesta.

—¿Qué respuesta?

—La ruta del Báltico ya no es suya. —Viktor no elaboró, y el tono dejó claro que no lo haría.

—Empieza por el resto, entonces.

—La empresa fachada es la mitad de lo que hacemos, la parte que aparece en papel membretado y declaración de impuestos. La otra mitad ya debiste haberla juntado sola, leyendo lo que leíste. No voy a fingir que no existe.

—¿Qué pasa con la consultoría? Mi trabajo, quiero decir.

—Sigue siendo tuyo, si quieres seguir. Nadie te va a dar ninguna tarea que no hayas pedido.

—¿Y si quiero dejarlo?

—Lo dejas. Eso nunca estuvo atado al resto.

—¿Y si quiero seguir, pero solo el trabajo? Sin el resto de esto.

—También se puede. Prefiero que no sea así, pero se puede.

—Sigue.

—Ya les dije a los socios que te quedas. Antes de preguntarte a ti.

Eso la tomó por sorpresa de una manera que nada más en la conversación había logrado.

—¿Se lo dijiste antes de que yo decidiera?

—Dije que era posible. No dije que era seguro. Llevan semanas tratándote como si fueras permanente, desde antes de que yo mismo lo admitiera —yo solo dejé de corregir cuando alguien te llamaba así delante de mí.

—Eso significa que hoy ya era seguro para ti, antes de preguntar.

—Significa que yo esperaba. Esperar no es lo mismo que saber. Pasé meses esperando sin tener certeza de nada.

Giró el vaso antes de continuar.

—Eso significa que hay cosas que no puedo contarte —no porque no confíe en ti, sino porque contártelas te pone en un riesgo que no puedo deshacer después.

Bebió un trago, por fin. Dejó el vaso sobre la mesa con un cuidado exagerado, como si el ruido pudiera romper algo más frágil que el vidrio.

—Va a haber gente que te trate como si fueras parte de esto, aunque no lo seas. Va a haber reuniones que no voy a explicarte después. Va a haber noches en las que no esté aquí y no pueda decirte dónde estuve.

—Ya viví eso los últimos meses.

—Va a seguir pasando. La diferencia es que antes no habías elegido quedarte a verlo.

—¿Y cuando vuelvas de esas noches? ¿Qué hago?

—Nada. Solo esperas, si quieres esperar. Nadie te va a exigir explicaciones.

—Eso no responde la pregunta.

Él la miró un segundo antes de responder esa.

—Vas a saber que volví porque voy a entrar por la misma puerta por la que entraste hoy. Eso es todo lo que puedo garantizarte sobre esas noches.

Mia caminó hasta la estantería, pasó el dedo por el lomo de un libro sin sacarlo de su lugar —no el libro marcado que había encontrado meses atrás, uno cualquiera, un gesto para darles a las manos algo que no fuera esperar.

El reloj de la pared marcó otro minuto. Ninguno de los dos lo miró.

—¿Qué me puedes prometer?

—Que siempre vas a saber lo suficiente para protegerte. Nunca todo. Lo suficiente.

—¿Cómo sé que "lo suficiente" no se va a ir encogiendo con el tiempo?

—No lo sabes. Solo tienes lo que te diga hoy, y lo que haga después. Es la misma apuesta que ya hiciste al salir de ese café y volver caminando de todos modos.

—Eso no es mucho.

—No lo es. Es el máximo que es verdad. Si prometiera más, estaría mintiendo, y no voy a empezar esto mintiendo.

—¿Y si quiero salir de nuevo? No huyendo. Solo salir, como fui al café.

—Sales. Sin auto detrás, sin guardia contando los minutos. Ya demostraste que sabes volver sola.

—¿Y mi padre?

Viktor dejó el vaso de nuevo, el sonido seco contra la madera.

—No vuelve a entrar en esta casa. Eso no cambia, pase lo que pase entre nosotros dos.

Mia no preguntó nada más sobre Carmine. La respuesta ya había cerrado el tema de una manera que ninguna pregunta siguiente iba a mejorar.

—¿El asistente me va a seguir mandando mensajes sobre autos disponibles?

—Si quieres. Si no quieres, le digo que pare.

—No es eso. Solo quería saber si esto va a seguir siendo pregunta o se va a volver orden.

—Va a seguir siendo pregunta. Siempre lo fue, aunque no lo pareciera. Solo tardé en llamarlo del modo correcto.

Ella jaló la silla frente a su mesa —la misma donde se había sentado por primera vez semanas atrás, después de horas de preguntas sobre gestos— y se sentó. Las piernas todavía le dolían de la caminata de esa noche. Nadie más que ella necesitaba saberlo.

—Hay una cosa que todavía no me has dicho —dijo ella—. Qué cambia para ti. No para mí. Para ti.

Viktor tardó en responder.

—Voy a dejar de esconder las cosas que de todos modos ya no lograba esconder bien. Eso cambia. El resto sigue igual por fuera —pero por dentro ya no era igual desde hace meses, así que no sé bien qué más va a cambiar.

—¿Eso te asusta?

—Sí.

Respondió sin pausa, sin suavizarlo, del mismo modo directo de siempre —solo que esta vez la palabra vino cargada de una manera que ninguna confirmación anterior había tenido.

—Nunca imaginé que admitirías esto en voz alta, ante mí.

—Nunca necesité admitir nada antes de hoy.

Ella se volvió de nuevo hacia él. La luz de la mesa dejaba media cara en sombra —nada dramático, solo la posición equivocada de la lámpara, pero aun así lo notó, el modo en que la oscuridad cortaba justo por el medio, como si parte de él siempre fuera a quedarse del otro lado de algo.

Viktor cruzó el despacho, se detuvo cerca de ella, pero no lo bastante cerca como para tocarla. Pasaron unos segundos sin que ninguno hablara —no el silencio pesado de antes, uno distinto, más parecido al intervalo antes de que alguien salte desde un lugar alto.

Miró la puerta del despacho, luego a ella otra vez, como si estuviera comprobando si todavía existía una salida fácil y decidiendo no usarla.

—Voy a preguntar una vez —dijo—. No es retórica y no tiene respuesta correcta.

Mia no respondió. Esperó.

Su pausa duró más que cualquier silencio anterior en toda la historia.

No era la vacilación de alguien que ya sabe la respuesta y finge duda por cortesía —era la pausa de alguien que genuinamente no tenía ninguna garantía, calculando por primera vez en años una variable que no controlaba y nunca había aprendido a controlar.

—¿Quieres quedarte?

Mia se miró el propio brazo, donde el vendaje había quedado durante días sin que nadie confirmara quién lo había puesto ahí.

Miró las manos de él, quietas junto al cuerpo —las mismas que se habían quedado abiertas así en el jardín, cuando ella desapareció veinte minutos y él olvidó cerrarlas a tiempo.

Apretó una mano contra la otra sobre su regazo.

—Sí. —No soltó el aire hasta terminar la frase—. Pero voy a necesitar que sigas preguntando.

Él no se movió hacia ella. No extendió la mano, no cruzó el resto de la distancia entre los dos cuerpos. Se quedó exactamente donde estaba, los hombros bajando un centímetro, casi nada —lo que se permitía mostrar de una sola vez.

—¿Todos los días?

—No todos los días. Solo cuando tenga sentido volver a preguntar.

—¿Cómo voy a saber cuándo tiene sentido?

—Siempre supiste esas cosas sin preguntar antes. Vas a seguir sabiéndolas.

—¿Y si un día no lo sé?

—Entonces uno de los dos pregunta primero. No siempre tienes que decidirlo tú sola.

—¿Y si digo que no, la próxima vez que preguntes?

—Entonces voy a escuchar que no. Y voy a haber preguntado de todos modos, porque la alternativa es no saber nunca.

Cerró los ojos por un segundo —no de alivio, algo más parecido a alguien que termina de cargar un peso y todavía no confía en su propio cuerpo para quedarse de pie sin él.

—Ven.

Mia se levantó de la silla. Las piernas la sostuvieron mejor de lo que esperaba.

—Mañana hay reunión a las nueve —dijo él, caminando hacia la puerta del despacho—. No tienes que ir. Pero si quieres, el lugar en la mesa sigue siendo tuyo.

—Lo voy a pensar.

—Eso es justo.

—¿No vas a intentar convencerme?

—No. Ya aprendí que convencerte tiene el efecto contrario.

Él salió del despacho delante de ella otra vez, pero esta vez esperó en el pasillo hasta que ella igualara su paso, y los dos caminaron uno junto al otro hasta la escalera.

En el camino, pasaron frente a la puerta de la biblioteca, entreabierta. Ninguno entró.

En lo alto de la escalera, el mismo pasillo de siempre, las mismas puertas de siempre. Él se detuvo frente a la puerta del cuarto de ella.

No giró la manija todavía.

Se quedó ahí, lo bastante cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo a través del poco espacio que quedaba entre los dos, su mano posándose suavemente en un costado del rostro de ella.

—¿Estás segura? —dijo él, en voz baja, la frente casi rozando la de ella.

—Prometiste dejar de preguntar eso todos los días.

—Esto no es todos los días. Esto es ahora.

—Lo estoy.

Todavía no la besó. Se quedó quieto, la mano en el costado del rostro de ella, el pulgar trazando despacio la curva de la mandíbula, los ojos recorriendo su rostro entero como si estuviera memorizando algo que ya debería conocer de memoria.

Después se inclinó, y el beso fue lento, nada parecido a la prisa —las manos de ella subiendo hasta su pecho, sintiendo el corazón de él descompasado bajo la palma, el mismo descompás que ella había sentido en su propia garganta la primera vez que él tocó su mano, solo que ahora era de él, y ahora no había ninguna mesa entre los dos cuerpos.

Él se apartó lo suficiente para respirar, la frente todavía apoyada en la de ella.

Giró la manija. La puerta se abrió.

Mia pasó junto a él, entró.

Él no la cerró.