Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 38
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Capítulo 38

El portón se abrió antes de que Mia terminara de decidir si iba a cruzarlo.

Ningún guardia le preguntó adónde iba. Ningún auto encendió el motor detrás de ella. Caminó diez pasos por la calle y miró hacia atrás una vez —solo para confirmar que nadie la seguía a una distancia calculada, como siempre había sido en los primeros meses. No había nadie. Siguió caminando.

El barrio no era el que había mapeado desde dentro del auto, meses atrás, en las veces que salía escoltada para comprar cosas que en realidad no necesitaba.

De pie, sin prisa, las calles eran más estrechas de lo que parecían por la ventana.

Dobló dos esquinas antes de admitir que no sabía exactamente dónde estaba.

En una esquina sin semáforo, un auto se detuvo y el conductor le hizo una seña con la mano para que cruzara. Cruzó. Nadie verificó la placa del auto, nadie memorizó el rostro del conductor para un informe después. Era solo un hombre esperando a que ella pasara.

Nadie ahí sabía quién era. Ningún mesero iba a llamarla "señora Sokolov" por error, ninguna esposa de socio iba a preguntar "¿y usted es...?" con esa sonrisa calculada. Era solo una mujer caminando sola, con el pelo todavía húmedo de la llovizna, y por una cuadra entera eso bastaba.

Empezó a lloviznar. No tenía paraguas, no tenía a nadie a una llamada de distancia para que le trajera uno. Se resguardó bajo una marquesina por un minuto, miró caer la llovizna fina en la calle vacía, decidió que no valía la pena esperar a que parara. Siguió caminando con la llovizna en el pelo.

Una bicicleta pasó demasiado cerca en contravía.

Mia dio un paso atrás en el último segundo, sin tiempo para calcular la distancia como calculaba todo dentro de la mansión.

El ciclista le gritó algo que no entendió y siguió adelante.

Se quedó parada un instante mirando su propio pie, todavía en su lugar, y solo entonces se dio cuenta de que no había nadie para comprobar que estuviera bien —ningún guardia corriendo hacia ella, ninguna llamada haciéndose en algún despacho. Siguió caminando.

Una mujer barría la acera frente a una panadería. Mia se detuvo.

—Disculpe. ¿Hay algún café cerca?

La mujer señaló con la escoba, sin dejar de barrer. —Dos cuadras. Da vuelta en la farmacia.

Mia agradeció y siguió la dirección indicada.

Dos cuadras después no había ninguna farmacia —solo un minisúper cerrado y una calle que terminaba en un callejón sin salida.

Desanduvo sus pasos, encontró la farmacia media cuadra antes de donde había calculado, dobló a la derecha como debió haber hecho desde el principio.

No era la ruta más corta —lo notó por la posición del sol, un hábito que había aprendido mapeando pasillos, no calles— pero siguió así de todos modos, porque corregir su propio camino sola, sin nadie comprobando que llegara adonde debía, era una sensación que todavía estaba probando, cuadra por cuadra.

El café era pequeño, cuatro mesas, un mostrador.

La llovizna le había dejado húmedas las puntas del pelo; se lo alisó una vez con la mano, desistió, se sentó en la mesa más cercana a la puerta —no por miedo, por costumbre: mapear la salida antes que cualquier otra cosa era un reflejo que no había elegido tener, pero tenía.

La mesa se tambaleó cuando apoyó el codo. Dobló una servilleta de papel en cuatro y la metió bajo la pata corta. La mesa dejó de tambalearse. Nadie preguntó, nadie corrigió antes de que ella tuviera que pedirlo.

—Té —dijo, sin mirar la carta.

—¿Algo para comer? Tenemos pan de queso, fresco de hoy.

—Solo el té.

El mesero lo anotó de todos modos, como si la respuesta pudiera cambiar en el camino hasta el mostrador. No cambió.

Cuando la cuenta llegó junto con la taza, buscó la cartera y por un segundo no supo si la tarjeta de la consultoría —la única que tenía— funcionaría fuera de la red de proveedores de Viktor.

Pasó la tarjeta por el lector pequeño sobre el mostrador.

Se aprobó. Soltó el aire que ni siquiera había notado que estaba conteniendo.

El té llegó demasiado caliente para beberlo y demasiado frío para justificar la espera.

La taza era gruesa, sin asa a juego con el plato.

Nada estaba bien. El aroma era distinto al del té de la mansión —más amargo, sin la nota floral que la cocinera siempre usaba.

Mia bebió de todos modos, dos sorbos, y devolvió la taza al plato con un ruido seco.

Un hombre en el mostrador la observó el tiempo suficiente como para que ella lo notara, la mirada demasiado fija para ser casual. No apartó la vista primero —dejó que él la apartara. No la apartó. Se levantó, caminó hasta su mesa.

—Eres nueva por aquí.

—Estoy de paso.

—¿Puedo sentarme?

—No.

—Solo un café. No pierdes nada con preguntar.

—Ya preguntaste. Ya respondí.

Él se detuvo, evaluó el tono, decidió que no valía la discusión, y volvió al mostrador.

Mia no miró para confirmar que se había ido —ya lo sabía, por el sonido de los pasos, que se había ido.

Sus manos seguían quietas sobre la mesa, sin temblar.

No era el mismo cuerpo que se había sostenido del marco de la puerta la primera noche en la mansión.

Registró la posición de la puerta, la distancia hasta ella, la silla más cerca de una salida lateral que solo ahora notaba que existía.

En la mesa de al lado, dos hombres de traje hablaban de negocios en voz baja, del tipo de conversación que nadie intentaba esconder porque nadie esperaba ser reconocido en un café cualquiera. Uno de ellos se rio de algo, bebió su café, siguió hablando.

—...la gente de Sokolov no juega con los plazos, eso lo sé de buena fuente...

Mia apretó la mano alrededor de la taza, el té a punto de derramarse con el movimiento brusco.

Los dos hombres no la miraron, siguieron con su propia conversación, el nombre ya olvidado en medio de otro tema cualquiera —un contrato, una reunión pactada para la semana siguiente, nada que tuviera relación real con ella.

Soltó la taza despacio, los dedos todavía tensos.

No importaba cuánto caminara, cuánta calle sin destino eligiera, cuánto se sentara en cualquier mesa con un té malo —el nombre de él estaba en cada ciudad que ella pisara, susurrado por gente que ni siquiera sabía quién era ella.

Podía desaparecer de la vista de Viktor. No podía desaparecer de su mundo.

El celular vibró sobre la mesa. Mensaje del asistente: Auto disponible si la señora lo necesita. Ninguna pregunta sobre dónde estaba. Ningún "avísenos cuándo quiere volver". Solo la información, disponible, sin presión —el mismo tono que usaba Viktor cuando entregaba algo sin explicar por qué.

Mia leyó el mensaje dos veces. Meses atrás habría sido distinto —un auto ya estaría en la esquina antes de que ella siquiera notara que necesitaba uno, dos guardias cubriendo la distancia sin que lo pidiera.

Ahora era solo una frase, esperando, sin nadie viniendo detrás a comprobarlo.

Volteó el celular boca abajo sobre la mesa y no respondió.

En la mesa de al lado, una pareja compartía un plato.

La mujer estiró la mano sin mirar y tomó el tenedor del hombre, lo cambió por el suyo, siguió la conversación sin interrumpirla.

Él ni siquiera notó el cambio —o lo notó y no lo consideró necesario comentarlo.

Era el tipo de gesto que no existía en ninguna de las mesas de la mansión: nadie intercambiaba nada sin que alguien primero decidiera, calculara, sirviera.

Mia miró su propia taza, sola en medio de la mesa. Nadie había cambiado de lugar con ella desde que entró. Nadie iba a hacerlo.

Tomó el celular de nuevo. La pantalla mostraba tres contactos recientes —el asistente de Viktor, un número de proveedor que había guardado por error durante el trabajo, y Viktor.

Ningún otro nombre. Deslizó hacia arriba, hacia abajo, como si alguien más fuera a aparecer si buscaba con suficiente atención.

Nadie apareció.

Pensó en llamar a una amiga de la universidad que no le contestaba desde hacía años. El nombre seguía guardado con un apodo de cuando compartían apartamento —ni siquiera recordaba por qué había dejado de escribirle primero.

Pensó en el número antiguo de su padre, todavía guardado, bloqueado del lado de él, inútil del lado de ella. Pasó el pulgar sobre el nombre sin tocarlo.

Pensó en llamar a la operadora telefónica solo para oír una voz que no esperaba nada de ella.

Ninguna de esas opciones llegó a convertirse en acción —el pulgar se detuvo en el nombre de Viktor y se quedó ahí, sin tocar.

No llamó.

Tampoco borró el contacto.

El mesero pasó cerca de la mesa. —¿Algo más?

Ella negó con la cabeza. —Solo la cuenta, cuando pueda.

Él desapareció detrás del mostrador.

Mia miró el té equivocado, la taza equivocada, la mesa cerca de la puerta que había elegido por reflejo.

En ninguna de las últimas semanas había tenido esto —una silla cualquiera, un té malo, nadie decidiendo por ella dónde sentarse, nadie a veinte minutos de distancia cubriendo la cuadra.

Era exactamente lo que había dicho que quería desde la primera noche en la sala del casino, con su padre cabizbajo.

No era lo que parecía desde dentro.

Tomó la cuchara, revolvió el té que no necesitaba ser revuelto, la devolvió al plato despacio, el metal golpeando suavemente la porcelana.

No era la mansión lo que le faltaba, ni el cuarto, ni ningún objeto en particular.

Era que la libertad, cuando por fin llega sin ninguna condición, no viene con nadie del otro lado preguntando si está bien.

Giró la taza medio centímetro sobre el plato, el sonido casi inaudible contra la porcelana. Miró de nuevo a la pareja de al lado —él contaba algo ahora, ella reía en voz baja, la mano todavía cerca del tenedor intercambiado. Nadie ahí había calculado el gesto antes de hacerlo.

Había pasado los últimos meses tratando de demostrar que no necesitaba a nadie ahí dentro. Sentada en una mesa cerca de la puerta de un café cualquiera, con el celular en la mano y un único nombre que importaba en él, la prueba salió distinta de lo que había planeado.

Volteó el celular en la mano, pantalla hacia arriba, pantalla hacia abajo, un gesto sin función —solo para darles algo que hacer a las manos.

El celular mostró la hora. Más de dos horas desde que había cruzado el portón —más tiempo sola, sin escolta y sin destino marcado, que en cualquier otro día desde el casino.

Nadie le había mandado un mensaje preguntando cuándo iba a volver.

Nadie lo iba a mandar —él se lo había dicho con suficiente claridad en la mesa llena de papeles, deuda saldada, y lo había cumplido desde entonces.

La elección seguía intacta, de principio a fin, y era exactamente por eso que ya no podía seguir fingiendo que no sabía cuál era.

Dejó el dinero del té sobre la mesa, sin esperar el cambio.

Se levantó, empujó la silla de vuelta a su lugar por costumbre —no porque alguien fuera a notarlo. Salió. La puerta se cerró detrás de ella con más fuerza de la que debería.

Empezó a caminar.