Capítulo 35
El guardia de la recepción de Sokolov Holdings ni siquiera le preguntó el nombre.
Señaló, como si supiera de memoria a quién estaban esperando.
Mia atravesó el vestíbulo de mármol con el abrigo todavía arrugado del lado en el que había dormido; la maleta se había quedado en el hotel, solo llevaba el bolso con los documentos que ella misma había impreso de madrugada, por precaución, aunque el mensaje decía que todo estaría listo.
Dos personas pasaron desde el otro lado del vestíbulo —gafetes colgados al cuello, hablando en voz baja sobre un informe trimestral.
Nadie la miró dos veces. Para ellos era solo una visitante más con una carpeta bajo el brazo, el edificio funcionando a su ritmo habitual, indiferente a lo que ella iba a hacer en el tercer piso.
El ascensor del fondo tenía un espejo rayado en una esquina de la puerta.
Mia apretó el botón del tercer piso, subió en silencio, se acomodó el pelo con la mano, desistió a medio gesto.
Junto al espejo, un aviso plastificado les recordaba a los empleados la reforma del estacionamiento —fecha, horario, un número de contacto.
Lo leyó sin querer, se lo memorizó sin necesitarlo, ese tipo de detalle que la mente guarda cuando ya no tiene nada urgente que sostener.
La sala tenía una mesa de vidrio, dos sillas, una carpeta cerrada en el centro, un vaso de agua ya servido del lado que debía ser el suyo.
Todavía no había nadie. Se quedó de pie un instante, mirando por la ventana amplia el horizonte gris de la ciudad, una grúa levantando algo en un solar distante, hasta que oyó pasos rápidos acercándose por el pasillo.
El asistente de Viktor entró enseguida —el mismo hombre delgado de gafas que había visto docenas de veces en esos meses, siempre con la misma prisa educada, una tableta bajo el brazo además de la carpeta física.
—Señora Caruso. Siéntese, por favor.
No usaba "Mia". Nunca lo había usado, ni cuando ella trabajaba ahí todos los días. Eso también decía algo.
Mia se sentó. Él abrió la carpeta, sacó tres hojas grapadas, las alineó sobre la mesa hacia ella.
—Documento de finalización de la consultoría. El señor Sokolov pidió que yo lo revisara personalmente antes de la firma.
—¿Está aquí?
—En una reunión. —El asistente no levantó la vista de la carpeta—. Me pidió que me encargara de esto.
Ella tomó el bolígrafo que estaba sobre la mesa, sujeto a un soporte metálico por una cadenita corta, la punta todavía fría de haber estado ahí desde temprano.
La primera hoja era la de siempre: cláusulas de confidencialidad, montos ya pagados, fecha de cierre.
Firmó abajo, donde una flecha dibujada a lápiz indicaba el lugar exacto, el bolígrafo rasgando un poco el papel, más grueso de lo normal.
El asistente pasó la página. Verificó algo en una hoja de cálculo abierta en la laptop, frunció el ceño, miró su reloj de pulsera, se puso de pie.
—Con permiso. Tengo que ir por el anexo financiero, lo dejé olvidado en la sala de al lado.
Salió deprisa, la puerta apenas entornada sin cerrar del todo. Sus pasos se alejaron por el pasillo, se detuvieron dos puertas más adelante, un cajón metálico rechinó al abrirse.
Mia se quedó sola en la sala. La segunda hoja estaba ahí, esperando firma. Miró hacia el pasillo vacío por la rendija de la puerta —el cajón seguía rechinando del otro lado, papeles siendo revueltos— y luego volvió la vista a la mesa.
Junto a la carpeta principal, medio escondido debajo, había otro documento —más delgado, con un membrete distinto, el sello interno de la empresa sin el logo a color que usaban en los contratos externos.
Debía habérselo llevado sin querer junto con el documento de cierre, o se le había olvidado ahí abajo.
La fecha en la parte superior: tres meses antes de la noche del casino.
No debía mirarlo.
Miró.
Selección aprobada. Candidata: Mia Caruso.
Dos líneas. Eso fue todo lo que alcanzó a leer antes de que los pasos volvieran por el pasillo —rápidos, casi apresurados de una manera que jamás le había visto al asistente.
Él entró, vio hacia dónde miraba ella, y por medio segundo algo cruzó su rostro que no era ni rabia ni pánico —era el reconocimiento de un error que ya no tenía arreglo.
—Pensé que usted ya lo sabía.
Ya estaba retirando el memorándum, doblándolo por la mitad antes de que ella pudiera leer algo más, guardándolo en su propia carpeta, no en la de ella. El movimiento fue rápido, casi automático —más rápido que la frase que había dicho.
Mia no preguntó qué era. No preguntó desde cuándo existía eso, ni por qué la fecha era tres meses anterior a que cualquier cosa hubiera comenzado. Las preguntas se le fueron amontonando detrás de los ojos, y ninguna salió.
El asistente seguía de pie, el memorándum ya guardado en su propia carpeta, los dedos tamborileando levemente sobre la tapa como si comprobara que había quedado bien cerrada.
Miró hacia la puerta, luego a ella, luego a la mesa entre los dos —el mismo recorrido de ojos tres veces, como si buscara alguna frase que resolviera lo que acababa de pasar y no encontrara ninguna.
—Me estaba diciendo —dijo ella, la voz igual que siempre— sobre el anexo financiero.
El asistente parpadeó, se recompuso, volvió a sentarse.
Sus manos tardaron un segundo más de lo normal en abrir la carpeta correcta, los dedos deslizándose por el borde hasta encontrar la pestaña indicada.
Sacó los papeles, mostró los números, explicó en dos frases lo que ya era obvio en la hoja de cálculo.
Hablaba rápido ahora, más rápido que antes de salir de la sala, como si la velocidad pudiera borrar los últimos noventa segundos.
Repitió dos veces la misma información con palabras diferentes, sin darse cuenta de que ya la había dicho.
Mia firmó la segunda hoja.
Firmó la tercera.
El asistente revisó las tres firmas, golpeó las hojas contra la mesa para alinear los bordes, guardó una copia en una carpeta transparente y se la entregó.
—Esto cierra formalmente la consultoría. —Vaciló, la primera duda real desde que ella había entrado—. Fue un placer trabajar con usted.
—Gracias.
Ella se levantó. Él también. No hubo apretón de manos —nunca lo había habido, en todos esos meses, algún tipo de distancia profesional que ambos habían preservado sin acordarlo. Tomó el bolso, la carpeta transparente, caminó hacia la puerta.
En la salida, él dijo algo más, en voz baja, casi para sí mismo:
—El señor Sokolov va a querer saber que usted firmó todo.
Ella se detuvo con la mano en la manija.
—Dígale que firmé todo.
Salió.
El pasillo estaba vacío, salvo por un carrito de limpieza detenido junto a una puerta entreabierta más adelante, una radio pequeña sonando bajito dentro de alguna sala que no lograba identificar.
El ascensor tardó en llegar de nuevo —el panel mostraba el número tres detenido, luego bajaba a dos, a uno, sin ninguna prisa.
Ella esperó mirando su propio reflejo en la puerta metálica, la carpeta transparente apretada contra el cuerpo con ambos brazos, más de lo que su peso justificaría.
El ascensor llegó, vacío. Entró, apretó el botón de planta baja, observó los números bajar —tres, dos, uno— el mismo panel digital parpadeando en cada piso, el mismo sonido de campana suave cuando la puerta se abrió en el vestíbulo.
Un grupo de visitantes entró justo cuando ella salía, todos con gafetes temporales colgados al pecho, uno de ellos sosteniendo la puerta para que pasaran los demás.
Nadie reparó en ella. Mia atravesó el mármol en dirección contraria, los tacones resonando más fuerte de lo que hubiera querido en ese piso demasiado pulido.
Cerca de la puerta giratoria, un empleado empujaba un carrito con cajas de archivo, las ruedas rechinando contra el mármol, y tuvo que desviarse medio paso para no chocar con él.
En el mostrador de recepción, el guardia hizo un leve saludo, el mismo de siempre, como si nada hubiera cambiado —para él nada había cambiado, no sabía nada, nadie en ese edificio sabía lo que ella acababa de leer, solo ella y un hombre delgado de gafas que iba a pasarse la noche decidiendo cómo contarlo, si es que lo contaba.
Afuera, el aire frío la golpeó en cuanto la puerta giratoria la soltó en la acera. Un taxi esperaba en la fila, la puerta ya entreabierta como si la estuviera esperando específicamente a ella. Mia subió, dio el nombre del hotel, apoyó la cabeza en el vidrio.
El conductor encendió la radio, la apagó de nuevo sin decir nada, tal vez había notado algo en el rostro de ella por el retrovisor que lo hizo preferir el silencio.
El tráfico se detuvo en una esquina —un camión de reparto descargando cajas, un guardia de tránsito pitando sin ningún efecto sobre el embotellamiento.
Un ciclista se equilibró entre los autos detenidos, golpeó levemente el retrovisor del taxi al pasar, levantó la mano en disculpa sin detenerse.
El conductor masculló algo, ajustó el retrovisor con un solo dedo, sin apartar la vista del tráfico.
El taxímetro subía en números rojos, un centavo a la vez.
Afuera, el escaparate de una farmacia encendió las luces de neón antes de lo que correspondía para esa hora, un empleado acomodando una promoción de productos de higiene en la vitrina.
La carpeta transparente quedó sobre su regazo, las tres hojas firmadas adentro, cierre formal, todo en orden, todo legal, todo definitivo.
Pasó el pulgar por el borde plástico, sintió la textura fría, la guardó en el fondo del bolso.
Del otro lado del vidrio, el edificio de la empresa ya había quedado atrás, escondido detrás de otros dos más altos, uno de ellos con un letrero de banco parpadeando la hora y la temperatura cada cinco segundos.
Solo que lo único que importaba ahora no estaba en ninguna de esas tres páginas.
Estaba en una cuarta, que él se había llevado antes de que ella pudiera leer el resto.