Capítulo 34
El edificio todavía tenía la misma fachada gris, el mismo portón de hierro que crujía antes de abrirse. Mia subió los tres escalones de la entrada con la maleta rodando detrás de ella sobre el piso irregular, una rueda trabada raspando en cada vuelta.
El nombre en el interfón había cambiado.
Del otro lado de la calle, una mujer paseando a un perro pequeño redujo el paso, miró a Mia parada en la puerta con la maleta, decidió que no era asunto suyo y siguió caminando. El perro tiró de la correa hacia un poste. La mujer desapareció en la esquina.
La puerta del edificio se abrió desde dentro —un hombre de unos cincuenta años, la camisa todavía metida dentro del pantalón, la miró a ella y a la maleta con la desconfianza de quien ya había sido asaltado una vez en la vida y decidido no volver a confiar en nadie parado en la puerta.
—¿Busca a alguien?
—Yo vivía aquí. 4º B.
El hombre frunció el ceño, después se relajó, como si la frase lo explicara todo y nada al mismo tiempo.
—Compramos en marzo. El corredor dijo que era segunda residencia del antiguo dueño.
Segunda residencia. El departamento nunca había sido la casa de verdad de su padre —solo donde guardaba las cosas que no cabían en los hoteles, en los casinos, en las semanas fuera.
—Disculpe la molestia —dijo ella, y ya estaba bajando el escalón antes de terminar la frase.
El hombre cerró la puerta. No con fuerza, solo con la normalidad de quien ha resuelto un pequeño misterio del día y vuelve a entrar a su casa.
Mia se quedó parada en la vereda por un tiempo que no lograba medir.
El sol de la tarde golpeaba directo la fachada gris, calentando el metal del portón lo suficiente como para que ella sintiera el calor sin tocarlo.
Un auto tocó bocina en algún lugar de la calle.
Un repartidor en bicicleta pasó rozando la vereda, el freno chirriando fuerte antes de la esquina.
Un niño gritó en alguna ventana alta, el sonido cortado poco después por el vidrio cerrado.
Volvió a tirar de la maleta, la rueda trabada raspando el mismo raspar de siempre, y caminó hasta la esquina sin saber todavía hacia dónde iba.
Paró un taxi. Dijo el nombre del primer hotel que recordó, uno que ya había visto desde afuera decenas de veces sin nunca haber entrado.
El chofer le preguntó si quería ayuda con la maleta.
Ella dijo que no, la subió sola al asiento trasero, subió del otro lado.
El trayecto duró doce minutos —contó los semáforos, siete en total, cuatro en rojo.
Por la ventanilla, la ciudad pasó en fragmentos que reconocía sin sentir nada por ellos: la plaza donde su padre había perdido un reloj apostando hacía años, la esquina donde estaba el restaurante que había cerrado, la librería que seguía abierta, las luces encendidas aun a esa hora del día.
En una vidriera, un cartel anunciaba liquidación de fin de temporada —la misma frase que ya había visto en otras tres ciudades, en otras tres vidas antes de esta.
En un semáforo más largo, un vendedor ambulante golpeó levemente el vidrio ofreciendo un cargador de celular; el chofer negó con la cabeza sin bajar la ventanilla, y el hombre ya estaba en el auto siguiente antes de que cambiara la luz.
El chofer encendió la radio bajo, una voz hablando del tránsito en la zona norte. Mia no escuchaba el contenido, solo el ritmo —sube, baja, pausa, sube de nuevo— hasta que el auto se detuvo frente al hotel y el chofer anunció el importe sin girarse hacia atrás.
El lobby olía a producto de limpieza y flor artificial.
La recepcionista pidió documento, tarjeta, confirmó la habitación con una eficiencia que no hacía ninguna pregunta sobre la maleta con una rueda rota ni sobre la mujer que la arrastraba sola a esa hora del atardecer.
Le entregó la tarjeta-llave dentro de un sobre de papel con el número de la habitación escrito a mano —412— y le deseó buena estadía sin levantar la vista de la pantalla.
El ascensor tardó. Mia esperó mirando su propio reflejo distorsionado en la puerta de metal cepillado, la maleta al lado, el abrigo todavía cerrado a pesar del calor del lobby.
Cuando la puerta finalmente se abrió, estaba vacío —entró sola, apretó el botón del piso, observó los números encenderse uno a uno.
La habitación era pequeña, la cama demasiado grande para el espacio, una ventana que daba al estacionamiento de otro edificio. Mia dejó la maleta en el suelo sin abrirla. Se sentó en el borde de la cama.
El colchón se hundió más de lo que debería.
Miró el techo —una mancha de humedad en la esquina, un detector de humo con la lucecita verde parpadeando despacio, el único movimiento visible en toda la habitación.
Sobre la cómoda, un control remoto alineado al centro de un mantel de encaje barato, una libreta con el nombre del hotel impreso, una pluma sujeta por un elástico que ya había perdido la elasticidad.
Tomó el celular.
La pantalla se encendió con su propio número como última llamada —tres días atrás, una llamada de cuatro minutos que había hecho sin ninguna necesidad real.
Deslizó hacia arriba. El nombre de Viktor estaba ahí, sin apellido, solo el nombre, del modo en que lo había guardado la primera semana, antes de decidir que el apellido sería demasiado formal y el nombre solo demasiado íntimo, y terminar sin decidir nada.
El pulgar quedó suspendido sobre el número.
No presionó.
Dejó el celular en la cama, junto a su cuerpo, la pantalla todavía encendida unos segundos antes de apagarse sola. Mia se recostó, todavía con los zapatos puestos, todavía con el abrigo, mirando la mancha de humedad en el techo hasta que los ojos le pesaron.
Se durmió sin darse cuenta de que se estaba durmiendo, el cuerpo cediendo antes de que la cabeza terminara de procesar dónde estaba —el cansancio de días acumulado de una vez, lo bastante pesado como para apagar hasta el sonido del tránsito de afuera.
Tres horas después, la luz que entraba por la cortina fina ya era otra, más blanca, más recta, la luz que solo existe por la mañana.
El estacionamiento de afuera tenía autos distintos de cuando había llegado —los primeros huéspedes saliendo temprano, uno de ellos cargando una maleta igual a la de ella, la misma marca, el mismo color.
Revisó la hora: 8:20. Tenía la boca seca, el abrigo arrugado de un lado, una marca roja en el brazo de donde había quedado apoyada sin querer durante las tres horas de sueño.
Se sentó en la cama despacio, el cuerpo pesado de un cansancio que no había pasado, y se pasó la mano por el rostro antes de alcanzar el celular junto a su cuerpo. Revisó el celular: una notificación.
Mensaje del asistente de Viktor. Formal, numerado, el mismo tono de todos los demás mensajes de trabajo que había recibido en los últimos meses —como si nada hubiera cambiado, como si ella todavía fuera la consultora y no la mujer que había hecho las maletas y cancelado el auto y devuelto el saco y se había ido.
Los documentos finales de cierre de la consultoría necesitan firma. Mañana, 10 h, oficina de Sokolov Holdings, calle Yakovleva 14, sala 302. Favor confirmar asistencia.
Mia lo leyó dos veces.
Cierre. La palabra se quedó ahí en la pantalla, sola, más grande de lo que el resto de la frase parecía justificar.
Se sentó en la cama, los pies todavía con zapatos tocando la alfombra.
Leyó el mensaje una tercera vez, como si la tercera lectura pudiera cambiar alguna palabra, cambiar la dirección, cambiar el horario, transformar aquello en otra cosa que no fuera simplemente el fin de un contrato de consultoría.
Afuera, alguien arrastraba una maleta por el pasillo del hotel —el sonido demasiado familiar, una rueda trabada raspando la alfombra, casi idéntico al de su propia maleta.
Pensó en negarse. En pedir que enviaran los papeles por correo, firma digital, sin necesidad de volver a ese edificio, a esa sala, a ese pasillo donde lo último que había pasado fue que ella se fuera sin decir el resto.
Llegó a abrir el teclado, a escribir "Pueden enviarlo por", detenerse a mitad de camino, borrar todo con un solo dedo, letra por letra, hasta que la pantalla quedó en blanco otra vez.
Escribió: Confirmado.
Apretó enviar antes de terminar de pensar si era eso lo que quería responder.
El celular volvió a vibrar treinta segundos después —confirmación automática del sistema, horario y dirección repetidos, un recordatorio que no había pedido y no podía desactivar.
Mia miró la pantalla hasta que la luz se apagó sola otra vez.
Afuera, un auto se estacionó con un chirrido de llantas, alguien gritó un nombre que no era el suyo, una puerta se cerró de golpe.
Se levantó, se quitó los zapatos, finalmente.
Fue hasta la ventana, miró el estacionamiento vacío de gente, lleno de autos parados, ningún movimiento en ningún lado.
La ciudad de afuera seguía exactamente igual que antes de que algo hubiera cambiado para ella.
Apoyó la frente contra el vidrio frío por un segundo, después se apartó, como si el gesto hubiera durado demasiado tiempo como para permitírselo a sí misma.
Volvió a la cama. Tomó el celular de nuevo —no para llamar, solo para mirar.
El nombre de Viktor seguía ahí, en la pantalla de contactos, sin apellido.
Pasó el pulgar sobre el ícono de eliminar, el gesto suspendido a un milímetro del vidrio.
Pensó en las palabras que usaría si llamara ahora —ninguna le parecía del tamaño correcto.
Demasiado pequeñas o demasiado grandes, nunca la medida exacta de lo que tendría que decir.
No lo eliminó.
Guardó el celular en el bolsillo del abrigo colgado en la silla, lo bastante lejos de la cama como para que tuviera que levantarse si quería volver a tomarlo —una distancia deliberada, que ella misma reconocía como estrategia y decidió ignorar que había reconocido.
Cerró el celular.
Todavía tenía el número. Todavía no lo había borrado.