Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

La puerta del despacho se cierra con más fuerza de la que Mia pretendía.

Había cruzado el portón de la mansión diez minutos antes sin avisarle a nadie —el guardia de la entrada principal levantó la radio para llamar al asistente, ella pasó de largo sin darle tiempo de terminar la frase.

El pasillo hacia el despacho todavía tenía la misma alfombra roja de siempre, la misma fila de retratos de los que nunca había preguntado quiénes eran. Esta vez no miró ninguno.

Una empleada cruzó el pasillo con una bandeja vacía, se detuvo a mitad de camino al ver la velocidad de los pasos de Mia, se pegó a la pared para dejarle espacio, los vasos en la bandeja tintineando levemente con el movimiento brusco.

Mia ni siquiera registró el gesto —siguió directo hasta la puerta doble al final del pasillo, giró la manija sin tocar antes.

Del otro lado, el sonido de su propia voz ya había empezado antes de que la puerta terminara de abrirse.

Viktor levantó la vista de los papeles sobre la mesa, la pluma todavía entre los dedos, el gesto deteniéndose a mitad de una firma. No preguntó cómo había entrado al edificio sin avisar, ni por qué había venido en taxi en lugar de llamar al auto. Solo la miró, esperando.

—Lo planeaste todo.

No era una pregunta. Cruzó la sala hasta la mesa, la carpeta transparente todavía en la mano, golpeando levemente su muslo con cada paso.

Él no lo negó.

No movió un solo músculo del rostro, no cerró la carpeta que estaba revisando, no hizo ninguno de los gestos que haría un hombre culpable.

Solo soltó la pluma despacio, alineada con la esquina del bloc de papel, el clic metálico sonando demasiado fuerte para el silencio de la sala, y esperó a que ella terminara.

—El memorándum. Tres meses antes del casino. —Su voz salió más firme de lo que esperaba—. Ya sabías quién era yo antes de que Carmine perdiera la mano.

—Lo sabía.

Una palabra. Sin explicación detrás.

—¿Cómo?

No era del todo una pregunta, más bien una exigencia. Viktor la observó un instante antes de responder, los dedos todavía cerca de la pluma, sin volver a tocarla. Afuera, alguien cortaba el pasto al otro lado del jardín, el sonido del motor entrando y saliendo por la ventana entreabierta.

—Un expediente. El mismo tipo que hacemos para cualquier socio antes de cerrar un negocio con él. —Habló despacio, sin prisa por terminar la frase—. Solo que esta vez no era sobre un socio.

—Sobre mí.

—Sobre ti. Sobre Carmine también, pero eso ya deberías imaginarlo. —Empujó la carpeta sobre la mesa un centímetro hacia un lado, como si organizara el espacio entre ambos.

Mia golpeó la carpeta transparente contra la mesa, las tres hojas firmadas resbalando un poco fuera del plástico con el impacto.

—Entonces esto nunca fue por la deuda.

—La deuda era real. —Viktor se recostó en la silla, las manos todavía quietas sobre la mesa, lejos de cualquier gesto defensivo—.

El monto, el plazo, todo eso es real. Solo que no fue casualidad que Carmine perdiera justo esa noche, en mi mesa, y no en cualquier otro casino de la ciudad que frecuentaba desde hacía años.

—Lo armaste.

—Esperé el momento correcto.

La diferencia entre las dos frases era pequeña. Aun así, Mia sintió su peso.

—¿Cuánto tiempo esperaste?

—El suficiente para saber que ocurriría.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo. —No apartó la mirada—. Carmine iba a perder de todos modos. Conmigo o con otro acreedor. La única diferencia es que yo ya sabía exactamente qué iba a hacer cuando eso pasara.

Mia caminó alrededor de la mesa, una vuelta corta, los tacones resonando en el piso de madera oscura.

Se detuvo cerca de la estantería, donde una fila de libros de tapa dura estaba alineada por altura, no por tema —algún sistema que solo tenía sentido para él.

Pasó el dedo por el lomo de uno sin sacarlo de su lugar, luego se alejó, los brazos cruzados a la altura del pecho.

Se quedó de espaldas a él un instante, mirando su propio reflejo distorsionado en el marco de vidrio de un cuadro en la pared, el retrato de alguien de quien nunca había preguntado quién era.

Mia caminó hasta la ventana del despacho, miró hacia el jardín de abajo, los parterres sin flores en esa época del año, un jardinero guardando herramientas en un cobertizo al fondo del terreno.

Su mano subió hasta el propio antebrazo, donde todavía existía una línea fina más clara que el resto de la piel, y se quedó ahí un segundo antes de bajar de nuevo.

Volvió a la mesa antes de terminar de mirar.

—Di la verdad ahora. No la versión de negocios.

—Esa es la verdad de negocios.

Un toque en la puerta interrumpió antes de que ella pudiera responder. El asistente apareció en la rendija, una tableta en la mano, miró de Viktor a Mia y de vuelta, calculando si debía entrar.

—Señor Sokolov, la llamada de Moscú...

—Después.

Una palabra. El asistente vaciló, miró una vez más a los dos parados en lados opuestos de la mesa, luego cerró la puerta sin hacer más preguntas, sus pasos alejándose deprisa por el pasillo.

Mia esperó a que el sonido desapareciera del todo antes de continuar. Fue hasta la silla del otro lado de la mesa, la misma donde se había sentado tantas veces para reuniones de trabajo, pero no se sentó ahora —se quedó de pie detrás de ella, las manos apoyadas en el respaldo.

—Él lo sabe. —No era una pregunta—. Todos lo saben, menos yo.

—Nadie sabe lo que acabo de decirte. —Viktor señaló con la cabeza hacia la puerta cerrada—. Él sabe manejar una agenda. No sabe el motivo detrás de ella.

—¿Y cuál es el motivo?

Viktor todavía no respondió. Caminó hasta la estantería, sacó uno de los libros de tapa dura, el mismo que ella había tocado sin sacar, lo hojeó sin interés aparente, lo devolvió al lugar exacto.

—¿Quieres la respuesta fácil o la verdadera?

—Las dos.

Cerró los ojos por un segundo —el único gesto que ella le había visto parecido al cansancio— y volvió detrás de la mesa, pero no se sentó. Los dedos tamborilearon levemente sobre el borde de vidrio, tres golpes cortos, casi un código, antes de detenerse del todo.

—¿Por qué yo?

Viktor no respondió de inmediato.

Se levantó de la silla, despacio, y caminó hasta el aparador junto a la estantería, donde una botella de agua mineral estaba junto a dos vasos volteados, el vidrio empañado de frío.

Llenó uno, no le ofreció el segundo a ella, bebió un trago, dejó el vaso de vuelta en el lugar exacto de donde lo había tomado, la base golpeando levemente contra la madera.

El silencio duró lo suficiente para que ella notara el reloj en la pared detrás de la mesa, el segundero avanzando varias veces antes de que saliera algún sonido de su boca.

Afuera, un auto pasó despacio por la calle de la mansión, el motor bajo, desapareciendo después de unos segundos.

En algún lugar de la casa, una puerta se cerró de golpe —no la de ellos, una lejana, probablemente algún empleado terminando su turno.

El reloj de pulsera de él, visible cuando levantó el vaso, marcaba una hora que ninguno de los dos comentó.

Afuera del despacho, los pasos que se habían detenido cerca de la puerta minutos antes volvieron a oírse, alejándose definitivamente esta vez.

Viktor volvió cerca de la mesa, pero no se sentó de nuevo. Se quedó de pie, las manos apoyadas en el borde de vidrio, el peso del cuerpo levemente inclinado hacia adelante.

—Porque eras la única que no iba a quebrarse.

La respuesta salió directa, sin vacilación, del modo en que respondería cualquier pregunta de negocios. Mia esperó algo más detrás de eso —un motivo, una lógica mayor— y no llegó nada. Solo la frase, quieta ahí entre los dos, del tamaño exacto que él había querido darle, ni una sílaba más.

Podría haber recibido esa respuesta de cualquier jefe de operaciones evaluando a cualquier candidata para cualquier puesto. No era personal. Era cálculo. Mia soltó las manos del respaldo de la silla, dio un paso hacia un lado, sin alejarse del todo de la mesa.

—Eso es todo.

No era del todo una pregunta. Necesitaba preguntarlo de otra manera, pero las palabras no formaban la frase correcta. Se quedó ahí, esperando, mientras él miraba el vaso vacío en el aparador como si estuviera decidiendo algo que no tenía nada que ver con el agua.

El reloj en la pared marcó unos segundos más. Ninguno de los dos se movió. Afuera, alguien pasó por el pasillo —los pasos disminuyeron cerca de la puerta, vacilaron, siguieron adelante sin tocar. Un teléfono sonó en algún despacho vecino, tres veces, se detuvo antes de la cuarta.

Viktor caminó de vuelta hacia la ventana, miró el mismo jardín que ella había mirado minutos antes, el jardinero ya no estaba, el cobertizo cerrado, una luz de sensor encendiéndose sola en la esquina del terreno con el atardecer llegando temprano.

Sus manos se metieron en los bolsillos del saco, un gesto que ella nunca le había visto —siempre de manos libres, siempre listas para gesticular o firmar o señalar.

Él la miró un segundo más de lo que sería seguro.

El reloj en la pared marcó otro segundo.

Luego otro. No apartó la mirada, no buscó las siguientes palabras en la mesa ni en el techo —la miró directamente, como si estuviera decidiendo ahí, frente a ella, si iba a terminar la frase o dejar que la primera respuesta bastara.

Su mano se alejó un centímetro del borde de la mesa, luego volvió al mismo lugar, como si hubiera pensado en algún gesto y desistido a mitad de camino.

—Y porque después de tres días ya no pude imaginar a otra persona aquí.