Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

La maleta llevaba veinte minutos abierta sobre la cama antes de que Mia metiera la primera prenda.

Había encontrado la maleta en el fondo del clóset, detrás de una fila de zapatos que no eran suyos —la misma maleta que había traído de casa tres meses atrás, todavía con la etiqueta del aeropuerto pegada al asa, su nombre impreso en una letra que ya parecía de otra persona.

Limpió el polvo de la tapa con la manga antes de abrir el cierre.

Empezó por la ropa del fondo del clóset —la que había traído de casa, antes de cualquier cosa que Viktor hubiera mandado comprar después.

Dobló cada prenda en tres partes iguales, alineó los bordes, apiló por color.

Una blusa gris. Dos camisetas. Un vestido que no usaba hacía meses, todavía con la etiqueta pegada en la manga.

Se detuvo a quitar la etiqueta antes de doblar, los dedos trabajando el plástico fino hasta soltarlo.

La pila creció despacio. Comprobó cada prenda contra una lista que no había escrito en ninguna parte, solo en la cabeza —lo que era suyo de antes, lo que había llegado después, lo que se quedaba.

Las prendas de después quedaron separadas, del otro lado de la cama, sin que ella lo decidiera conscientemente. Simplemente ocurrió.

Golpearon la puerta, dos golpes precisos, distintos del toque suave de las empleadas.

Era el asistente, con una tablet bajo el brazo, los lentes bajos sobre la nariz.

—Disculpe la interrupción. Necesito saber si la señora va a necesitar el auto esta noche o solo mañana por la mañana. Para reservar al chofer correcto.

Mia miró la pila de ropa sobre la cama, dividida en dos —la de antes, la de después— sin lograr decidir cuál de las dos era más grande.

—Todavía no lo sé.

—¿Puedo dejarlo abierto y la señora confirma después?

—Puede.

Él dudó en la puerta, la tablet todavía contra el pecho, los ojos yendo rápido a la maleta abierta y de vuelta a su rostro.

—Solo una cosa más. El Sr. Sokolov preguntó si la señora va a llevarse también las cosas del armario grande, o solo lo que es suyo.

La pregunta cayó entre los dos con más peso del que el asistente parecía notar que llevaba.

—¿Preguntó eso?

—Sí. Esta mañana.

—Dile que todavía no lo decido.

—Se lo diré.

Salió, cerrando la puerta con más cuidado del que la pregunta merecía. Mia se quedó mirando el lugar donde él había estado, la pregunta todavía en el aire —no era sobre el armario. Nunca había sido sobre el armario.

Tomó un pantalón, lo dobló a la mitad, alisó el pliegue con la palma de la mano. Tomó otro.

En el fondo del cajón encontró un par de aretes que no recordaba haber traído —regalo de una prima, de antes de todo, envueltos en una bolsita de terciopelo que ya había perdido su color original.

Se quedó mirándolos un instante antes de decidir: iban en la maleta.

Los guardó en el bolsillo lateral, junto con el cargador del celular y una libreta que también era de antes.

Debajo de los aretes, una foto pequeña, doblada por la mitad desde hacía tiempo suficiente como para que el pliegue hubiera marcado el papel de forma permanente —ella y su padre, en un restaurante que ya ni siquiera existía.

No la desdobló para volver a mirarla. Solo sintió la forma entre los dedos antes de guardarla en el mismo bolsillo lateral, junto con el resto, el cierre del compartimento cerrándose con un sonido seco.

La habitación estaba en silencio, solo el sonido de la tela doblándose contra tela y, de vez en cuando, un cajón que abría y cerraba demasiado rápido, golpeando más fuerte de lo necesario.

No había prisa en nada de lo que estaba haciendo —la maleta no tenía plazo— pero el ritmo de sus manos era mecánico, una prenda tras otra, sin pausa entre un doblez y el siguiente.

Llegó al armario más grande, el que guardaba lo que Viktor había mandado comprar en las primeras semanas —vestidos que había usado una sola vez, zapatos todavía con la etiqueta de precio arrancada pero nunca reemplazada por otra.

Abrió la puerta, miró las filas organizadas por color, por ocasión.

La volvió a cerrar sin sacar nada. Esa ropa no tenía un lugar decidido todavía —ni en la maleta, ni fuera de ella.

Dejó la puerta del armario solo entornada, no del todo cerrada.

Llegó a la mitad de la maleta. Se detuvo.

La prenda en su mano —una blusa de seda que Viktor había mandado traer después de una reunión, sin preguntar la talla, y había acertado— se quedó suspendida en el aire un segundo antes de que ella la dejara caer sobre la pila equivocada, mezclada con la ropa de antes.

Se sentó en el borde de la cama.

El saco de él seguía en la silla del rincón, donde había quedado desde la última vez que él había pasado por la habitación antes de una reunión y no había vuelto a buscarlo. Tres días. Nadie había venido a recogerlo. Mia lo miró, después de vuelta a la maleta abierta, después al saco de nuevo.

No dobló nada más.

Se quedó sentada, las manos en el regazo, mirando el punto exacto donde la manga del saco caía sobre el brazo de la silla, la tela oscura contra la madera clara.

De vez en cuando sus ojos se movían hacia la maleta, registraban lo que ya había dentro, volvían al saco.

El patrón se repetía sin que ella pareciera notar que se repetía.

Pasaron minutos. La luz en la ventana cambió de ángulo, más baja ahora que cuando había empezado.

Una empleada golpeó la puerta, preguntó si podía entrar a cambiar las toallas del baño.

Mia respondió que sí sin girarse, la voz saliendo más baja de lo que pretendía.

La mujer entró, cruzó la habitación rápido, los pasos amortiguados en la alfombra, salió de nuevo por la puerta del baño sin mirar la maleta abierta sobre la cama ni comentar nada.

La puerta del baño se cerró con un clic suave.

Mia siguió sentada. Sus dedos se movían solos, alisando la tela del cubrecama junto a su cuerpo, un gesto pequeño y repetido que no avanzaba a ninguna parte. Miró el reloj en la pared —había pasado casi media hora desde que dejó la última prenda sobre la pila equivocada. No se levantó.

La empleada salió del baño cargando las toallas usadas, cruzó la habitación de nuevo, esta vez mirando de reojo la silla del rincón —el saco todavía ahí, tal como estaba desde hacía tres días— antes de cerrar la puerta de la habitación por fuera, otro sonido que Mia apenas registró.

Pasó más tiempo. Cuarenta minutos, cuando finalmente volvió a mirar el reloj, sin haber doblado una sola prenda en ese lapso.

Todavía estaba sentada cuando el celular vibró en la mesa de noche.

Estiró el brazo sin levantarse, tomó el aparato. Mensaje del asistente de Viktor: Auto disponible cuando la señora decida. Solo avise el horario.

Mia lo leyó dos veces. La maleta seguía abierta a su lado, medio llena, la pila de ropa de después todavía más grande que la de antes.

Miró el mensaje por más tiempo del que cualquier respuesta simple necesitaría. No escribió nada. Apretó el botón de responder, borró el cursor parpadeante sin escribir una sola letra, salió de la conversación.

Se levantó, dio dos pasos hasta la ventana, miró el patio de abajo sin motivo —no pasaba nada, solo el jardín y un auto estacionado cerca del garaje, probablemente el mismo que estaría disponible si respondía el mensaje con un horario.

Se quedó ahí un instante, los brazos cruzados, antes de volver a la cama y tomar el celular otra vez.

Abrió otra pantalla —la misma de donde venían las confirmaciones de pago, los recordatorios de reuniones, todo lo que pasaba por su vida ahora a través de una sola persona que nunca aparecía en el rostro de los mensajes.

Encontró la opción de cancelar el auto. El dedo se detuvo sobre el botón un segundo.

Todavía quieta, el pulgar suspendido sobre la pantalla, pensó en una segunda opción —responder con un horario, cualquier horario, solo para ver qué pasaba después. Tampoco escribió eso. El pulgar bajó.

Canceló.

Ninguna justificación pedida. Ninguna pregunta en la pantalla. Solo la confirmación: Solicitud cancelada.

Dejó el celular en la cama, junto a la maleta.

El aparato volvió a vibrar casi de inmediato —respuesta automática del sistema, confirmando la cancelación por escrito, un segundo recordatorio que no había pedido. Mia miró la pantalla sin tomar el celular esta vez, solo el brillo encendiéndose y apagándose solo sobre el cubrecama.

No cerró la maleta. No terminó de doblar las prendas que faltaban.

Se levantó, y por un instante se quedó parada en medio de la habitación, mirando entre los dos puntos fijos que habían dividido la última hora entera —la maleta abierta de un lado, el saco en la silla del otro— como si el cuerpo estuviera decidiendo a cuál de los dos ir primero.

Fue hasta la maleta primero, sin querer —los pies la llevaron ahí antes de que ella decidiera— y cerró la mitad del cierre, solo la parte de abajo, dejando la parte de arriba todavía abierta, las prendas de después expuestas encima de las de antes. Se detuvo a mitad del gesto. No terminó de cerrar.

Fue hasta la silla.

Tomó el saco con las dos manos, lo levantó por el cuello, dejó caer la tela a la altura correcta como si estuviera ayudando a alguien a ponérselo, aunque no hubiera nadie ahí.

Pasó el pulgar por la solapa, sintió la costura bajo el dedo —trabajo fino, hecho a mano, el tipo de cosa que nunca habría notado antes de vivir en esa casa y que ahora notaba sin querer.

Él iba a necesitarlo de vuelta. Alguien tendría que llevárselo.

Encontró un botón del puño casi suelto, el hilo desgastado en un punto que él probablemente ni había notado. Pasó el dedo por encima, probó la firmeza, no lo arregló —solo registró que necesitaba arreglo, archivó la información sin saber para qué.

En el bolsillo interior, sin buscarlo, los dedos encontraron algo —una tarjeta de presentación doblada por la mitad, de un restaurante del que nunca había oído hablar.

No la sacó. Solo sintió el contorno a través de la tela, retiró la mano del bolsillo, como si hubiera tocado algo que no era suyo para tocar.

Pasó la mano por el forro interior una vez más, sin querer buscar nada ahora, solo por el hábito reciente de tocar la tela antes de soltar cualquier cosa de él.

Dobló el saco a la mitad sobre el brazo, del modo en que había aprendido a hacer con su propia ropa en los últimos veinte minutos, y caminó hasta la puerta de la habitación, los pasos lentos sobre la alfombra.

Se detuvo con la mano en el picaporte.

No sabía en qué dirección quedaba el despacho de él a esa hora —si todavía estaba ahí, si ya había salido, si algún guardia iba a preguntar por qué caminaba por el pasillo con el saco de él en los brazos. No lo sabía, y la mano no giró el picaporte.

Se quedó parada en la puerta del pasillo, el saco doblado contra el pecho, los dedos cerrados en la manga.