Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Él fue a la biblioteca después de la cena, sin avisar, con la misma manera de siempre de abrir una puerta como si ella ya estuviera esperándolo.

—No comiste nada —dijo, de pie en el umbral, el saco ya sin el chaleco de más temprano, las mangas dobladas hasta el antebrazo.

—No tenía hambre.

—Eso no es una respuesta.

—Era la respuesta que tenía.

Él cruzó la sala hasta la mesa donde seguían apiladas las cuentas, miró el post-it pegado en el cuaderno sin tocar nada, los ojos recorriendo la fecha por un segundo más largo del que cualquier número debería exigirle.

—Treinta y un días.

—Fuiste tú.

No era pregunta. Él no fingió que lo fuera.

—Fui.

—¿Por qué?

—Porque tres semanas no es tiempo suficiente para decidir nada bien. Y quería más tiempo contigo aquí, aunque sepa que eso no es una justificación que tenga derecho a usar.

La luz de la lámpara de lectura era la única encendida en la sala, el resto de la biblioteca en penumbra, los estantes altos casi invisibles contra la oscuridad del techo.

Mia se quedó de pie junto a la ventana, los brazos cruzados, la distancia entre los dos la misma de siempre —ni mayor, ni menor de lo normal.

—Tocaste mi plazo sin preguntarme.

—Lo hice.

—Otra vez, alguien decidiendo por mí.

—No fue para decidir por ti. Fue porque no quería que te fueras todavía, y no tuve el valor de decírtelo en la cara, así que toqué un número al que tenía acceso. —Se detuvo, como si escuchara su propia frase por primera vez junto con ella—. Es peor así, lo sé.

Mia no respondió de inmediato. El reloj de pie en el rincón marcó la hora con una sola campanada aislada, el sonido absorbido demasiado rápido por las cortinas gruesas como para resonar.

—Deberías haber preguntado.

—Debería.

—¿Y si yo hubiera dicho que no?

—Entonces habría vivido con eso. —Su voz salió más baja de lo normal, sin ningún intento de suavizar la frase—. Prefiero eso a no haberlo intentado.

Ella cruzó la alfombra hasta él, se detuvo lo bastante cerca para ver el cansancio en sus ojos, el mismo cansancio que reconocía en su propio rostro en el espejo después de una noche entera sumando números que no cuadraban.

—Estás admitiendo que hiciste algo mal por un motivo egoísta.

—Lo estoy.

—Eso debería hacerme enojar más.

—Debería.

Ella levantó la mano, dudó a mitad de camino, y posó los dedos en la solapa de él —el mismo gesto del pasillo, días atrás, la tela firme bajo la punta de los dedos.

—No lo hace.

Viktor no se movió. Dejó la mano de ella ahí, el peso ligero contra el pecho, sin cerrar la distancia que quedaba entre los dos cuerpos.

—Mia.

—Qué.

—Dime que pare, si eso es lo que quieres, antes de que ya no pueda hacerlo.

Ella no lo dijo.

La mano de él encontró el costado del rostro de ella, el pulgar trazando la curva de la mandíbula despacio, y ya no había ninguna puerta que abrir después, ningún pasillo esperando para interrumpir —solo los dos, la luz baja de la lámpara, el resto de la casa en silencio del otro lado de la puerta cerrada.

Él la besó despacio, sin la prisa del pasillo, sin el segundo de vacilación que ambos habían fingido no sentir aquella vez. La mano de ella subió del pecho de él hasta el hombro, los dedos cerrándose en la tela, tirando levemente —no para apartarlo, todo lo contrario.

El beso se profundizó sin que ninguno de los dos lo decidiera en voz alta.

La mano de él bajó del costado del rostro hasta la nuca, los dedos enredándose en su cabello, y el sonido que escapó de ella contra la boca de él no fue ninguna palabra —fue solo la confirmación que faltaba, más clara de lo que cualquier frase habría sido.

Él la atrajo más cerca por la cintura, el cuerpo de ella encontrando el de él sin ninguna distancia entre los dos ya, y ella sintió el corazón de él latiendo descompasado bajo la palma de su mano.

—¿Estás segura? —preguntó él contra su boca, la voz ronca de un modo que ella nunca había escuchado antes.

—Sí.

Él no volvió a preguntar.

Cruzaron la biblioteca hasta la escalera sin que ninguno soltara del todo al otro, un beso interrumpido en el primer escalón y retomado en el segundo, las manos de él encontrando de nuevo la cintura de ella, el cuerpo de ella girando contra el pasamanos por un instante antes de seguir subiendo.

En el pasillo del segundo piso, él se detuvo frente a la puerta de su propia habitación —no la de ella— y la besó de nuevo, más despacio esta vez, como si quisiera guardar el momento antes de abrir la puerta y dejar que el resto ocurriera.

La luz del pasillo quedó atrás cuando la puerta se cerró.

—

Mia despertó antes del amanecer, la luz gris entrando por la rendija de las cortinas que nadie había recordado cerrar bien la noche anterior. La habitación de Viktor era distinta de la de ella —más oscura, los muebles más pesados, un aroma que ya no le resultaba extraño.

Él seguía dormido, el brazo alrededor de ella sin haberse movido en toda la noche, la respiración lenta y regular contra su nuca.

Mia se quedó quieta, mirando el techo, sintiendo el peso del brazo de él, el calor de su cuerpo en la espalda, tratando de decidir si aquello lo cambiaba todo o si solo confirmaba algo que ya venía cambiando desde hacía semanas.

No se levantó. No había ninguna prisa esperando del otro lado de la puerta.