Capítulo 28
—Esa cláusula no cierra —dijo Mia, con el dedo detenido sobre una línea del contrato y la pluma en la otra mano, lista para anotar—. El plazo de carencia no coincide con el artículo tres.
Viktor se inclinó sobre la mesa, miró hacia donde ella señalaba, el hombro casi rozando el de ella con el movimiento.
Estaban sentados uno al lado del otro ahora, no frente a frente —un cambio que había ocurrido sin que ninguno de los dos lo comentara, durante las últimas semanas de sesiones de trabajo.
—Tienes razón. —Tomó la pluma, garabateó una nota al margen—. Reescribe el artículo tres para el viernes.
—Ya lo reescribí. Está en la página siguiente.
Él pasó la página, leyó. Comparó de nuevo con el original, los ojos moviéndose rápido entre los dos textos, cotejando cada cláusula con una atención que no dejaba pasar ni una coma fuera de lugar.
—Mejor que el original.
Mia no respondió. Guardó el elogio en algún lugar que decidió no examinar por ahora.
Él pasó al siguiente contrato de la pila, un proveedor de equipos industriales. Señaló un párrafo específico.
—Este tiene una cláusula de rescisión problemática. Mira qué opinas, considerando el historial de este proveedor con otros clientes.
Mia leyó, frunció el ceño.
—Treinta días es poco para un contrato de este tamaño, considerando el volumen de equipo involucrado.
—Estoy de acuerdo. Anota una sugerencia de noventa días, con cláusula de renovación automática si ninguna de las partes notifica por escrito hasta treinta días antes del vencimiento del plazo original.
Ella escribió en el margen, la letra pequeña y apresurada, del tipo que solo tiene sentido para quien la escribió.
El asistente golpeó la puerta, entró sin esperar respuesta, los brazos cargados de más carpetas.
—Llegaron tres contratos más de la oficina de Kiev. Urgentes, según el remitente del correo.
—Déjalos en la mesa. Los reviso después.
El asistente obedeció, salió, cerrando la puerta con cuidado tras de sí. Viktor ni siquiera miró la pila nueva, siguió con los ojos en el documento que ya estaban revisando.
Trabajaron en silencio un rato —el papel girando, la pluma rayando, el reloj de pared marcando los minutos sin ninguna prisa. El codo de él casi tocaba el de ella sobre la mesa, los dos inclinados sobre el mismo documento, lo bastante cerca como para compartir la luz de la lámpara.
Mia dejó la pila actual, tomó la siguiente carpeta, empezó a hojearla.
—¿Este es sobre la operación en Praga? —preguntó, reconociendo el encabezado.
—Sí. Todavía en negociación. Debería cerrarse el mes que viene, si todo sale bien.
—¿Quieres que lo revise ahora o después?
—Después. Termina primero lo que ya empezamos.
Ella devolvió la carpeta de Praga a la pila, tomó la siguiente de la fila —un informe más antiguo, la tapa desgastada, muy distinto de los contratos recientes con los que estaban trabajando.
—Este no es de este lote.
—Lo tomé sin querer. Déjalo ahí mismo, lo organizo después.
Pero ella ya estaba hojeándolo, curiosa por la diferencia de formato —tapa de cuero desgastado, esquinas dobladas, mucho más antiguo que cualquier documento de negocios que ella hubiera visto antes sobre su mesa.
Pasó otra página, se detuvo en la foto grapada en la esquina de un informe viejo —Viktor más joven, en algún evento, con un traje más sencillo que los que usaba ahora, junto a un hombre que ella no reconocía.
—¿Quién es este?
—Un socio antiguo. Ya no trabaja conmigo.
—¿Y esta ciudad? —Señaló el fondo de la foto, un edificio de arquitectura que no era rusa ni parecía de ningún lugar que ella hubiera visitado antes.
—Viena.
La palabra salió seca, sin ninguna inflexión de más. Viktor siguió con los ojos en el informe, pero el silencio que vino después tenía una textura distinta del silencio de trabajo de antes.
—¿Viviste en Viena?
—Por un tiempo.
—¿Por qué?
Él no respondió de inmediato. Dejó la pluma sobre la mesa, despacio, el gesto perdiendo la mecánica automática que siempre usaba.
—Mi madre fue internada allí.
Mia dejó de mover los papeles.
—Una enfermedad degenerativa. —Viktor miró la foto, no a ella—. Los mejores especialistas de la época estaban en Viena. Yo tenía veintidós años.
El silencio que se instaló no era el mismo de antes —era más amplio, como si tuviera espacio para las dos cosas que ninguno de los dos iba a decir en voz alta.
—¿Qué tenía, exactamente?
—Una enfermedad de los nervios. Degeneraba rápido, más rápido de lo que los médicos de allá podían seguirle el ritmo en esa época. Perdió el habla primero, después el movimiento de las manos, después el resto, en cuestión de pocos meses entre cada etapa.
—¿No existía ningún tratamiento?
—Existía un protocolo experimental en Viena. No curaba, pero desaceleraba el proceso. Por eso fuimos allá específicamente, no a cualquier clínica.
—¿Y dejaste todo para ir?
—No tenía mucho que dejar todavía. Estaba empezando en los negocios con mi padre. Él murió un año antes de eso —un problema del corazón, nada relacionado con la enfermedad de ella. Me quedé yo para decidir qué hacer.
—¿Fue difícil decidir?
—No. —Lo dijo rápido, casi mecánico, sin dudar ni un segundo—.
La parte difícil vino después. Decidir es fácil cuando solo hay una opción.
Lo difícil es vivir con lo que cuesta la decisión, día tras día, durante tres años —los negocios que no crecieron en ese periodo, las reuniones que perdí, los contactos que se enfriaron porque yo no estaba presente.
Mia dejó de mover los papeles, los ojos fijos en él ahora, olvidando por completo el contrato que había estado analizando minutos antes.
—Tres años. Murió allá.
Lo dijo de la misma forma en que diría una fecha de vencimiento de contrato —sin temblor en la voz, sin pausa dramática, solo el hecho puesto sobre la mesa como cualquier otro dato relevante de la conversación.
Dieciocho años, ya —el tiempo suficiente para que la fecha se hubiera convertido en solo eso, un dato, sin el peso que aún cargaba por dentro.
—¿Te quedabas con ella? ¿Todo ese tiempo, todos los días?
—No podía quedarme todo el tiempo. Tenía que trabajar. —Tomó la pluma de nuevo, la giró entre los dedos sin escribir nada—. Iba después del trabajo. Todos los días, a veces dos veces al día, cuando se podía.
—¿Solo?
—Mi padre ya había muerto antes de eso. No había nadie más.
—¿Amigos? ¿Alguien que te acompañara, aunque fuera una vez, para no quedarte solo en esa sala de espera?
—No tenía tiempo de hacer amigos ese año. Y después de que ella murió, ya no tenía motivo para buscar ninguno. Volví a Rusia y empecé a trabajar de inmediato, sin pausa entre una cosa y otra.
Mia volvió a mirar la foto —Viktor más joven, más delgado, una sonrisa que ella nunca había visto en su rostro actual, una sonrisa que sospechaba que ya no existía.
—¿Cómo era? Viena, quiero decir. En esa época.
—Fría. —Pasó el pulgar por el borde de la foto, sin tocar directamente la imagen—. El hospital quedaba cerca de un parque. Pasaba por él todos los días, yendo y viniendo. Nunca entré.
—¿Por qué?
—No tenía tiempo. O no quería admitir que sí lo tenía.
—¿Dónde vivías?
—En un departamento pequeño cerca del hospital, dos habitaciones que no necesitaba las dos.
Alquilado por mes, sin contrato largo —no sabía cuánto tiempo iba a necesitar quedarme.
Terminé quedándome los tres años enteros en el mismo lugar.
El dueño del edificio dejó de subir el alquiler después del primer año, sin que yo se lo pidiera.
—¿Volviste a Rusia después?
—Solo después del funeral. Vendí lo que tenía allá, cerré todo, volví a hacerme cargo de los negocios que mi padre había dejado.
—¿Nunca más volviste a Viena?
—Una vez. Por trabajo, una reunión que no pude rechazar. Me quedé dos días, resolví lo que necesitaba, volví en el primer vuelo disponible. No fui al hospital. Ni siquiera cerca del parque.
Lo dijo y se detuvo, como si hubiera dicho más de lo que pretendía. Dejó la foto de vuelta en el informe, cerró la carpeta encima de ella, el gesto lo bastante rápido como para parecer un corte.
—En fin. El artículo tres.
Empujó el contrato de vuelta hacia ella, el gesto demasiado rápido, como si quisiera cerrar la conversación antes de que ella pudiera seguir tirando del hilo. Tomó la pluma de nuevo, tachó algo que no necesitaba tacharse.
—Viktor.
Él levantó la vista.
—No pregunté sobre el artículo tres.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué intentas volver a él?
Él no respondió de inmediato. Sus dedos golpearon suavemente la mesa, un ritmo que ella nunca le había visto hacer antes —un tic que no encajaba con el hombre que controlaba cada gesto de su propio cuerpo.
—Porque hace mucho tiempo que no cuento esta historia —dijo, finalmente.
Mia tragó saliva. Él nunca se lo había contado a nadie más dentro de esa casa —de eso estaba segura, sin necesitar ninguna confirmación. Tal vez a nadie, en ningún lugar.
—No tienes que hacer nada con el silencio —dijo ella—. Solo dejar que exista.
Viktor la miró por un momento más largo que cualquier mirada anterior entre los dos. No respondió. Sus dedos dejaron de golpear la mesa.
Mia miró la carpeta cerrada sobre la foto, después a él.
Pensó en decir que lo sentía —la frase lista en la punta de la lengua, la frase que todo el mundo dice en esos momentos, la frase que no significa nada porque significa lo mismo para cualquier pérdida de cualquier persona, gastada de tanto uso, vaciada de cualquier peso real.
No lo dijo.
—Estabas solo.
No era una pregunta. Era lo más simple que ella lograba formular, lo único que le parecía lo bastante verdadero como para decirlo en voz alta, sin ningún adorno alrededor que pudiera suavizar o disfrazar lo que se estaba diciendo.
Viktor no respondió al instante. Se quedó mirándola —la expresión de quien acaba de escuchar lo más preciso que alguien le ha dicho en años, más preciso que amable, más exacto que consolador.