Capítulo 27
—Siéntate.
Viktor no levantó la vista de los papeles cuando Mia entró.
Ella cerró la puerta detrás de sí, cruzó la oficina —pasos más lentos de lo que hubiera querido, como si el cuerpo intentara ganar tiempo que la cabeza no había pedido— y se sentó en la silla del otro lado de la mesa.
La misma silla del día de la carta, una semana atrás, el cuero todavía con el mismo olor que reconocía sin querer reconocerlo.
Él terminó de firmar algo, soltó el bolígrafo sobre la pila de papeles, alineó los bordes con un gesto automático, y solo entonces la miró. Sus ojos recorrieron el rostro de ella despacio, de un modo que hizo que Mia quisiera desviar la mirada y no desviarla al mismo tiempo.
—Leíste la carta de tu padre.
No era una pregunta. Mia no confirmó ni negó —solo sostuvo la mirada.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella, la voz más firme de lo que hubiera querido.
—El asistente reportó el sobre abierto antes de que yo llegara. —Viktor se recostó en la silla, los dedos entrelazados sobre la mesa—. No hacía falta que lo confirmaras. Tu rostro ya lo confirmó.
Mia sintió que se le tensaba la mandíbula, un músculo apretado que no había mandado apretar. Soltó la mandíbula a propósito, forzó una relajación que no sentía de verdad. Sus manos, en el regazo, se apretaron la una contra la otra sin que ella lo notara de inmediato.
—Ya la leí —dijo, finalmente—. No hace falta que finjas que todavía no lo sabes.
—No estoy fingiendo nada. Solo confirmo lo que ya sé, para no dar nada por sentado.
—¿Es importante para ti? ¿No dar nada por sentado?
—Es la diferencia entre saber y adivinar. Prefiero saber. Siempre lo he preferido.
Silencio. Viktor la observaba desde el otro lado de la mesa, sin prisa, del modo en que siempre observaba —como si cada segundo de silencio fuera información que estaba catalogando.
—¿Me vas a preguntar cómo estoy? —cuestionó Mia, la voz más filosa de lo que pretendía.
—No.
—¿Por qué?
—Porque odiarías la respuesta que darías, y yo no tendría forma de saber si es verdad o solo lo que crees que quiero oír.
Mia no tenía una respuesta lista para eso. Se quedó mirándolo, tratando de decidir si la franqueza la irritaba o la aliviaba.
—Yo voy a responderle —dijo Viktor—. De la manera que considere adecuada.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no va a volver a recibir a Alessandra como tema de conversación. —Viktor tomó el bolígrafo, lo giró entre los dedos, lo soltó de nuevo, el gesto mecánico de quien necesita las manos ocupadas para pensar—. No es por esto que te llamé aquí.
—Yo no pregunté eso.
—No. —Inclinó la cabeza, ligeramente—. No preguntaste nada.
Mia cruzó los brazos, los descruzó de nuevo, sin encontrar una postura que le pareciera la correcta frente a él.
—¿Qué quieres que diga? —preguntó—. ¿Que quedé destrozada? ¿Que descubrí que tengo una hermana de la que mi padre nunca habló porque era «menos complicada»? Ya lo sabes. Estaba clarísimo, dijiste.
—No pregunté qué sientes.
—Entonces ¿qué quieres que diga?
—No pregunté qué quieres decir. Pregunté qué quieres hacer. Son cosas distintas.
—Entonces ¿qué quieres, exactamente?
Él no respondió de inmediato —dejó que la pregunta quedara suspendida en el aire entre los dos, como si quisiera que ella misma escuchara su propio tono antes de continuar, antes de tener que reaccionar a lo que él fuera a decir.
Se levantó, rodeó la mesa despacio, se detuvo a metro y medio de ella —lo bastante cerca como para que sintiera el cambio en el aire de la sala, lo bastante lejos como para no ser una invasión.
Sus manos quedaron sueltas a los costados del cuerpo, no en los bolsillos, no cruzadas —una postura que ella nunca le había visto antes, sin ninguna barrera física entre los dos.
—Pregunté qué quieres hacer.
Mia abrió la boca. La cerró de nuevo.
Alguien tocó la puerta. Viktor no apartó los ojos de Mia.
—Después —dijo, sin levantar la voz, la palabra saliendo firme lo suficiente como para que quien estaba afuera no insistiera.
Pasos alejándose desde afuera. Silencio de nuevo.
Viktor no se movió del lugar donde estaba, el metro y medio de distancia intacto, como si la interrupción no hubiera ocurrido.
Nadie le había preguntado eso nunca. Ni su padre, que decidía por ella desde siempre. Ni los profesores, que decidían por el plan de estudios. Ni los hombres que Carmine presentaba como «contactos importantes» en las cenas donde la obligaban a sonreír con educación.
Recordó una de esas cenas en particular —tenía diecinueve años, un hombre de traje caro le preguntó qué «pensaba hacer con su vida», y antes de que ella respondiera, Carmine ya había respondido por ella: contabilidad, un curso técnico, nada que estorbara los planes de la familia. Nunca llegó a hacer el curso técnico.
Recordó su propio silencio esa noche —cómo había aceptado la respuesta de su padre sin rebatirla, cómo le había sonreído al hombre de traje, cómo había vuelto a su cuarto después y no había logrado dormir bien, sin entender del todo por qué, solo sabiendo que algo había quedado demasiado mal como para nombrarlo.
Miró sus propias manos en el regazo ahora, los mismos dedos que aquella noche, a los diecinueve años, habían apretado el edredón hasta el amanecer.
Qué quieres hacer.
El silencio se estiró, demasiado largo para ser cómodo, demasiado corto para que ella lograra formar una respuesta que tuviera sentido. Viktor no llenó el vacío. Se quedó ahí, esperando, los ojos en ella sin ninguna prisa por desviarse.
Pasaron los segundos. Cinco. Diez. Mia sintió el propio pulso en la garganta.
Miró la mesa, el bolígrafo que él había soltado, el reloj en la pared detrás de él —cualquier punto que no fuera el rostro de Viktor, solo para tener un segundo de respiro antes de tener que enfrentarlo de nuevo. El segundero se movió un poco mientras ella evitaba mirarlo.
—No sé —admitió, por fin, la voz más baja de lo que pretendía, las manos apretando el brazo de la silla sin darse cuenta, los nudillos casi blancos.
—No pedí una respuesta perfecta.
—Pareces esperar una, por cómo me miras, sin desviarte ni un segundo.
—No espero nada más que la verdad.
—Quieres que diga que quiero cortar contacto con él. Que quiero mandarle una carta de vuelta diciendo que descubrí el tipo de hombre que es.
—No quise decir eso.
—Entonces ¿qué?
Viktor no respondió de inmediato. Caminó hasta la ventana, miró el jardín allá abajo un instante, las manos en los bolsillos.
—El jardinero cambió los rosales la semana pasada —dijo, sin voltearse—. ¿Te diste cuenta?
—¿Qué?
—Nada. Solo un comentario.
Se volteó de nuevo, regresó cerca de la mesa.
—No quiero que digas nada específico. —Viktor dio un paso atrás, volvió a apoyar la mano en el borde de la mesa—. Quiero saber qué es verdad para ti. No lo que suena correcto.
Mia se miró las manos, luego lo miró a él de nuevo.
—Nunca me habías preguntado qué quiero. En ningún momento desde que llegué aquí, ni una sola vez.
—Lo sé.
—¿Por qué ahora?
—Porque esto no se trata de mí —dijo Viktor, mirando de reojo el lugar de la mesa donde había estado la carta una semana atrás—. Se trata de ti y de tu padre. Yo solo tengo una respuesta que escribirle. El resto es tuyo.
—¿Por qué te importa?
El teléfono de Viktor vibró sobre la mesa. Miró la pantalla, no contestó. Volvió a vibrar, más insistente esta vez. Lo giró con la pantalla hacia abajo, sin moverse del lugar donde estaba, el movimiento tan deliberado que pareció una declaración.
No respondió a la pregunta.
—¿No vas a contestar? —preguntó Mia.
—Ahora no.
El silencio volvió a instalarse entre los dos, más denso que antes.
Ella miró el teléfono boca abajo, luego a él. No insistió con la pregunta —la respuesta que no había llegado ya decía algo, incluso sin ninguna palabra.
Pensó en la carta. En el tono contable, «más adaptable», «menos complicada». Pensó en los doce años de domingos vacíos, en las excusas de zona horaria repetidas siempre, en el «cosa de adultos, no te interesa» que había resonado tanto tiempo sin que ella lograra nombrar qué era.
Apretó las manos una contra otra, los nudillos palideciendo un segundo antes de soltarlas.
Pensó en Alessandra, a quien nunca iba a conocer —o tal vez sí, algún día, si decidía buscarla.
Una hermana que existía en algún lugar de Nápoles, con toda una vida que Mia no tenía idea de cómo era, unida a ella solo por la sangre y por la misma indiferencia del padre.
Pensó en cuántas otras cosas había decidido su padre por ella sin preguntar nunca, y en cómo cada una de esas decisiones había parecido, en su momento, protectora —nunca control.
Miró el reloj en la pared, luego el bolígrafo sobre la mesa, luego su propio regazo de nuevo —los mismos puntos de antes, en un círculo que no la llevaba a ningún lado, los segundos pasando sin que notara cuántos ya habían transcurrido desde la última vez que había mirado.
Miró sus propias manos en el regazo, luego a Viktor de nuevo, parado ahí, esperando de verdad —no fingiendo que ya sabía la respuesta, lo cual habría sido más fácil de reconocer.
La frase salió antes de que terminara de formularla, más rápida de lo que el propio pensamiento lograba seguir, las palabras ya fuera de su boca antes de que pudiera examinarlas bien, antes incluso de saber si estaba de acuerdo con lo que estaba a punto de decir:
—Quiero terminar lo que empecé.