Vendida al Mafioso Ruso (Dinastías de la Mafia Libro 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

El radiador hizo un ruido seco y se detuvo.

Mia esperó a que volviera el calor. No volvió.

Apoyó la mano en el metal —frío, un frío que ya se había asentado ahí, no un frío reciente.

Se echó el chal sobre los hombros encima del vestido de la cena, todavía con los zapatos puestos, sin haber tenido tiempo siquiera de quitarse los aretes.

Fue hasta el panel de control junto a la puerta, apretó el botón dos veces.

Nada. Golpeó suavemente el costado del panel, como si eso fuera a servir de algo. Tampoco sirvió.

Probó el teléfono interno para llamar a alguien de mantenimiento. Marcó el número equivocado, colgó, volvió a marcar. Sonó ocupado. Dejó el auricular en su lugar con más fuerza de la necesaria.

Fue al vestidor y sacó la manta extra del estante de arriba, la misma que nunca había usado desde que llegó.

La echó sobre los hombros, encima del chal.

No ayudó mucho —el frío ya había entrado por el suelo, subido por las piernas, y una manta sobre los hombros no resolvía eso.

Intentó cerrar mejor la rendija de la ventana, giró el pestillo dos veces, sin efecto: ya estaba cerrada.

El vidrio simplemente dejaba pasar el frío de un modo que no tenía solución por ahí.

Volvió junto al radiador, como si quedarse mirándolo pudiera cambiar algo.

No cambió. Consideró ponerse el abrigo de lana guardado en la maleta —todavía no había terminado de deshacerla— pero eso significaba abrir la maleta en medio del cuarto, sacarlo todo, y no tenía paciencia para eso a esa hora.

Las manos ya estaban lo bastante frías como para sentir la propia piel más dura de lo normal. Se las metió bajo los brazos, el chal apretado contra el cuerpo, y se sentó en el borde de la cama esperando que algo cambiara por sí solo. No cambió.

Tocaron a la puerta.

—Adelante.

Viktor abrió, todavía de traje, el nudo de la corbata flojo del modo en que quedaba después de la cena, cuando ya había decidido que no iba a recibir a nadie más esa noche.

—Se cayó la calefacción de toda el ala —dijo, sin entrar—. Vine a ver si aquí también.

—Se cayó. Probé el teléfono. Dio ocupado.

—Toda la central se cayó junto. —Miró el panel junto a la puerta, vio el botón apretado dos veces, y no dijo nada al respecto.

Pasó la mano por el radiador, el mismo gesto que ella acababa de hacer, y obtuvo la misma respuesta: frío. Recorrió el cuarto con la mirada —la ventana cerrada, el vestido fino, los brazos de ella cruzados sobre el chal que no bastaba.

—Lo van a arreglar mañana por la mañana. De noche no hay nadie en mantenimiento.

—Sobrevivo una noche.

Él no respondió a eso. Se quitó el saco.

Mia se quedó quieta mientras él cruzaba los dos pasos que separaban la puerta de la cama, y le puso el saco sobre los hombros encima del chal —el forro todavía tibio del cuerpo de él, pesado de un modo que el chal no era.

Ella no lo rechazó. Tampoco le dio las gracias.

Se quedó con las manos atrapadas dentro de las mangas, demasiado largas, mirándolo.

Él no retrocedió.

Se quedó ahí, la puerta todavía entreabierta detrás de él, el pasillo oscuro más allá, como si esperara ver si el saco resolvía el problema antes de decidir si se iba.

El silencio se estiró. No el silencio de siempre —el que ambos ya sabían llenar con trabajo, con informes, con preguntas sobre la agenda del día siguiente.

Este era distinto. Este no tenía función.

Él miró el vestido de ella por debajo del saco, los aretes que no había tenido tiempo de quitarse, los zapatos todavía puestos como si acabara de entrar en lugar de llevar una hora acostada.

No comentó nada de eso. Solo miró, despacio, de un modo que hizo que Mia sintiera el propio cuerpo de forma distinta a como lo sentía sola en el cuarto, minutos antes.

—Puedes pedir que traigan un calefactor portátil —dijo Mia, solo por tener algo que decir.

—Puedo.

No se movió para hacerlo.

El reloj en la pared marcaba las once y cuarenta.

Afuera, el viento golpeaba una de las ventanas del pasillo, un sonido apagado que solo se notaba porque todo lo demás estaba en silencio.

Mia se ajustó el saco sobre los hombros, un gesto pequeño, más para tener las manos ocupadas que porque lo necesitara.

—Deberías ir a dormir —dijo ella.

—Debería.

Él siguió quieto donde estaba, sin salir, sin entrar más, los dos pies sobre la misma línea invisible que separaba el cuarto del pasillo.

Mia miró el reloj otra vez, luego a él, luego su propio brazo cubierto por la manga demasiado larga del saco.

Buscó algo que decir que no fuera sobre el frío ni sobre la hora. No lo encontró.

Él dio dos pasos hacia adentro sin que ella se lo pidiera, fue hasta la mesita junto a la cama y enderezó la lámpara que estaba un poco torcida —un gesto sin propósito alguno, una excusa cualquiera para que las manos tuvieran algo que hacer que no fuera quedarse quietas junto al cuerpo.

Enderezó la lámpara dos veces, aunque había estado derecha desde la primera.

Solo entonces volvió a mirarla, directo, sin ninguna excusa esta vez.

—Mia.

No vino después de ninguna pregunta. No pedía nada, no confirmaba una agenda, no abría un tema de trabajo. Era solo el nombre, dicho despacio, como si él estuviera probando su peso en la propia boca por primera vez.

Ella no respondió con palabras.

Él no respondió con una frase. Dio un paso hacia dentro del cuarto.

La puerta detrás de él quedó entreabierta, olvidada, el pasillo frío entrando en una franja estrecha por la abertura.

Él no miró atrás para cerrarla. Sus ojos siguieron en ella, cruzando el resto de la distancia entre los dos con pasos que no tenían ninguna prisa —como si apurarse fuera la única forma de arruinarlo.

Mia no dio un paso atrás.

Él se detuvo lo bastante cerca como para que ella sintiera el calor que había salido del saco ahora viniendo directo de él, sin tela de por medio.

La mano de él fue hasta el rostro de ella —no pidió permiso, no preguntó nada, solo alzó los dedos y tocó la línea de la mandíbula como quien confirma algo que ya sabía desde hacía tiempo.

—Dime que pare —dijo él, la voz lo bastante baja como para que solo ella la oyera, aunque no había nadie más para escucharla—. Ahora es el momento.

Mia no dijo nada.

El pulgar de él se movió un centímetro, solo eso, todavía en la línea de la mandíbula, sin bajar, sin subir, esperando. El reloj en la pared marcó un minuto más. Ninguno de los dos lo miró.

Fue respuesta suficiente.

Él inclinó la cabeza, despacio, dándole tiempo —el mismo tiempo que siempre daba antes de cerrar cualquier negocio importante, como si todavía esperara alguna señal de que ella iba a retroceder. Ella no retrocedió. La distancia entre los dos desapareció.

El beso no fue rápido. No fue tímido. Fue el tipo de cosa que solo ocurre después de que dos personas ya saben, desde hace mucho, que va a ocurrir —sin prisa porque ya no había nada más que decidir, solo la confirmación.

La mano de él dejó el rostro de ella y bajó a la cintura, por encima del saco, atrayendo la tela junto con el cuerpo de ella.

Mia sostuvo la solapa del saco con las dos manos, todavía dentro de las mangas demasiado largas, y no lo soltó.

La mano de él en su cintura apretó una vez, solo una, antes de quedarse quieta ahí.

Ella sintió el peso de sus dedos a través de la tela, cada uno de ellos, como si pudiera contarlos.

El calor que había venido del saco ahora venía de los dos lados —del abrigo prestado y del cuerpo de él pegado al de ella— y ya no había frío en el cuarto, ni en el aire, ni en el suelo, ni en ningún lugar que ella lograra notar.

El beso se profundizó despacio, sin que ninguno de los dos lo decidiera en voz alta —la boca de él más firme contra la de ella, la respiración de ambos ya no separada en dos ritmos distintos.

La mano que sostenía su cintura subió medio palmo, los dedos abriéndose contra las costillas por encima de la tela, y ella sintió el propio cuerpo inclinarse hacia él antes de decidir si iba a inclinarse.

Él dejó escapar un sonido bajo contra la boca de ella, casi nada, del tipo que se escapa antes de que alguien decida si va a dejarlo escapar.

La otra mano, que hasta entonces había quedado quieta en el rostro de ella, bajó por el cuello, los dedos rozando la piel justo debajo de la oreja, y Mia sintió que todo su cuerpo reaccionaba a ese punto específico de un modo que ningún toque anterior había provocado.

Las manos de ella, todavía atrapadas dentro de las mangas del saco, soltaron la solapa y encontraron el pecho de él por debajo de la camisa abierta —el corazón latiendo demasiado rápido para el hombre calmado que él fingía ser todo el tiempo.

Ella sintió eso bajo la palma antes de darse cuenta de que lo estaba sintiendo, y no apartó la mano.

Él retrocedió un centímetro, lo justo para hablar contra la boca de ella, la voz más ronca que cualquier cosa que le hubiera oído antes.

—Mia.

—No pares.

Él no respondió con palabras. La mano en su cintura apretó de nuevo, más firme esta vez, y el siguiente beso llegó más profundo que el anterior, el cuerpo de él pegándose al de ella sin que quedara espacio alguno entre los dos.

Por un instante entero, ninguno de los dos pareció recordar que existía un cuarto a su alrededor, una puerta entreabierta, un reloj marcando la hora —solo el calor entre los dos cuerpos y el sonido bajo de la respiración de ambos, cada vez más difícil de distinguir una de la otra.

Fue él quien paró.

Cuando retrocedió, fue despacio, del mismo modo en que se había acercado —sin prisa, sin el gesto de quien está terminando algo.

Se quedó lo bastante cerca como para que su frente casi tocara la de ella, la respiración de ambos aún compartiendo el mismo espacio pequeño entre los rostros, los dos jadeantes de un modo que ningún esfuerzo físico habría explicado.

—Si me quedo un minuto más aquí —dijo él, la voz baja contra la boca de ella—, ya no voy a poder parar. Y tú mereces decidir esto despierta, no con el frío y la medianoche empujando la decisión por ti.

Mia no estuvo en desacuerdo. Tampoco se apartó.

Ninguno de los dos habló después de eso.

Él se alejó el resto del camino, salió por la puerta que seguía entreabierta desde que había entrado, y no se detuvo a cerrarla.

El pasillo oscuro entraba por la rendija, la misma franja estrecha de antes. Sus pasos se fueron alejando.

Mia se quedó donde estaba, el saco todavía sobre los hombros, el forro guardando un calor que no era suyo. Los pasos de él desaparecieron al final del pasillo.

Dio un paso hacia la puerta —el cuerpo adelantándose a cualquier decisión— y se detuvo ahí, el peso todavía en una sola pierna, mirando el rectángulo oscuro por donde él se había ido. Se quedó así el tiempo suficiente para que el propio pie se le enfriara sobre el suelo descubierto.

No fue tras él. Tampoco fue a cerrar la puerta.

Quedó entreabierta toda la noche, la franja de pasillo cortando el suelo del cuarto, y Mia dentro del saco de él, sin moverse hacia ningún lado.