Capítulo 23
Tres meses.
Mia tachó el número y lo volvió a escribir, como si rehacer el trazo fuera a cambiar el resultado.
El extracto de la consultora estaba abierto en la pantalla junto al bloc de notas, el monto del último pago resaltado en amarillo —el mismo de siempre, depositado el mismo día del mes, una regularidad que podía contar con los ojos cerrados.
Dividió de nuevo. Tres meses, con suerte.
Menos, si el próximo contrato de auditoría era más grande que el actual. Más, si algo salía de lo previsto.
La sala de reuniones estaba vacía a esa hora, los demás ya se habían ido a almorzar, las sillas todavía desplazadas del ángulo en que había terminado la reunión de las diez.
Ella se había quedado atrás con el pretexto de revisar las notas —pretexto real, solo que no era el único motivo.
El bloc no formaba parte de ninguna carpeta oficial, guardado dentro de la tapa de un informe cualquiera, fácil de cerrar si alguien entraba sin avisar.
Anotó el monto total de nuevo, restó lo que ya había ahorrado, dividió entre lo que quedaba del salario después de los gastos que no podía recortar —el alquiler del departamento de su madre, el seguro médico que todavía pagaba aunque él mismo no lo usara, la cuota del auto que debería haber vendido hacía dos años y nunca vendió.
Tachó. El papel ya tenía tres versiones de la misma cuenta, cada una ligeramente distinta de la anterior, los números garabateados unos sobre otros hasta formar una mancha densa en la esquina superior —su letra volviéndose menos cuidada en cada ronda, como si la prisa por terminar la suma compitiera con las ganas de hacer bien el cálculo.
Una empleada entró a recoger las tazas de la reunión, el tintineo de la loza marcando su llegada antes de que Mia levantara la vista.
Cubrió el bloc con la mano, un gesto automático, casi antes de decidir hacerlo.
La empleada no miró la mesa dos veces, recogió todo en menos de un minuto y salió, la puerta cerrándose suavemente detrás de ella.
Mia destapó la mano. Volvió a la cuenta.
Una notificación apareció en la esquina de la pantalla —cargo por mantenimiento de cuenta, monto pequeño, pero un cargo nuevo, una línea que no estaba ahí la última vez que había abierto el extracto.
Hizo clic para revisar el historial. Tres cargos iguales en los últimos tres meses, siempre el mismo día, siempre ignorados hasta ahora porque el monto era demasiado bajo para llamar la atención por sí solo.
Sumado a los otros descuentos que nunca se había molestado en sumar, daba más de lo que esperaba.
Anotó el número nuevo en un margen aparte, lo restó del total.
El cálculo entero se atrasó —no mucho, una semana más, pero una semana que no estaba ahí cinco minutos antes.
Se equivocó en la suma al segundo intento —un error tonto, un decimal fuera de lugar— y tuvo que rehacer la línea entera, el lápiz golpeando suavemente la mesa antes de decidir que valía la pena rehacerla en vez de dejar pasar el error.
Lo rehizo. Tres meses seguía siendo el número más realista, el mismo de siempre, por más que girara las variables de un lado o del otro.
El nombre de su madre apareció en la pantalla del celular, llamada entrante, el timbre bajo porque lo había dejado en silencio desde la última reunión.
No contestó. Dejó que vibrara las cuatro veces hasta que se detuvo solo, los ojos aún en el papel, el lápiz detenido en medio de un número.
Solo después de que el teléfono quedara en silencio de nuevo permitió que la mano le temblara un poco al sostener el bolígrafo —lo suficiente para que el siguiente trazo saliera más grueso que los demás, una línea que no necesitaba estar ahí rayando la esquina del papel.
Borró con el pulgar el resto de grafito sobrante, limpió la mancha gris en el borde de la mesa, y volvió a la suma como si la llamada no hubiera ocurrido.
Si conseguía un cliente más antes de fin de mes —un cliente pequeño, un proyecto de auditoría de dos semanas, nada que exigiera viajar— el plazo bajaba a dos meses y medio.
Anotó esa hipótesis en una línea aparte, un pequeño asterisco al lado, el tipo de optimismo en el que ni ella misma confiaba lo suficiente como para borrar la cuenta anterior.
Probó restar el seguro médico de su madre de la cuenta —solo por los tres meses, solo hasta salir, reponerlo después.
Hizo la resta. El número bajó a dos meses y una semana.
Miró el resultado un instante y tachó el intento entero, con más fuerza de la que había usado en cualquier otro tachón hasta entonces, la punta del bolígrafo casi rasgando el papel.
No. Eso no entraba en la cuenta, ni como hipótesis, ni para ganar una semana.
Volvió a los tres meses de antes y subrayó el número, como si subrayar bastara para zanjar la discusión consigo misma.
Miró de nuevo el total. Dos meses y medio significaba salir antes del invierno.
Significaba no tener que pedirle nada más a nadie de esa casa, ni un día más de techo, ni un centavo que después pesara como deuda.
Tachó el asterisco, escribió de nuevo, más fuerte esta vez, como si el bolígrafo pudiera convencer al número de ser verdad.
El celular vibró sobre la mesa. Mensaje del asistente: te necesitan en la sala de contratos, diez minutos, firma pendiente del proveedor de Riga.
Lo leyó dos veces, calculando cuánto tiempo tenía antes de salir —suficiente para terminar la línea que estaba escribiendo, no suficiente para empezar de cero si se equivocaba de nuevo.
Terminó la cuenta. Tres meses, o dos y medio si el cliente nuevo se confirmaba. Cerró el bloc. Se quedó mirando la tapa del informe un segundo más de lo necesario, el bloc ya dentro, la mano todavía encima como si faltara decidir algo.
Levantarse y llevarse la carpeta era lo obvio.
En cambio, apiló encima los otros papeles de la reunión —la agenda, el borrador del acta, el gráfico que nadie había usado— cubriendo el informe con la misma pila de siempre, en el mismo lugar de siempre.
Nadie entraba en esa sala fuera del horario de reuniones. Nadie tenía motivo.
El celular vibró de nuevo. El asistente, esta vez con un signo de exclamación de más: ahora, por favor, el proveedor está esperando en la línea.
Mia se levantó, la silla arrastrándose sobre la alfombra.
Se detuvo en la puerta. Retrocedió dos pasos, solo para comprobar que la pila estaba como la había dejado —ordenada, común, nada que llamara la atención.
Podía llevárselo. Cabía en el bolsillo interior de su propia carpeta, dos segundos para guardarlo.
La mano se demoró sobre el informe más de esos dos segundos. Los dedos alisaron el borde de la tapa, sintiendo el volumen levemente mayor donde el bloc estaba doblado dentro, como si el tacto pudiera decidir por ella lo que la cabeza todavía discutía.
No se lo llevó. Esconder aquello en un lugar distinto parecía más riesgoso que dejarlo donde siempre estaba —y ya iba tarde, y el proveedor esperaba, y no tenía tiempo de organizar un escondite nuevo ahora.
Salió apurada, los tacones golpeando más rápido que su ritmo normal por el pasillo, la cabeza en la firma pendiente, pero una parte de ella todavía en la mesa que acababa de dejar atrás.
—
La sala de reuniones quedó vacía casi cuarenta minutos después de que Mia saliera apurada tras la firma pendiente. La luz del mediodía entraba por las cortinas entreabiertas, cortando la mesa larga en franjas claras y oscuras, el silencio roto solo por el zumbido bajo del aire acondicionado.
Viktor entró sin tocar, un informe en la mano que necesitaba comparar con las notas de la reunión de las diez.
Recorrió la mesa con la mirada antes de sentarse —la agenda impresa, el borrador del acta, el gráfico que nadie había usado, todo apilado como se deja algo cuando uno sale con demasiada prisa para ordenar.
Jaló la silla que Mia había usado, todavía fuera de lugar, y solo entonces notó que la pila no estaba alineada como las demás —un centímetro torcida, una esquina más gruesa de lo debido.
La tapa del informe estaba entreabierta.
Una esquina de papel distinto asomaba por debajo, más arrugada que el resto, la caligrafía visible incluso de lado —números tachados, rehechos, tachados de nuevo.
Dejó su propio informe sobre la mesa sin terminar de abrirlo, el dedo ya fijo en el borde del papel equivocado.
Viktor tiró del papel.
Leyó.
Se quedó quieto durante más tiempo del que la lectura en sí exigía, los ojos volviendo al mismo número dos veces —tres meses— antes de bajar hasta el asterisco en la esquina, la hipótesis del cliente nuevo, el cálculo más optimista escrito con una letra que intentaba no parecer apresurada y no lo lograba.
Pasó el pulgar sobre una línea tachada con más fuerza que las demás, la única que casi había rasgado el papel —un nombre cortado tantas veces que solo quedaba la forma de la palabra, ilegible, bajo el trazo.
No había manera de saber qué se había escrito ahí.
Sí había manera de saber que se había escrito y luego borrado con rabia.
Le dio la vuelta al papel. Al reverso, nada —solo la marca en relieve de los números del frente, presionados lo bastante fuerte como para atravesar el papel delgado, como si ella hubiera escrito con más fuerza de la que el bolígrafo necesitaba.
Dobló el papel por la mitad, con cuidado, alineando los bordes antes de doblarlo otra vez. Después otra vez más, hasta que cupo en la palma de la mano.
Lo guardó en el bolsillo interior del saco, la mano quieta ahí un segundo después de soltar el papel.
No dijo nada.