Capítulo 15
La carpeta resbaló de la mesa y un sobre amarillento cayó al suelo, boca abajo.
Mia se agachó a recogerlo, las rodillas doblándose despacio.
Había entrado al despacho para dejar un informe firmado sobre la mesa de Viktor, como hacía cada final de tarde desde hacía semanas —él prefería los papeles ahí, centralizados, aunque podía simplemente enviarlos por correo, un hábito antiguo que ella nunca había cuestionado.
El codo había rozado una pila de papeles más alta de lo que debía estar ahí, amontonada de cualquier manera cerca del borde, distinta a la organización cuidadosa que él mantenía en el resto de la mesa.
La carpeta de arriba resbaló primero. El sobre, escondido entre dos hojas sueltas, vino con ella.
Miró hacia la puerta antes de mirar al suelo.
Vacía, el pasillo en silencio, ningún sonido de pasos en ninguna dirección todavía.
El sobre no llevaba etiqueta, distinto a cualquier cosa que solía aparecer sobre aquella mesa —contratos, informes, hojas de cálculo con portada identificada. Este no tenía nombre alguno.
Giró el sobre en la mano, sintiendo su peso —más ligero de lo que su tamaño sugería, casi nada dentro salvo lo que fuera que causaba aquel pequeño volumen en el borde, el papel gastado en los pliegues de tanto abrirse y cerrarse a lo largo de los años, las esquinas suavizadas como tela en vez de papel. No estaba cerrado.
De dentro, una fotografía se deslizó hasta el borde, sujeta solo por la esquina. Blanco y negro, las esquinas amarillentas y curvadas, revelada en papel de décadas atrás, no impresa en alguna tienda digital moderna. Mia sacó el resto antes de decidir del todo que iba a hacerlo.
Una mujer mayor, el cabello canoso recogido en un moño severo, un vestido de cuello alto que no pertenecía a ninguna década reciente, la tela demasiado oscura para identificar el color exacto en la foto en blanco y negro.
El rostro ya llevaba las marcas de quien había pasado los sesenta —lo bastante profundas como para no confundirse con sombras del revelado antiguo—, pero la estructura ósea bajo ellas fue lo que Mia reconoció antes de reconocer de dónde: la mandíbula angulosa, los pómulos altos, y los ojos.
Los ojos eran el problema. Claros, casi transparentes en la foto en blanco y negro, fijos en la cámara sin rastro alguno de sonrisa, una mirada que parecía catalogar al fotógrafo en lugar de posar para él.
Mia ya había visto esos ojos. Todos los días, al otro lado de una mesa, de un sillón, de un coche.
Comparó mentalmente la forma de la boca, la línea de la mandíbula, buscando alguna diferencia que demostrara que estaba equivocada, que aquella mujer era solo una coincidencia de rasgos y nada más.
No encontró ninguna diferencia que sirviera.
Cuanto más miraba, más obvio resultaba el parentesco para poder ignorarlo —no un parecido vago de familia, sino una repetición casi exacta, una herencia que la genética a veces decidía entregar sin diluir nada por el camino, como si cuarenta años y un océano de distancia no hubieran bastado para borrar una sola línea de aquel rostro.
Acercó la foto a la luz de la ventana, intentando descifrar algo más en el fondo de la imagen —una pared lisa, sin muebles visibles, un escenario neutro que los fotógrafos de estudio usaban décadas atrás para no distraer del rostro principal.
Ninguna pista de lugar, ninguna pista de época salvo la ropa.
Le dio la vuelta a la foto. Ninguna fecha escrita detrás, ningún nombre, solo un sello desvaído de un estudio fotográfico con una dirección en cirílico que no lograba leer del todo, las letras demasiado borradas en los bordes para formar palabras enteras.
Pasos en el pasillo, todavía lejanos pero acercándose sin vacilar.
No los pasos suaves de una empleada, ni el arrastrar más lento de un guardia haciendo su ronda por la casa. Pasos seguros, al ritmo de quien sabía exactamente adónde iba y no necesitaba comprobar el camino, el sonido cada vez más fuerte con cada segundo que pasaba.
Mia contó los segundos que tenía —tres, quizá cuatro antes de que se abriera la puerta, el pasillo demasiado corto para dar más tiempo que ese.
Metió la fotografía de nuevo en el sobre, los dedos demasiado rápidos para ser cuidadosos, el borde de la foto a punto de doblarse por la prisa.
El corazón le latía lo bastante rápido como para sentir el pulso en la garganta, un detalle que no tenía tiempo de controlar.
Colocó el sobre de nuevo entre las dos hojas sueltas donde había estado escondido, intentando reproducir de memoria la posición exacta en la que lo había encontrado, apiló la carpeta encima otra vez, tratando de recordar el ángulo exacto en que estaba la pila antes de resbalar.
Enderezó toda la pila contra el borde de la mesa, cogió el informe firmado que había venido a entregar y lo colocó encima de todo, bien a la vista, el bolígrafo del propio informe todavía sujeto al clip, en el instante exacto en que el picaporte giró.
La puerta se abrió, sin llamada previa, del modo en que él siempre entraba en cualquier habitación de aquella casa.
Viktor entró con una taza de café en la mano, el paso deteniéndose a mitad de camino al ver las carpetas desperdigadas sobre la mesa, el sobre amarillento encima de la pila más reciente, fuera del lugar que él reconoció incluso antes de terminar de cruzar la puerta.
Sus ojos fueron directos a ese punto de la mesa —no rebuscando, no buscando, yendo directo al sitio exacto donde estaba el sobre, como si supiera de memoria dónde debía estar cada cosa de aquella sala, incluso después de años, incluso cubierta por otras carpetas.
Se quedó ahí parado un segundo más largo del que había durado cualquier entrada anterior, la taza de café olvidada en la mano, el vapor subiendo sin que él bebiera, los ojos fijos en el mismo punto de la mesa como si el resto del despacho hubiera dejado de existir por un momento, la puerta todavía abierta a su espalda.
Después la miró a ella.
Mia mantuvo las manos quietas sobre el informe que había venido a entregar, los ojos en los papeles, no en él.
No preguntó qué era el sobre. No preguntó por qué se había quedado parado en medio de su propio despacho como si hubiera olvidado cómo moverse.
Empujó el informe un centímetro más hacia él, el gesto lo bastante mecánico como para disimular cualquier temblor que pudiera haber quedado en sus manos.
Viktor tampoco dijo nada. Cruzó la sala hasta la mesa, los pasos medidos, la taza de café posándose junto al teclado sin ruido, un anillo de humedad formándose en la madera que ni siquiera notó.
Su mano pasó por encima del sobre, sin cogerlo todavía, solo tocando el borde, como quien confirma que algo sigue siendo real antes de decidir qué hacer con ello.
Los dedos se quedaron ahí, inmóviles, el mismo tiempo que ella había tardado en guardar la foto de vuelta demasiado rápido para pensar bien.
El silencio se estiró, más largo que cualquier silencio que ambos hubieran compartido antes en aquella sala. Mia contó sus propias respiraciones antes de que él volviera a moverse, el sonido del reloj de pared el único ruido en toda la sala aparte de eso.
Cogió el sobre.
Lo abrió, sacó la fotografía con dos dedos, los ojos recorriendo la imagen durante más tiempo del que una simple comprobación exigiría.
Algo en su rostro no cambió —ninguna expresión nueva apareció, ninguna línea se movió de forma evidente— pero el silencio a su alrededor se volvió distinto, más pesado, del modo en que el aire se vuelve antes de una tormenta sin ninguna nube visible todavía.
Mia mantuvo los ojos bajos, fijos en un punto cualquiera de la mesa.
No lo miró directamente —solo lo suficiente por el rabillo del ojo para ver el pulgar de Viktor encontrar el borde inferior de la foto y quedarse ahí, quieto, presionando levemente el papel amarillento sin apretar lo bastante como para arrugarlo.
Le dio la vuelta a la foto, como ella había hecho antes, los ojos pasando por el sello desvaído del estudio, por el espacio en blanco donde debía estar un nombre que nunca había sido escrito.
La giró de nuevo hacia el lado de la imagen.
Se quedó mirando un rato más, los dedos de la otra mano cerrándose despacio junto al cuerpo, abriéndose de nuevo, un gesto demasiado pequeño para llamar la atención si ella no hubiera estado prestando tanta atención, el pulgar de la mano libre rozando el costado de la pierna en un ritmo casi imperceptible.
El reloj de pared marcó la hora en punto con una única campanada apagada, el sonido absorbido rápido por las paredes forradas de estanterías metálicas y carpetas. Ninguno de los dos se movió con el sonido.
Viktor caminó hasta el cajón inferior del archivador, los pasos más lentos de lo normal, como si su cuerpo estuviera negociando con algo que la mente ya había decidido hacer.
Lo abrió con una llave pequeña que sacó del bolsillo interior de la chaqueta, el clic del metal lo bastante fuerte como para llenar el silencio de toda la sala, y guardó la fotografía dentro, boca abajo, entre otros papeles que Mia no logró ver —solo lo suficiente para notar que no era lo único guardado en ese cajón desde hacía mucho tiempo, una pila fina de sobres parecidos amontonados en el fondo.
Cerró el cajón. Giró la llave. Se guardó la llave de vuelta en el bolsillo interior de la chaqueta, la mano quieta ahí un segundo más de lo que el gesto exigía, los dedos todavía cerca de la tela como si se resistieran a alejarse del todo.
Se quedó de espaldas a ella un momento, mirando el archivador cerrado, antes de girarse, el hombro subiendo y bajando en una respiración más profunda que cualquiera que ella le hubiera visto hasta entonces. Sus ojos encontraron los de ella por primera vez desde que había entrado en la sala.
—Era mi madre.
Ella no había preguntado. Él lo dijo de todos modos.